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	<title>no contesta - blog de sebastian hacher rivera</title>
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		<title>Lo dicen tan bonito</title>
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		<pubDate>Sat, 12 Dec 2009 00:31:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sebastián hacher</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La semana pasada escribí sobre la desaparición de Mónica Bauzá. Hablé con familiares, conocidos de la víctima y con fuentes judiciales de la causa. Todo indicaba que el ex marido de la mujer tenía algo que ver con la ausencia. Cuando le pregunté a una de las encargadas de la investigación que opinaba de ello, [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=nocontesta.wordpress.com&blog=1271257&post=372&subd=nocontesta&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>La semana pasada escribí sobre la <a href="http://nocontesta.wordpress.com/2009/12/07/genero-judicial/">desaparición de Mónica Bauzá</a>. Hablé con familiares, conocidos de la víctima y con fuentes judiciales de la causa. Todo indicaba que el ex marido de la mujer tenía algo que ver con la ausencia. Cuando le pregunté a una de las encargadas de la investigación que opinaba de ello, sonrió y me dijo: &#8220;No tenemos nada que lo incrimine. La mujer desapareció como tanta gente: se esfumó, se la tragó la tierra. Pero ustedes los periodistas lo cuentan de una forma tal que parece que tuviera. Lo dicen tan bonito&#8230;&#8221;. El comentario era falaz: además de que hay una denuncia penal contra el ex marido, los familiares de Mónica conocían y atestiguaron la situación de violencia y terror que vivía la mujer. </p>
<p>Hoy salió a la luz que habían vuelto a allanar la vivienda de la mujer -donde ahora estaba instalado su ex marido-, esta vez para hacer un rastrillaje en los fondos de la casa. Mientras lo hacían, el ex marido de Mónica -que les había abierto la puerta a los policías-<a href="http://www.diariohoy.net/accion-verNota-id-58826-titulo-Intensa_b%C3%BAsqueda_y_rastrillaje_del_ex_marido_de_M%C3%B3nica_Bauz%C3%A1_en_Los_Hornos"> desapareció</a>. Aunque en su caso, tan distinto al de su ex esposa, habría que decir que se dio a la fuga.</p>
<p>Mónica tenía 43 años y tres hijos. Era empleada doméstica. Lleva 120 días de ausencia.</p>
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		<title>Lisandro Aristimuño: &#8220;No salí de un ringtone&#8221;.</title>
		<link>http://nocontesta.wordpress.com/2009/12/07/entrevista-con-lisandro-aristimuno/</link>
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		<pubDate>Mon, 07 Dec 2009 02:19:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sebastián hacher</dc:creator>
				<category><![CDATA[blog]]></category>

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		<description><![CDATA[Allá arriba, en el escenario, parece que Lisandro Aristimuño está por quebrarse. No a punto de llorar, sino de partirse en dos, flaquísimo y aferrado a su guitarra acústica mientras baila de puro gusto, sin poses. Su público —que llenó el teatro Ateneo cuatro veces en las últimas semanas— lo acompaña: se mueve sobre las [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=nocontesta.wordpress.com&blog=1271257&post=358&subd=nocontesta&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>Allá arriba, en el escenario, parece que Lisandro Aristimuño está por quebrarse. No a punto de llorar, sino de partirse en dos, flaquísimo y aferrado a su guitarra acústica mientras baila de puro gusto, sin poses. Su público —que llenó el teatro Ateneo cuatro veces en las últimas semanas— lo acompaña: se mueve sobre las butacas como en un trance de amor. El recital parece una fiesta íntima con música de chelo, clarinete y samplers con sonidos nacidos de un video de Youtube o un amanecer de algún rincón de la Patagonia. </p>
<p>Con cuatro discos editados de forma independiente Aristimuño es considerado la esperanza de aquello que alguna vez se llamó rock y que en su repertorio es una mezcla que va desde el folklore y el pop hasta la eléctrónica. Armado con una voz que parece tan fragil como su cuerpo -pero que, igual que aquel, nunca se rompe- y una sensibilidad que enamora o despide con la misma intensidad, con su nuevo disco doble “Las Crónicas del Viento”, Lisandro parece consolidarse como uno de los grandes de la escena musical.<br />
<span id="more-358"></span><br />
La historia es conocida para sus fanáticos: Lisandro Aristimuño se mudó de Río Negro a Buenos Aires en el 2002, siguiendo los pasos de la mujer que ama. Vino con un demo de Azules Turquesas bajo el brazo y se encontró con un mercado en el que era imposible editar algo, pero igual lo hizo y no le fue mal. Casi siete años después, con un sello discográfico propio, un programa de radio en FM La Tribu y una obra considerable para sus 31 años, Aristimuño dejó de ser un secreto que se trasmitía de boca en boca, aunque todavía le suceda algo extraño en esta época: como le esquiva a las cámaras, a las promociones tradicionales y a la televisión, mucha gente que tararea sus canciones jamás lo reconocería en la calle.</p>
<p>—¿Sos un chico de pueblo?</p>
<p>—Viedma es una ciudad, pero se sigue durmiendo la siesta; tiene casas muy bajas y un río que la atraviesa y que era como mi patio. En primer grado me fui a vivir a un pueblo más chico: Beltrán. Mi viejo laburaba en un plan de vivienda y le dieron la casa ahí. En Beltrán iba a jugar al campo. Había mucho fútbol, barrilete, prendíamos fuego. Venía el lechero con el caballo, tenías que sacar la olla y él tiraba la leche. La típica era terminar el secundario, irse a estudiar a La Plata o a Buenos Aires y estar en el lugar donde pasaba todo. Yo le tenía un rechazo a eso, quería ir contra la corriente, así que fui a Mendoza. Pero caí acá, siguiendo a una mujer, la que ahora es mi mujer.</p>
<p>—¿Buenos Aires te pareció hostil?</p>
<p>—Al principio estaba en una burbuja de amor y de buena onda. Y aparte era todo nuevo. Vivía en Palermo, en Godoy Cruz y Honduras, pero el barrio se estaba transformando en lo que es ahora y me fui a Once. Al principio estaba bien, pero después, cuando salí de esa burbuja y me di cuenta de que vivía en Buenos Aires, me dio mucho miedo. Incluso al punto de tener una parálisis facial, fobias, no salir de casa. Me pegó así, groso. Sentía que no tenía espacios: esa cosa de ser uno más en el hormiguero. Fue raro en su momento. Pero ahora ya no.</p>
<p>—La ciudad a la que llegaste era la de principios de 2002: la ciudad de las crisis, los cacerolazos, las asambleas, los piquetes.</p>
<p>—Sí. En algún punto me gustó que se movilizara todo. Había una sonrisa oculta mía. Todo me causaba como una especie de “vamos todavía”. Y a la vez estaba con todo esto del amor y de vivir con una mujer por primera vez. Lo viví con una felicidad medio rara. Aparte fue un gran cambio, también en la música. Me encantó que las grandes corporaciones cayeran, que pusieran los discos más baratos y yo poder comprarlos porque los bajaban de precio groso, como en liquidación. Y me gustó ir a una discográfica y que me dijeran que no editaban ni a Diego Torres. Fue como volver a lo salvaje. Decir: “Bueno, hay que salir con el bolso a piratear.”</p>
<p>—Cada uno de los discos parece una radiografía de un momento de tu vida. Azules turquesas era un disco del sur, en Ese Asunto de la Ventana hay como una transición: hay mucho de la Patagonia, pero también de las fobias de la vida urbana. Y en 39º da la sensación de que habla el que llegó a la ciudad, el que ya está acá para quedarse.</p>
<p>—Es inconsciente, se va dando así porque escribo con todo lo que absorbo: lo que me impactó, lo que me interesó, lo que me chocó, lo que me hizo sentir algo particular. Y hablo de eso. Ese asunto de la ventana es un disco muy para adentro. Y 39º fue el más oscuro de todos.</p>
<p>—Para hacer Las crónicas del Viento volviste para recolectar material de tu infancia en Viedma y a Beltrán.</p>
<p>—Sí, fui a buscar documentos y vivencias. Me senté a hablar con mis viejos, encontré fotos de mi abuela que son las que están publicadas en el diario. Busqué muchos audios también: del lugar, de las escuelas con esa acústica, esa cámara especial que tienen las escuelas. Incluso canté cosas ahí. Creo que la infancia es la etapa más pura que tenemos las personas. Es el momento menos fragmentado de nuestras vidas. Y también sirve para pensar en las relaciones de los seres humanos. El tema de tus abuelos con tus viejos y cómo todo se va filtrando y se va haciendo cada vez mejor.</p>
<p>—El disco está dividido en dos capítulos. El primero lo grabaste solo, en España. ¿Por qué?</p>
<p>—La idea era pasar por las distintas etapas de la infancia. Grabar solo tiene que ver con que cuando sos bebé jugás solo. cuando decís: “Mamá, ¿me llevás a lo de Juancito?” y ahí está el otro disco, otra etapa de la infancia. En realidad este disco iba a ser triple: la otra parte iba a ser instrumental. Era el momento en el que todavía no sabía hablar.</p>
<p>—¿Y por qué se quedó en proyecto?</p>
<p>—No salió porque no tenía la plata para hacerlo. Era música para una orquesta sinfónica, y me salía muy caro hacer todas las partituras. Después, la sinfónica&#8230; viste que en ese ambiente se cobra muy bien, y con toda la razón, porque hay mucho estudio, mucho tiempo de tu vida ahí. No sé escribir partituras, nunca estudié música. Pero ojo: siempre se dice “no estudié”, y en realidad no estudio de manera académica, pero sale un disco de Radiohead y me lo compro como un manual Kapelusz. Eso también es estudiar. Y agarrar la guitarra todos los días también.</p>
<p>—En este último disco da la sensación de que te volviste un poco nómade. Toda la música anterior tenía una identidad muy patagónica.</p>
<p>—Sí, totalmente. Hay un tema que se llama “Desprender del sur”. No me gusta quedarme en el mismo lugar. De cualquier manera, me parece que no hay forma de perder la identidad patagónica, porque la tengo adentro. Sólo cambia el lugar adonde enfocás, pero siempre sigue siendo la misma cámara, sos vos y son tus ojos. Nací patagónico y voy a morir patagónico. No la puedo caretear: soy muy distinto a un músico porteño. Mis amigos porteños tienen otros hábitos, otra forma de ser, de reírse, los chistes, la forma de hablar. Soy distinto en eso y también quiero buscar otras fuentes: esto de irme a España a grabar en una casa, en Vigo, en el medio del mar, con olor a puerto, con otra escenografía.</p>
<p>—Crónicas es una palabra propia del oficio de narrar y de los viajeros. ¿Qué representa para vos ponerla en el título de un disco?</p>
<p>—Casi todos los títulos salen de cosas que leo. Al principio iba a ser El secreto de las crónicas del tiempo. La idea era ponerle un título muy largo y del estilo de un cuento de castillos. Cosas muy de nenito, medio a lo Tim Burton. Después lo fui cambiando y le quedó Las crónicas del viento. Me pareció que el viento era el protagonista de mi infancia: es el brujo, el cuentista, el machi.</p>
<p>—Es una constante: tu sello se llama Viento Azul, la compañía de teatro de tu viejo, Teatro del Viento. Y también está presente en tus canciones.</p>
<p>—En Viedma el sonido del viento está todo el tiempo: la típica del zumbido en las ventanas. Una vez Fito Páez me dijo: “Ojo que el viento te vuelve loco.” Los médicos, los psicólogos dicen que el viento te pira, porque es muy fuerte. Es muy protagonista de tu vida. Salí con un paraguas en la foto de Ese asunto de la ventana por eso: en Viedma no hay posibilidad de usar paraguas porque se da vuelta. Allá salimos con los pilotos. El paraguas es un símbolo porteño. Acá vez al punk con la mochi la de Marilyn Manson y el paragüitas. Es muy fuerte.</p>
<p>—Hay imágenes sobre la infancia, el sur, el amor o el dolor que atraviesan todas tus canciones, pero no da la sensación de que se repitan.</p>
<p>—Lo lindo de la música es que aunque repita muchas veces la palabra “sol” o “luz”, cambia según el sentido de la nota y de la musicalidad que le dé. No es la misma luz siempre: la puedo usar mil veces, pero va a ser otra. Tengo un abecedario muy corto, si te ponés a pensar. Uso la voz como uninstrumento más. Y soy muy hinchabolas a la hora de elegir palabras. Sobre todo, la fonética de las palabras, la percusión que lleva cada una. Para componer, casi siempre hago los temas en un idioma raro. Como no sé hablarlo, invento un inglés muy raro. Es un idioma espectacular para la música. Me fascina la percusión que tiene.</p>
