20

Tenía 90 pesos en el cajero automático. Eran para pagar el teléfono, internet, todo. Yo había escapado. Buenos Aires era insoportable en Diciembre y más con ese clima, esa situación. Llegué a Neuquén el 19 a la mañana. Ni bien me bajé del micro, el pelado me lo dijo: se está por pudrir todo. Habían comenzado los saqueos en Rosario y en el Gran Buenos Aires. En Neuquén mismo la cosa estaba jodida. A la noche se pudrió todo, y en cierta forma agradecí estar ahí, en medio de los saqueos, siendo testigo de la historia.  Pero a la noche, cuando volví a la casa de mis amigos, me encontré con el cacerolazo y los incidentes en Plaza de Mayo. Esa noche casi no dormí. A la mañana había una movilización en el centro de Neuquén. Todo muy pacífico, muy aburrido, mientras en Buenos Aires las Madres se plantaban frente a los caballos. Esa imagen, que vi en un bar del centro de Neuquén, me hizo decidir.  Llamé al aeropuerto y pregunté cuando salía un vuelo. Adios dinero para pagar el teléfono. A las tres de la tarde estaba en el obelisco, avanzando con un grupo de gente. Al rato, el destino puso en mis manos una cámara fotográfica, por decirlo de alguna forma.  Siguieron meses en los que solíamos pasar varios días sin dormir, tratando de contar y ser parte de la historia. Yo participaba de indymedia (en gran medida, una antesesora de los blogs y la web 2.0) , que de la noche a la mañana se había convertido en el medio preferido de todos los actores de la protesta.  En ese tiempo escribí cosas que hoy hubiese contado de otra manera, pero que considero legítimas postales del estallido. Creo que muchos somos hijos de esos días. Así que acá abajo publico la serie de textos de la época que me parió.


19 de Diciembre del 2001
Desde las calles de Neuquén.

Desde mi ventana todavía se escuchan algunos tiros. En Capital federal arde parte del ministerio de economía, y los enfrentamientos parecen mantenerse alrededor de Plaza de Mayo. Vemos de vez en cuando pasar alguna bicicleta,o algún coche apurado que por unos instantes ilumina las calles negras de Centenario, un pueblo en las afueras de la capital neuquina. Cavallo acaba de renunciar, y parece, a esta hora, que lo mismo haría todo el gabinete. La larga marcha de pequeños comerciantes, empleados, profesionales, trabajadores y estudiantes de la capital federal copó la Plaza, el congreso y la casa de Cavallo. Ningún medio de comunicación, ni aun utilizando las cámaras para controlar el tránsito, llega a dar cuenta de lo amplio y extendido del movimiento que ha desatado el presidente con su discurso declarando el estado de sitio.

Pero aquí, en las calles de este pequeño pueblo, las noticias llegaron de forma diferente. Durante toda la mañana y la tarde, las noticias de saqueos en todo el país, contribuyeron con el sol calcinante para ir calentando el ambiente, y la tranquilidad de la tarde en las casas de abobe o sin terminar se vio alterada por las radios y televisores. Las noticias traian aires desde Ciudadela, de Rosario o desde Córdoba y La Plata. Por la tarde, las radios relataban desde Neuquén que los negocios del centro estaban tapiados, y que con la caida del sol comenzaban los primeros saqueos en casi una decena de puntos de la ciudad. Coordinados por el hambre, miles de trabajadores desocupados, familias, niños, enfrentaban sus estomagos vacios contra una policía cada vez más desbordada. En Cipolletti, también a pocos kilometros de aquí, una mujer murió alcanzada por una bala mientras pugnaba por llevarse algo de comida de un supermercado. Aquí, en Centenario, la noticia comenzó a correr de boca en boca. Los pequeños comerciantes, ya arruinados por la crisis, se dedicaban a cerrar las persianas y reproducian las noticias. Asi funcionan los pueblos, y quizá por eso la gente se iba juntando despacito en la avenida. Eran familias enteras, con los padres al frente. Miraban timidamente desde las esquinas, y una avanzada de unos quinientos espera a unos cien metros del supermercado. Las discusiones se dan en pequeños grupos, y los mas decididos se suman a “los chicos del barrio”, que hoy están en la primera linea. Cambien el nombre de la ciudad, la edad los muertos, la cantidad de habitantes; la imagen es la misma en todos los rincones del país.

