La masacre de Pompeya
Hijo de campesinos que cambiaron la crianza de vacas por la venta de repuestos para autos, Fernando Carrera (30) gozaba de un pasar tranquilo, casi acomodado. Tenía mujer, tres hijos y un reparto de artículos de gomería montado con ayuda de su padre. En Ituzaingó, su lugar de residencia, varias veces se había emocionado con las concentraciones inspiradas en el fenómeno Blumberg. Ante cada convocatoria, Fernando se acercaba la plaza a prender una vela por la seguridad, con la esperanza de que ahora sí, unidos por el miedo, podrían mejorar algo. Pero sucedió todo lo contrario, al menos para él. El 25 de Enero de 2005 Fernando dejó de ser un ciudadano que polarizaba los vidrios del auto para prevenir secuestros express, y se convirtió en el único acusado dos robos, un tiroteo, y un choque que terminó con tres muertos y varios heridos. El combo, que la prensa bautizó como “La masacre de Pompeya”, pasó de la tapa de los diarios al olvido colectivo. Sólo quedó en la memoria de algunos por su arista más sangrienta: la muerte de Gastón, un niño de 6 años que fue despedazado junto a su madre durante el choque.
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