<p>—¿Y después lo traducís?</p>
<p>—Intento ubicar las palabras con respecto a esa percusión, como un rompecabezas. Pienso en la<br />
ambientación de la música, como si fuera una escenografía teatral. Invento todo un mundo. Y después voy hablando sobre eso. Me imagino fantasmas, me imagino una casa abandonada, olor a humedad, los actores: uno tiene el pelo largo, la otra es una mujer&#8230;</p>
<p>—¿Por eso las canciones tienen esa variedad de texturas?. A veces tengo la sensación de que un mismo tema se puede escuchar de varias formas diferentes.</p>
<p>—Hago estas escenografías y las dejo estar como el vino, que vayan asentándose. Y después las agarro y escucho, suena medio ambient la música, como si fuera una música tipo Brian Eno, una cosa muy de sonidos, de timbres. No tiene ni armonía a veces, ni notas. Al principio son ruidos. Voy de a poco, en capas. Es como  tirar una semilla y esperar que pase algo. A veces tardo en los procesos; los dejo estar, los dejo madurar. Otras, hay dos temas que tienen la misma base y son totalmente distintos. Hay cosas, series muy parecidas. De repente en un tema aparece la base o un sonido de otro. </p>
<p>—Y después, a la hora de grabar, te encerrás y grabás enseguida: en el último grabaste la mitad del disco en tres días, solo y en España. </p>
<p>—Sí, no me gusta estar en un estudio, me embola. Lo máximo que estuve habrán sido ocho dias. En España grabé en una casa con el ingeniero de sonido, un cocinero, un asistente y el dueño de la casa. Yo toqué todos los instrumentos. Siempre llevo la maqueta ya muy hecha. Si las escuchás, están muy parecidas a las canciones grabadas. No hay grandes cambios: sólo hay más realidad. El piano de la maqueta es un piano de compu y en el estudio pongo a un pianista.</p>
<p>—Escuchándote a vos o a Gabo Ferro da la sensación de que algunos temas como el amor o los sueños eran tópicos que parecían perdidos para la canción, y que vuelven a tener vigencia.</p>
<p>—A veces se habla del amor de una manera súper banal, de propaganda de Tubbie. Creo que el sistema está intentando que uno no piense en eso. Intenta ser de una frialdad gigantesca y cada vez estamos más fragmentados, cada vez usamos más el cerebro y no el corazón, el alma, el cuerpo, la sensibilidad. Mucha gente dice que yo soy frágil por eso. Y a mí me parece que es al revés. Frágil es el tipo que está en una multinacional y le hacen todo fácil. Va a una peluquería y le cortan el pelo y va a buscar un par de zapatillas y se las da el sponsor. Me parece que es valiente en estos tiempos hablar de amor, hablar de que te vaya mal. Decir “loco, sí, a mí me fue mal”. Nadie es perfecto. No hay que ser el superhéroe de la canción al que todo le va bien, que toma merca y no le importa nada.</p>
<p>—El fin del paradigma de rockero reventado.</p>
<p>—Sí, el famoso Pomelo. Lo que digo es que a veces se nos tilda de ser frágiles y para mí es todo lo contrario. Ser frágil es otra cosa. Me parece que Gabo se autogestiona los discos, o sea hace las producciones él mismo, igual que yo. Y eso no es fácil, tenés que tener un carácter, un criterio, una personalidad.</p>
<p>—Hay una visión medio machista también. La imagen sería la de un tipo haciendo el asado, que le preguntan por vos y dice “ah, ése, el sensible”.</p>
<p>—Sí, siempre me dicen “tú música le gusta a mi novia”. Hay que bancársela: a mí no me interesa ser Bruce Springsteen. Intento que mi lado femenino esté muy, muy presente en la parte musical. Muy pero muy. Incluso hay canciones que escribo imaginándome que soy mujer. Me parece muy rico meterme en ese mundo: de repente puedo ser animal, planta o mujer. Es re interesante ver las cosas de ese lado. Me sirve, son herramientas. Quizás eso es lo que ve el que está haciendo el asado.</p>
<p>—Música para novias. ¿Nunca te quisieron pegar por eso?</p>
<p>—No, pero varias veces me escriben al mail diciendo “me peleé con mi chica, por favor grabame un ‘Lorena, volvé’.” Ya me pasó como seis veces: por lo general me piden que le dedique un tema a la novia para que vuelva. Incluso, el último se metió en Facebook y le mandó mensajes a todos los de la banda.</p>
<p>—Y esa supuesta fragilidad que te achacan no está presente abajo del escenario.</p>
<p>—Me gusta ser fuertemente frágil. En algunas cosas soy muy cabrón. Si me tocás la música, si me faltás el respeto, te voy a enfrentar. No voy a quedarme así en un rincón llorando. Además, no se puede ser frágil teniendo discos en la calle. Ni ser independiente, tener un programa en la radio, viajar por todo el país aunque no cobres lo que se debe y aunque no haya equipos y tengas que ir en bondi a San Juan; 16 horas en bondi, peleándote con el chofer porque no te deja meter las cosas abajo. Para eso tenés que tener carácter, sino te pasan por arriba. No voy a ir con una rosa y decirle al chofer “tomá”.</p>
<p>—Dicen que cuando hacés un recital, negociás una fecha o distribuís el disco, que estás atrás de todo.</p>
<p>—Sí, de todo. Me levanto todos los días a las 9 o 10 de la mañana, abro la compu y hago laburo de oficina hasta las 13. En los recitales voy a probar el sonido, junto los cables, los armo, los pongo. Me gusta sentir que pongo cada ladrillo en mi carrera. Disfruto más de un hogar sabiendo que puse cada ladrillo. De repente después me tiro en el sillón y digo “guau, qué lindo”.</p>
<p>—¿Pensás que lo vas a poder sostener, o en algún momento vas a tenér que empezar a delegar?</p>
<p>—En realidad no le tengo que rendir cuentas a nadie. Soy mi propio jefe, entonces todo depende de mí, de las ganas que tenga. No tengo a nadie para pedirle permiso. También está bueno saber que por ahí el día de mañana va ir todavía más gente a verme. Es re lindo. O sea, hay gente que lo toma a mal, yo lo tomo muy feliz porque sé que fue muy digno lo que hice para que eso se cumpla. No salí de los celulares con un ringtone. Fue ladrillo por ladrillo.</p>
<p>—Cuatro Ateneos llenos para presentar el disco parecen un triunfo de esa forma de trabajo.</p>
<p>—Se agotaron las dos primeras funciones, y agregamos dos más. En un principio la idea era hacer un Gran Rex. Y yo dije que no, por la lejanía que había con el público ahi. Prefería hacer más Ateneos y no hacer un solo Gran Rex y que quede todo ahí. Me gusta la idea de cambiar el repertorio, de ir probando, hacer versiones, de que haya un invitado distinto en cada fecha, que no se sepa, que se cambie el listado de canciones. Me encanta joder así.</p>
<p>—¿Tuviste una estrategia, dijiste “voy por acá, sigo esta fórmula” o las cosas se fueron dando así?</p>
<p>—Tenía una ideología. Mi viejo es director de teatro, músico, y la influencia suya es muy grande. Al día de hoy le pregunto cosas, seguimos juntándonos para charlar. Tuve una educación y la suerte de que mi viejo me haya mostrado lo que son los derechos humanos, que no hay que prostituirse, que hay que respetar la música y el arte. Tuve una escuela, quizás inconsciente, porque mi viejo no es que me sentaba y me decía “El Che Guevara&#8230;” Era algo natural, mi casa fue así.</p>
<p>—Lo típico es la ruptura; pero vos reivindicás la influencia familiar, el haberte criado en una familia de artistas.</p>
<p>—Totalmente. Vengo de un lugar alucinante, no me puedo quejar. Mi viejo quería que fuera director de orquesta, pero igual está feliz con lo que soy. En algún punto seguí su camino. Mi viejo siempre luchó por el teatro, porque el arte llegara a todos lados. Y en algún punto comparto mucho lo de él, es una enseñanza muy fuerte. Discutimos mucho, igual. No es que es todo color de rosa. Tenemos discusiones muy fuertes, sobre formas de ver la vida. Muchos de la generación de mi viejo son gente que tiene como un resentimiento. Tienen como esa cosa de “claro, para vos es fácil, porque a nosotros nos re cagaron a palos para que vos puedas&#8230;”. ¿Y qué querés? ¿Que me peguen? Te lo recriminan todo el tiempo.</p>
<p>—¿De esa tradición familiar también vienen tus influencias?</p>
<p>—En mi casa la música que se escuchaba era folklore latinoamericano: el Dúo Salteño, Mercedes Sosa, Caetano Veloso, Violeta Parra, Chavela Vargas. La primera influencia que tuve fue esa. Después vinieron Los Beatles. Y ahora Radiohead. Spinetta, Charly. En Buenos Aires surgió lo de tener la computadora y empezar a saber que con eso podía hacer música. Y el tema de conseguir una banda me hizo empezar a aprender a programar, a usar cosas electrónicas.</p>
<p>—Tu ideología está en la forma de actuar, pero se exprea de forma  es sutil: tus canciones hablan del amor, los sentimientos, la naturaleza. No sos un cantor de protesta.</p>
<p>—Me interesa que la acción tenga eso. Después, en la parte musical y las letras me gusta escribir poesía, metáfora. La canción de protesta no es mi fuerte. No me siento capaz de hacer una letra que haga eso. No me gusta hablar de las cosas de las que no estoy tan seguro. Sí me siento capaz de hacerlo de una manera más romántica. Entonces, por decirte algo: me regalaron una remera del subcomandante Marcos y la tengo guardada en el placard. No me la pongo porque no sé si soy capaz de tener algo tan fuerte en mi cuerpo.</p>
<p>—Siempre se sospecha de lo independiente. Estamos acostumbrados a pensar que nos están dando un discurso de dos caras.</p>
<p>—Es muy argentino eso: “Algo tiene, algo me está vendiendo que no dice”. Digo que es mi opción, es cómo me gusta trabajar. No quiere decir que tenga que ser así, yo no critico al que está con una multinacional. Antes era más así, pero ya no me interesa bardear. Cada uno elige su camino y cada uno sabe lo que hace y lo que no hace. Y eso se ve, la gente se da cuenta si le estás faltando el respeto, si no ensayaste, si estás drogado, de todo se da cuenta. Y el público responde a eso. Intento estar sanamente bien conmigo y ser lo más digno que puedo conmigo.</p>
<p><em>(Esta entrevista puede leerse en en La Revista C del Diario Crítica. En el blog <a href="http://azulesturquesas.blogspot.com/">Azules Turquesas</a> hay información sobre las fechas y demás cuestiones sobre Lisandro Aristimuño. El programa de radio se puede seguir desde el blog <a href="http://eseasuntosuenararo.blogspot.com/">Ese asunto suena raro</a>)</em></p>
<p><strong>Yapa,  para el blog:<br />
</strong></p>
<p><strong>Dos canciones del último disco:<br />
</strong><br />
—Del primer capítulo “Fin, 2, 3”. Es la que dice “Soy quien cubrió tu dolor hasta fin de siglo”. Habla de una realidad positiva. En la primaria, cada vez que conocía una chica sufría muchísimo. Creo que nunca sufrí tanto por amor como a esa edad. Me enamoraba plenamente. A esa edad, te hablo de los siete u ocho años, era el nenito artista: golpeaba las mesas, hacía batería. A las maestras les encantaba, me protegían. Igual era muy manipulador también. Me venía a pegar el más fuerte y lo daba vuelta como un panqueque, pero hablándole. Le decía “¿entendés lo que estás haciendo?, está mal”. Y cuando me molestaban mucho pedía auxilio.  O agarraba un palo y se lo partía en la cabeza. Tenía una parte violenta también.  Del capítulo 2 Fecundación (te llamo sin parar) me parece un tema super crudo. Habla de ese miedo a la oscuridad, de que te dejen solo en la noche y empezar a ver formas en la ropa que está colgada. Es esa imaginación que te agarra. En esa canción también agradezco al miedo por haberme hecho crear tanto, por imaginarme tantas cosas. Era ese momento en el que te morías de calor pero estabas re tapado con una manta porque era un escudo ante cualquier peligro. Y de no poder llamar a tus viejos porque te retaban. Entonces te agarra ese “te llamo sin parar”, que en algún punto me hace acordar mucho al “Mother” de Lennon.<br />
<strong><br />
Sobre el programa de radio:</strong><br />
Elegí hacerlos en La Tribu por lo mismo que elegí ser independiente y tener mi sello, osea, tener libertad. Esa radio me deja hacer lo que quiero y la idea del programa no es vender, no tiene un listado de música que hay que poner, no tiene un sponsor que me paga. Yo no cobro nada, lo hago por placer. Yo no soy locutor, no soy periodista. La idea surgió porque con Gastón Montells, (ex director de FM La Tribu y productor del programa), nos juntábamos a tomar unos vinos y yo le ponía música. Siempre cuando viene gente a casa no cocino, pido delivery. Pero sí me gusta ponerles música, tipo, “a vos te va a gustar esto”. Y casi siempre la pego. Gastón me dijo “loco, hagamos un programa con esto”. </p>
