Tardé más en aprender su apellido que en enamorarme de sus canciones. Lisandro Aristimuño tiene la particuliaridad de convertirnos en militantes de su música. Sin perdirlo, nos invita a sumarnos al boca en boca que lo está haciendo cada vez más conocido. Varias de sus canciones están en myspace, y sus conciertos se difunden en el blog Azules Turquesas, donde también se puede esuchar el programa de radio que hace en FM La Tribu. Lleva editados tres discos: Azules Turquesas, Ese asunto de la ventana y 39.
Además de todo, Aristimuño está construyendo una carrera musical sólida sin necesidad de mezclar la música con el vedetismo ni vender sus productos a grandes multinacionales.
Hoy toca por última vez en Capital Federal hasta la primavera. La cita es a las 21 horas en Niceto (Niceto Vega 5510). Vale 15 pesos. Es un tipo que vale la pena. No digan que no les avisé.
Después de la muerte de joven mapuche Alex Lemun en una recuperación de tierra, Elena Varela, una realizadora cinematográfica, comienza a investigar las razones del conflicto que tiene el pueblo Mapuche con el Estado chileno. En su búsqueda conoce a un joven dirigente mapuche clandestino que le va entregando pistas e información para comprender el conflicto mapuche en el sur de Chile.
En una declaración pública, los documentalistas de Chile se solidarizan con su compañera, analizan los motivos de la detención y denuncian que no es la primera vez que sucede.
Cuando empecé a hacer el trabajo sobre el Gauchito Gil, apareció Juan Carlos. Nos presentó Laura, y nos encontramos en Florencio Valera, donde él y su familia tenían un comedor, un altar del Gaucho y varias habitaciones repletas de cachivaches increibles.
Juan Carlos usaba unos anteojos hechos con un marco que se había encontrado y dos vidrios diferentes, que había pegado con esfuerzo y mucha cinta adhesiva. Todo a su alrededor estaba construído así: con pedazos de mundo descartados por otros. Otra de las cosas que Juan tenía, y que al verlas me partieron la cabeza, era una puerta fabricada con pedazos de madera muy pequeñas. Las había pegado una por una, para construir una tabla grande y usarla para cerrar un espacio. Cuando me la mostró, me pareció todo un manifiesto estético-político.
Cada vez que abro un sitio y aparece una musiquita, un banner raro o un anuncio del tipo ‘desde ahora, podés escuchar este post en audio’, tengo la seguridad de que estoy frente a gente que utiliza la teconología como un fin en si mismo. Adictos que se engolosinan con los chiches nuevos sin que tengan un sentido práctico claro, como los editores de foto online, los micro blogs, etc, etc. Pero hay cosas, como los programas que convierten texto a voz, son muy utiles si se los usa bien. Yo descubrí su utilidad hoy. Uno de mis mayores problemas es que cuando estoy cansado empiezo a comerme letras, sílabas y hasta palabras enteras. Es una cosa que odio, tanto como las rimas involuntarias y las frases sin sentido. Como a veces leer en voz alta no alcanza, contraté al robot de vozme.com para que me leyera los textos. La verdad es que no le pone mucha onda: castellaniza todo, lee mal las siglas, no cambia de tono nunca y convierte a la poesía en un inventario cibernético. Pero hace bien su trabajo: como es automático, no me deja pasar un error. Ahora, por ejemplo, escucho este audio y corrijo este fragmento de un texto para entregarlo en un ratito:
En una escuela de Villa 31, en Retiro, los pibes del fondo tienen una lata que pasa de mano en mano. La maestra siente un olor raro que inunda el aula, un humo que ella no conoce y que aumenta cada vez que prenden un encendedor. ¿Qué están quemando?, pregunta la maestra. La respuesta es una mueca: los pibes están pero no están. ¿Hay que llamar a la policía, a los bomberos, salir corriendo?. Villa 31 es uno de los pocos lugares del país donde la respuesta puede ser otra. En vez de reprimir, se puede convocar a un operador para que haga algo distinto. Y allí va Julián, un psicólogo de ARDA (Asociación Argentina de Reducción de Daños) al que los pibes del ya vieron circular por los comedores, la iglesia y el centro de salud del barrio. Julián tiene la autoridad de ser alguien que sabe pero escucha, que aconseja pero no prohíbe, que ayuda pero no impone. Les da una charla a los chicos, narra los efectos de consumir paco, las alternativas para dejar de hacerlo, los lugares a los que se puede recurrir. Trata, como puede, de estudiar caso por caso para darle una respuesta a cada pibe. La misma escena puede repetirse en otros barrios, pero no en tantos: apenas en la Villa 21 de Barracas, en la 1-11-14 de Bajo Flores y en otros pocos lugares donde trabajan Arda o la Fundación Intercambios, dos de los pocos grupos que impulsan esta práctica en el país. (more…)
Esto sucedió en méxico. Cuando me empecé a perder fenómenos como este, comprobé que la adolescencia quedó tan pero tan atrás. Hay montón de literatura basura sobre esta Quadrophenia de la postmodernidad. Y claro, las versiones locales, con condimentos propios de nuestra urbe, y la misma mirada pancha de los medios (”la gente vs. las bandas del conurbano”, como si fueran d’elia vs. el campo en versión boba) no podía faltar.
