Con un toque de alegría

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Sucedió en Florencio Varela, en una fiesta del Gauchito Gil. Beba y Antonia, dos devotas militantes, estaban vestidas para la ocasión. Al pie del altar, entre chamamés y vino tinto, nos dieron la noticia: alguien había incendiado el comedor popular donde ambas cocinan. Las dos forman parte del Frente Darío Santillán, un movimiento social opuesto a las prácticas de los punteros políticos. Sospechaban, con razón, que había una mano negra detrás del fuego. Pero como son mujeres portadoras de una fe que mueve voluntades, no se dieron por vencidas. En pocos meses, con la ayuda de los vecinos y otros movimientos, lo volvieron a levantar.

El nuevo comedor se inauguró el 9 de junio pasado. Era un galpón de madera pintado de celeste y adornado con las figuras de los santos que más adeptos convocan entre los asistentes: San La Muerte, Antonio Gil, San Jorge y San Cayetano. El día de la presentación en sociedad, el rancho y sus alrededores hervían de gente llegada desde todo el Gran Buenos Aires. Entre los asistentes estaba Marcial Barreiro, un músico hijo de paraguayos de 50 años, arrugado por el sol y la vida errante. En la masacre de Puente Pueyrredón, el 26 de junio de 2002, Marcial fue baleado por la policía en el mismo lugar que Maximiliano Kosteki. Pero entre sus compañeros es más conocido como músico que como sobreviviente: ya sea en una movilización o en una fiesta, Marcial suele aparecer con su quena para hacer bailar a todo el mundo.

Por lo general se lo escucha tocar junto a Contraviento, una banda de música nacida en un sur tan mestizo como Quilmes, Florencio Varela o Lanús. El grupo es una mezcla de movimiento cultural y familia rodante, con integrantes que van desde los 50 a los 9 años, y una variedad de ritmos que recorre desde los waynos hasta el rock and roll, pasando por la cumbia, los sikuris y un rap con bases murgueras. Contraviento es, además, la banda responsable de la música de fondo que suena en varias movidas piqueteras.

Para ese día esperábamos uno de sus clásicos recitales, pero hubo una sorpresa: al momento de tocar no aparecieron los integrantes de la banda, sino una decena de adolescentes que sacaron flautas y entonaron una melodía que casi ninguno de nosotros conocía.
-Esto -anunció Marcial- es el resultado de los talleres Contraviento que hacemos en los barrios.

Entonces lo descubrí. Contraviento no es sólo una banda. Es también una red de talleres, una especie de plaga musical que crece en los barrios del Gran Buenos Aires. Le pido detalles a uno de los músicos, que no debe tener más de 16 años, y me responde: “Somos más de 40. El objetivo que tenemos es empezar un cambio como personas entre nosotros, servir como ejemplo”.

Suena simple, pero en el contexto es todo un programa. Le estoy por decir eso, pero Marcial interrumpe e invita al público a cantar la canción que viene con la melodía que acabamos de escuchar. Es una letra pegadiza que dice:

El sol calienta la tierra, tierra,

y el agua la refresca.

Aumentan los tomates,

aumenta la carne,

y en la bomba del barrio
¡sacamos un solo balde…!

Más tarde me explicarán que la canción, que es más larga y termina diciendo que “los ricos tienen el pan / y hasta el agua mineral”, fue creada en los talleres Contraviento de Lanús, y que para conocer cómo empezó todo tendría que acercarme hasta allí.

Acepto el desafío y el viernes siguiente nos encontramos en Semillitas, un comedor de Monte Chingolo adornado con murales pintados por niños. A las 9 y media de la mañana, con un mate que pasa de mano en mano, doce chicos repasan allí el mi-sol-la-do con el que comienza la canción del agua y los tomates. Al principio, un tanto tímidos y dormidos por el frío, leen las notas de un pizarrón en el que Marcial dibujó un pentagrama. Sólo parecen despertar cuando el profesor les pide que dejen de leer y saquen la flauta. Los primeros acordes suenan como la maquinaría de una fábrica que perdió el rumbo, pero al entrar en calor y encajar con el ritmo que Marcial marca con la quena, la música se vuelve armónica. En la segunda vuelta, algunos dejan de tocar y entonan la letra que habíamos escuchado antes.

Pero si allá era una canción tímida, aquí parece la banda de sonido de las vidas de cada uno. “La canción -dice Marcial- surgió en un taller que hicimos en este comedor. Se armaron varias comisiones y en base a una melodía, que es la que ellos están tocando, la idea era armar una canción en la que queremos que participen todos. Sí sabés tocar una nota, ya estás adentro. Ese vendría a ser el objetivo central del taller. Dar las herramientas de conocimiento y expresión musical”.

La Leo, Verónica y Tamara, las tres de 15 años, fueron las autoras de la letra. La compusieron durante un ejercicio donde la consigna era escribir con determinadas palabras. “Teníamos que usar las palabras tierra, agua, sol, bomba, tomate -recuerda La Leo-. La idea era tratar una problemática que tenemos todos, y uno de los principales problemas acá es el agua potable. Nosotros tardamos más que todos, pero salió eso”.