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		<title>Género Judicial</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Dec 2009 02:03:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sebastián hacher</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Escribo muchas cosas que por una razón u otra no son publicadas en el blog. A veces -las menos- porque son notas a pedido que prefiero olvidar. Otras, porque son artículos periodísticos escritos en tono informativo, aunque nunca tengo una razón clara para hacerlo. (O sí: cuidar que este espacio no se convierta en un [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=nocontesta.wordpress.com&blog=1271257&post=357&subd=nocontesta&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>Escribo muchas cosas que por una razón u otra no son publicadas en el blog. A veces -las menos- porque son notas a pedido que prefiero olvidar. Otras, porque son artículos periodísticos escritos en tono informativo, aunque nunca tengo una razón clara para hacerlo. (O sí: cuidar que este espacio no se convierta en un arcón de cosas sin jerarquizar).  En las últimas dos semanas, en Miradas al Sur escribí dos artículos de ese tipo: cortos, informativos, rápidos. El primero es sobre el juicio por el asesinato de Pelusa Liendro, una dirigente trans salteña. El segundo, sobre la desaparición de una empleada doméstica en Los Hornos, cerca de La Plata. En ambos casos tenía poco tiempo y espacio para escribir, pero me pareció que los dos temas eran interesantes por dos cosas: primero, porque trataban de situaciones que no tienen cabida en los medios de comunicación nacionales. Segundo, porque demuestran como actua la justicia cuando se trata de casos donde están en juego cuestiones de género, con protagonistas con poco acceso a la justicia. Así que aquí están, cortitas y al pie, las notas sobre Mónica Bauzá y Pelusa Liendro.<br />
<span id="more-357"></span></p>
<p><strong>1) Mujer desaparecida en Los Hornos<br />
</strong><br />
Mónica Adriana Bauzá tenía 43 años y tres hijos. Fue vista por última vez cien días atrás en Los Hornos, provincia de Buenos Aires. Esa mañana desayunó, saludó a sus hijos, se puso una campera verde y salió rumbo a Gonnet, a uno de sus tres trabajos como empleada doméstica. Desde entonces solo reapareció en forma de rumor, como un fantasma que algún vecino creyó ver en el centro de la ciudad, inmune a los afiches y las movilizaciones que piden por ella. Los rastrillajes en la zonas donde solía transitar, los llamados al 911, los interrogatorios a su entorno y los procedimientos de rutina fueron en vano. “Buscamos -explicó a Miradas al Sur una fuente judicial- en comisarias, hospitales, morgues, fronteras y terminales de micros. No obtuvimos nada. Es como si se hubiese esfumado”.</p>
<p>El 18 de Noviembre, al cumplirse tres meses de la desaparición, sus familiares y amigos salieron a la calle. Llevaron carteles con fotos, pidieron que se intensifique la búsqueda y repartieron volantes. En los pocos medios que cubrieron la noticia, la comparación con el caso Pomar -la familia que desapareció completa, con auto y todo- se volvió inevitable. Una de las radios que cubrió la marcha entrevistó a Juan Segovia, el ex marido de la mujer. “Hoy -dijo el hombre- me vinieron a ver a las 2 de la tarde. Llegó un patrullero y me preguntaron ¿Usted es el marido de Mónica?. Venga porque parece que la encontramos. Fuimos a ver, pero era una falsa alarma”. El movilero, que insistía en presentarlo como el marido, le preguntó que pensaba que podría haber pasado. “Para mí -respondió el hombre- no se pudo haber ido por voluntad propia”.</p>
<p>Apenas diez días después de esa entrevista, la familia de Mónica encontró una presentación judicial del 2006, en la que la mujer pedía que se excluyera a Segovia del hogar. En el escrito, la mujer detallaba el calvario que había vidido durante dós décadas. “Ha utilizado almohadones para que no queden marcas en mi cuerpo de los golpes, me tira con vasos, platos, y elementos cortantes, con acoso sexual permanente, manoseos, toqueteos y palabras irreproducibles. Una vez me sacó al bebé, lo llevó a la habitación, volvió al comedor y comienzó a golpearme con almohadones sobre mi cuerpo, sin parar. Me tiraba del pelo y además de amenazarme diciendo ‘te voy a matar aunque termine preso’ y ‘vas a terminar bajo tierra, yo ya estoy jugado’”.</p>
<p>La causa estaba extraviada, y recién ahora sale a la luz. Fue presentada ante la justicia y en los medios de comunicación como giro en la investigación. En la fiscalía platense que lleva adelante el caso, sin embargo, ponen paños frios. “Lo que hay -explicó a Miradas al Sur un vocero judicial- son algunas denuncias por amenazas del año 2006. Todavía no las tenemos, pero sabemos que están archivadas por falta de pruebas o algo similar. La mujer tenía un conflicto con Segovia. Había una exclusion del hogar, y compartían el mismo terreno. Ella vivía adelante con los hijos y él estaba en una casita en el fondo. Eso generaba algún disturbio, pero no pasaba a mayores. Siempre se tuvo en cuenta esta situación, pero la verdad es que no se sabe que pasó”.</p>
<p>En realidad, Juan Segovia y Mónica Bauzá estaban separados desde 1983, cuando su primer hijo todavía no había cumplido un año. “Vivían bajo el mismo techo-explicó a Miradas al Sur un familiar directo de la mujer &#8211; por las criaturas, aunque no estaban juntos. Ella le tenía muchísimo miedo, y de ese miedo salieron dos hijos. Ahora está saltando todo a la luz”.</p>
<p>Juan Segovía trabaja en turnos rotativos de peón de taxi y de camillero en un hospital. Tiene amistad con algunos familiares de Mónica, que sabían que él seguía obsesionado con la mujer. “Estuvimos reunidos con él -contó uno de ellos a Miradas al Sur &#8211; con casi toda la familia. Y hoy es el principal sospechoso”.</p>
<p>Un mes antes de desaparecer, Mónica intentaba reconstruir su vida. “Ella -explicó uno de su hermanos- no iba a bailar y casi no salía. Empezó una relación con otro hombre: tomaban un café, charlaban. El Jueves 20 de Agosto iban a cenar, porque cumplían un mes juntos. Pero ella desapareció dos días antes. Todavía tenemos la esperanza de que alguien le haya llenado la cabeza y que se haya ido. Ya no sabemos que más pensar”.</p>
<p><strong>-El caso de Pelusa Liendro<br />
</strong><br />
Hace tres años exactos fue asesinada Pelusa Liendro, dirigente trans de la provincia de Salta. El lunes termina el juicio contra sus asesinos. Los acusados son Silvio Elías Soria y Sergio Alfredo Núñez, dos amigos que al momento del crimen tenían 19 años. Los hechos ocurrieron en los primeros minutos del 29 de noviembre de 2006, dentro de una camioneta Land Rover. Según la reconstrucción, mientras Nuñez sostenía a la víctima, Soria le dio siete puñaladas en el cuello, tórax, brazos y manos. Cinco de ellas fueron mortales. </p>
<p>Pelusa tenía 41 años y era muy conocida en Salta. Había sido una de las principales impulsoras de la marcha del orgullo gay, en una provincia donde todavía el código contravencional prohíbe el travestismo fuera del ámbito del carnaval. El resto del tiempo, al pisar la vereda las travestis son detenidas y acusadas de ejercer la prostitución, por más que esten yendo a la panadería. Las primeras movilizaciones para hacerse visibles fueron protagonizadas en el 2004 por un puñado de travestis y gays que se cubrían con máscaras para no ser reconocidos. Pelusa las encabezada.</p>
<p>La hipotesis de la instrucción de la causa es que Soria y Nuñez tenían una relación amorosa con ella, y que la mataron por celos o por creer que les había contagiado el HIV. “Los asesinos -señaló una fuente de la investigación- vieron a Liendro salir del area de infectología de un hospital local y pensaron que estaba infectada con el virus”. Pero la verdad es que Pelusa no era portadora. “El forense-explicó a Miradas al Sur Rosalina Liendro, hermana de la víctima- dijo que estaba sana: solo tenía una gastritis nerviosa. Ella iba al hospital a retirar los preservativos y folletería que le repartía a sus compañeras. Y también porque quería organizar una salida en el corso para juntar dinero y comprar colchones y televisores para las salas de infectados”.</p>
<p>En las últimas semanas, los padres de los acusados salieron a los medios de comunicación para decir que Pelusa introdujo a sus hijos “en el mundo de la droga y el sexo”, y que el crimen “fue el final de una tragedia condimentada de narcóticos, corrupción de menores y celos asesinos”. Según ellos, las travestis forman “una organización capaz de un accionar en conjunto preparados para utilizar todo su poder en las mentes de los más jóvenes”. Los diarios locales, que suelen referirse a las travestis en forma despectiva y burlona, apoyan esa teoría y presentan a los acusados como protagonistas de una desgracia.</p>
<p>Para las allegadas a Pelusa, en cambio, las cosas tienen otro color. “En la zona roja -dice Rosario, una de las mejores amigas de la víctima- conocemos a todos: podemos decir quién habitué del ambiente nuestro, y a ellos no los conocíamos. Yo era la mejor amiga de Pelusa y nunca los vi con ella. Lo que se comenta en la calle es que los obligaron a matarla, pero ellos nunca dijeron nada. Y ahora tienen los abogados más caros de la provincia.” </p>
<p>Si bien no forma parte de la causa, no pocas fuentes consideran que el asesinato fue un crimen mafioso. “Pocos días antes de que la maten -dice Rosalina Liendro- Pelusa le hizo una cámara oculta a la policía y salió en television”. Rosario, su amiga, la acompañó en la aventura. “Con esas cámaras -recuerda- pudimos mostrar como las chicas sufren golpes de la policía, como les piden coimas o favores sexuales para no detenerlas. Cuando el programa salió al aire, la policía dejó de mostrarse en la noche, y a los diez dias apareció Pelusa asesinada. Después, esos mismos policías que nos seguían todos los días, no aparecieron por un mes”.</p>
<p>Mary Robles, Coordinadora La Asosiación de Travestis Transexuales y Transgenero en Salta (ATTTA), recuerda que Pelusa no se callaba. “Una semana antes del crimen -dice- había amenazado con denunciar los nombres de los políticos y jueces que eran clientes de ella, y que no hacían nada para cambiar la situación de las travestis”.</p>
<p>En aquel entonces, en Salta no existía ningún tipo de organización que agrupara a las personas trans. “Ella -explica Rosalina-estaba tratando de conseguir una personería jurídica. El que la asesoraba era el abogado Santiago Pedroza, con el que tenía una amistad”. El día del crimen, ese mismo abogado dijo que Pelusa era “una persona correcta y educada”. Poco tiempo después, su secretario se presentó en la justicia e intentó involucrar a otras travestis en el asesinato. Su objetivo era cobrar la recompensa de $ 50.000 que el gobierno ofrecía para quién aporte datos a la causa. Ahora, el mismo Pedroza patrocina a uno de los acusados, al que intenta presentar como víctima de Pelusa.</p>
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		<title>Chau, negra linda.</title>
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		<pubDate>Sat, 05 Dec 2009 22:36:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sebastián hacher</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p><a href="http://nocontesta.files.wordpress.com/2007/07/edith.jpg"><img src="http://nocontesta.files.wordpress.com/2007/07/edith.jpg?w=590&#038;h=392" alt="" title="edith moreno" width="590" height="392" class="aligncenter size-full wp-image-24" /></a><br />
Llueve y no importan los detalles. El teléfono acaba de dar la mala noticia: murió la Negra Edith. Eso es todo. Si ustedes no la conocían -si ni siquiera leyeron<a href="http://nocontesta.wordpress.com/2007/07/22/la-negra-edith/"> su historia en la THC</a>- se la perdieron. La Negra era portadora del virus del HIV desde 1990. Decía que su cuerpo era campo de batalla. Ella era una ciudad asediada, tan fuerte, tan linda. La vamos a extrañar. </p>
<p>(esto ya lo dije en otro lado: me gustaría despedirla <a href="http://www.youtube.com/watch?v=R0dWMqjOw3E">con esta canción</a> )</p>