Entran los primeros jóvenes. La policía, se sabe, espera adentro. A las primeras pidras contestan los gases, y a la segunda carga de la gente, las balas de goma. Cada vez que los jóvenes avanzan sobre el supermercado, se suma un grupo nuevo para darle apoyo. Cuando todos comprueban que la policía está en inferioridad de condiciones, las madres alientan a sus hijos para que avancen, y alguien sale corriendo con el primer paquete. Los manifestantes avanzan, y la policía todavía hace un esfuerzo tirando gases y balas de verdad; parece que la masa va a retroceder, y las familias van a emprender la retirada, pero pasa lo contrario. La gente avanza y la policía ya no puede hacer nada.

Cada uno sale con lo que puede; el hambre necesita de todo, y cualquier cosa que entre en las manos está bien. La mayoría de las mujeres espera afuera y ayuda a cargar las cosas. Los más jóvenes son la vanguardia y hacen bromas con las cosas que se llevan. “Queremos comer” gritan algunos, y las sonrisas se dibujan en las caras de los muchos que no tienen nada. La policía espera, y luego, cuando la cantidad de personas comienza a menguar, carga contra los últimos resagados. Los gases no permiten estar en la calle, y algunos dicen que ya están tirando balas de plomo.

Las calles oscuras y las vecinas solidarias nos escudan en la noche. Llega el discurso de De la Rua, y el estado de sitio tiene que comenzar a regir en dos horas. Pero nunca llega. La capital federal estalla en un cacerolazo espontaneo que por si mismo se extiende a cada barrio de la ciudad. El resto de la historia ya lo conocen. Aquí, mientras tanto, todavía se oyen algunos tiros aislados, y un coro de perros avisa que el pueblo entero está mirando por las ventanas.En Neuquén también siguen los saqueos y los enfrentamientos hasta la madrugada. A las 10 de la mañana está convocada una marcha por el centro de la ciudad. Nadie duerme tranquilo.

20 de Diciembre
El día que tiramos a un presidente

La noche ya se apropió de todo, y los gritos y tiros que de vez en cuando trae el viento se apagan con cada gota de lluvia. El día de hoy pasará la historia como la primera vez que las masas argentinas tiraron a un presidente que llegó al gobierno por medio de las urnas. Lo que comenzó como una oleada de saqueos de hambre y derivó, luego de la declaración del estado de sitio, en un levantamiento espontaneo de las clases medias y amplios sectores de trabajadores, dio por tierra el gobierno.

Durante todo el día de hoy se produjeron enfrentamientos en el centro de la capital Federal, y en Mar del Plata, Córdoba, Río Negro, Neuquén, Chubut y Mendoza, según los últimos informes.

Luego del mediodía, una columna encabezada por las Madres de Plaza de Mayo intentó entrar a una plaza que espontaneos manifestantes se disputaban con la policía. A pesar de la represión, de las balas de goma, de los carros hidrantes y la policía montada, cientos de personas llegaban para sumarse a la protesta. Desde los edificios llovian todo tipo de elementos contra la policía. Los manifestantes avanzaban, arrojaban piedras y retrocedían para reagruparse.

En los pasillos del poder se discutía que De la Rua estaba por renunciar, pero la policía seguía cargando con todo. Llamaban a un gobierno en común con el PJ. Nadie quería saber nada.

Eramos miles, y ahora nos dirijiamos hacia el Obelisco. Otra vez cargar, avanzar, retroceder frente a la montada. Cientos de jóvenes en la primera línea le ponían el pecho a los gases y a las balas de goma y las corridas duraban solo lo necesario para reagruparse.

Las fogatas paran un poco al humo de los gases, y los negocios de los costados- la mayoría grandes empresas-comienzan a perder sus muebles para que la calle siga ardiendo.

