Benetton vs Mapuche: crónica de una recuperación

(En una semana me voy otra vez al sur. en frebrero tuve la suerte de ser testigo y registrar la recuperación de tierras que los Mapuche realizaron como parte de un conflicto con el italiano Benetton. Las fotos de aquel momento se pueden ver aquí. Lo que sigue es una crónica tardía de aquellos días, que apareció en el número de julio de la revista La Mano)

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En Agosto del 2003 viajé a Esquel para retratar la vida de un cazador de pumas. Lo seguí durante una semana, y lo único que conseguimos fue una ardilla y media liebre: la otra mitad la comieron los perros. Gracias al fracaso aprendimos algo: la precordillera está llena de alambre, fronteras internas que los paisanos llaman móviles porque “el viento siempre las corre a favor de los otros”. Detrás de cada uno de esos alambrados hay un conflicto, casi siempre de despojo.
El caso que más nos atrapó en aquel momento fue el de Atilio Curiñanco y Rosa Nahuelquir. El matrimonio nos llevó hasta uno de esos paramos que se ven al costado de la ruta 40. Era un lugar vacío, cuyo único encanto parecía ser el arroyo que corría a unirse con el Rio Chubut. Atilio Curiñanco había crecido en esa tierra, pero al querer usarla para vivir con su familia fue desalojado por una denuncia de Benetton, propietario de poco menos de un millón de hectáreas.

Cuatro años después volvimos a encontrarnos en ese predio. En el medio hubo un juicio, campañas internacionales, viajes a Europa y un proceso de reorganización de varias comunidades indígenas. El 17 Febrero de 2007 ese proceso pegó un salto de forma literal: varios Mapuche decidieron traspasar los alambrados y recuperar las tierras de las que fueron desalojados los Curiñanco. Mientras lo hacíamos descubrí que el predio no era un desierto patagónico, sino una precordillera llena de monte. Ese día llovía fino y con viento y de a ratos salía el arcoiris. Alguien dijo que la tierra actuaba como una parturienta. Para nosotros no era una imagen cursi, sino una síntesis de lo vivido en los últimos años. Una imagen que resumía el largo camino que nos había llevado de vuelta allí.

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Atilio Curiñanco es de esa clase de hombres que usa campera de cuero y vuelve de trabajar en bicicleta al caer la tarde. Es buen asador y puede tomarse una botella de vino o cargar una bolsa de cemento sin que se le mueva un pelo. Nació en la provincia de Chubut, en la aldea Leleque, una estación de trenes a mitad de camino entre El Bolsón y Esquel. Desde lejos, Leleque parece un paisaje pintado a mano: cabañas de madera, bosque, río y cerros de fondo. De cerca se descubre la verdad: es una isla de una hectárea en medio de un océano de tierras privadas. Desde que se fundó la Compañía Argentina Tierras del Sur en 1889, toda la zona está dominada por extranjeros. La Compañía, como la llaman los lugareños fue iniciada por nueve ingleses a los que el estado donó 900.000 hectáreas luego de la campaña al desierto. El tren en el que trabajaba el padre de Atilio, también propiedad de los ingleses, fue la costura que unió ese territorio.
Atilio aprendió de su madre las faenas del campo, pero en la adolescencia dejó su casa y recorrió la Patagonia para ejercer los más diversos oficios. Levantó torres de electricidad, construyó casas, hizo asfalto y reparó cámaras frigoríficas. En esa gira conoció a Rosa Nahuelquir, una adolescente que desde los 8 años trabajaba como mucama en un hotel. Rosa tenía el pelo por la cintura, una cara redonda que se iluminaba al sonreír y 15 años. Atilio la persiguió hasta obtener el sí, y nunca se volvieron a separar.
Además del cariño, los unió el origen común. Curiñanco, el apellido de Atilio, significa pájaro negro; Nahuelquir, el de Rosa, hijo del tigre. Ambos son nietos de una generación que nació bajo el signo de la campaña al desierto. Sus abuelos fueron corridos de las tierras en las que vivían y se les prohibió hablar su lengua. La madre de Atilio, Doña Candelaria, murió a los 87 años recordando la época en la que la espiritualidad indígena era parte de la vida cotidiana. La anciana pasó sus últimos años quebrando la cintura para cruzar el alambrado que la separaba del agua que bebió durante toda su vida. Nunca quiso irse de Leleque:
-En el campo –decía- uno nunca pasa hambre: se pueden cazar liebres o encontrar huevos de avestruz.
El hambre es un fantasma que habita en las ciudades, y en 2002 reapareció con fuerza. En el barrio de Esquel donde vivían los Curiñanco la crisis fue una plaga. En febrero, la fábrica donde trabajaba Rosa quebró. Para Atilio se acabaron las changas y los cuatro hijos que habían tenido se desparramaron por la provincia.
Entonces, la idea. Frente a la estación donde se crió Atilio hay un predio abandonado, la reserva Santa Rosa. De niño, él y sus vecinos solían juntar leña y hacer pastar a los animales allí. El 12 de Febrero del 2002, los Curiñanco fueron al Instituto Autárquico de Colonización (IAC) a pedir autorización para montar un emprendimiento en esas 535 hectáreas, lo justo para alimentar a una familia. Seis meses después, el 23 de Agosto, se instalaron en el predio.
Antes de reparar los alambrados caídos y trabajar la tierra pasaron por la comisaría a presentar una nota para explicar lo que estaban por hacer.