Update: Para el que no vio Quadrophenia, apretando en leer más hay un pedazo de la peli, en una traduccion al español espantosa que por momentos es invadida por el audio original:
La foto del día es de Nicolás Pousthomis. Hay algunas más tremendas, pero a mí esa es la que me parece más completa, quizás porque tiene algo de trágico y de bizarro a la vez, pero sin perder el costado informativo. El resto del trabajo, tanto de Nicolas como de Rulo, se puede ver aquí, porque nuestra página, digamos, no tiene un buen día. Para los que trabajamos en la cobertura del referendum de Venezuela, el de Santa Cruz produce un cierto deja vú, sobre todo a partir de los sectores que salieron a festejar en la calle en la noche, su odio racial, los saludos nazis, la ostentación facistoide, etc.
Acaba de estrenarse en Buenos Aires el film Corazón de Fábrica, que narra la experiencia de Cerámicas Zanon, la empresa neuquina recuperada y puesta a producir por sus obreros. Corazón de Fábrica no es una película más sobre fábricas ocupadas: es un largometraje documental que narra el conflicto desde adentro, y lo hace como nadie lo había hecho hasta ahora. Los realizadores son Virna Molina y Ernesto Ardito, los mismos que hicieron Raymundo. Pero si con su primer película se habián ganado la aclamación del público militante (además de varios premios), por este segundo film parte de ese mismo mundo militante puso el grito en el cielo. Es que los realizadores narran el conflicto de Zanon desde un lugar íntimo, solidario pero también crítico, mostrando las fortalezas y debilidades de un proceso que involucra a casi 500 familias en forma directa. Su cámara se centra en los detalles y permite al espectador sentirse parte; genera identificación porque no muestra heores inancalzables sino seres humanos atravezados por un proceso vivo, real. Si el documental La crisis causó 2 nuevas muertes, marcó un hito en cuanto a demostrar que se podía generar (contra)información de alto nivel desde ámbitos independientes, está película pone sobre la mesa una nueva cuestión que puede servir para abrir un debate sano y necesario: como generar información alternativa e independiente desde una perspectiva solidaria o militante, sin caer la adulación o el propagandismo autocomplaciente. Hasta donde mostrar las contradicciones que se encuentran en procesos de tanta envergadura, o hasta donde respetar la intimidad de las organizaciones. En otras palabras, un debate sobre como narrar la vida de forma honesta y cabal, quizás como condición necesaria para empezar a transformarla.
(La película se puede ver durante mayo en el Hotel Bauen, los sábado a las 17 y los jueves a las 20:30)
La mayoría de los argentinos tomamos mate, pero pocos sabemos que Don Claro Ferreyra (el hombre de esta foto) trabaja 12 horas por día para cobrar 90 centavos por kilo de yerba cosechada, y que no lo hace para una gran empresa sino para un pequeño productor yerbatero que gana no mucho más que él. Don Claro vive la mayoría del año en un rancho de madera al lado de la plantación, y cobra unos 30 pesos por día. Con Nicolas Pousthomis, mi compañero de cooperativa, nos fuimos a Misiones e hicimos un reportaje fotográfico sobre el tema. Quisimos hacer algo sencillo pero que relate todos los pasos de la producción de la yerba que consumimos todos los días. Una recorte más o menos arbitrario-el trabajo es mucho más extenso- se puede ver aquí, en la página de sub.
(artículo aparecido en la revista La Mano de Abril 2008)
Así me lo presentaron: Raúl era el acuchillado que escapó del hospital con el suero puesto. Además, era un artista que compró un Ford Falcon de los milicos para destruirlo y transformarlo en un tanque hecho de libros, el Arma de Instrucción Masiva. Un ex Falcon, me explicaron, que fue desarmado en un perfomance íntima: le tiraron un corazón de piano, 300 botellas, una bola de demolición y después le dieron con moladoras, piedras, palos y un maniquí. En su nueva vida, el auto mide cuatro metros por dos de alto, y la carrocería es una mezcla de fierro y libros, la mayoría de los cuales pueden ser tomados y leídos.
Lo de las puñaladas fue una noche en Almagro. Nadie supo la razón exacta. Algunos pensaron que fue una forma estúpida de marcar territorio, un mensaje para otro, una confusión paranoica. Lo cierto es que un desconocido se acercó diciendo ‘voy a borrarles la risa de la cara’, repartió varios puntazos y salió corriendo. Uno de los pibes quedó con el pulmón pinchado. El otro, Raúl Lemesoff, la sacó más barata, pero no lo suficiente para zafar del hospital. Estuvo internado hasta que la pasividad terminó de aburrirlo y desapareció.
Blog de Sebastián Hacher Rivera, fotógrafo y periodista. Miembro de la Cooperativa Sub y autor del libro Gauchito Gil. Colabora con las revistas La Mano, THC, Tercer Sector y algunos medios alternativos.