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		<title>Viejas Locas</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Nov 2009 17:01:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sebastián hacher</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Nada más dificil que reconstruir algo visto por 45.000 personas, 492 policías, 225 agentes de seguridad, 200 barra bravas, decenas de vecinos y un puñado de cámaras de televisión. La represión en el recital de Viejas Locas del sábado terminó con varios hospitalizados, detenidos y un adolescente, Rubén Carballo, con muerte cerebral. El chico apareció [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=nocontesta.wordpress.com&blog=1271257&post=353&subd=nocontesta&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>Nada más dificil que reconstruir algo visto por 45.000 personas, 492 policías, 225 agentes de seguridad, 200 barra bravas, decenas de vecinos y un puñado de cámaras de televisión. La represión en el recital de Viejas Locas del sábado terminó con varios hospitalizados, detenidos y un adolescente, Rubén Carballo, con muerte cerebral. El chico apareció al mediodía del domingo a tres cuadras de donde lo vieron por última vez. Alguien lo había tirado costado del autopista, frente a un paredón de la cancha de Velez.<br />
<span id="more-353"></span><br />
Según el informe médico, la víctima tenía traumatismo severo de cráneo, hematomas en el ojo derecho, en la muñeca izquierda, en el hombro izquierdo y hundimiento de cráneo. La versión policial es que quizo saltar desde el autopista a un paredón de 12 metros de altura para colarse. Su familia, en cambio, dice que lo molieron a palos: igual que muchos de los que hacían la cola para ver a Viejas Locas, Rubén estaba pintado de azul por el agua de los hidrantes, tenía marcas de balas de goma, palazos y una entrada sin cortar en el bolsillo.</p>
<p>Cada uno lo vivió a su manera. La Pitu llegó a Velez a las 8 de la noche. Para entonces, la cola tenía más de cinco cuadras: 15.000 personas tenían que entrar al campo de Velez por la misma puerta. Le pareció extraño: por lo general, en ese tipo de eventos hay varios accesos, pero igual se puso en la fila. Una hora después decidió adelantarse. Como la fila era un amontonamiento de gente, salió, caminó tres cuadras y volvió a  encastrar su cuerpo en la masa. En ningún momento se encontró con cacheos, gente que le pidiera ver su entrada o personal de seguridad. </p>
<p>Lo que si vio fueron empujones y los primeros golpeados: parecía que varios habían decidido hacer lo mismo que ella, y que la policía pretendía reorganizar las cosas a palazos. “Quedé en el medio de la gente-cuenta Pitu- con los pies en el aire. Por los golpes de la cana nos apretabamos contra la pared o nos caíamos al piso unos arriba de otros. Como a las diez menos cuarto empezaron con los gases más fuertes, y ahí mucha gente se largó a correr”.</p>
<p>Lorena -25 años, gestora, oriunda de La Matanza- y Gabriela -también de 25, estudiante de psicología- estaban haciendo la fila. Cuando empezó la represión, habían llegado a una cuadra de la entrada. Quedaron atrapadas entre los que aguantaban la fila y el paredón del barrio cerrado que está en frente de Velez. “La gente  -cuenta Lorena-corría para atrás. Nosotras nos quedamos ahí y la cana se nos vino encima. Le mostrábamos la entrada, le decíamos que no estábamos haciendo nada, pero ellos nos gritaban &#8216;vayanse, negras hijas de puta&#8217; y nos apuntaban con las itakas”. </p>
<p>A medida que los gases hacían irrespirable el ambiente, algunos trepaban la reja de entrada al barrio privado, hasta que  se derrumbó. Por un momento hubo una montaña de gente en el piso y a muchos se les apareció el fantasma de Cromagnon. “Cuando cayó esa reja-cuenta Diana, 23 años, estudiante de Bellas Artes- los pibes empezaron a entrar al barrio. Nos metimos ahí adentro y la policía vino atrás nuestro. Por suerte, la gente nos auxilió: nos metían en las casas, nos daban agua y llamaban remises para que nos saquen de ahí”.</p>
<p>Ruben Carballo tenía 17 años. De mañana trabajaba en un taller de chapa y pintura, y por la tarde estudiaba en un colegio secundario de San Justo. Había comprado la entrada dos meses antes, y estaba en la fila con ocho de sus amigos. Cuando empezó la represión, su grupo decidió retroceder: se fueron cinco cuadras hacia atrás, donde los palos todavía no no habían llegado.  Dos horas más tarde, cuando la presión de la policía se volvió insoportable, Ruben se soltó de la mano de su amiga. Nadie volvió a saber de él.</p>
<p>Para la hinchada de Velez no había sido un buen día: después de un primer tiempo parejo, Banfield había arrancado el segundo tiempo con un gol de rebote de James Rodriguez. Después vinieron dos más y el partido terminó con un irremontable 3 a 0. En el entorno de Viejas Locas, además, se decía que Fenix (la productora que organizó el recital) había retirado a último momento las 500 entradas de favor prometidas para &#8216;La Pandilla de Liniers&#8217;, como se hace llamar la barra brava fortinera.</p>
<p>Nadia y Sofia, ambas de 18 años, dicen que los vieron llegar: eran más de cien tipos que cantaban canciones de la cancha y tiraban botellas. “Avanzaban por el costado de la cola y le pegaban a la gente- narra Sofia-. Cuando llegaron donde estabamos nosotras, escuchamos a un pibe de la hinchada que dijo &#8216;eh, acá tendría que tocar Nueva Luna&#8217; y se empezaron a agarrar a piñas”. </p>
<p>Con cargas de la policía esporádicas, la hinchada avanzó entró rumbo a la platea norte. Los que hacían cola y habían soportado la represión y los gases empezaron a hacer presión para hacer lo mismo. En ese momento, según varios testigos, la hinchada también empezó a reprimir. “Nos pusimos locos -explicó uno de los barras, que pidió reserva de identidad &#8211; porque estaban rompiendo el club. Los que entrábamos eramos de la banda o amigos: es lo mismo que en cualquier recital en cualquier cancha. Lo que hacíamos era sacar a chatetazos a la gente que se quería colar con nosotros. Eramos los pibes del club, los mismos que vamos a comer asado, los que siempre estamos ahí. No había personal de seguridad: se habían borrado y nosotros cuidamos nuestra casa. De rebote, la policía también nos pegó a nosotros”.</p>
<p>Nacho -18 años, flequillo perfecto, ojos brillantes- y María -20 abriles, pelo por la cintura, muchos collares- estaba a menos de cien metros de la puerta cuando la policía sacó el camión hidrante. Lanzaba un líquido azul que intoxica, pinta, golpea, y que hizo retroceder a mucha gente. Ellos se miraron y dijeron: hay que aguantar. No poner el pecho, hacerse el heroe o convertirse en martir, sino aguantar. Tirarse al piso, cubrirse la cara, dejar de respirar cuando vienen los gases, nunca soltarse las manos. Viejas Locas era la banda que escuchaban desde chicos, y ningún policía ni barra brava iba a hacer que se la pierdan. “En cada oleada -dice Nacho- avanzábamos un poco. Y cuando me quise dar cuenta estabamos adentro el estadio”. Como a miles de los que lograron entrar, nadie les había pedido la entrada.</p>
<p>Alejandra y su novio no tuvieron la misma suerte. A las 11 de la noche, cuando  Pity Alvarez entonaba las últimas estrofas de la canción Intoxicado, estaban a una cuadra de la entrada. “La policía -cuenta Alejandra- nos empezó a correr y a decir que no había lugar. En teoria nos sacaban por eso. Media hora después volvimos: nos acercamos hasta la puerta por donde se entraba para el campo, y nos mandaron para otra. Cuando llegamos ahí,  nos encontramos con gente de la barra brava. Eran unos diez tipos que hacían una especie de cordón de seguridad con botellas y palos. La gente avanzaba para entrar y ellos los corrían a botellazos. Había un gordo grandote que manejaba a la gente. Cuando llegó la policía, uno le dijo  &#8216;gordo, sacá tu gente de acá&#8217;.  En ese momento quedamos con la barra brava de un lado y la policía del otro. La verdad es que sentí pánico”.</p>
<p>Por ese mismo miedo, y ante la imagen de un herido que sangraba en el piso, Alejandra se largó a llorar. Lo hizo con tanta fuerza que un policía se apiadó de ella, le señaló una valla y le dijo que por ese lugar podía pasar. Alejandra entró con tres personas más. “Aparecimos atrás del escenario. Había unos tipos de seguridad que no estaban enterados de nada. Nos cortaron la entrada y nos dejaron pasar. Yo estaba toda pintada de azul”. El recital terminó casi dos horas después.</p>
<p>(articulo publicado en miradas al sur)</p>
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		<title>Villa 21: como salir del paco.</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Nov 2009 14:15:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sebastián hacher</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Cualquiera de sus colegas diría que es un kamikaze. Pero él opina lo contrario. “Este taxi –dice– tiene buena prensa en el barrio. Y no es un símbolo de status, así que nadie lo va a tocar”. El auto avanza por Avenida Iriarte, dobla en Luna y encara hacia el centro de la villa 21-24, [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=nocontesta.wordpress.com&blog=1271257&post=349&subd=nocontesta&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>Cualquiera de sus colegas diría que es un kamikaze. Pero él opina lo contrario. “Este taxi –dice– tiene buena prensa en el barrio. Y no es un símbolo de status, así que nadie lo va a tocar”. El auto avanza por Avenida Iriarte, dobla en Luna y encara hacia el centro de la villa 21-24, señalada como la más peligrosa de la Capital Federal. El que maneja es Gustavo Bareiro, y en la villa todos le dicen el Hermanito. Uno puede intentar llamarlo de otra forma, pero no hay caso: a la quinta vez que repita esa palabra, no habrá más remedio que rendirse.</p>
<p>–¡Hermanito! –le grita un pibe–. Quiero presentarle a mi hijo.</p>
<p>Y el Hermanito saluda a toda la familia, acepta un mate dulce, pregunta las novedades, da algún que otro consejo y se escapa. Va hasta un rancho a la orilla del Riachuelo y golpea las manos frente a una puerta abierta. Desde adentro preguntan quién es.</p>
<p>–Soy yo, hermanita.</p>
<p>El Hermanito entra, atraviesa una cortina, busca en habitaciones vacías. En la última de todas, tapada con una frazada de felpa, una mujer llora. Él se sienta en el borde de la cama. La mujer se seca las lágrimas y habla.</p>
<p>–Conocí a un chico. Despues me enteré de que andaba con otra piba. Una que tiene HIV.</p>
<p>–Bueno hermanita. Levantate y vamos al centro de salud. Te hacés los análisis y en una semana te entregan los resultados.</p>
<p>El Hermanito sale, espera en la puerta. Mira el Riachuelo y piensa. La mujer adentro se peina, intenta ponerse linda. Se sube al taxi y sigue la ronda. </p>
<p><span id="more-349"></span></p>
<p>Desde hace un año, el Hermanito dirige el programa de recuperación de adictos que lanzó la Parroquia de la Virgen de Caacupé. “Me llamaron –aclara – aunque no soy un experto en adicciones. Soy misionero, y esto necesita un perfil comunitario”. Su destino anterior fue Catamarca. Allá trabajó en zonas rurales, con temas que iban desde el alcoholismo hasta los conflictos de tierras. Lo convocó el Padre Pepe Di Paola, el cura que se hizo famoso cuando lo amenazaron por<br />
denunciar la situación del paco en la Villa 21-24. </p>
<p>El taxi recorre la villa todos los mediodías. Su primera tarea es juntar pibes en situación de consumo y llevarlos hasta el Centro de Día San Alberto Hurtado. El hogar es la puerta de entrada para lo que luego puede transformarse en una internación o un largo retiro espiritual en unagranja que la parroquia construyó en General Rodríguez. “Usamos el método de los 12 pasos de alcohólicos anónimos, y eso de que ‘solo por hoy no voy a consumir’ –explica el Hermanito–. Y le agregamos todo lo comunitario: acompañamos a los chicos al médico, a que se hagan los documentos, los seguimos.”</p>
<p>En la jerga parroquial, “subirse al taxi” es pedir ayuda. El Hermanito dice que es un gran primer paso, y que hay que tener paciencia: incluso las recaídas son parte de la recuperación. Para entender, ofrece como ejemplo una película de Kurosawa, Los Sueños. En una de las escenas, un grupo de hombres escala una montaña en medio de una tormenta de nieve. Todos van atados entre sí. El camino es dificil, y algunos se duermen. Aparece la muerte y les dice ‘la nieve es<br />
