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Archivo para Julio 2009

Toma de rehenes en Almagro: el Piky

En la puerta del hotel, dos pibes comparten una pipa de pasta base. Enfrente, otro pica marihuana para armar un porro. No mira la hierba que se desgrana en su mano, sino a los periodistas que hacen cola para entrevistar a los padres del Pikiy, el adolescente de 16 años que tomó cuatro rehénes en una perfumería de Almagro. Desde que lo detuvieron, las guardias periodísticas se concentraron el hotel de la calle Urquiza casi al 200. Allí la familia alquila dos habitaciones por 65 pesos al día. La presencia mediática alteró la rutina del barrio: las travestis se esconden un poco de las cámaras, y los pibes que se juntan en las esquinas le piden un billete a los que pretenden grabar una muestra de marginalidad para la televisión. Leer más…

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Una historia de esclavos en Buenos Aires

Luis Alfredo Quispe tiene 32 años y es Aymara. Su madre nació en Patacamaya y su padre en Achacachi, el pueblo más indígena y rebelde de Bolivia. De grande, Luis se casó con Daisy, y juntos se mudaron a El Alto, la ciudad que está pegaba a La Paz. Cuando su primer hija cumplió dos, le ofrecieron venir a trabajar a la Argentina. “Yo te haré el contacto – le dijo la dueña del lugar que alquilaban-. Ganarás 200 dólares al mes”. La oferta era tentadora: una pariente de ella tenía un taller de costura en Buenos Aires. Les darían pasaje, casa, comida y un sueldo. Queremos progresar, pensaron Luis y Daisy. Hay que esforzarse.

Una vez aquí, las cosas resultaron distintas a lo prometido. “Del sueldo –recuerda Luis- solo me pagaban 50 dólares, pero trabajaba desde las 7 de la mañana hasta las 11 de la noche. Casi no nos daban de comer y durante el día cortaban el agua. Para darle de tomar a mi hija, sacaba del depósito del inodoro. La nena tenía prohibido entrar al taller, así que la encerraban en la pieza”.

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La guerra en las tribunas de Huracán.

Huracán no sale campeón desde el 73. Ahora –si Velez lo deja- está a un paso de lograrlo. La esperanza generó una vuelta a las tribunas: los que se habían resignado a escuchar los partidos por radio o mirar el resumen en la televisión están yendo a la cancha otra vez. La semana pasada el equipo jugó de local contra Arsenal. Antes de que salgan los jugadores, una bandera blanca tapó gran parte de la popular quemera. En el centro tenía pintado el escudo del globo, y debajo una leyenda que decía “venga un aplauso para esta hinchada”. Parecía que el Estadio Ducó se venía debajo de tanta fiesta.

Unos minutos antes, la tensión había cobrado protagonismo. Mientras un hincha venido desde Temperley colgaba su bandera –una que tiene lugar fijo a fuerza de repetir el ritual cada domingo – los de Villa Zavaleta le gritaron que la bajara. El de Temperley hizo como que no escuchaba, pero al rato bajó del alambrado y los invitó a pelear. El Bocón, uno de los jefes de la barra, apareció desde el centro de la tribuna y calmó la situación. Enseguida volvió el festejo, pero la sangre había quedado en el ojo de varios. Y pronto regaría el piso.

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