A esta altura los muertos son cinco, todos por heridas de bala, asesinados por la represión. Se viven escenas dramáticas cuando las ambulancias se llevan los cuerpos. La bronca es mayor todavía, y la indignación nos saca de quicio. Nadie va a olvidarlos, nadie va a dejar que su muerte haya sido en vano. Algunos lloran, pero la gente sigue llegando, y la batalla continua.

Avanzamos, retrocedemos, nos organizamos. Se levantan barricadas en varias esquinas para aguantar el paso de la policía. Nos movemos por algunas calles laterales, pero pronto volvemos a Diagonal Norte. La policía carga de a ratos, con motos y con la montada. Ahora estamos en el obelisco, y el combate se traslada allí.

Aquí estamos, comiendo gases, gritando que no nos vamos a ir, que queremos que se vaya De la Rua. Alguien tiene el atino de cantar ¡los hijos del cordobazo!. Y aqui estamos, seguimos siendo miles. Las remeras tapan las caras, solo para aguantar los gases, y cualquiera te convida un limón o un trago de auga.

La policía se planta en frente nuestro. Cuando la gente avanza, ellos retroceden, y luego se cubren con gases lacrimógenos. De las agencias de turismo, del Mc Donnals y de una casa de artículos electrónicos no queda nada. Luego arde OCA, y todo el mundo nos la señala para que le saquemos una foto;”ponele que se lo dedicamos a Yabrán, que lo mira por TV”. Todavía hay tiempos para chistes.

Luego, entre gases y barricadas, llega la noticia: Cayó De la Rua. La alegría estalla, la gente salta y canta. Algunos se abrazan, pero todavía está la policía allí en frente y alguien avisa que quedó un grupo de 300 manifestantes atrapados en Plaza de Mayo. Ellos están allí, sentados y cantando el himno. La gente sigue avanzando y, como durante todo el día aparece “la montada”, pero la nuestra: decenas de carteros en moto y en bicicleta hacen rugir sus motores y avanzan sobre la policía. Algunos llevan banderas argentinas. No sabemos por qué, pero todos avanzamos cuando los escuchamos venir. Ahora la organización es un poco mejor. La policía tira; todo el mundo al piso y algunos avanzando para devolverselos.

Viene una patrulla por la 9 de Julio. Aguantamos. Retrocedemos un poco. Nadie la orden, como durante todo el día, pero la gente carga dos veces mas y comienza a caminar por corrientes derecho hacia el congreso.

Y seguimos caminando, y en algunas esquinas tiraron arboles para cortar el tránsito, de los que ahora solo quedan semillas.

La escena de la gente aplaudiendo desde los balcones se repite por doquier. Seguimos, y mas alla del congreso vemos barricadas, y gente en las calles. Ahora se repite el cacerolazo, y los festejos se multiplican por las calles de la ciudad.

Dimos un paso en este laberinto intrincado de la historia

28 de Diciembre

-Que hora es?
-Son las dos y cuarto.

Si, nos miramos y los dos entendimos que teníamos que recordar esa hora para el resto de nuestras vidas. Estabamos parados en la puerta, muy contra la puerta de la Casa Rosada, símbolo del poder de Argentina. Nunca ninguna manifestación había llegado hasta allí. Y de esa forma.

¿Y por donde empezar, si no es por ahí?. ¿Como ordenar tantas emociones mezcladas, tantas imágenes, tantos hechos?. Pedimos disculpas por este reporte, escrito todavía con el gusto acído de los gases en la naríz, con el sueño y la exitación a flor de piel. Esperamos poder ordenar todo lo que vivimos en este día.

Cuando todavía eran las once de la noche, y caminabamos por Av. San Juan a la altura de Boedo, se escuchaban algunas cacerolas golpetear contra los balcones. Atrás habíamos dejado un edificio que estaba todo asomado haciendo ruido.

Los coches pasaban tocando bocina y allá adelante, a un par de cuadras, se veían algunas familias que cortaban solo un pedacito de la avenida.

