
A veces me pierdo cosas. Nunca, por ejemplo, le había prestado atención a Kapanga, una banda que viene peleando desde hace una década, y que parece no llevarse muy bien con la opinión pública porteña. La primera vez que escuche de ellos fue mientras trabajaba en un programa de televisión, al que invitamos a su cantante, Martín el Mono Fabio. Tanto él como la banda me cayeron bien. Cuando volvíamos de grabar, le conté que escribía en la revista THC (algún día contaré las reacciones de la gente cuando digo eso, pero ahora no ese el tema). El Mono me desafió: me dijo que Kapanga la banda más cannábica del país. Lo conté en la revista, pero no convencí a nadie, por lo menos no hasta varios meses después, cuando me enviaron a entrevistarlos. El resultado fue una nota que salió del registro de las que suelo hacer pero que, en cambio, dio bastante que hablar: la levantó com mal ejemplo Don Chiche Gelblung, una fanático anti-marihuana, y durante unos dias hubo un ping-pong radial sobre el tema. Pasada la polémica, aquí, a un golpe de click, el artículo que apareció en la revista.
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Abril 1, 2008
(Crónica aparecida en la revista La Mano de Diciembre 2007, basada en algunas entrevistas en video y posts que están colgadas por aquí y otras que hice después)
Sus ojos queman, Max parece saberlo, y cada tanto baja la mirada hasta su laptop invadida por un desfile de gráficos con estética de juego de solitario. Allí, asegura, hay dos yanquis jugando manos de poker virtual por miles de dólares. Están hace horas, van más o menos parejos, y él no puede dejar de estudiar cómo lo hacen. Tanto que a veces le cuesta mantener la conversación. “Es problema del poker”, explica. “Me abstraigo demasiado, y no me interesan otras cosas que no tengan que ver con el juego. Me pasa todo el tiempo. Por ejemplo, si hablamos más de diez minutos me aburro. Ahora está bien porque hablo yo”.
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Marzo 19, 2008
(nota aparecida en la revista THC, con fotos de Nicolas Pousthomis)
Cruzamos el estacionamiento y caminamos hasta una garita de vigilancia. No hay movimientos extraños, pero igual me incomodo. Niña dice que no me preocupe, que no me van a prestar atención. Ella es sensible: adivina el temor que llevo conmigo y que se dispara en cualquier lugar de encierro, sea una cárcel, un hospital o un shopping. Niña dice que en el Borda una presencia extraña no significa nada. Ni siquiera la de ella, que transita los pasillos del hospital psiquiátrico como una princesa que renunció a sus fueros. Mi inquietud no se va con sus palabras. Hoy, antes de entrar al hospital, hablé con mi consejero en estos temas, el Psicoanalista Francés, un tipo adepto a lanzar frases como “todos podemos estar del otro lado algún día”. El Psicoanalista me advirtió, en forma algo críptica, que “el sueño es la realización alucinatoria de una fantasía sexual infantil reprimida. Las alucinaciones de un psicótico también son eso. A todos nos parece muy conocido porque nos puede pegar en cualquier momento. La locura es algo muy cercano”.
El viejo truco de visitar el manicomio y que no te dejen salir.
Porque en el fondo, lo que inquieta es eso: el saberse tan cerca de la frontera, de cruzar el límite de lo normal y encontrarse que del otro lado lo único que cambia es la intensidad del sufrimiento.
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Diciembre 12, 2007
En la tradición Aymara, las almas de los muertos van a un mundo de abajo, donde cumplen el ciclo inverso: nacer viejas para morir jóvenes. Y, mientras tanto, cada año vuelven de visita a los lugares que solían frecuentar cuando vivos, para comprobar si sus deudos todavía lo recuerdan. Aquí, en el mundo de los que sobreviven, los parientes esperan a las almas con fiestas familiares en su honor. En algunas zonas se desentierran los cadáveres para que participen de la comida y el encuentro colectivo. Esa es la tradición. Con la colonización, el cristianismo mezcló esa costumbre con el día de Todos los Santos, una fecha en la que se festeja para los beatos que no tienen lugar en el calendario.
Hoy, el pueblo boliviano sigue la costumbre de antaño, pero la cruza con esos elementos cristianos impuestos desde afuera. El 1 de Noviembre se reciben las almas en las casas. Se preparan mesas con las comidas que le gustaban al difunto, además de panes dulces con formas propias de la simbología andina. El 2 de Noviembre la ceremonia se repite en el cementerio: la mesa se arma sobre la tumba del difunto. Los que pasan son invitados a rezar por el alma que nos visita, y a cambio se comparte con ellos parte de la comida y bebida que se llevó al lugar. Por la tarde, los músicos recorren las tumbas con sonidos típicos de cada región: los trombones conviven con los sikuris, bombos y guitarras, que son solicitados en cada tumba a cambio de una contribución. En Bolivia es un acontecimiento nacional, sólo comparable con el carnaval.
En Argentina –en especial en Capital Federal- la fiesta de los residentes bolivianos, cada año más masiva, choca con la resistencia de los porteños. En el cementerio de Flores, donde están enterrados los muertos de más de una generación de inmigrantes, las escenas que se viven año a año son de racismo puro: desde gritos e insultos hasta amenazas de terminar la fiesta con intervención de policial. Recién este año, luego de arduas gestiones de representantes de la comunidad, se le puso un freno a los intentos por secuestrar las bebidas y comida que se llevan al cementerio. El ritual, que termina de estallar casi al mismo tiempo en el que cierran las puertas del cementerio, esta vez fue visto con ojos recelosos pero distantes por la seguridad y los habituales usuarios del camposanto.
Eso sí, para que no queden dudas de que la discriminación no terminó, en el cementerio se habilitaron dos tipos de baños: uno para argentinos y el otro para bolivianos.
Las fotos, acá.
Noviembre 6, 2007
(En una semana me voy otra vez al sur. en frebrero tuve la suerte de ser testigo y registrar la recuperación de tierras que los Mapuche realizaron como parte de un conflicto con el italiano Benetton. Las fotos de aquel momento se pueden ver aquí. Lo que sigue es una crónica tardía de aquellos días, que apareció en el número de julio de la revista La Mano)



