
Los hombres de traje dicen ahora y levantan, todos al mismo tiempo, el trono repleto de flores. Lo hacen como si fuera un tesoro. Si se ladea, si alguno se atrasa o tropieza, la figura puede caer y quién sabe qué desgracias podrían sobrevenir entonces. Por eso hay que tener cuidado, caminar las quince cuadras de la procesión como quien tantea terreno fangoso en la oscuridad. Es que lo que estos hombres llevan sobre los hombros es el corazón mismo de la fiesta, nada menos que la Virgen de Copacabana, patrona de los bolivianos que viven en La Matanza y en cualquier parte del mundo. Hoy es su día, y para sacarla a la calle sus devotos la adornaron con tules, alhajas y billetes de cinco, diez o veinte pesos que prenden a su manto con alfileres de sastre.
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A los 16 años, Jhony escapó de la puna jujeña. Arrastró consigo a sus tres hermanos menores y a la madre de todos ellos, una mujer golpeada por la vida y por su marido alcohólico. En Buenos Aires, consiguieron lugar en un conventillo en Carlos Calvo casi 9 de Julio. All ocuparon una pieza al fondo del pasillo con una sola cama. Allí domía la madre. Los cuatro niños se acomodaban de menor a mayor en dos colchones en el piso. Al principio pasaban hambre. Durante un tiempo fueron a comer a las iglesias del barrio, pero Jhony era un tipo orgulloso. Había desplazado al padre con la secreta fantasía de ocupar su lugar.
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El 8 de Julio pasado Jhonatan ‘Kiki’ Lezcano se bañó, se puso su mejor ropa y mientras se perfumaba habló con su madre. “Voy a ver a una chica”, le dijo. Salió a la calle, se encontró con Ezequiel Blanco y juntos tomaron un remis desde Villa 20 hasta el Hospital Piñeyro. Fue la última vez que alguien los vio con vida. Un día después, Angélica, la madre de Jhonatan, hizo la denuncia por su desaparición. Y no se quedó quieta. Fue a la comisaria 52, al Juzgado Criminal de Instrucción Nº 30, a Missing Children, envió información por internet, pegó afiches, participó de programas de televisión y hasta imprimió remeras con el rostro de su hijo. Pero no hubo caso: el pibe no aparecía.
En teoría, Daniel tenía casa y familia. En la práctica, siempre fue de la calle. De chico pidió en los trenes, vendió estampitas y durmió en los andenes de Constitución. Un día se hizo hombre y salió ahí como quién corta un cordón umbilical. Se mudó a Plaza San Martín, recorrió comedores de la iglesia, paradores nocturnos y baños públicos. Aprendió a esconder frazadas, estudió los circuitos de restaurants caritativos y se volvió más agresivo para pedir monedas. Le gustaba repartir volantes para los cabarets de Lavalle o vender fotos de Floricienta a la salida de las obras infantiles en Av. Corrientes: ambas actividades le parecían robos benignos. Pero Dani no era ladrón: si te quedabas dormido te sacaba las medias y después las usaba delante tuyo. Siempre se metía en problemas.
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Los lunáticos, los aventureros y los artistas dispuestos a ser consumidos por su obra son el combustible de la historia. Son hombres y mujeres que encuentran su misión en la vida y que están dispuestos a cumplirla. Acá tenemos dos ejemplos: Marc Emery y Eddy Lepp, el primero canadiense, el segundo yanqui, van a ser recordados como los cristianos primitivos de la legalización de la marihuana. Tipos que se atrevieron a poner la cabeza en las fauces del león del prohibicionismo, y que no dudaron en sacrificarse para dar su mensaje y sembrar el ejemplo.
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El 3 de Setiembre, luego del enfrentamiento en la Villa 9 de Julio de San Martín, los peritos juntaron cerca de 300 vainas servidas. La batalla fue una de las más violentas de los últimos tiempos, pero no la primera. El acto inaugural de la guerra tuvo lugar tres meses atrás, a los pies de un altar del Gauchito Gil. Allí, con una bala en la columna, cayó muerto Edgardo Kleyer, de 19 años. Soledad Lemos, su madre, había comprado materiales para construir el baño de su casa. Con esos mismos ladrillos, él levantó el altar rojo en la entrada de la villa . Por las tardes solía sentarse ahí a tomar cerveza. A veces se agarra a piñas y las vecinas lo alentaban. Edgardo practicaba boxeo, y dicen que daba gusto verlo pegar.