Seguimos caminando, hasta que un coche amigo nos lleva hasta el congreso, lugar donde la gente se estaba autoconvocando.

Autoconvocando, digamos claramente, significa que nadie había llamado a esa manifestación. Grupos de vecinos habían organizado un cacerolazo en Almagro,y tal vez otros en otros barrios, pero nadie había llamado a marchar al congreso.

Ahora estabamos ahí, y eramos miles. Otra vez las cacerolas, la escalinata copada por la gente, las familias enteras protestando y haciendo ruido.

¿Que pedían?. Que vaya Grosso del gobierno, que renuncie la corte suprema, que devuelvan los depósitos. Pero también era mas que eso. La consigna “que se vayan todos, que no quede ni uno solo” sigue siendo la favorita; fue la más cantada, también hoy, contra el nuevo gobierno.

No se trata simplemente de tal o cuál personaje oscuro que se mueve por los pasillos del poder; se trata de un click, de algo que se quebró muy profundo y que no se va a curar con una o dos renuncias, o con una elección.

El rumor empezó a correr y luego se convirtió en canto: “el pueblo va a la Plaza, nadie nos va a sacar”. Una espontánea columna de miles, que se pierde por Av. de Mayo, avanza dedicida. Adelante va una bandera Argentina, y cada paso que damos parecemos ser más.

Y sigue llegando gente, y llegan las madres, y llegan los motoqueros, envueltos en una ovación, abrazados por el pueblo; los caidos tuvieron hoy su homenaje allí, el mejor que podían tener.

Primero saltó un fotógrafo. Después, un abuelo dijo que él quería entrar por la fuerza para hablar con el presidente. Luego, los jóvenes. A los cinco minutos, a las 2:15 esactamente, eramos todos. Las vallas cedieron enseguida, la policía se replegó hacia un costado, y allí estabamos; frente a las puertas de la Casa Rosada, que de ahora en más no tiene nada de sagrado.

Entramos a la arcada cantando lo que todos querían; que se vayan todos, que no quede ni uno solo. Vimos caras de emoción, caras de sorpresa, curiosos que miraban de un poco más atrás y que avanzaban para darse el gusto de tocarla, de sentirla suya. Algunos bailaban de emoción.

La gente estaba enardecida; la noticia de la renuncia de Grosso corrió como un rayo, pero sólo sirivió para levantar el ánimo; muchos querían repetir lo mismo que la semana pasada; que se vayan todos, que no quede ni uno solo.

Desde Moyano, hasta los radicales, pasando por Menem y Rodriguez Saa todos eran protagonistas de los cantos; “sin peronistas, sin radicales vamos a vivir mejor” fue una de las consignas que también sonaban estrepitosamente.

Estabamos todos ahí…

¿Y ahora? La preguntá la resolvió, nuevamente, la policía. Lo hicieron de forma tal que luego sirviera para presentarlo como un acto de defensa propia: enviaron dos policías a “disuadir” a toda la multitud. Obviamente, la muchedumbre no los recibió muy bien, y al no ser “disuadida”, comenzaron los gases y las balas de goma.

Los dos policías, gordos y fornidos, fueron el sacrificio de las “fuerzas del orden” para comenzar la represión.

Con los primeros gases la masa de gente comienza a correr, por diagonal norte y por Av. de Mayo. Un grupo importante se queda en la Plaza, y otro de unos cuantos miles en Av. de Mayo. La gran mayoría de la gente, se va para el Congreso.

(Paramos acá para remarcar los siguiente; la movilización se dividió en tres, cuatro pedazos quizá, y sin embargo seguía siendo imponente)

En la Plaza aguanta un grupo importante de jóvenes, que un principio combaten en la puerta misma de la Casa Rosada. La resistencia y la represión fueron duras, y por más de media hora la plaza estuvo disputada. Barricadas, piedras, y hasta cacerolas servian de defensa para los manifestantes que, se notaba, no estaban preparados para la represión.