En Agosto del 2003 viajé a Esquel para retratar la vida de un cazador de pumas. Lo seguí durante una semana, y lo único que conseguimos fue una ardilla y media liebre: la otra mitad la comieron los perros. Gracias al fracaso aprendimos algo: la precordillera está llena de alambre, fronteras internas que los paisanos llaman móviles porque “el viento siempre las corre a favor de los otros”. Detrás de cada uno de esos alambrados hay un conflicto, casi siempre de despojo.
El caso que más nos atrapó en aquel momento fue el de Atilio Curiñanco y Rosa Nahuelquir. El matrimonio nos llevó hasta uno de esos paramos que se ven al costado de la ruta 40. Era un lugar vacío, cuyo único encanto parecía ser el arroyo que corría a unirse con el Rio Chubut. Atilio Curiñanco había crecido en esa tierra, pero al querer usarla para vivir con su familia fue desalojado por una denuncia de Benetton, propietario de poco menos de un millón de hectáreas.
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Septiembre 8, 2007

Soy de Ciudadela. Me fui hace trece años, pero si preguntan todavía respondo así. Quizás sea una declaración de principios, una forma de plantarse frente a la vida. Hoy, sin embargo, pongo a prueba esa frase. Vuelvo al barrio atraído por la historia de un grupo de música que nació en el Fuerte Apache. El lugar, vigilado por 120 gendarmes, es temido y respetado por todos mis vecinos. Yo, por ejemplo, me crié a diez cuadras, pero entré por única vez en 1983 porque mi viejo votaba ahí. Los monoblocks fueron el telón de cemento detrás de mi infancia y la de mis amigos. Teníamos el secreto orgullo de vivir cerca del rincón más violento del país.
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Agosto 24, 2007

A principios de los 90, Edith Moreno ya sabía lo que hoy enseña cualquier folleto: el HIV no se trasmite por practicar deportes. Además, volver al Hockey a los 28 era la oportunidad de recuperar, en parte, el estado físico de antaño. Por eso aceptó unirse al equipo de veteranas, se puso a entrenar y salió a la cancha como cuando era adolescente.
En uno de los partidos le tocó cambiar de posición. Por lo general, la jugadora de adelante se cubría de los bochazos con el palo y después venía ella, ágil y segura, pero a resguardo de posibles golpes. El cambio la confundió y no llegó a levantar el palo para protegerse: la bocha le surcó el pómulo como una daga. Antes del dolor sintió brotar la sangre. Se sentó en el piso. Estaba mareada y casi no podía hablar. El remolino a su alrededor la desconcertó, pero le quedaron fuerzas para rechazar a quienes intentaban ayudarla, como si fueran el diablo en persona. En el Hockey lo que más se lastiman son las manos. Edith sabía eso, y le daba pánico. Una compañera decodificó el mensaje de su miedo. La miró a los ojos y le dijo:
-Loca, tengo las manos sanas. Dejá que te ayude.
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Julio 22, 2007