Se van a cumplir seis años de la muerte de Dario y Maxi, los piqueteros asesinados por la policía en el Puente Pueyrredón. Quizás muchos ya no los recuerden, pero en algunas zonas del conurbano siguen siendo bandera. En el barrio donde militaba Darío Santillán, los murales, una biblioteca y una calle llevan su nombre. Algunos se lo tatuaron en el brazo, y hasta hay gente como Mabel, que asegura que se volvió santo. A otros todavía nos cuesta un poco hablar del símbolo en el que se convirtió Dario. Yo, por ejemplo, lo conocí en pleno auge de los movimientos sociales, después del estallido del 2001, cuando los piquetes los hacían los que pasaban hambre. Nuestro primer encuentro fue en Enero de 2002. Llegamos a su barrio con algunos periodistas y fotógrafos de medios alternativos, porque Darío nos había desafiado: hay que mostrar, decía, el verdadero rostro de los cortes de ruta. En esos días la imagen de la capucha y las gomas quemadas inundaban las pantallas de televisión. Nuestra idea era contar que detrás de eso había gente que quería trabajar. El Barrio La Fe, donde Darío nos había citado, queda cerca de la estación de Monte Chingolo, en Lanús, y era su lugar de militancia con el Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD).
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