Por Av. de Mayo se levantan barricadas. Algunos se descargan con los bancos, carteles, paradas de colectivo. Desde el balcón de un hotel caro, hombres de smoking miran la escena y hacen muecas. Un joven les comienza a gritar “burgueses hijos de puta” y las muecas se multiplican. Pequeñas anécdotas de la revuelta: una botella de sidra arrojada con buena puntería les cayó la boca oportunamente.

En la Plaza la situación se va volviendo mas tensa. La mayoría de la gente está yendo para el Congreso, y todos decidimos ir para allá. Un grupo queda resistiendo, y luego se une a la masa que camina cantando que son los hijos del cordobazo.

En el Congreso, un espectaculo de fogatas se está dando allí, en las escalinatas. Ahora, ya no recordamos preguntar la hora.

Los mas decididos entran, y comienzan a sacar cosas para alimentar la fogata, hasta que la propia entrada del congreso se convierte en una fogata. Sacan un busto, y alguien grita que no lo tiren. La gente forcejea por él, hasta que un manifestante lo lleva y ceremonialmente lo arroja al fuego.

La infantería, minutos antes, había retrocedido desbordada. Ahora comenzaron los gases nuevamente, apenas cuando el busto caía. Son más, y parece que también viene el hidrante. La gente retrocede, mientras un fornido grupo de jóvenes hace el aguante. Se van por Callao, unos metros corriendo, pero enseguida caminando; correr le da el gusto a los policias, los agranda, nos desoganiza. El grito de no correr se generaliza al instante.

Ahora todos retrocedemos, y algunos gritan ¡a los tribunales, a los tribunales!. Quieren ir por la Corte Suprema de Justicia, la misma que pusieron años atrás en un acuerdo entre peronistas y radicales.

Nadie corre ahora; hacemos fogatas, pequeñas barricadas. Otros siguen, ensañados, contra los Bancos.

La policía avanza sobre nosotros. El aire se vuelve irrespirable, y en un segundo aparecen desde todas la esquinas. Doblamos, no queda otra. Vamos por calles oscuras y en cada esquina, en todas y cada una de ellas aparecen camionetas, gases y coches de civil con balas de goma. Es una emboscada.

Salimos como podemos. No hay posibilidad de refugiarse y la resistencia es dificil de organizar. Todos, cada uno de nosotros, tira todo lo que puede para entorpecer el paso de la policía. Doblamos y otra vez la emboscada. Quedamos, un grupo reducido, encerrados en una cuadra. Parece que vamos a perder. Además de la infantería, coches de civil tiran balas de goma contra nosotros.
Los coches de la gente que pasa, nos abren las puertas y nos sacan de ahí.

Por las calles en las que vamos siguen las corridas. Cargamos a los que podemos. El operativo de la policía dura por lo menos una seis o siete manzanas a la redonda, que a esta hora se vuelven interminables.

Salimos, finalmente salimos. El sol comienza a mostrarse y los teléfonos suenan para ver como están todos. Hasta ahora la noticia es de tres detenidos, pero a una media hora de que haya terminado todo, es dificil saberlo.

Parece que la historia no da respiro. No le demos respiro a ella.


2 de Enero
El debut del primer presidente del año

-Mirá, en mi esquina ahora están prendiendo fuego, así que calculo que va a ser para rato.
-Dale, nos vemos en congreso

Eran las doce de la noche y Duhalde, el primer presidente del año, comenzaba su discurso. El viento ya traía los primeros golpes, que al finalizar la Asamblea Legislativa se hicieron generalizados.
Bajando por Av. Jujuy para el lado de Once nos encontramos con tres piquetes; uno en Garay, el segundo a la altura de Belgrano y el tercero en Rivadavia. Desde la Plaza Once se veía el fuego que se perdía en la noche, y la gente se concentraba a dos cuadras del Congreso, allí donde el “corralito” policial los dejaba llegar.

Del otro lado, sobre Callao, otro grupo se estaba juntando, y los mismo del lado de Av. de Mayo. El “cacerolazo”, mientras tanto, se generalizaba en toda la ciudad.

El rumor corrió como siempre; alguien empieza y los demás lo siguen. Vamos para Plaza de Mayo. Las columnas van enfilando solas, desordenadas.