Y eso, La Leo lo sabe, es el pequeño hit barrial que se canta en varios comedores del sur del conurbano y que se estrenó ahí, en ese mismo comedor del MTD Lanús. Calculo que ese es un dato emocionante que parece habilitar a que nuestra charla tome el camino de lo meloso. Con ese ánimo, le pregunto a todos qué sintieron la primera vez que la tocaron en público. Un pibe recoge el guante y responde:
-¡Frío!

Lo dice y todos se ríen, concientes de que acaban de romper el tono solemne en el que estábamos a punto de caer. Todo parece ser así: una alegría simple, sin vueltas, que incluso se refleja en el nombre del taller. Porque uno imagina que Contraviento aduce a hombres y mujeres que quieren torcer el huracán de la historia, que avanzan contra su propio destino para transformarlo con melodías. Pero nada que ver. Marcial explica que el nombre nació como un chiste interno. “Contraviento era un lamento que tocaba Marcama, un grupo donde había un mendocino, un sueco y un boliviano. Pero nuestro nombre no viene de ahí. Cuando comenzamos con el taller, yo tocaba la flauta y los chicos hacían percusión con redoblantes. Ellos tocaban fuerte y no dejaban que se escuchen los vientos. Les gustó que nos llamemos Contraviento porque al principio parecía que tocaban contra nosotros, que nos querían tapar”.

La partida de nacimiento de la banda-taller tiene lugar y fecha: barrio La Cañada, Bernal, a principios de 2001. Si quiero conocer más, me apura Marcial, tengo que ir para allá.

No tengo otra opción que hacerle caso. Tomamos unos mates y nos adentramos en las calles del barrio. Subimos a un colectivo de esos que parecen legales pero no lo son, y bajamos un poco antes de su casa. Esos bondis viejos, dados de baja de las líneas oficiales, recorren las calles con naturalidad, levantan pasajeros e improvisan paradas reconocidas por el uso cotidiano. Ver a la gente subir, dormir colgados, ceder el asiento o tocar timbre genera la sensación de estar suspendidos en un mundo donde nada necesita permiso para existir.

Bajamos, pero antes de llegar a su casa tenemos que hacer las compras: Doña Benigna, su mamá de 80 y tantos años, nos espera para almorzar. Después del tour de compras, Marcial charla un rato con ella, cocina para todos, comemos y recién en la sobremesa llegan Facundo y Juan Manuel, ambos de 16 años, y Camilo de 9. Los tres son sobrinos de Marcial y pioneros integrantes de Contraviento. El tío-docente los presenta ufano, como diciendo ‘acá está el secreto del que te hablé’.

“En el 2001 hicimos talleres en el barrio, venían pibes de la zona. Mis sobrinos eran chiquitos y estaban todo el día por acá, así que participaban siempre. De ese taller nació Contraviento. Con ellos tratamos a ir a un programa de televisión, Pulgas en el 7. Pero después cambió todo…”

Y lo que cambió no fue el tipo de música que hacían, sino la esencia misma de la banda-taller. El 20 de diciembre agarró a Marcial y a su familia en medio de los saqueos, la represión policial y los nuevos movimientos sociales que surgían de la necesidad y la rebeldía. Transformar el garage en el que ensayaban en comedor y hacerse piqueteros fue natural. Al principio Marcial se peleó con la música; llegó a considerarla como distracción. De a poco las melodías volvieron a ocupar su lugar.

“Ahora -dice Facundo- Contraviento está formado por muchos luchadores. A veces parece que la gente luchadora es muy seria, muy formal. Nosotros queremos mostrar que en la lucha está la alegría de compartir cosas. Se puede luchar y ser feliz al mismo tiempo”.

En ese camino trataron de no abandonar los objetivos primitivos. “Uno también toca para una satisfacción personal. El arte, la música, es un desahogo que no se puede explicar con palabras. Y que después esa música que a vos te hizo bien le guste a otros, es algo increíble”, dice Juan Manuel

Increíble, asiente Camilo, que a sus 9 años es el más chico de los cuarenta y pico de pibes que forman Contraviento. Increíble, repito yo en forma de pregunta, y Camilo señala el grabador con la cabeza, como diciendo ahora me toca a mí, ahora me van a escuchar:

-A los 4 años era el único niño, y me sentía una hormiguita. Cuando tenía 5 o 6 años, tenía un montón de vergüenza. Para cantar me escondía atrás de mi mamá, hasta que un día empecé a vencer el miedo, porque me di cuenta que cuando cantamos le gusta a la gente. Y eso me da felicidad.

Al final, pienso, todo se reduce a eso: felicidad. Una palabra vieja, gastada. Son los músicos como Camilo los que le devuelven su potencia y un lugar en el pentagrama.

(articulo aparecido en la revista Tercer Sector de Agosto)

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