Me fui por una semana. Varios días en los que voy a trabajar de fotógrafo en un ambiente diferente al que suelo registrar, y con historias que están en el otro extremo de los temas que toco habitualmente. En cierta forma, es algo así como un descanso. Esta es la casa donde vamos a dormir hoy. La única desventaja: estamos en medio de los yungas, pero hay wi-fi.
Se golpea a las mujeres porque son mujeres. Porque son diferentes de los varones y esta diferencia les resulta insoportable porque es interpelante y con frecuencia define impotencias y carencias masculinas de las cuales las mujeres son-somos testigos incómodos para la ilusión de superioridad masculina. Esa diferencia que se tramitó como inferioridad encubriendo la insoportable presencia de una testigo de claudicaciones y miserias que muchos hombres no reconocen en su condición de seres humanos… (En la contratapa de Página 12 de hoy, Eva Giberti analiza de forma seria una nota de una revista dirigida a hombres idiotas. La columna sigue acá).
Pero en realidad, lo que quería decir, es que las amigas de Mújeres Públicas presentan su libro Elige tu propia desventura. Y vale la pena ir.
(artículo y fotos aparecidos en la revista La Mano de Abril 2008)
A la prostitución la hacen los clientes. Ellos generan costumbres, delimitan zonas y hasta horarios para el sexo pago. Aquí, en el microcentro, el negocio es de lunes a viernes en horario de oficina. Y los consumidores no son hombres con anillo de sello, peluquín y vaso de whisky rebajado con hielo. Son oficinistas, profesionales casados y empleados de servicio aburridos de sus vidas sin aventura. La estadística me la dio mi amiga Jessica, y es más confiable que el INDEC: en su departamento, el teléfono suena desde las 8 hasta las 19 y después se corta. Aunque claro, la mayoría son pajeros, gente que no tiene nada que hacer de su vida y se pone a llamar travestis para molestar. Incluso a algunos Jessica ya los reconoce por las cosas que dicen. Ahora, por ejemplo, llama un tipo y dice que está a una cuadra, que quiere algo rápido, un pete express. Son 30 pesos, responde Jessica, tocá timbre. Este no va a venir, me dice a mí, y se equivoca por una vez, porque al minuto suena el portero y yo tengo que desaparecer. Pienso en sentarme en la escalera del edificio o bajar a tomar un café, pero ella dice que no hace falta, que total va a ser un rato.
-Te escondés atrás de la puerta de la cocina, el cliente entra, ve que no hay nadie y te cierro para que estés tranquilo.
Tardé más en aprender su apellido que en enamorarme de sus canciones. Lisandro Aristimuño tiene la particuliaridad de convertirnos en militantes de su música. Sin perdirlo, nos invita a sumarnos al boca en boca que lo está haciendo cada vez más conocido. Varias de sus canciones están en myspace, y sus conciertos se difunden en el blog Azules Turquesas, donde también se puede esuchar el programa de radio que hace en FM La Tribu. Lleva editados tres discos: Azules Turquesas, Ese asunto de la ventana y 39.
Además de todo, Aristimuño está construyendo una carrera musical sólida sin necesidad de mezclar la música con el vedetismo ni vender sus productos a grandes multinacionales.
Hoy toca por última vez en Capital Federal hasta la primavera. La cita es a las 21 horas en Niceto (Niceto Vega 5510). Vale 15 pesos. Es un tipo que vale la pena. No digan que no les avisé.
Después de la muerte de joven mapuche Alex Lemun en una recuperación de tierra, Elena Varela, una realizadora cinematográfica, comienza a investigar las razones del conflicto que tiene el pueblo Mapuche con el Estado chileno. En su búsqueda conoce a un joven dirigente mapuche clandestino que le va entregando pistas e información para comprender el conflicto mapuche en el sur de Chile.
En una declaración pública, los documentalistas de Chile se solidarizan con su compañera, analizan los motivos de la detención y denuncian que no es la primera vez que sucede.
Cuando empecé a hacer el trabajo sobre el Gauchito Gil, apareció Juan Carlos. Nos presentó Laura, y nos encontramos en Florencio Valera, donde él y su familia tenían un comedor, un altar del Gaucho y varias habitaciones repletas de cachivaches increibles.
