Hasta mediados del 2004, en los barrios porteños de Lugano, Villa 20 y Mataderos, a la Brigada de Investigaciones de la Comisaría 52 se le atribuía el poder de de actuar como ente regulador del delito. Lo que hacían, según los vecinos, era mantener la caja chica de la comisaría con impuestos a la actividad delictiva, sacando del medio a quienes no rendían tributo. Entre esos policías se destacaba el Sargento Rubén ‘Percha’ Solares, al que se le adjudicaban todo tipo de vejámenes, desde el armado de causas y torturas hasta fusilamientos sumarios de adolescentes. Su nombre era pronunciado con miedo en los pasillos de Villa 20 o Ciudad Oculta, donde su fama corría más rápido que los autos de civil en los que solía patrullar. Uno de los primeros asesinatos que se le atribuyeron fue el de Gabriel Omar ‘Pipi’ Alvarez, un joven de 21 años de Villa 20, que robada autos y que, según sus amigos, no había querido negociar con ellos los términos de su actividad. Gabriel murió de un disparo en el cabeza. Aún hoy, los curas que participaron del sepelio recuerdan que tuvieron que intervenir al ver a Solares aparecer entre los deudos, mostrando como trofeo una pulsera del muerto. Dos semanas antes, en Febrero del 2002, la madre de Marcelo Barboza, otro joven muerto en un presunto enfrentamiento en los monoblocks de Villa Lugano, denunció que sobre el cadáver de su hijo habían dejado, como firma inconfundible, un pedazo de percha.
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