cálida, el hielo quema’. Parece el fin, pero uno se despierta. Como está atado a los demás, los ayuda a levantarse y se salvan. “Nosotros –dice el Hermanito– escalamos una montaña juntos. Lo importante es que el pibe no se desenganche, que siga ligado al grupo”.</p>
<p>….</p>
<p>Camino al hospital —donde se bajará la mujer que necesita los análisis— sube al taxi Diego. Dice que el sábado salió a dar una vuelta y terminó borracho. Habla con murmullos, un poco por la culpa, otro poco por la resaca.</p>
<p>–Quiero hacer buena letra, a ver si puedo traer a mi hija para que esté conmigo todo un fin de semana.</p>
<p>Cuando tenía cinco años, el padre los dejó en la calle: eran tres hermanos y la madre. Los chicos salieron a robar y a pedir limosna, hasta que juntaron para comprar un rancho. Allí, por un momento, Diego pareció zafar de su destino. Tenía 13 años y lo convocaron para protagonizar Las Tumbas, una película sobre la vida en los institutos de menores. Fue un tiempo soñado, en el que dejó la calle y compartió un set con Federico Luppi y Norma Leandro. “Yo –dice con orgullo– no tuve que estudiar nada. Me salía del alma”. Gracias a la película, ganó el Condor de Plata a la revelación masculina, pero nunca retiró el trofeo: el día de la ceremonia estaba ‘de gira’. Lo había estado durante toda la filmación, y nadie se había dado cuenta.</p>
<p>El 21 de julio de 1991, a pocos días del estreno, lo llevaron preso por tenencia. La cámara de diputados, la prensa y el mundo del cine reclamó por él. “Está cautivo –dijo Javier Torre, el director de la película– por haber participado en Las Tumbas”. Un mes después lo liberaron y apareció en los diarios. Tenía corte taza y cara de agobio. Más tarde le ofrecieron hacer una novela con Arnaldo André en Italia, pero ya estaba perdido. Durante un tiempo se dedicó al poxirrán, hasta volvió a las pastillas, la cocaína, el robo. Sus amigos famosos no lo vieron más.</p>
<p>El segundo quiebre fue el 13 de marzo de 2000. Su novia estaba a punto de parir. Diego iba camino a la maternidad Sardá y se acordó de que tenía una piedra de pasta base en el bolsillo. Nunca había fumado. La probó y no se despegó más. La mujer tuvo una nena y se fue del barrio. Él terminó en un volquete. Fue su centro de operaciones durante más de ocho años.</p>
<p>–Estaba todo el tiempo acá adentro, no salía para nada. Me cortaba los brazos y las piernas por bronca de lo que me había pasado con la película, por no poder estar bien con mi vieja. Cada tanto me internaba, pero nunca más de un día.</p>
<p>Ahora tiene 31 años y tantas llagas en los brazos que es dificil encontrarle un centímetro de piel sana.</p>
<p>…</p>
<p>Mientras el taxi va y viene, Marcos llega al barrio en una moto chopera. La estaciona y sale en la Trafic de la parroquia a buscar más pibes. Si el taxi frena en todos lados, golpea puertas e inventa su propio camino, la camioneta funciona como un colectivo privado: recorre los pasillos más anchos y las calles del barrio para que los que quieran puedan subir.</p>
<p>–La camioneta –dice Marcos– es bastante nueva, así que le pusimos la imagen de la Virgen de Caacupé en la trompa, para que la gente la reconozca.</p>
<p>La función central de Marcos es dirigir la terapia de grupo. Allí aplica una serie de herramientas de alcohólicos anónimos y del couching ontológico, una técnica que hace furor en las empresas. Según la definición más difundida, el objetivo del coaching es “desarrollar la capacidad de acción de la otra persona. Un coach escucha los objetivos, observa sus acciones, detecta lo que falta para logar el éxito, y tiene conversaciones con la persona, lo que deriva en el logro de los resultados deseados”.</p>
<p>Pero un rato antes de hacerlo, el coach está al volante. En una esquina, un grupo de hombres acomodan unas chapas. Marcos frena y llama a uno por su nombre.</p>
<p>–Ese que está ahí –dice otro pibe desde arriba de la camioneta– es un maldito.</p>
<p>El otro se acerca. Es de esos tipos macizos por naturaleza. Morrudo y con cara de malo. Camina con pasos cortos, se bambolea. Marcos se baja la camioneta y lo abraza.</p>
<p>–Te vine a buscar. ¿Venís?<br />
–No, mirá cómo estoy. No puedo ir a ningún lado.</p>
<p>El pibe regatea la vista, hace un puchero y se larga a llorar como un niño. Los que están adentro de la camioneta dicen “uuh, mal ahí”, como si hubiese errado el penal de su vida. Marcos promete volver mañana.</p>
<p>–El tipo –dice el mismo pibe de antes– vendía droga, es maltrador, golpeador. Y estaba llorando porque no puede venir al grupo.</p>
<p>Marcos intenta explicar. “En el grupo –dice– no se juzga, se acompaña. Cuando no juzgás, el otro abre el corazón, porque le estás dando una oportunidad. Es muy complicado que vos llegues a un destino diferente si vas siempre por el mismo camino. Nosotros generamos una bifurcación. ¿Cómo lo logramos? Primero a través del grupo, segundo a partir de distintas terapias, de generar confianza en sí mismo, con mucho cariño, mucho amor.”</p>
<p>El Hermanito, en cambio, explica el concepto en otros términos: “Nadie tiene autoridad para condenar al otro. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Solo Dios es bueno: nosotros somos piojos resucitados del universo”.</p>
<p>….</p>
<p>La camioneta y el taxi llegan al Centro de Día San Antonio Hurtado pasado al mediodía. El lugar –un galpón y una casa de habitaciones amplias al borde de la vía del tren– está a unas quince cuadras del barrio. Se inauguró en Semana Santa de 2008. En poco más de un año, pasaron por ahí 135 personas. “De esa gente –explica el Hermanito– algunos están acá, otros en la granja de Rodríguez, otros en consumo y otros en etapas más avanzadas. El porcentaje de recuperación es muy alto, porque acá no te desligás del chico. Como somos de la parroquia, seguimos a las familias desde el bautismo hasta el entierro”.</p>
<p>Ni bien llegan la camioneta y el taxi, se sirve la comida: estofado de arroz con pollo. Hay cerca de quince personas, la mayoría hombres. Ni bien terminan de juntar los platos, Marcos pide que hagan la ronda. Él se sienta en una posición en la que puede mirarles las caras a todos. Señala a cada uno, lo llama por el nombre y le pregunta cómo está. Como hay visitas, no pregunta intimidades. Las historias más difíciles, el grupo las discute en privado.</p>
<p>Al de barba le dicen Boris. Tiene 39 años. Marcos le pregunta si tiene algo que decir.</p>
<p>–Ayer fui a jugar a la pelota. Tomé una cerveza y me dieron ganas de fumar. Y me fumé siete porros.</p>
<p>Silencio incómodo.</p>
<p>–Pero hoy estás acá –responde Marcos– y es un momento en el que no consumís. Eso es un avance. Dejar de consumir está hecho de un montón de momentos como este.</p>
<p>Sigue el silencio. Un pibe grita ¡fuerza Boris!, con algo de timidez. Boris asiente. Marcos sigue con la ronda. Uno de gorrita cuenta que se prepara para ver a su familia. Estuvo internado, le fue bien, ahora consiguió trabajo y el próximo paso es recomponer el lazo con su hija. La ex mujer lo presiona para que vaya más seguido. Pero él no se siente listo.</p>
<p>–Hice un trabajo largo –dice – y no lo voy a pudrir ahora.</p>
<p>En un aparte, uno de los voluntarios da detalles. “Nosotros –dice– invitamos a no consumir y a resarcir lo que cada uno hizo. Algunos dejan de ver a su familia y van a dar la cara. Juan abandonó a su mujer embarazada y con un hijo. Cuando volvió, lo primero que quería hacer era verlos. Ahora empezó a ir una vez por semana y les lleva plata. De a poco se está haciendo cargo”.</p>
<p>Cuando el grupo termina, todos se paran, achican la ronda y se abrazan para decir la oración final. “Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar aquellas que puedo, y sabiduría para reconocer la diferencia. Fuerza y adelante”.</p>
<p>&#8230;</p>
<p>Todas las mañanas, antes incluso que el Hermanito y Marcos, Víctor va hasta el Centro Hurtado y cocina para todos. No cobra un centavo por hacerlo, pero trabaja con una seriedad casi obsesiva.</p>
<p>–Hago un servicio. Prometí que algún día iba a devolver el acompañamiento que me dieron. Además, vengo acá y me siento útil. Como dice Larralde: yo te ayudo porque siento la necesidad de hacerlo.</p>
<p>Víctor tiene 26 años, nació en un pueblo de Misiones, se crió en Villa 21 y empezó a recuperarse hace un año y medio. Dice que empezó a consumir a los ocho años en la terraza del colegio, que anduvo un tiempo dándole al poxirrán, y después se pasó a la cocaína. No tiene registro de su vida previa al consumo. “Mis únicos recuerdos son: padre alcohólico, madre golpeada. Y cuando abro esa puerta, tengo recaídas emocionales, que son como un vacío existencial. No le encuentro sentido a nada.”</p>
<p>De adolescente pensaba que eso era el destino: que había gente que se dedicaba a trabajar y otra a robar y drogarse. Después cayó preso, estuvo un año y tres meses en Devoto, se enganchó con la pasta base y las cosas se pusieron peores.</p>
<p>–Una vuelta caí en la villa con una gira de base muy grande. Tenía como 700 pesos, y me perseguí tanto que no pude salir. Me encapsulé. Entonces empecé a fumar paco, que era lo que estaba a mi alcance. Ahí entré en un círculo vicioso. Tenía todos mis lugares, donde me daban fiado, donde me empeñaban cosas. Estuve cuatro años y medio sin salir.</p>
<p>Al poco tiempo estaba desnutrido. Empezó a tener problemas con los vecinos, hasta que cruzó la raya. Una de sus últimas peleas lo condenó: “Estaba re duro. Él me había cagado, lo fui a encarar, y era él o yo. Ya había lástimado a otra gente, y sentía que me esperaba una bala en cada pasillo. Mi hermano vio que estaba comprometido y me aguantó en la casa.” Hasta que Víctor aceptó la oferta de los curas, y se fue a internar. “Tratamos de ayudar a mantener la esperanza, pero sabemos que ellos son los protagonistas, los que tienen que recuperarse –dice el Hermanito–. A veces, con todo el dolor del mundo, hay que dejarlos hacer. Lo que no puede fallar es que sepan que pueden contar con nosotros”.</p>
<p>Víctor estuvo en una granja en Campana y seis meses en la quinta de General Rodríguez. El 1 de Marzo volvió a la villa, a una casa de medio camino que construyó la iglesia. Allí, algunas noches encontraba a su cuñado fumando pasta base. Se sentía responsable por él: “Cuando lo veía, le sacaba la pipa y se la entregaba al Hermanito. Pero un día me tenté. Entré a sacarle la pipa y el olor me abrazó.” Fue la primera recaída. Estuvo tres días boleado, desde el jueves hasta el domingo.</p>
<p>–La recaída empezó cuando me la creí.</p>
<p>Se prometió que nunca más, pero hubo una segunda vez. Fue el 2 de junio, el día en que cumplía once meses sin consumo. Una vecina lo iba a ayudar a redactar un currículum. Quería ir a buscar trabajo. Salió de su casa y se encontró un descarte de 25 gramos de cocaína: dos tizas y media. Estaban aplastadas en un hueco entre dos baldosas, bajo la huella de una moto. Anécdotas de vivir en la misma cuadra que un narco.</p>
<p>–Tuve tres paros cardíacos. Me desperté en el hospital con un montón de cables y tubos. Quedé en silla de ruedas por un tiempo. Aquella vez no lo fue a ver nadie. </p>
<p>Al principio le dio bronca, pero después entendió: se tenía que hacer cargo de sus actos. Ya había pasado la parte en la que se sentía un héroe por haber derrotado al consumo, y ahora le tocaba lo más dificil; mantenerse en esa nueva vida con todo su pasado a cuestas: “Los fantasmas te persiguen a sol y a sombra. Yo estuve medicado por eso. Cuando conciliaba el sueño me aparecían las voces, los ruegos que pedían por favor. Son autoreproches también, y van a desaparecer cuando yo me perdone a mí mismo. Pero hay cosas que no me perdono, y que no puedo resarcir. Solo me<br />
queda hacer las cosas bien. Ahora, si yo me mando un paso en falso, me siento una mierda.”</p>
<p>En los últimos meses se puso de novio, alquiló una pieza y hasta consiguió un televisor. Cada tanto, el pasado vuelve de forma peligrosa: la semana pasada, cuando iba para el Hurtado, le pegaron un garrotazo y lo llenaron de puntazos. Por eso, dice, a veces le cuesta hacer planes futuro. Trata de vivir el día y avanzar paso a paso. Ahora planea pintar un mural en las calles del barrio: quiere representar el golgota de Cristo. Su camino hacia la cruz.</p>
<p>…</p>
<p>Diego, el que alguna vez soñó con triunfar en el cine, está sentado en la cabecera de la mesa. Escucha en silencio las conversaciones de los demás, y cada tanto interviene. Dice que al principio no fue así, que los primeros días durmió en la puerta del Hurtado porque no podía casi moverse, y que después empezó a entrar para comer y acostarse en cualquier rincón.</p>
