El amor en los tiempos del Borda

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(nota aparecida en la revista THC, con fotos de Nicolas Pousthomis)

  Cruzamos el estacionamiento y caminamos hasta una garita de vigilancia. No hay movimientos extraños, pero igual me incomodo. Niña dice que no me preocupe, que no me van a prestar atención. Ella es sensible: adivina el temor que llevo conmigo y que se dispara en cualquier lugar de encierro, sea una cárcel, un hospital o un shopping. Niña dice que en el Borda una presencia extraña no significa nada. Ni siquiera la de ella, que transita los pasillos del hospital psiquiátrico como una princesa que renunció a sus fueros.       Mi inquietud no se va con sus palabras. Hoy, antes de entrar al hospital, hablé con mi consejero en estos temas, el Psicoanalista Francés, un tipo adepto a lanzar frases como “todos podemos estar del otro lado algún día”. El Psicoanalista me advirtió, en forma algo críptica, que “el sueño es la realización alucinatoria de una fantasía sexual infantil reprimida. Las alucinaciones de un psicótico también son eso. A todos nos parece muy conocido porque nos puede pegar en cualquier momento. La locura es algo muy cercano”.

El viejo truco de visitar el manicomio y que no te dejen salir.

Porque en el fondo, lo que inquieta es eso: el saberse tan cerca de la frontera, de cruzar el límite de lo normal y encontrarse que del otro lado lo único que cambia es la intensidad del sufrimiento.

Pero aquí estamos: cruzamos delante de la garita y descubrimos que los de seguridad duermen la siesta. Niña me dice que nos separemos un rato, que tiene que trabajar: ella es una especie de consejera, casi una amiga de varios de los internos que me voy a cruzar durante el día. Uno de ellos es Pedro, un paciente de 51 años que está en el Borda desde 1978. Él, me dice Niña, es al primero que tengo que ubicar.

Mientras camino por el parque del hospital veo venir un hombre. De lejos parece Pedro, de cerca también. Frente a frente, cuando me pide un cigarrillo, descubro que no es él. Tiene la misma mirada, la misma boca sin dientes, la misma cara afilada y sombría de Pedro. Quizás sea su fantasma, o un pariente con igual suerte. Conversamos un rato, como si nos conociéramos. El Fantasma de Pedro dice que quisieron pegarle y que no tiene cigarrillos. Me muestra la panza: hace poco le dieron algunos puntos. Le digo que está casi tan gordo como yo. Sonríe —es la sonrisa de Pedro— y le pregunto por la Colifata, la radio que los sábados hacen internos y externos del hospital.

Vamos, es allá– dice el Fantasma de Pedro.

Aunque mi nuevo amigo me debe llevar menos de quince años, caminamos a paso de nieto y abuelo. Rumbo a la radio nos topamos con un algunos de sus compañeros. Uno me pregunta si soy familiar, si por fin alguien vino a visitarlo. No llego a responder: más allá, otro Fantasma de Pedro, tan igual a él como el primero, se gana toda mi atención.

Eugenio Medina, psiquiatra del hospital, me explicará más tarde que la similitud física entre pacientes no es fantasía. “La imagen que se me viene”, dirá el doctor, “es la de un campo de concentración, donde todos se convierten en cosas parecidas. Aquí, el sujeto pierde la individualidad. La medicación le bloquea el pensamiento, pierde los lazos con el afuera, y se termina volviendo un paciente crónico”.

Por ahora, en mis primeros pasos en el hospital, son eso: fantasmas vestidos con una misma sábana gris.

Aire de Radio
Llegamos. El estudio de La Colifata es una ronda de sillas frente a una consola, un trasmisor y dos parlantes. Se escucha en varias manzanas de la zona, pero la magia reside allí mismo, en ese micrófono que circula de mano en mano para que todos se presenten.