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El predio Santa Rosa nace en la ruta 40. Desde la casilla que montaron los Curiñanco, al borde del asfalto, se podía ver todo el paisaje: el casco de la estancia, la antigua pulpería reconvertida en museo, las casas de los patrones, el horizonte y, más al fondo, la estación donde se crió Atilio y vivía su madre. Lo único que había cambiado desde la niñez de Atilio eran los dueños de la Compañía. En 1991 el grupo italiano Benetton compró las 900.000 hectáreas por 50 millones de dólares. Y con los nuevos propietarios también llegó otro administrador: Ronald Mc Donald, un nombre que muchos creyeron broma.
Pero no lo era. El 30 de Agosto del 2002, Mc Donald presentó una denuncia por usurpación contra Rosa y Atilio. Al revés de lo que opinaban los vecinos de la zona, el administrador decía que el predio Santa Rosa le pertenecía a los Benetton.

Casi no hubo discusión judicial. El 2 de Octubre, un mes después de la denuncia, quince policías desarmaron la casilla de los Curiñanco. Se llevaron animales, herramientas y parte de la verdura que habían sembrado. Los oficiales tenían una orden firmada por Juez Colabelli, un catequista que se basaba en ‘el derecho de conquista’ para sostener que darle la razón a un Mapuche era lo mismo que dársela a la ETA. El juez, que más tarde destituido por mal desempeño, era famoso por mandar a demoler casas de paisanos si algún estanciero sospechaba que le habían robado ladrillos.

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A veces, ser demasiado grande lo vuelve a uno torpe. Desde Italia, a ojos de los hermanos Benetton, los Curiñanco y los Mapuche en general se veían como esos grupos que los acusan de implantar chips en la ropa. En Argentina, para los esquemas mentales de los capataces de estancia, todo se reducía a problemas con paisanos a los que se podía asustar con una denuncia judicial. El abogado Iturburu Moneff, apoderado de La Compañía, resumió esas visiones en un escrito que presentó en la justicia. Ahí pedía que “no se traigan con la excusa o pancarta a las muy queridas y respetables culturas aborígenes, culturas que incluso mi mandante ha promovido y preserva incluso más que las propias comunidades, para justificar la ilicitud y desconocimiento de la ley”.
Al conocer a los Curiñanco todo argumento se desarmaba. Transparente, Atilio presentaba a su octogenaria madre para explicar que siempre habían vivido en la zona. Y si alguien les preguntaba por los su pertenencia a los pueblos originarios, ellos respondían, serios:
-Nosotros con mostrar la cara ya hacemos notar que somos Mapuche.
En esa época –mediados del 2003- en Esquel estaba en auge el conflicto con las empresas mineras. Encabezadas por la canadiense Meridian Gold, varias multinacionales amenazaban con generalizar la extracción de oro a cielo abierto, actividad en la que usan cianuro y se desarman, de forma literal, las montañas. El tema despertó el interés de la clase media urbana y logró instalar la discusión a nivel nacional. El enfrentamiento de los Mapuche contra la Compañía se ligó enseguida: el predio Santa Rosa estaba rodeado por varios cateos mineros.
Esa melange de situaciones atrajo a los medios nacionales. La televisión multiplicó la imagen de la familia Mapuche por millones. En Internet aparecieron varios sitios que reseñaban el conflicto. La campaña de solidaridad se volvió tan internacional como el propio Benetton. Parecía una pelea de judo: el peso y la fuerza del gigante lo hacían morder la lona.