<p>Boris llegó a fines del año pasado. Él había estado cuatro años encerrado en otro barrio. Vivía de ‘los turistas’ que iban comprar cocaína a la villa. En marzo, los dos se fueron a la quinta de General Rodríguez. Volvieron mejor: Boris con ganas de salir adelante, Diego con el brillo en los ojos y la picardía que lo había convertido en un buen actor. “Estuve en millones de lugares –dijo Diego– pero como ese nunca. Estás en medio de la nada y tenés espacio para correr, para pensar. Ahí probé estar un día sin consumir y dije ‘uh, que bueno que está esto’. Y acá estoy”.</p>
<p>En la granja hay animales, una huerta y mucha tranquilidad. El secreto del éxito, opinan todos, es que fue construída por gente de la villa. “Cuando derivamos a otras comunidades terapéuticas –dice el Hermanito– no podemos más que avisarles a los directores que estamos trabajando con ese chico. En Rodríguez es distinto: lo manejamos nosotros. Es una extensión del barrio”.</p>
<p>Aunque visto desde afuera suene a paradoja, el barrio juega un rol fundamental en la recuperación. En Villa 21 hay más de cuarenta organizaciones sociales, muchas de las cuales se hermanaron con el Hurtado. Los miércoles, por ejemplo, varios de los pibes del Centro de Día van a entrenar al Circo Social del Sur o a la escuela de Box que dirige la Fundación Temas. Otro emblema de la recuperación son los padrinos: son voluntarios que se hacen cargo de una persona y lo siguen a lo largo del tratamiento. Algunos los ayudan a ir al médico, conseguir ropa o trabajo, recomponer el lazo con la familia o en cosas mínimas, como ir al cine. “El tema –dice el Hermanito– es acompañar. Para hacerlo entrar, cada pibe necesita cosas básicas: tener documentos, hacerse los dientes. En el barrio siempre aparecen relaciones salvadoras. Hay una tradición de hacerse cargo del otro, de no dejarlo en banda”.</p>
<p>Ejemplos sobran. Vanesa es obesa, tiene 28 años y tres hijos: tuvo a la mayor a los 12 años, la segunda a los 14 y al varón hace cinco. Con el último pasó todo el embarazo en consumo. La hija del medio, que tiene 14, está embarazada. A fines de julio toda la familia se quedó en la calle. Un vecino venía de cartonear y la encontró. Como la conocía desde chica, le ofreció un rancho de dos por nueve que tenía en venta. “Quedate ahí –le dijo– hasta que encuentre un comprador.” Una semana después, Vanesa consiguió un subsidio habitacional: 500 pesos por mes para pagar un hotel. La idea fue del Hermanito:</p>
<p>–Escribimos un contrato donde se contaba la historia. El vendedor puso: “A Vanesa la conozco de chiquita, sé que es una buena persona y que necesita una casa. Yo me estoy mudando, aunque la pudiera vender al contado, se la vendo a ellas a cuotas”. De seña le dimos una heladera.</p>
<p>Pocos días más tarde, Diego volvió de la quinta de General Rodríguez y no tenía dónde dormir. Vanesa le hizo un lugar. </p>
<p>El Hermanito colecciona esos momentos como joyas: los desmenuza, les intenta sacar enseñanzas. Casi que los convierte en parábolas: todo sirve para no perder la esperanza. “Objetivamente –dice–, la situación es muy desalentadora. Si ponés todas las variables juntas, alguno te diría que no vale la pena. El problema está desbordado. No hay un plan, no hay recursos del Estado. Son historias que derrotan a un alma y la entregan a la muerte. Y sin embargo, estos chicos han podido aguantar, pelean. Cada uno de esos hermanitos vale el mundo”.</p>
<p>(artículo aparecido en la Revista C del Diario Crítica, con fotos de la <a href="http://www.sub.coop">Cooperativa Sub</a> )</p>
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		<title>Villa Celina: la marcha del orgullo boliviano</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Oct 2009 14:23:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sebastián hacher</dc:creator>
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Los hombres de traje dicen ahora y levantan, todos al mismo tiempo, el trono repleto de flores. Lo hacen como si fuera un tesoro. Si se ladea, si alguno se atrasa o tropieza, la figura puede caer y quién sabe qué desgracias podrían sobrevenir entonces. Por eso hay que tener cuidado, caminar las quince cuadras [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=nocontesta.wordpress.com&blog=1271257&post=347&subd=nocontesta&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p><img src="http://nocontesta.files.wordpress.com/2008/11/celina-charrua1.jpg?w=400&#038;h=400" alt="celina-charrua1" title="celina-charrua1" width="400" height="400" class="aligncenter size-full wp-image-253" /></p>
<p>Los hombres de traje dicen ahora y levantan, todos al mismo tiempo, el trono repleto de flores. Lo hacen como si fuera un tesoro. Si se ladea, si alguno se atrasa o tropieza, la figura puede caer y quién sabe qué desgracias podrían sobrevenir entonces. Por eso hay que tener cuidado, caminar las quince cuadras de la procesión como quien tantea terreno fangoso en la oscuridad. Es que lo que estos hombres llevan sobre los hombros es el corazón mismo de la fiesta, nada menos que la Virgen de Copacabana, patrona de los bolivianos que viven en La Matanza y en cualquier parte del mundo. Hoy es su día, y para sacarla a la calle sus devotos la adornaron con tules, alhajas y billetes de cinco, diez o veinte pesos que prenden a su manto con alfileres de sastre.<br />
<span id="more-347"></span></p>
<p>Cuando la levantan, queda inaugurada la segunda fiesta boliviana más grande del conurbano bonaerense. En un rato seremos casi cuarenta mil personas, pero por ahora somos un par de cientos, en un prólogo que empieza al final de la misa, con la procesión por las calles del barrio. El recorrido es distinto al tradicional. Si años anteriores se marchaba por los terrenos baldíos de VillaCelina, en la edición 2009 nos internamos en una geografía en construcción permanente. La mayoría son casas de ladrillo a la vista, con losas y columnas que sobresalen de los techos, casi todas candidatas a convertirse en edificios.</p>
<p>Delante de la caravana van tres camionetas: una Kangoo, una Fiorino y una Traffic. Las tres están forradas con aguayos y frazadas multicolores. Sobre las telas, una mujer cose juguetes, muñecas, cubiertos de cocina, bandejas de plata, osos de peluche y miniaturas de instrumentos musicales. Detrás de ellos, el humo gris de un bracero de incienso se mezcla con el papel picado y las flores que cada tanto le tiran los devotos. Al fondo, un grupo de músicos argentinos y bolivianos baila en ronda y hace sonar quenas y sikus. Todos seguimos su paso lento. Recién al mediodía llegamos al predio de la Asociación Tukuy Kallpa. Es un lugar vacío, casi descampado. La virgen se posa sobre su trono y en la otra punta de la calle las fraternidades de baile se preparan para desfilar. En total, hay cincuenta grupos inscriptos. Algo así como dos mil bailarines vestidos de gala para representar a las distintas regiones y culturas bolivianas.</p>
<p>Bailando espero</p>
<p>La misión es encontrar a Don Wilfredo Fernández, presidente de la Morenada Real Oruro. Su grupo va a ser uno de los más numerosos del día y él se comprometió a llevarnos en sus filas. &#8220;A las doce en punto –dijo por teléfono hace dos horas–, lo espero frente a las vallas&#8221;. Pero el reloj marca la una, los primeros grupos empiezan a bailar y del hombre no hay noticias. Solo una pista: un grupo de Caporales que desfila acompañado con la banda Poopo 100%, la misma que tiene contratada la morenada de Wilfredo.</p>
<p>Los de Poopo marchan vestidos con trajes rojos y blancos, con la bandera boliviana bordada en la corbata. Son 25 músicos bien armados: llevan trompetas, bajo, contrabajo, trombones, clarinetes, saxos, bombos. Uno de ellos, el que marca el ritmo, tiene pintada la leyenda: &#8220;Bolivia, de lo bueno lo mejor&#8221;. Y también lo más caro: solo para desfilar durante el kilómetro y medio de hoy, a la Real Oruro le pidieron cinco mil pesos al contado. Lo que hacen ahora, acompañar a un grupo de Caporal mientras llegan los clientes, es apenas una changa.</p>
<p>El Caporal es una danza moderna. Se inventó en la década del &#8216;70 y en Bolivia es considerado un baile de universitarios. En Argentina lo practican jóvenes que pueden soportar la exigencia física de las coreografías. El baile es puro salto, inflar el pecho y mantener la simetría con el resto de los bailarines. Es una marcha dura, que representa el paso de los capataces en las cosechas. Delante van los hombres, vestidos con trajes brillantes y botas con cascabeles. Detrás viene la banda, que alterna canciones tradicionales con melodías de Los Cadillacs. Las mujeres van al final. Usan vestido bien corto, corset, sombrero de cholita forrado en dorado y tacos. Por momentos mueven la cintura y se llevan todas las miradas del público.</p>
<p>Cuando el Caporal está por llegar frente a la virgen, suena el teléfono. Es Wilfredo. &#8220;Estamos por empezar –dice–, llegamos hace un ratito&#8221;. Y dice algo más, pero no llega a escucharse, porque ya estamos frente al altar de la Virgen y la banda sube el volumen. Algunos lloran de emoción, otros se tocan las piernas agarrotadas por el esfuerzo. El que dirige el Caporal hace una seña. Grita ¡ahora! y todos se arrodillan al mismo tiempo. Después, avanzan uno a uno y tocan el manto de la virgen.</p>
<p>Milagro barrial</p>
<p>La imagen de la Virgen de Copacabana llegó a Villa Celina a mediados de los &#8216;80. La idea fue del Padre Severino, un cura que quería atraer a los inmigrantes a su parroquia. Los vecinos hicieron una colecta y mandaron un emisario a Bolivia. El tercer domingo de setiembre de 1986, el hombre volvió con la estatuilla, y desde entonces no pasó un solo año sin que se haga la procesión. Al principio era un homenaje austero, pero con el tiempo creció hasta convertirse en la segunda festividad boliviana en Argentina. La más grande es la de Charrua, en el Bajo Flores, que convoca a miles de personas. La de Villa Celina, que se organiza cuatro domingos antes, es considerada su prólogo.</p>
<p>Pero si las fiestas comenzaron en los &#8216;80, el momento mágico, al menos para Gaby Luna y Benedicto Mariscal, tiene otra fecha: 21 de setiembre de 1990. El matrimonio de inmigrantes bolivianos, hoy uno de los organizadores del desfile, en aquel entonces soñaba con abrir su taller de chapa y pintura. Tenían en vista dos lotes que se vendían en un solo paquete, pero no podían pagarlos. La tarde del día de la primavera volvían de intentar una negociación y pasaron<br />
frente a la capilla.</p>
<p>–Se abrieron la puertas –recuerda Gaby– y adentro estaba la Virgen. No había nadie, y era un día sin viento. Fue como un llamado.</p>
<p>–Entramos –agrega Benedicto– y le dijimos a la virgen: &#8220;Ayudanos con los terrenos y te vamos a bailar una Diablada durante tres años&#8221;. Desde ese momento hubo tanto trabajo que nos alcanzó para pagar los lotes, ir a Bolivia a comprar los trajes y contratar a una banda, así que pusimos a ensayar a toda la familia. </p>
<p>Desde aquel año, el matrimonio se unió a la comisión organizadora, y pronto quedó al frente. Hasta hace un año, Tukuy Kallpa garantizaba la fiesta de manera tradicional: al terminar la procesión se nombraba un pasante, que al año siguiente iba a ser el encargado de organizarlo todo. En Bolivia, la figura del pasante y del padrino es central para cada festejo. &#8220;Por ejemplo –explica Alfred–, si hay un casamiento, una persona sola no puede bancar una fiesta, entonces nombra padrinos: uno paga la banda, otro la comida, otro la cerveza. Lo mismo pasa con la virgen: el pasante tiene que organizar la parte religiosa, contratar la banda, los colectivos que van a traer los músicos, la comida, el sonido.Para algunas cosas podés conseguir padrinos o juntar dinero entre la gente&#8221;.</p>
<p>Si uno es pasante, gana en prestigio frente a su comunidad, agradece a la virgen y de paso se garantiza un lugar de honor en las próximas fiestas. Algunos lo hacen para ganar estatus social. Otros toman la tarea con mucho sacrificio, por pura devoción. El segundo caso es el de Enriqueta Jamachi, una verdulera cochabambina llegada al país en 1980, casada con un albañil y madre de dos hijos. Ella y su marido fueron los últimos pasantes individuales de la fiesta. Este año la responsabilidad es de la asociación entera.</p>