El Fantasma de Pedro se pierde en busca de un cigarro. Yo no entro en la ronda. Me siento en el borde de un cantero, a varios metros del grupo. Ese, supongo, es mi lugar en la vida. Al lado mío hay un hombre que fuma lo último de una colilla de cigarrillos Rodeo. Hace un esfuerzo inútil por sacarle una pitada más. Se nota que es veterano en eso: como la mayoría de los internos que veo, tiene los dedos manchados y las yemas quemadas por la nicotina. Un poco más adelante, otro improvisa un mate con un vasito de plástico, un sorbete y una botella de agua. Usa la yerba que encontró en el tacho de basura. Le pregunto si toma tereré, y le causa gracia: para algunos, esto es lo más cercano al mate que hay.

Veo hombres a medio vestir, con lo pies hinchados como pedazos de bofe, las manos agarronadas, la mirada perdida en ningún lado.

Alguien canta ópera. No tiene una gran voz, pero conoce varias canciones y las entona con alegría. Su nombre es Hugo, tiene 73 años y cada sábado anima uno de los primeros programas de La Colifata. Los del Frente de Artistas del Borda, otra agrupación del hospital, también lo eligen como animador en sus actos. Para él, enfrentarse al público es terapéutico:

-El mundo afuera es duro. Yo vengo acá para estar fuerte, para no tener crisis. Al perder el miedo al micrófono perdés el miedo al afuera. A mí esto me hace bien, tanto que veces termino diciendo cosas que no sé de donde las saco.

Hugo fue elegido como presentador del recital que hizo Manu Chao a beneficio de la radio. Aquella vez se plantó frente al micrófono y dijo que sus canciones eran “luz que iluminan un mundo oscuro”. El estadio lo ovacionó. No mucho antes de aquel día de aplausos, Hugo había tenido una crisis que los psiquíatras no sabían cómo calificar. Lo llevaron a la guardia del Borda y de ahí, como tenía obra social, lo derivaron a un hospital donde diagnosticaron alienación, por decirle algo nomás, porque nadie lograba descifrar lo que tenía. Seis meses después lo mandaron a la casa, pero Hugo no se quería ir. Se había acostumbrado a la vida del hospital:

-Le dije a mi mujer “dejame internado, que acá estoy bien”. Siempre pasa eso. Al que le dan el alta va a la calle, y se asusta de ir a un lugar donde no tiene cómo mantenerse. Entonces se va quedando acá, se manicomializa, se convierte en nada. Vos ves que la mayoría de los que están desde hace tiempo se deforman de mente y de cuerpo. Yo safé porque hubo gente me rescató del túnel.

-¿Y ahora, seguís tomando psicofármacos?

-No tomo más nada, me logré desintoxicar. Una psiquiatra me había dicho que tenía que tomar pastillas de por vida, pero otra de acá me dijo que si yo me sentía bien no las tome más. Si le daba bola a la primera, estaría preso del Trapax y Halopidol.

De fondo suenan los primeros minutos de la transmisión. Hugo me pide que escuche. Es un rock sobre el manicomio, cantado y escrito por él. La letra reversiona el tango Cambalache y termina con un estribillo pegadizo: “Al manicomio de adentro no quiero ir, y al manicomio de afuera no lo puedo resistir”.

Detrás nuestro, un hombre de short a cuadros baila con todas sus fuerzas. Parece el señor que se sienta a comer una suprema a la napolitana en el club de mi barrio; uno de esos tipos de clase media que tienen berretines inofensivos. El de más allá, es igual a uno que trabajó conmigo cuando colocaba teléfonos. Hay otro parecido a un pibe de mi cuadra, a un chofer de colectivo, a un albañil viejo y a un productor televisivo que dio el mal paso. Y, por supuesto, hay uno parecido a mí mismo.

Le comento la sensación a uno que tengo al lado, y me responde de forma algo poética:

-La locura es la exageración de lo cotidiano.