Muchísimos jóvenes golpeando lo que podían; señoras mayores cargando las cacerolas y otros arrancando los tachos de basura para usarlos como tambores.

Todos los cálculos indican que entre 5000 y 6000 personas se movilizaron anoche al centro de la ciudad. La protesta, sin embargo, tuvo esta vez un caríz distinto, mezclando consignas nuevas con algunas viejas.
De las calles como Pueyrredón y Santa Fé, se escuchaban gritos nuevo “yo no lo voté”, o
“elecciones ya”, en reemplazo del “que se vayan todos, que esta vez se escuchó más fuerte en las puertas del congreso, mezclando las consignas nuevas y viejas.

La movilización duró hasta pasadas las cinco de la mañana, sin que se registraran incidentes.

Antes de asumir: nuevas formas represivas.

El primer mensaje del presidente fue dado incluso antes del discurso: Luego del mediodía movilizó a parte de su aparato partidario para que “hagan el aguante” en las puertas del Congreso. La patota de Duhalde arremetió contra las columnas de los partidos de izquierda, que se habían convocado para protestas, produciéndose una batalla campal, en la que la policía -para que quede todo bien claro- aportó lo suyo en favor de los justicialistas. ¿Se inaugura así una nueva forma de represión, en manos de bandas al estilo facista?.

Todo indica que el nuevo gobierno, recurrirá a estos y otros recursos; desde el “cacerolazo” y los enfrentamientos frente a la Casa Rosada y el Congreso que el viernes tiraron al flamante presidente Rodriguez Saa, el centro de la ciudad de Buenos Aires está literalmente militarizado. La Plaza de Mayo está hoy “cortada al medio” por el vallado policial, y el Congreso se encuentra totalmente rodeado por policías, haciéndose imposible el ingreso sin credenciales oficiales.

Durante la protesta de ayer por la noche, también se vieron dos hechos sugestivos; por un lado en la Plaza de Mayo se cortó totalmente la luz, quedando todo el mundo a oscuras, y por el otro se vieron patrulleros, coches de civil, camionetas y hasta ambulancias cargadas exageradamente de policías.

Duhalde, uno de los que permitieron la “policía brava” de la provincia de Buenos Aires, famosa por sus asesinatos de jóvenes y por los casos de tortura, no dudará, sin duda, recurrir a esos métodos para frenar la protesta social.

El plan de gobierno: medidas económicas

Luego, mientras en la Asamblea Legislativa se repetían los discursos hasta el cansancio, se fueron conociendo los planes del nuevo gobierno; devaluar el peso, mantener el déficit cero, pagar a los acreedores locales de la deuda y renegociar el resto, mantener el corralito, emitir bonos para pagar sueldos, e ir a un nuevo acuerdo con el FMI.

Desde un tiempo a esta parte, Duhalde se venía postulando como vocero de los sectores “productivos” nacionales; toda una gama de capitalistas locales ligados a las exportaciones, que se veían perjudicados por lo que ellos llaman el “costo argentino”, que incluye tanto la paridad uno a uno con del dólar, como el costo de la mano de obra en el país.

El plan de Duhalde comienza con una medida reclamada por estos sectores; una devaluación les permitiría igualar las tarifas de las exportaciones, pero en el fondo representa una baja del salario del 30% de toda la población, además de la confiscación del mismo porcentaje en los depósitos en pesos, hoy inmovilizados en los bancos.

No está claro que mecanismos se van a utilizar para compensar con los sectores ligados a las finanzas, que con una devaluación del peso perderían parte de las superganacias que obtuvieron en estos años. Lo que es seguro es que tratará, por todos los medios, de afectar lo menos posible los intereses del imperio EE. UU.; aun antes de anunciar el plan económico, la primer discusión era cuando viajaba una delegación a Estados Unidos para concensuar el plan con el FMI.