<p>–Yo –dice Enriqueta– lo hice en agradecimiento a la virgencita. Mi hijo enfermó y no le daban ni un cachito de esperanza. Tanto le pedí a ella, que mi hijo se puso bien. Me habían ofrecido varias veces ser pasante, y yo siempre dije &#8217;será el día que mi familia esté preparada&#8217;. Mi hijo perdió la pierna en 2002, y yo me preparé todos estos años, hasta 2007. Organicé la fiesta y dije: quiero que salga bien, sin ninguna pelea. Y así fue.</p>
<p>Para Guillermo Mamani, director de Renacer, el periódico de la colectividad, el éxito de las fiestas tiene que ver con un antiguo sentido de colaboración mutua. &#8220;Se aplican formas comunitarias adaptadas a la ciudad. Una figura tradicional es el ayni: todos colaboramos para que una familia le vaya bien en lo que hace. Después, esa familia ayuda a las demás. La primera aplicación del ayni es en la construcción: los paisanos dan una mano para que uno levante su casa. Pero para<br />
ser una colectividad también hacen falta fiestas. El pasante recibe ayuda de los padrinos para organizar la fiesta, y luego la devuelve en distintas formas. En las fraternidades de baile se generan lazos que terminan yendo mucho más allá de la morenada&#8221;.</p>
<p>Por fin</p>
<p>Para llegar hasta donde está Wilfredo hay que desandar el camino. Ya son casi las tres de la tarde y entre nosotros se interponen varias cuadras de caporales, algunos de Tinku, Tobas y otras danzas. Los Tobas son los más llamativos. Adelante vienen mujeres con vestidos de telas andinas y piedras bordabas. En la cabeza llevan tocados de pluma a lo Nélida Roca, pero en versión originaria. Detrás vienen los brujos. Tienen trajes de leopardo, máscaras de viejo y mil cosas colgadas: cueros de animales, calabazas, caraveras.</p>
<p>Entre ellos está Miltón Mamani, estudiante de enfermería de 26 años, vestido con unas pieles de animales y una careta de madera blanca. De a ratos se saca la máscara y ayuda a organizar la fiesta. En esos momentos parece un agente de tránsito vestido con taparrabos.</p>
<p>–Los Tinkus –dice Milton– vienen de la parte andina de Bolivia. El Toba representa a las tribus que vienen del oriente boliviano, de las zonas cálidas. Mi bloque es de los Izozog, una etnia que todavía sigue en pie. Los Izozog antes eran guerreros y se rapaban para dar miedo: por eso nuestras caretas son frentudas, y las pintamos de blanco por los espíritus. Los saltos que hacemos son de la cacería y la guerra.</p>
<p>Un grupo de niños de poncho marrón anuncia que viene lo que esperábamos desde hace ya casi tres horas: la morenada Real Oruro. Hoy van a ser el grupo más grande del desfile, con unos 150 bailarines vestidos de civil. Los hombres –de traje impecable, pañuelo al cuello, sombrero y poncho de alpaca o vicuña– bailan con dos pasos para un lado, dos para el otro, como si la marcha les costara. Las mujeres van vestidas de cholitas, con vestidos de seda, enaguas y pañuelos de encaje. Cada bloque se diferencia en el color. Si el observador conoce los detalles, puede distinguir si representan a Oruro o a La Paz, si son cholitas antiguas o tradicionales.</p>
<p>María Eugenia, por ejemplo, tiene un vestido de seda violeta, guantes de encaje, botas altas y una cartera pequeña al tono. Cuando baila, pega el antebrazo contra el cuerpo y quiebra la muñeca al ritmo de la música. Si se le pregunta de qué baila, responde: “Soy empresaria. En este bloque la mayoría lo somos. Bailamos de cholitas antiguas.” Y enseguida agrega: “La morenada no es para cualquiera. Baila el que puede pagar. Cada año es un traje nuevo. El mío sale 1200 pesos.”</p>
<p>&#8220;Participar en el desfile –dice Alfred– es también demostrar cuan próspero es uno&#8221;. Algo así como la marcha del orgullo boliviano.</p>
<p>Mueva moreno</p>
<p>Wilfredo no baila en ningún bloque: reparte abrazos, soluciona problemas, alienta a los bailarines o les pide que vayan más despacio. Está vestido de traje, chal marrón, sombrero y un anillo de sello rojo.</p>
<p>–Tardé en venir –se disculpa– porque tuve que llevar a mi señora a La Salada.</p>
<p>Años atrás, él era contador de YPF y su mujer tenía puestos en la feria. Antes los alquilaban a otros paisanos, pero desde que Wilfredo se jubiló empezaron a vender ellos mismos. Faltar a la feria es no cumplir con clientes que vienen de todo el país. Pero ahora –tres y media de la tarde en Villa Celina– su preocupación es que la banda Poopo 100% no aparece.</p>
<p>–Tenían contrato para las dos en punto. Si seguíamos esperando íbamos a entrar últimos, así que tuvimos que contratar a una banda que estaba ahí, que nos cobró 120 pesos por músico.</p>
<p>Pero la banda nueva tiene un problema grave: toca morenadas de La Paz.</p>
<p>–¡No es lo mismo!– se queja una china morena. Está vestida de pollera corta y botas hasta la<br />
rodilla. </p>
<p>–El ritmo de La Paz y el de Oruro son diferentes. Los músicos argentinos no saben diferenciar, porque tocan con partitura. Los bolivianos tocan de oído, y según el lugar tienen un ritmo diferente. </p>
<p>Con una banda de La Paz no podemos bailar. A mitad del recorrido se asoman los primerosmúsicos de la Poopo 100%. Después de una discusión con Wilfredo, los músicos se forman, hacen sonar los platillos y la morenada estalla. Algunos cantan: &#8220;Yo por tu amor que no daría / la luna el sol hasta mi vida/ morenita linda, aayy mi Cecilia&#8221;. Desde la vereda, una mujer grita ¡así se baila en Bolivia!, y todos aplauden. Son las cuatro de la tarde.</p>
<p>Reyes y esclavos</p>
<p>Hay tantas versiones del origen de la Morenada como bailarines. La historia más difundida es que el baile representa la marcha de los esclavos obligados a trabajar en las minas de Oruro y Potosí. Sometidos a tratos inhumanos y afectados por la altura, algunos de los morenos escaparon y otros fueron trasladados a la zona de los Yungas, en La Paz, para ser empleados en los cultivos de coca y en la pisa de la uva. Algunas versiones dicen que la danza surgió de las cofradías de negros, como una forma de burlarse de sus señores blancos. Otros aseguran que fue una cargada de los indígenas para reírse de ellos, y que de allí vienen las máscaras con la lengua afuera y los ojos saltones.</p>
<p>Wilfredo, como todos, cuenta su versión: “La danza satiriza el sufrimiento que han tenido los esclavos. Dentro de las figuras de la morenada están los diferentes estamentos: están los Reyes Morenos y los Super Achachis, que son los viejos con mayor opulencia. Ellos traían a los negros y los vendían. Después viene el Caporal, que es el que hacía trabajar a la tropa, y debajo de todo están los esclavos, los morenos. El ruido de las matracas representa el trajinar de<br />
los grilletes y las cadenas.”</p>
<p>–Hace un rato nos dijeron que en la morenada baila el que puede pagar. ¿Cuánto cuesta desfilar con la Real Oruro?</p>
<p>–Nosotros cobramos 500 pesos más el traje. La nuestra es una morenada chica. Algunas tienen 500 integrantes y para bailar en Charrua cobran 380 dólares por persona. Eso cubre la banda y el traje. Después, en cada ensayo hay que poner 100 pesos para lo que se consume. Hay una canción que dice: &#8220;Si quieres bailar morenada, tienes que tener platita, platita para gastar, platita para gastar&#8221;.</p>
<p>–Suena a que se mueve mucho dinero.</p>
<p>–Yo hice un estudio de Charrua en 2007 y es una fortuna: se mueve casi un millón y medio de dólares. Este año vienen unos 2.500 músicos de Bolivia. A nosotros, una banda de 70 personas nos ha cobrado 20 mil dólares, pero lo que aumenta el precio es la comida y el transporte, que lo suben a 45 mil. Se cubre con la cuota que la gente paga para bailar.</p>
<p>Trajes</p>
<p>Johnny es proyectista: dibuja planos de refinerías para una multinacional petrolera. Hoy, esos 120 kilos de pura energía cochabambina están enfundados en un traje de Achachi, uno de los pocos que brillan en la fiesta. La mayoría de los bailarines se organiza para alquilarlos en Bolivia, para usarlos en octubre en Charrua, pero Johnny prefirió aprovechar las vacaciones y darse el gusto: fue hasta Oruro y se compró uno. Fabricar ese traje aquí sería imposible. Las piedras de Checoslovaquia, los hilos de la India, las telas de lamé y, sobre todo, la sabiduría de los artesanos, son imposibles de conseguir en el país. Se calcula que este año se van a traer desde Bolivia 3.500 trajes en alquiler. Y que cada uno será un obra de arte.</p>
<p>–Un artesano –asegura Johnny– tarda 20 días en hacer un traje. Si te fijás, cada perla está costurada una por una.</p>
<p>Quizás por eso, cuando el Achachi mueve la cola dorada de su traje para un lado y para el otro, el público lo esquiva con respeto, como si llevar esos quince kilos de brillo, plástico, telas y cartón lo convirtiera en un ser frágil y luminoso. Y hay que verlo a Johnny, moverse como si fuera la última vez. &#8220;El sobrepeso –confesará más tarde– no me deja bailar, pero igual no puedo parar. Es inexplicable&#8221;. </p>
<p>Faltan algunos metros para llegar a la virgen, el sol pega directo a los ojos y los morenos gritan ¡esa! ¡vamos! Desde arriba de una loza, el locutor larga un ¡bienvenida a la poderosa Morenada Real Oruro! Y enseguida agrega ¡adelante móvil uno! El móvil está a tres metros de ahí, y narra cómo entran los bailarines. Los morenos desfilan frente a la virgen, se sacan el sombrero y la saludan. Enriqueta Jamachi se acerca a Wilfredo y le da un trofeo con la imagen de la virgen y las banderas de Argentina y Bolivia. Wilfredo avanza con el trofeo en la mano y una cholita a cada lado. Amaga unos pasos de baile, se saca el sombrero, toca a la virgen y pasa a un backstage del predio, donde sus compañeros lo esperan para sacarse fotos.</p>
<p>Al rato cae el sol. En las calles de Celina siguen desfilando otras fraternidades. Están por ser las seis de la tarde y la fiesta se dividió en mil partes: está en la procesión pero también en los puestos de comida que ofrecen chicharrón, salchipapas, asado vallegrandino, anticuchos o cualquier plato boliviano que uno quiera comer. Las familias se reúnen en pistas de baile improvisadas, o frente a la pantalla en los puestos que venden DVDs.</p>
<p>El visitante novato queda impresionado, pero Alfred dice que no, que todavía no hemos visto nada. &#8220;Lo bueno –asegura– va a pasar en un tiempito. Esto es solo para calentar motores&#8221;. La cita es el próximo domingo, 11 de octubre en el Barrio Charrua, frente a la cancha de San Lorenzo. La fiesta más grande.</p>
<p>(aparecido en la Revista C, del diario Critica el 4/10/09)</p>
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		<title>A mansalva 3: él quería ser mayor.</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Oct 2009 14:16:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sebastián hacher</dc:creator>
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		<description><![CDATA[A los 16 años, Jhony escapó  de la puna jujeña. Arrastró consigo a sus tres hermanos menores y a la madre de todos ellos, una mujer golpeada por la vida y por su marido alcohólico. En Buenos Aires, consiguieron lugar en un conventillo en Carlos Calvo casi 9 de Julio,donde ocuparon una pieza al [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=nocontesta.wordpress.com&blog=1271257&post=345&subd=nocontesta&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>A los 16 años, Jhony escapó  de la puna jujeña. Arrastró consigo a sus tres hermanos menores y a la madre de todos ellos, una mujer golpeada por la vida y por su marido alcohólico. En Buenos Aires, consiguieron lugar en un conventillo en Carlos Calvo casi 9 de Julio,donde ocuparon una pieza al fondo del pasillo con una sola cama. Allí domía la madre. Los cuatro niños se acomodaban de menor a mayor en dos colchones en el piso. Al principio pasaban hambre. Durante un tiempo fueron a comer a las iglesias del barrio, pero Jhony era un tipo orgulloso. Había desplazado al padre con la secreta fantasía de ocupar su lugar.<br />
<span id="more-345"></span></p>
<p>En el conventillo también vivía Teresa, una santiagueña que vendía marihuana. Jhony le tomó  bronca cuando conoció a los arrebatadores del barrio, la mayoría pibes de su edad. Ellos le metieron en la cabeza la antigua idea de que ser tranza era un deshonor y que ser ladrón era motivo de orgullo. “Siendo chorro -solía repetir Jhony- te convertís en alguien en la vida. Los tranzas arruinan pibes. Y en la carcel la pasan mal”.  Formaron una banda de tres, a veces cuatro. Su especialidad eran los celulares. Odiaban tanto a las chicas de clase media, que no tenían problemas en convertirlas en blancos móviles. Por las noches se juntaban en la plaza, compraban una gaseosa, imitiban los gritos de sus víctimas y se reían. </p>