El pastillero
Niña aparece de a ratos, por ráfagas. Es una tarde de sol y sus incursiones logran que el hospital parezca un lugar agradable. Ahora viene acompañada de Gastón. Niña insiste con ponerle una tapita de gaseosea como nariz de payaso. Él se ríe y hace un ruido gutural: se golpea el pecho y, un poco en chiste, hace señas de que se vaya. Gastón apenas pronuncia unas cuantas palabras: sí, no, nene, nena y algunas otras que a veces le salen. El resto son gestos y ruidos con lo que puede mantener una conversación y hacerse amigos. De hecho, Gastón es el mejor amigo de Pedro, y Niña dice que puede ser mi guía para ir a buscarlo.

El hospital está dividido en Servicios. Cada uno tiene sus características. En el 22, por ejemplo, están los tuberculosos y los enfermos de SIDA. Hay algunos pabellones nuevos, con camas y armarios bien pintados, y otros que parecen salidos de una película de terror clase B. No hay mucho movimiento: más allá de los consultorios externos —donde hay un continuo desfile de almas rotas— el resto del hospital parece vivir en un domingo a la mañana permanente.

Pedro está en un Servicio del tercer piso. En las escaleras hay olor a lavandina, humedad y abandono. Los pasillos, marrones y largos, parecen no tener fin.

Cuando llegamos, nuestro amigo, el verdadero Pedro, duerme con las zapatillas y la campera puesta. Está boca arriba en su cama de hierro, tapado por una frazada gris. Alrededor suyo, otros internos están sentados en sus camas o duermen. Debe haber unos cuarenta en total. Despertamos a Pedro, que tarda unos segundos en reconocernos. Tiene la piel del color de una lenteja seca. Nos abraza y dice que las pastillas lo hicieron dormir de más:

-Me dan tres Etumina por día, un Valium y a la noche medio Nozipam.

Las pastillas acortan la jornada, lo hacen dormir casi todo el tiempo. Su rutina es la de un preso con noches largas y días cortos:

-A las 6 de la mañana nos despiertan y nos hacen bañar. Después desayunamos y me vuelvo a dormir. A la tardecita me despierto y me quedo hasta la hora de la cena.

La última comida se sirve a las 6 de la tarde.

Ticket de ida

El comedor del Servicio donde vive Pedro es una sala con mesas de fórmica anaranjada. Allí, el único que está es Ever, un boliviano que escribe cartas sin sobre con la esperanza que lleguen a su tierra natal. Pedro le dice que vaya a buscar yerba, que me quiere invitar unos mates. Ever vuelve con el equipo de mate y sin la carta. Dice ya la mandó. Hay algo tumbero en sus movimientos: una suerte de códigos amables, pero que detonan una jerarquía construída a fuerza de décadas de convivencia.

Las paredes están decoradas con fotos ajadas de Bariloche y El Bolsón. Hay sillas de metal oxidado y bancos de plaza. Pedro propone que nos sentemos en uno de ellos. Ever, que se acerca de a ratos, me dice que Pedro es un buen pibe, pero que antes, unos años atrás, no paraba de llorar.

Es que extrañaba a mi mamá– se justifica.

Nadie recuerda cómo llegó Pedro al Borda. Si le preguntan, él dará versiones distintas según el día. A veces dice que quiso robar la copa del mundo de 1978, que se tiroteó con el Pato Filiol en la puerta de la AFA y que luego, al ver sus fotos en el diario, tuvo miedo y se entregó. Otras, cuando está triste, dice que su madre lo dejó ahí porque no quería hacer el servicio militar. Lo cierto es que un día, hace diez años, ella dejó de venir desde Tres Arroyos para visitarlo. Pedro no sabe si se olvidó de él, si falleció, si la hicieron desaparecer. Lo cierto es que su figura se convirtió en síntoma:
Soy esquizofrénico paranoico —dice— De noche se me presentan cosas que me miran. Y a veces sueño con mi mamá muerta.

La nombra y se le quiebra la voz. Cambiamos de tema. Me cuenta que él es boxeador; un boxeador bueno al que le gusta ganar las peleas por puntos para no lastimar tanto a su rivales. Trato de imaginármelo con guantes, pero desisto. Le pregunto que es lo que más le gusta hacer, y me dice que salir a la calle. ¿Para qué? Para ir al zoológico:

-Los animales están encerrados como nosotros. Es como una ternura, una conexión que tengo con ellos.

