“En la carcel puedo ser yo”

Marcelo Bernasconi es un adolescente desgarbado, de dientes desparejos y rasgos campesinos. De cerca, los detalles develan la transformación: tiene las uñas pintadas con esmalte, las cejas depiladas y restos de sombra celeste en los párpados.

-Acá adentro- dice-, empecé a ser yo. Ya nadie me dice como me tengo que vestir o caminar.

Acá adentro es la Unidad 32 del complejo penitenciario de Florencio Varela, donde cumple una condena perpetua por matar a su madre y a su hermano.

La cárcel es de régimen moderado, con más alambrados que rejas. Marcelo está en el pabellón de homosexuales, con otras 40 personas. El 8 de mayo pasado, cuando llegó, fue recibido por una comitiva de chicas trans con tacos y siliconas:
-¡Pero si es una criatura! -gritó una.

Y él se puso contento. “Este es mi lugar”, pensó. Ellas le enseñaron a maquillarse, y que lo mejor era pasar el día entre música y bromas para no recordar el pasado. También le ayudaron, casi como un juego, a ponerse un nombre nuevo:

-Siempre jodo que me voy a llamar Marilyn Mariela Perez-dice.

Ese nombre, que ahora le arranca una sonrisa, antes fue insulto: en la calle, un año antes de la tragedia, Marcelo tuvo relaciones con el nieto de su patrón, un tractorista que dormía la siesta en la misma habitación que él. Él, recuerda Marcelo, “le contó a todo el pueblo que yo era gay. Me bautizaron Marilyn. Yo tenía 16 años, y me re molestaba que me llamaran así”.

En su casa no sabían nada. La madre, Juana Alicia Perez, lo había criado con muñecas y vestidos de niña, pero no intuía que Marcelo aprovechaba los carnavales para repetir esa costumbre y mostrar su deseo ante el mundo. La familia vivía en un campo cerca de Oliden, en las afueras de La Plata. El hermano mayor, Carlos, era discapacitado motriz. El padre había sido tambero toda la vida. Marcelo le confesó que era gay cuando estaba en su lecho de muerte. El hombre le dijo que nada haría cambiar el amor que sentía por él. Lloraron juntos.

El 24 de noviembre de 2007 murió. Cuatro días después, Marcelo lloraba encerado en su cuarto. Su madre entró, se sentó sobre la cama y le preguntó que le pasaba.

-Lloro por mi papá-dijo él.

-No te creo. Te pasa algo más-respondió la madre.

-Si: soy homosexual. Papá era el único que lo sabía.

La mujer no entendió la palabra. Tardó unos segundos en darle sentido. Al comprender, empezó con los insultos.

-¡Sos la vergüenza de la familia!.¡Más te vale que nadie en el pueblo se entere!.

Dos días después, la escena volvió a repetirse con el hermano. “Sos un enfermo, te tendríamos que haber tirado a los chanchos cuando eras chico”, le dijo Carlos. Marcelo recuerda ese día como un descenso a los infiernos. “Desde entonces –escribió en una carta- me controlaron la plata que gastaba, la forma de vestir, quién me llamaba”.

Marcelo había heredado de su padre el trabajo del tambo: por las mañanas tenía que salir al campo, ordeñar las vacas, montar a caballo. Cuando le pedía ayuda a su hermano la respuesta era “trabajá, puto de mierda”. A la hora de la siesta, mientras todos dormían, él se las arreglaba para encontrarse con sus amantes en el campo.

En Octubre de 2008, cuando operaron su madre, Marcelo también se hizo cargo de las tareas domésticas. “Ya era el hombre de la casa –recuerda- y me convertí también en la mucama. Cuando mi vieja ya estuvo bien, igual me dijo que siguiera haciendo las cosas de la casa yo. Cada vez se fue poniendo peor: una vez llegó a partirme un palo en la espalda porque le dije que era gay y moriría gay.”

A veces fantaseaba con irse a otro lado, pero la culpa lo detenía. “Yo me había vuelto el hombre de la casa”, dice desde su celda. “Si me iba, se podían quedar en la calle, porque ninguno de los dos trabajaban. A pesar de todo, los quería mucho.”

En los carnavales de 2009 conoció a Matías. Era uno de los tres gay declarados de Oliden, contando a Marcelo. Enseguida se pusieron de novios. Marcelo le dijo a su madre que era un muchacho casado, y que hablaba con voz suave porque tenía un problema en la garganta. A los pocos días se supo la verdad y les prohibieron verse. Ambos se volvieron expertos en amarse de forma clandestina.

En la casa, todos dormían en la misma habitación. Había sido una idea de la madre, para evitar que su hijo huyera para “acostarse con putos” mientras todos descansaban. La noche del 25 de mayo, Marcelo llegó tarde: había estado tomando mate con una vecina, pero en la casa no le creyeron. Lo insultaron hasta que lloró y se acostó a dormir. A las 5:30 los tres se levantaron para ordeñar las vacas y darle de comer a los animales. Los insultos de la noche anterior se repitieron hasta que Marcelo y Carlos salieron para ir al corral. La madre se quedó en la cocina: tenía que preparar las mamaderas para los corderos.

De lo que vino después (ver aparte) Marcelo dice no recordar mucho. Apenas que su hermano siguió con los gritos, y que le dijo “papá murió por tu culpa, porque no soportó que fueras puto” y que de pronto se vio a si mismo con un arma en la mano.

Juana Alicia Perez cayó contra la pileta de la cocina. Carlos se desplomó contra la vaca que ordeñaba. Los dos recibieron un tiro en la nuca. La policía llegó pocos minutos después: Marcelo mismo los llamó para denunciar un robo.“Era extraño –diría luego una fuente del caso- porque no había huellas de auto o pisadas, a pesar del rocío caído. La tranquera estaba cerrada con candado, y los diez perros que hay en el lugar no ladrron”. Marcelo tardó unas horas en confesar el crimen. “No aguantaba más- dijo-. No me dejaban elegir a quién amar.”

Antes de llegar al pabellón gay de Florencio Varela, pasó una temporada en el penal de Magdalena. Allí lo alojaron con los evangelistas. “Todo el tiempo me decían que los gays estábamos endemoniados”, recuerda Marcelo. La situación cambió apenas un poco cuando uno de los “hermanitos” se le acercó y le susurró una frase al oido:

-A los ojos de Dios, vos sos muy bonito.

Con esa frase, pero sobre todo con el beso que vino después, Marcelo entendió algo: la contradicción era parte de su destino.

(artículo aparecido en el diario Tiempo Argentino)

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