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En Mayo del 2004 llegó el juicio. El matrimonio Curiñanco estaba procesado por usurpación y, en el plano civil, se discutiría quién era dueño de la tierra. Además de ser los acusados, Rosa y Atilio eran anfitriones de todos los que llegábamos a vivir de cerca lo que se venía. Rosa estuvo la noche anterior al juicio sin dormir, preparando muday, una bebida a base de maíz que se utiliza para las ceremonias tradicionales. Atilio casi no podía hablar de los nervios, pero explicaba su queja amarga a quién quisiera escuchar:
-Me acusan de usurpador a mí que trabajé siempre, que soy nacido y criado acá.
En la madrugada concentramos en un cerro a orillas del pueblo para un Nguillatum, una ceremonia para agradecer y juntar fuerzas o Nehuen, como la llaman los Mapuche. A estas, la dirigió el Lonko Segundino Molle, un anciano que no iba a Esquel desde el servicio militar. Don Segundino tenía un facón heredado de su padre, en el que decía concentrar la fuerza de sus antepasados. Con ese cuchillo ungió a Atilio y Rosa para prepararlos para la pelea .
Esa mañana el tribunal se constituyó en un salón que se alquila para cumpleaños de 15. La platea fue copada por 200 Mapuche, estudiantes y vecinos. El canal local suspendió la programación y trasmitió el debate en vivo. En el pueblo no se hablaba de otra cosa. Había desde locutorios que no querían cobrarnos a quienes cubríamos el juicio, hasta personajes de traje que nos seguían a todas partes.
La sentencia fue contradictoria. Aunque en la cuestión de la propiedad le dieron la razón a los italianos, ni el juez ni el fiscal encontraron elementos para acusar a la familia Mapuche de usurpación. Atilio y Rosa había entrado a la tierra a la luz del día, sin ejercer violencia y sin ocultárselo a nadie, pero no habían logrado demostrar que el predio no le pertenecía a Benetton. Cuando el juez los declaró inocentes, la sala estalló en aplausos y gritos en lengua Mapuche. Una mujer tomó el kultrum, un bombo tradicional, y con pasos cortos varias ancianas salieron a bailar a las calles.
En un rincón de la sala, una mujer joven y de ropas finas lloraba. Más tarde se supo que era una empleada de Burson Marsteller, la empresa de relaciones públicas que Benetton contrató para revertir la imagen negativa que generó el desalojo y el juicio. La Burson Marsteller es experta en manejar crisis. En Argentina, en el pasado fueron contratados para revertir las criticas a Videla. Para hacerlo idearon un slogan: los argentinos somos derechos y humanos. Casi 30 años después, sumaron una raya más: con su asesoramiento, Benetton acababa de sufrir el más duro golpe a su tan cuidada imagen corporativa.