Pero al contrario de lo que puede pensarse, Pedro no quiere escapar del hospital. Pasó los últimos 30 años en el Borda, y en ese lapso perdió todo anclaje en el mundo exterior. Si bien es fácil fugarse —no pocos optan por saltar las paredes o salir por la puerta con cara de visita— a Pedro no sólo le da miedo el afuera. También le preocupa que lo caratulen como peligroso:

-Si me escapo le van a decir al juez que soy mal tipo. Y lo van a poner en mi historia clínica. Además ¿adonde voy a ir?

Si esta cárcel sigue así…

El Psicoanalista Francés me lo había dicho: la locura es política. Cada sociedad define qué es salud y qué es enfermedad mental. “Para la medicina”, me explicó, “se trata de reinsertar al sujeto en el sistema productivo lo antes posible”. El Psicoanalista Francés es joven, pero sus palabras me suenan a viejas: aquí nadie parece listo para retomar el yugo laboral. Pienso en eso mientras Pedro ceba mate y, frente a nosotros, se para un abuelito tembloroso, apenas piel y huesos, que nos mira y balbucea algo.

-Estamos en su asiento –me advierte Pedro, y se para de un salto.

          El anciano, al que todos llaman López —nadie sabe su nombre real— ocupa una de las camas del fondo del pabellón. Todas las mañanas, la enfermera le cambia los pañales y lo medica. Por las tardes, otro paciente lo ayuda a levantarse y a caminar los veinte metros que lo separan del banco en el que estamos sentados nosotros. El abuelo se acuesta sobre la madera en posición fetal, y allí tiembla durante una o dos horas, hasta que alguien lo devuelve a su cama. En ese sólo pabellón hay varios que, aunque más jóvenes, están horas en la misma posición, con los rostros amarillos y convulsos, con muecas de dolor grabadas en la expresión.

Pedro le deja la silla a Lopez y me invita a ensayar una obra de marionetas. En el Borda hay varios talleres dados por voluntarios, y él va a todos los que puede. Allí, dice, encontró a su nueva familia. 

El ensayo empieza con un ejercicio: relajar los músculos. Para la mayoría, hacer un movimiento simple como abrir y cerrar las manos requiere un gran esfuerzo. Luego repasan el argumento que escribieron entre varios internos: un personaje que sueña con la muerte, y el Gauchito Gil que lo viene a defender. Pedro maneja al soñador, Gastón la cama en la que duerme y La Muerte queda a cargo del coordinador. Todos lo hacen con más ternura que precisión.

Cuando termina el ensayo volvemos al pabellón. Descubro que el enfermero se acostumbró a mi presencia. Ya ni me mira. Pero si al mediodía esquivamos con hamburguesas el guiso heterodoxo con el que alimentaron a toda la población, ahora la cena parece inapelable: los dos bares del hospital están cerrados, y salir a comprar a esta hora implica que no me dejen volver a entrar. Pedro me dice que coma con ellos. Tengo la sensación de que no sería difícil quedarme a vivir ahí, hacer lo mismo que varios ex pacientes y sin techo:  quedarse para siempre en el hospital, porque  garantiza alimento y un lugar donde dormir.
La comida es bastante mala, pero Niña reaparece en el momento justo: antes de que pruebe el primer bocado. Están por dar las seis, hora en la que también terminan las visitas. Pedro y Gastón nos acompañan hasta la puerta. Nos despedimos. Creo que nunca me abrazaron tanto y tan fuerte como en ese hospital. Mientras cruzamos el estacionamiento, Pedro nos grita que esperemos. Quiere saber, dice, si lo vamos a invitar a nuestro casamiento. Le decimos que sí, que va a ser el primer invitado. Nos agarramos de la mano. Pienso en Beatriz, la mujer que llevó al Dante desde el purgatorio a un lugar mejor. Pienso también en algo que me dijo el Psicoanalista Francés: que para Freud, estar sano es tener la capacidad de amar y trabajar. Después de todo, en algo andamos bien.