Junto con ello, Duhalde intentará poner en marcha sus famosas “redes de contención social”, retomando su experiencia clientelística de la provincia de Buenos Aires con las “manzaneras” dirigidas por su esposa, que combinan la ayuda social mísera con un férreo control político y clientelismo de la miseria. Parece, aquí también, que el presidente trataría de tapar el sol con una moneda, aunque no es de descartar que intente comprar a una pequeña parte de los sectores mas marginales y castigados de la sociedad.

Primeras piedras en el camino.

Luego del fracaso de Rodriguez Saa, la situación actual del peronismo fue resumido en un provocador discurso del diputado Humberto Roggero: “estamos quemando las naves, nos estamos jugando a nuestros mejores hombres, y si el barco se hunde, nos hundimos todos”.

En un gabinete con figuras de “primer nivel” como Ruckauf, actual gobernador de la provincia de Buenos Aires, mezclados con viejos delaurruistas como Rodriguez Giavaninni y el frepasista Juanpi Cafiero, el régimen argentino se juega el todo por el todo, suspendiendo las elecciones hasta el 2003 y
mostrando una “unidad nacional” entre los partidos mayoritarios.

Intentan recomponer, o por lo menos salvar, lo que desde el 19 de Diciembre ha comenzado a derrumbarse bajo los golpes de las cacerolas, los saqueos, las piedras y la sangre; un régimen que a empujado a casi la mitad del país por debajo de la línea de pobreza, que ha castigado miles de trabajadores a la desocupación y la marginalidad y que ha confiscado el dinero de la clase
media.

Como suele pasar en la historia, el viejo régimen comenzó a morir antes de que algo nuevo surja para sustituirlo. A ello, principalmente, se debe el que puedan seguir ensayando distintos tipos de salidas.

Lo cierto es que en este jugarse “el todo por el todo” el régimen argentino ha comenzado a encontrar las primeras piedras en el camino. A menos de un minuto de asumir se escucharon las primeras cacerolas, y hoy se desarrollaron masivas movilizaciones en diversos puntos del país; desde vecinos en Pilar contra el aumento de los impuestos, pasando por trabajadores en Corrientes y San Juan, hasta desocupados y municipales en el norte del país, la Argentina que se terminó de despertar el 19 y 20 de diciembre no parece resignarse a aceptar lo que le quieren imponer.

El presente inmediato y el futuro, sin lugar a dudas, va a estar lleno de avances y retrocesos, y nada va a ser fácil. Para nadie.


25 de Enero del 2002
De Puente Pueyrredón a Plaza de Mayo

Son las seis de la tarde, y aquí el cacerolazo empezó hace rato, con otros actores, y con las mismas y a la vez distintas motivaciones. Son alrededor de tres mil desocupados, que por segunda vez en una semana han cortado el puente Pueyrredón. Esta vez el corte parece una fiesta; a la caída del sol, cientos de personas recorren toda la extensión de uno de los puentes, golpeando el guarda-rail para hacer el mayor ruido posible. Otros, en una de las bajadas, ensayaban una especie de baile popular al ritmo de los tambores. Familias enteras, venidas de toda la zona sur del Gran Buenos Aires, esperaban a que los que, por primera vez, habían sido llamados a negociar a la Casa Rosada, volvieran.

Cuando llegaron, mientras caía el sol, y enumeraban el rosario de promesas -y solo eso- para miles de familias desocupadas, la voz de que había que ir a la plaza comenzó a correr. Cuando la columna de la Asamblea Popular de Avellaneda, con uno 1500 vecinos, comenzó a subir al puente, el encuentro entre los dos sectores resultó emocionante. Las cacerolas gritaban “piqueteros, carajo” y los desocupados les abrieron paso para quedar juntos, bandera con bandera, y avanzar para el lado de Capital. La confluencia que el gobierno más temía, entre trabajadores y la clase media, comenzaba a hacerse realidad, y daba por tierra con la campaña de rumores -increíbles por exagerados- que durante los últimos días intentó desactivar lo que se estaba gestando. Y quizá por eso la policía formó un cordón de tres filas de infantería y motos para no dejarnos pasar.

