
(artículo y fotos aparecidos en la revista La Mano de Abril 2008)
A la prostitución la hacen los clientes. Ellos generan costumbres, delimitan zonas y hasta horarios para el sexo pago. Aquí, en el microcentro, el negocio es de lunes a viernes en horario de oficina. Y los consumidores no son hombres con anillo de sello, peluquín y vaso de whisky rebajado con hielo. Son oficinistas, profesionales casados y empleados de servicio aburridos de sus vidas sin aventura. La estadística me la dio mi amiga Jessica, y es más confiable que el INDEC: en su departamento, el teléfono suena desde las 8 hasta las 19 y después se corta. Aunque claro, la mayoría son pajeros, gente que no tiene nada que hacer de su vida y se pone a llamar travestis para molestar. Incluso a algunos Jessica ya los reconoce por las cosas que dicen. Ahora, por ejemplo, llama un tipo y dice que está a una cuadra, que quiere algo rápido, un pete express. Son 30 pesos, responde Jessica, tocá timbre. Este no va a venir, me dice a mí, y se equivoca por una vez, porque al minuto suena el portero y yo tengo que desaparecer. Pienso en sentarme en la escalera del edificio o bajar a tomar un café, pero ella dice que no hace falta, que total va a ser un rato.
-Te escondés atrás de la puerta de la cocina, el cliente entra, ve que no hay nadie y te cierro para que estés tranquilo.
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