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Cerrar el manicomio
En los 70’ en Italia comenzó un movimiento llamado de desmanicomialización, que planteaba el cierre de los hospitales psiquiátricos y su reemplazo por otro tipo de tratamientos. El primer caso de éxito se dio en la ciudad de Trieste, en el norte del país, donde el manicomio local fue transformado en hospital general. Los pacientes que no fueron recibidos por sus familias fueron alojados en casas subvencionadas por el estado, y se formaron cooperativas de trabajo para fomentar la reinserción social. En esa ciudad, las internaciones psiquiátricas hoy duran un promedio de 12 días. Los tratamientos posteriores son ambulatorios: el paciente va al hospital o recibe a los médicos en su casa. En Argentina existe un fuerte movimiento a favor de la desmanicomialización, que se viene gestando desde 1984, y que choca con los múltiples intereses económicos generados alrededor de la locura. Eugenio Medina es psiquiatra, trabaja en el Borda y forma parte del movimiento que propone el cierre de los hospicios.  En una charla con THC, contó cuál es su visión del problema.

¿Qué efectos tiene el manicomio sobre los pacientes?

El hospital psiquiátrico genera la enfermedad de la cronificación, que determina que el paciente no pueda se externado. Pierde sus vínculos con el afuera: la familia deja de visitarlo, se queda sin trabajo. Pierde toda posibilidad de reinserción social. Es un poco lo que le pasa los presos, pero en este caso es más bravo porque es un problema de salud  y es gente que no ha cometido delitos: se los aparta de la sociedad porque se los considera molestos e improductivos. Existe el mito de que el loco es un ser peligroso, pero eso es una construcción imaginaria: alcanza entrar a un hospital para darse cuenta que no es así.

¿Qué rol juegan psicofármacos?
Los psicofármacos producen mucho dinero: un tratamiento farmacológico cuesta 300 pesos por mes. Es una cuestión de mercado: hay una fuerte campaña de la industria para que sea el único tratamiento. Por otro lado, el psicofármaco aplaca, aquieta, hace que el sujeto pierda la voluntad. Entonces también , para tenerlos en una institución de estas características, para convivir, se les medica para que estén tranquilos. Se utilizan como chalecos químicos.  En dosis altas, el psicofármaco convierte a la persona en cosa. En el Borda hay salas con 40 pacientes y un solo psiquiatra. ¿cómo hace para atender a un paciente como es debido?. Hay que tener un contacto con el paciente, entrevistarlo, escucharlo. El caso por caso es difícil. La forma mas fácil es utilizar el psicofármacos en desmedro de otras estrategias terapéuticas.

¿Desmanicomializar significa que no existan más internaciones?.

No, pero hay que tomar en cuenta que no hay patología psiquiátrica que determine que una persona tenga que estar más de 30 días internada. No es posible que por un problema de salud mental, alguien sea recluído de por vida. Desmanicomializar es darle una oportunidad a ese sujeto para vivir en sociedad, con su familia, de darle un trabajo protegido. Eso es mucho mas económico para el estado. Darle un subsidio a un paciente es más barato que gastar en una internación que sale $ 2500 mensuales.

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3 comentarios en “El amor en los tiempos del Borda

  1. Muy linda la nota. Como siempre tenés la capacidad de llevarlo a laguien que nunca estuvo adentro a dar una vuelta… Un abrazo, Thierry

  2. Muy buena nota, Sebastián. Siempre lográs “acercar” a quien lee, cosa difícil con un tema tan poco conversado como la manicomialización, de lo que nadie quiere hablar y mucho menos, ver. Un beso.

  3. Muy buena la nota. Soy medica Argentina trabajando como psiquiatra en el exterior y me gustaria ponerme en contacto con psiquiatras/enfermeros/trabajadores de la salud Argentinos que esten interesados en la desinstitucionalizacion de los pacientes psiquiatricos en Argentina.
    Saludos.

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