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La madre le dijo “quedese acá hijita, esperemé”. Estaban en un pueblo cerca del paraje donde cuidaban animales, y Petrona le hizo caso. Esperó dos días enteros, hasta que se dio cuenta. Entonces lloró un poco, pidió monedas y viajó hasta Sante Fe escondida en el acoplado de un camión. Allí durmió en las vidrieras de los negocios, limpió pisos en los restaurants y pagó el precio por no tener quién la defienda. Unos años más tarde, al encontrar aquel club de boxeo, pensó que era un milagro: aprender a quebrar la cintura, ponerse en guardia y tirar un golpe tras otro era lo que más quería en el mundo. En pocos meses se convirtio en una máquina de guerra, una niña salvaje dispuesta a sobrevivir con ayuda de sus puños.
Todo cambió tan rápido. Hasta el 2003, yo no sabía lo que era una palta. No se rian: había visto a un alemán comer una en Buenos Aires en el 2002, pero no sabía que era, ni que gusto tenía. Muchos menos cococía el huacamole. Sin embargo, nunca me apené por ello. La precariedad, pensaba, me permitía mirar como si siempre fuera la primera vez. Ese era mi método de trabajo: mantener la capacidad de asombro, plantarme en el lugar hasta que suceda algo maravilloso y sobrevivir para contarlo. A fines del 2001, en la puerta del velorio de un muerto por la represión del 20 de Diciembre, conocí a una persona que con el tiempo se convirtió en mi maestro. Su nombre es Cristian Alarcón, quizás uno de los mejores cronistas de nuestro medio. En uno de sus talleres, Cristian me ayudó a hacer conciente esa forma de contar la realidad: la crónica, dijo, es la versión insospechada de lo real. Desde que pronunció esa frase hasta hoy pasaron algunos años. Yo cambié mi mundo sin palta por la cocina oriental casera. Lo que era un taller de sábado por la mañana, cinco años después se convirtió casi en una escuela, una tendencia dentro del periodismo local. Hoy el taller de Cristian inaugura un blog: Las Aguilas Humanas. Lo hace con dos crónicas buenisimas -una sobre el Gordo Valor, otra sobre el hombre del bombo- que vale la pena sentarse a leer. Y luego, prometen, vendrán muchas más.

Esta es la historia del asentamiento 13 de mayo, en la zona de Itapuá, Paraguay. Es un grupo de familas campesinas -unas 70 personas en total- que intentan mantener su identidad y su relación la tierra en el marco del avance del monocultivo de la soja. La aldea fue desalojada 17 veces del mismo lugar. El título de propiedad de las tierras lo tiene el medico del ex dictador Stroessner. Al ver llegar a los guardias civiles o la policía, los campesinos se esconden en el monte con lo que tienen a mano y los hijos a cuestas. En la selva, se comunican entre ellos por señas para saber cuando terminó “la represión”, que consiste en quemar las casas y todas sus pertenencias. A veces estan uno o dos dias escondidos y luego vuelven para construir sobre las cenizas. Esta situacion se repite hace 6 años. Entre desalojo y desalojo, los campesinos plantan para el autoconsumo, y tratan de mantener, a partir del intercambio “mano a mano”, las semillas y las comidas tradicionales en un marco en el que el avance del monocultivo parece imparable. En Paraguay hay sembradas 2.600.000 hectáreas de soja —el doble que en el 2001— y en el último año se produjeron 3,8 millones de toneladas a pesar de la sequía. A la vez, existen 300.000 campesinos sin tierra, número que se multiplicó a partir del 2001, con el auge de la soja y los desalojos de decenas de asentamientos campesinos.
Quienes la conocen dicen que fue por elección. Porque en su juventud, Delia Saavedra Castilla era una mujer bonita, culta y adinerada, todo un buen partido para cualquier soltero de la alta sociedad salteña. Pero ella nunca se casó. Llegó hasta los 61 años dedicada altrabajo, a su familia y a los perros chihuahuas que la reconocen como única dueña. En la casa siempre fue la mimada: la hija menor, una consentida a la que todos cuidaban. En el 2007 murió su hermana mayor y, pocos meses después, la madre. Entonces todo cambió. Ella quedó sola en el mundo y a cargo de su padre, que acaba de cumplir 95 años. Un tipo tan aferrado a la vida como a sus pertencias.