<p>La policía los agarró varias veces. Por lo general les daban una paliza, le sacaban el dinero y los largaban enseguida. Una vuelta, a Jhony lo mandaron al juez de menores y este decidió dejarlo encerrado por tres meses, hasta que cumpliera 18 años. Fue para peor: adentro aprendió todo el diccionario tumbero, y cuando salió se sentía el Gordo Valor en versión de 45 kilos. Ya tenía pasado, y en la calle lo empezaron a respetar. Puertas adentro, en su familia, la situación era dificil. Como no contaban con su aporte, la madre mandaba a sus hermanos a comer a lo de Teresa. La santiagueña había empezado a vender cocaína y le iba bien.</p>
<p>Los primeros días de libertad, Jhony se la pasó contando sus hazañas carcelarias. A la semana no tuvo opción: sin un centavo,  fue con sus hermanos a comer a la piecita de Doña Teresa. Había guiso de arroz y pan casero. Justo cuando le pedía al más chico que le alcanzara la sal, escuchó un estruendo. Lo demás fue todo muy rápido: el grupo GEO volteó la puerta, gritaron todos al piso y le pusieron una escopeta en la cabeza. La justicia nunca creyó la historia que Jhony insistía en contar. Sus nuevos compañeros de encierro tampoco.</p>
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		<title>Villa 20: la historia repetida</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Sep 2009 22:22:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sebastián hacher</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El 8 de Julio pasado Jhonatan &#8216;Kiki&#8217; Lezcano se bañó, se puso su mejor ropa y mientras se perfumaba habló con su madre. “Voy a ver a una chica”, le dijo. Salió  a la calle, se encontró con Ezequiel Blanco y juntos tomaron un remis desde Villa 20 hasta el Hospital Piñeyro. Fue la [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=nocontesta.wordpress.com&blog=1271257&post=341&subd=nocontesta&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>El 8 de Julio pasado Jhonatan &#8216;Kiki&#8217; Lezcano se bañó, se puso su mejor ropa y mientras se perfumaba habló con su madre. “Voy a ver a una chica”, le dijo. Salió  a la calle, se encontró con Ezequiel Blanco y juntos tomaron un remis desde Villa 20 hasta el Hospital Piñeyro. Fue la última vez que alguien los vio con vida. Un día después, Angélica, la madre de Jhonatan, hizo la denuncia por su desaparición. Y no se quedó quieta. Fue a la comisaria 52, al Juzgado Criminal de Instrucción Nº 30, a Missing Children, envió información por internet, pegó afiches, participó de programas de televisión y hasta imprimió remeras con el rostro de su hijo. Pero no hubo caso: el pibe no aparecía. </p>
<p><span id="more-341"></span><br />
El 14 de Setiembre la mujer llamó a la fiscalia 44, que en teoría tenía la causa en sus manos. Quería saber la dirección para ir con su abogado y consultar el expediente. Marcó el número, la atendieron y, al saber quién era, el empleado judicial que la había atendido se quedó en silencio.“¿Todavía no le avisaron? -preguntó finalmente- Hay dos cádaveres. Uno está identificado como Ezequiel Blanco. El otro podría ser su hijo”. En realidad, los cuerpos estaban en la morgue desde el mismo 8 de Julio. La versión oficial era que le habían querido robar la camioneta a un policía federal, y que el agente se había defendido. Según la familia de Jhonatan, su hijo -de 17 años- tenía un tiro en el cuello y Ezequiel -de 25- uno en la nuca.</p>
<p>La causa por el asesinato cayó  en el Juzgado 48, que la caratuló como “NN/ Robo de Automotor”.  Ni allí ni en el juzgado 30 se hizo un cruce de información para conocer la identidad de los jóvenes.  A Ezequiel lo identificaron por sus huellas dactilares, pero la notificación nunca llegó a destino: la justicia envió un teletipo a la Comisaría 52, y allí adujeron que no lograban encontrar el domicilio.A Jhonatan, en cambio, lo habían enterrado como NN en el Cementerio de Chacarita. “Si no hubiesemos llamado ese día-reflexionaría más tarde Angélica- todavía estábamos buscando”</p>
<p>Hasta aquí podría tratatarse de otro caso de decidia judicial, pero el trasfondo es mucho más pesado. Por lo menos en el caso de Jhonatan, la comisaría 52 sabía donde encontrarlo a él y a su familia. Los Lezcano viven en el barrio desde siempre, en la una de las primeras zonas urbanizadas de Villa 20. Su relación con la comisaría tiene historia. En el 2007, luego del asesinato de un narco, el nombre de Kiki empezó a repetirse en los pasillos de la villa. Los rumores llegaron hasta sus padres, y estos decidieron entregarlo a la justicia. “Lo llevamos-recuerda Angélica- para que se aclare su situación”. Kiki estuvo detenido durante 10 meses, hasta que se comprobó que no había tenido participación en el crimen. En ese tiempo terminó tercer año de la secundaria, se integró a una murga y practicó deportes. </p>
<p>Al salir en libertad se puso de novio, pero empezó a fumar paco y se quedó solo. Por las noches ranchaba con otros fumadores. “De madrugada -recuerda su madre- siempre volvía a dormir, y si no aparecía salíamos a buscarlo por los pasillos”. El camino que Angélica y su familia empezaron con la adicción de Kiki es el mismo que recorren cientos de madres que tienen el mismo problema: golpear todas las puertas posibles hasta conseguir ayuda. Recién a fines de Enero de 2009 le dieron un lugar en El Faro, un centro de rehabilitación de la ciudad de Buenos Aires. Allí Jhonatan estuvo sólo un día: como no lo dejaron despedirse de la madre, empezó a gritar y le dijeron a ella que se lo llevara. </p>
<p>Pocas semanas después, en Febrero de este año, Angélica estaba en su casa y alguien llamó a su puerta. Era un hombre retacón, con pelo crecido y algo que ella recuerda como “pinta de rockero”. Pero no era un músico, sino uno de los pesados de la brigada de la Comisaría 52. Su apodo es El Indio, y nadie tiene certeza de su nombre. El mensaje para la madre del chico fue conciso y violento: </p>
<p>-Cuidelo al Kiki- dijo-porque le puede pasar algo malo. Si no lo agarramos nosotros, van a ser los del fondo. </p>
<p>En la geográfica local, “el fondo” es la parte más pobre del barrio. Al parecer, Kiki iba a comprar paco a esa zona, y estaba llévandose mal con los vecinos y los vendedores. “La situación-explica un abogado que trabaja en la villa- es clásica: cuando un consumidor jode el negocio de los tranzas, porque le roba a los que van a comprar o hace bardo en el pasillo, la policía o ellos mismos los sacan del medio. En la comisaría 52,  a los paqueros los usan hasta que no sirven más, y después los descartan”. </p>
<p>En la historia de la última década, es un clásico señalar a la brigada de la 52 de ese tipo de prácticas. Su exponente más famoso fue Rubén &#8216;Percha&#8217; Solares, un sargento señalado por participar, entre el 2000 y el 2004,  en al menos cinco ejecuciones de pibes en situaciones parecidas a las de Kiki. En los casos de Lucas Roldan, Marcelo Acosta y Daniel Barboza, los familiares de las víctimas sostuvieron que se trató de causas armadas. En los de Grabiel &#8216;Pipi&#8217; Alvarez, y de otro joven de nombre Cristian, se dijo que fueron ejecutados por no querer robar a las ordenes de la policía. La mayoría de las veces, las ejecuciones fueron después de que Percha marcara a los jóvenes cuerpo a cuerpo durante un tiempo. En dos ocasiones la versión oficial fue que los jóvenes quisieron robarle a un policía, y que este se había defendido. La mayoría de las veces los testigos fueron amenazados, y el Percha siempre logro quedar impune. </p>
<p>En otro de los casos que involucran a a la comisaria 52, las víctimas fueron dos jóvenes limpiavidrios, acribillados a balazos. La diferencia fue que uno de esos jóvenes sobrevivió con once tiros en el cuerpo y contó su versión: hombres de civil los habían reclutado para bajar cajas de una camioneta, pero más tarde los obligaron a entrar una casa de quiniela a punta de pistola. A la salida, esos mismos hombres los recibieron a balazos. Igual que con Lucas Roldán, el móvil y los fotógrafos de Crónica TV llegaron antes de la ambulancia y los peritos. </p>
<p>Aquella tarde de febrero, cuando el Indio se presentó en la casa de Kiki, en el barrio ya todos lo conocían como el heredero de Percha. Un mes después dio pruebas de ello: el pibe fue interceptado en una esquina y molido a golpes por varios policias de civil. Ese día su madre y varias vecinas lo rescataron. Dos semanas más tarde, apareció tirado en un pasillo, con el rostro desfigurado.  El 25 de Abril, la madre de Kiki presentó una denuncia por resguardo de persona en el juzgado de Menores Nro 5. Pero no tuvo efecto: el 7 de Julio, el Indio y otro policia de civil lo volvieron a interceptar. “Una vez te salvaste- le dijeron- dos no. Voy a ser tu sombra”. Ese día, para sellar la amenaza, le tomaron una foto. Y menos de 24 horas estaba muerto. Por qué se ocultó su cadaver es algo que todavía no está claro: al cierre de esta edición, los abogados de la familia todavía no habían logrado tener acceso al expediente.</p>
<p>(articulo aparecido en miradas al sur)</p>
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		<title>A mansalva: La bombilla asesina</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Sep 2009 22:16:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sebastián hacher</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>En teoría, Daniel tenía casa y familia. En la práctica, siempre fue de la calle. De chico pidió en los trenes, vendió estampitas y durmió en los andenes de Constitución. Un día se hizo hombre y salió ahí como quién corta un cordón umbilical. Se mudó a Plaza San Martín, recorrió comedores de la iglesia, paradores nocturnos y baños públicos. Aprendió a esconder frazadas, estudió los circuitos de restaurants caritativos y se volvió más agresivo para pedir monedas. Le gustaba repartir volantes para los cabarets de Lavalle o vender fotos de Floricienta a la salida de las obras infantiles en Av. Corrientes: ambas actividades le parecían robos benignos. Pero Dani no era ladrón: si te quedabas dormido te sacaba las medias y después las usaba delante tuyo. Siempre se metía en problemas.<br />
<span id="more-337"></span></p>
<p>A los 25 soñó con recorrer el pais, de ciruja y a dedo. Se coló en un tren hasta Luján y ahí quedó. Nadie lo levantaba.Cuando cruzó la ruta para volver a la estación se sintió mareado. El camión venía a 60 y lo golpeó con el espejo. Estuvo un mes internado, y le dijeron que los parpados le iban a quedar caidos, como entrecerrados. Desde entonces, miró el mundo como si fuera  una película con franjas negras en los margenes, pero en el cine de su mente ya no proyectaron nada nuevo. </p>
<p>Cuando le dieron el alta volvió  a Plaza San Martín. La segunda noche le quisieron sacar la frazada y tuvo que pelear. Llegó la policía y el otro ciruja lo acusó  de punga. Por una cadena de confusiones, Dani terminó encerrado. Había estado en comisarias, pero nunca en la carcel. Se le notaba el miedo. Un gigante se acercó a su celda. “Eh-le dijo-¿vos so&#8217; chorro?”. Dani asintió con la cabeza, no supo por qué. “¿Chorro vo&#8217;? -gritó el otro-¡Chorro de leche!”. El gigante se rió de su propio chiste. “¿Estas dormido, eh gato?-siguió-¡Abrí bien los ojos!”. Dani no dijo nada. El tipo volvió una y otra vez. En algún momento lo agarró cerca de lo barrotes y lo golpeó contra la puerta. Después le robó un buzo viejo, las zapatillas, un poster de Boca.  </p>
<p>Una tarde, Dani tomaba mate y miraba la pared. El tipo llegó de atrás, lo agarró de los pelos y le dijo “eh, gato tuerto, dame tu mate”. Dani sacó la bombilla y amagó con dársela, pero le salió un golpe del alma: una puñalada histérica. En la enfermería dijeron que el globulo ocular del gigante se había infectado, y que por eso murió. En el penal analizaron la posibilidad de prohibir el uso de bombillas métalicas, pero descartaron la idea. El problema, diría después preso viejo, es que no hay nada más peligroso que un gato asustado.</p>
<p>(aparecido en miradas al sur)</p>
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