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Después del juicio, Atilio, Rosa y otros Mapuche fueron invitados por grupos de solidaridad a visitar Italia. Una vez en Roma, por intermedio de Adolfo Perez Esquivel, se entrevistaron con Luciano Benetton. El italiano se ofreció a donar 2500 hectáreas al estado para montar un emprendimiento productivo con comunidades Mapuche. Atilio y Rosa se negaron. Ellos, respondieron, no pretendían que le regalasen nada. Querían que le devuelvan su tierra.
Otra vez en Argentina, al calmarse la vorágine, todo se puso difícil. Rosa sufrió un derrame cerebral y quedó al borde de la postración. Atilio estaba aterrorizado por la posibilidad de perder a su compañera. Él no conseguía trabajo y, para colmo, a mediados del 2005 murió Doña Candelaria, su madre.
El conflicto dejaba de estar en los medios de comunicación y en el interés de la gente. Todo parecía confluir en un fin de fiesta y las consecuencias de enfrentarse a una corporación se empezaban a sentir en el cuerpo.
Pero, como dirá la proclama que en Febrero del 2007 leerá un vocero de las comunidades Mapuche, “a pesar de todo siguieron soñando, hasta que esa razón se hizo colectiva”. Durante el 2006, casi en forma imperceptible, en varias comunidades se discutió que hacer con el caso. En diciembre, la decisión estaba tomada: había que volver a la tierra. Y esta vez no sería una familia aislada, sino toda una comunidad.
El 14 de Febrero del 2007, bien de madrugada, nos reunimos en un barrio de la periferia de Esquel. Nos levantó una camioneta con instrucciones de llevarnos a un Kamaruco, una reunión tradicional Mapuche anunciada en un pueblo cercano. Pero nunca llegamos. Poco antes de chocarnos con al casco de la estancia de Benetton, alguien gritó que parásemos. Bajamos en la oscuridad, cruzamos la ruta y saltamos el alambrado. Allí estábamos, otra vez en Santa Rosa, tan abandonada y vacía como siempre. El viento convertía a las ramas en látigos. Todo tenía un ritmo frenético; la adrenalina que se siente al cruzar las fronteras de alambre es indescriptible.
Por la mañana, la noticia llegó a los pueblos de la región: Mapuches recuperan tierras en disputa con Benetton. Choferes de micro, viajeros y habitantes de pueblos cercanos se acercaron para donar abrigo y alimentos. Algunos turistas tomaron fotos frente a la bandera que decía ‘territorio Mapuche recuperado’ e intentaban retratarse junto a unos indígenas que los miraban con incredulidad.
En esos primeros días, Benetton no pudo demostrar que la tierra era suya. Presentó una denuncia similar a la del 2002, con fotocopias de títulos de cien años de antigüedad. Los Mapuche, que esta vez venían preparados para una batalla legal, lograron que el conflicto judicial se jugara a largo plazo. En una asamblea decidieron conformarse como Comunidad Santa Rosa de Leleque, con seis familias y 23 miembros fundadores, incluyendo a hijos y nietos de Atilio y Rosa. Al pie de uno arroyo, de frente a la ruta y con un bosque de fondo, se cavaron los cimientos para levantar el salón comunitario, el inicio de un plan de construcción con materiales del propio lugar.

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A pesar de sumergirse en la rutina, el temor a sufrir ataques –por ejemplo, intentos de incendio- se mantuvo vivo. En lo alto del monte, a unos 500 metros del campamento, se montó un puesto de guardia para controlar toda la zona de un vistazo. La segunda noche, un vigía hizo señas desde lo alto. Algo pasaba, pero desde abajo era difícil saber qué. Hubo una alarma general. Varios corrieron. Yo no tenía linterna y me pareció que lo mejor sería pegarme a Atilio, que llevaba una grande. Para qué: salió corriendo como si se le fuera la vida, y apenas pude seguirlo 20 metros. Me quedé enredado entre los cardos, viendo como se perdía en la oscuridad. Entendí que atravesaba el patio de su propia casa. Al rato todos se tranquilizaron, pero él tardó en bajar. Había llegado tan alto que le costaba encontrar un camino de vuelta.
La noche siguiente me tocó hacer guardia con Ñarqui, mi compañero de viaje. Para guiarnos, nos dijeron que subiésemos hacia una bandera que señalaba el lugar. Encaramos para el monte y la buscamos durante una hora, castigados por las espinas y los cardos. No se veía nada. Nos declaramos perdidos cuando ya era obvio, pero decidimos no volver y armamos pequeñas camas para dormir a la intemperie. No me podía quejar: hacía frío, pero no había nubes ni amenaza de lluvia. Cuando me logré dormir, soñé que me iluminaban la cara con una linterna, o que los murmullos del monte eran voces de gente que nos buscaba. Por la mañana descubrimos que estábamos a treinta metros del puesto de guardia. Entonces entendí: pronto llegaría el invierno, y a cada uno le convendría estar en su lugar de pertenencia. Para mí también era tiempo de volver a casa.

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Un comentario en “Benetton vs Mapuche: crónica de una recuperación

  1. hola quisiera que me envientoda la informacion que tegas acerca de este conflicto debenetton con lafamilia curiñanco nahuequir. ya que me interesa conocer mas, ya que trabajo mi tesis para graduarme sobre este tema.
    gracias
    mariela

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