Juan Carlos usaba unos anteojos hechos con un marco que se había encontrado y dos vidrios diferentes, que había pegado con esfuerzo y mucha cinta adhesiva. Todo a su alrededor estaba construído así: con pedazos de mundo descartados por otros. Otra de las cosas que Juan tenía, y que al verlas me partieron la cabeza, era una puerta fabricada con pedazos de madera muy pequeñas. Las había pegado una por una, para construir una tabla grande y usarla para cerrar un espacio. Cuando me la mostró, me pareció todo un manifiesto estético-político.
Cada vez que abro un sitio y aparece una musiquita, un banner raro o un anuncio del tipo ‘desde ahora, podés escuchar este post en audio’, tengo la seguridad de que estoy frente a gente que utiliza la teconología como un fin en si mismo. Adictos que se engolosinan con los chiches nuevos sin que tengan un sentido práctico claro, como los editores de foto online, los micro blogs, etc, etc. Pero hay cosas, como los programas que convierten texto a voz, son muy utiles si se los usa bien. Yo descubrí su utilidad hoy. Uno de mis mayores problemas es que cuando estoy cansado empiezo a comerme letras, sílabas y hasta palabras enteras. Es una cosa que odio, tanto como las rimas involuntarias y las frases sin sentido. Como a veces leer en voz alta no alcanza, contraté al robot de vozme.com para que me leyera los textos. La verdad es que no le pone mucha onda: castellaniza todo, lee mal las siglas, no cambia de tono nunca y convierte a la poesía en un inventario cibernético. Pero hace bien su trabajo: como es automático, no me deja pasar un error. Ahora, por ejemplo, escucho este audio y corrijo este fragmento de un texto para entregarlo en un ratito:
En una escuela de Villa 31, en Retiro, los pibes del fondo tienen una lata que pasa de mano en mano. La maestra siente un olor raro que inunda el aula, un humo que ella no conoce y que aumenta cada vez que prenden un encendedor. ¿Qué están quemando?, pregunta la maestra. La respuesta es una mueca: los pibes están pero no están. ¿Hay que llamar a la policía, a los bomberos, salir corriendo?. Villa 31 es uno de los pocos lugares del país donde la respuesta puede ser otra. En vez de reprimir, se puede convocar a un operador para que haga algo distinto. Y allí va Julián, un psicólogo de ARDA (Asociación Argentina de Reducción de Daños) al que los pibes del ya vieron circular por los comedores, la iglesia y el centro de salud del barrio. Julián tiene la autoridad de ser alguien que sabe pero escucha, que aconseja pero no prohíbe, que ayuda pero no impone. Les da una charla a los chicos, narra los efectos de consumir paco, las alternativas para dejar de hacerlo, los lugares a los que se puede recurrir. Trata, como puede, de estudiar caso por caso para darle una respuesta a cada pibe. La misma escena puede repetirse en otros barrios, pero no en tantos: apenas en la Villa 21 de Barracas, en la 1-11-14 de Bajo Flores y en otros pocos lugares donde trabajan Arda o la Fundación Intercambios, dos de los pocos grupos que impulsan esta práctica en el país. (more…)
Esto sucedió en méxico. Cuando me empecé a perder fenómenos como este, comprobé que la adolescencia quedó tan pero tan atrás. Hay montón de literatura basura sobre esta Quadrophenia de la postmodernidad. Y claro, las versiones locales, con condimentos propios de nuestra urbe, y la misma mirada pancha de los medios (”la gente vs. las bandas del conurbano”, como si fueran d’elia vs. el campo en versión boba) no podía faltar.
Update: Para el que no vio Quadrophenia, apretando en leer más hay un pedazo de la peli, en una traduccion al español espantosa que por momentos es invadida por el audio original:
La foto del día es de Nicolás Pousthomis. Hay algunas más tremendas, pero a mí esa es la que me parece más completa, quizás porque tiene algo de trágico y de bizarro a la vez, pero sin perder el costado informativo. El resto del trabajo, tanto de Nicolas como de Rulo, se puede ver aquí, porque nuestra página, digamos, no tiene un buen día. Para los que trabajamos en la cobertura del referendum de Venezuela, el de Santa Cruz produce un cierto deja vú, sobre todo a partir de los sectores que salieron a festejar en la calle en la noche, su odio racial, los saludos nazis, la ostentación facistoide, etc.
Blog de Sebastián Hacher Rivera, fotógrafo y periodista. Miembro de la Cooperativa Sub y autor del libro Gauchito Gil. Colabora con las revistas La Mano, THC, Tercer Sector y algunos medios alternativos.