“La orden es que no pasen” dijo el comisario, y para que no quedaran dudas, cuando una mujer se acercó al cordón lanzaron el primer tiro. Las columnas decidieron retroceder, abandonando el puente y dejando atrás una fogata de gomas y maderas. La bronca se respiraba en el ambiente; nadie se había imaginado que podía pasar algo así. Nos fuimos caminando, y casi por inercia nos dirigimos al puente más cercano; no nos rendíamos tan fácil, y llegar a la Plaza, donde ya se estaba concentrando gente, era el objetivo de todo el mundo.

La policía no necesitó mover su cordón; seguramente lo tenían preparado, y cuando llegamos a la mitad del puente nos enfrentaron otra vez; las motos, los celulares y la triple fila de infantería. Retrocedimos, con más bronca, gritando y cantando con todas nuestras fuerzas. Algunos decidimos escabullirnos y llegar a Plaza de Mayo como sea. Haciendo piruetas para pasar el cordón, un pequeño grupo dejamos atrás la columna y encaramos para el lado de Capital. Mientras dejabamos atrás la columna de piqueteros y vecinos, y a medida que avanzábamos por Av. Montes de Oca, las calles variaban entre el vacío absoluto y columnas de familias enteras que, desafiando a las primeras gotas de lluvia, avanzaban para el lado de Constitución.

Llegamos a la Plaza. La policía hace cordones por todos lados, y las vallas están puestas unos metros antes del monumento; nadie tendrá hoy la ya clásica foto de la gente colgada del caballo de San Martín, y nadie la usará de plataforma para contemplar la plaza llena. En la plaza el ambiente era distinto que otras veces; llamaba la antención la cantidad de jóvenes que estaban hoy, saltando y gritando la consigna que volvió a llevarse todos los premios: “que se vayan todos…que no quede ni uno solo”. Contra la policía, contra el gobierno, contra los jueces; la Plaza era una fiesta y la lluvia que de a ratos nos castigaba solamente servía para levantar más el ánimo.

Cuando llegaron las columnas que venían del lado de Caballito y la plaza comenzaba a llenarse y, como para ayudar un poco al gobierno, la lluvia se volvió torrencial. La bronca siguió bajo la lluvia; a nadie le importaba empaparse y las inclemencias del tiempo parecían producir el efecto de que todo el mundo tuviera más ganas de cantar que nunca. El cacerolazo hídrico, el primero convocado en forma organizada y con una campaña en contra del gobierno y los medios de comunicación que anunciaban una noche de caos, era todo un éxito.

Cuando las columnas comenzaban a retirarse, y pequeños grupos se refugiaban abajo de los puestos de diarios, en las escaleras de la Catedral, en el Cabildo o en el Banco Hipotecario, todo parecía terminar. A los que quedamos ahí, esperando que amainara para irnos, nos sorprendió la llegada de la Asamblea Belgrano-Núñez, con algo más de 1.500 personas. “Si llegaban un rato antes, o si no llovía, reventábamos la Plaza”, comentaba un hombre mayor mientras intentaba no empaparse nuevamente. La columna de Belgrano llegó hasta las vallas para mostrar que estaban ahí, y en seguida, corridos por el diluvio, comenzaron a desconcentrarse.

Quedada un grupo de unos mil, o quizá menos, cuando la policía empezó a reprimir desde Diagonal Sur. Sin que mediara nada ni nadie que lo provocase, volaron los primeros gases y balas de goma, junto con las primeras corridas. En seguida, mientras la prensa se ponía sus máscaras antigás, grupos de jóvenes intentaban defenderse. La policía parecía retirarse y luego volvían a a la carga a discreción, hasta que la motorizada hizo su entrada tirando gases y balas de goma para todos lados. Dos amigos intentaban sacar a un tercero herido en una pierna, al parecer de muy cerca, porque no podía caminar. Un hombre mayor se quejaba de una bala en el pecho y otra en la pierna, y otros se recuperaban de unos gases que nadie quizo explicar por qué habían tirado. Lo que los rumores del día habían llamado “el día D” o “La Rebelión Final” no podía terminar de otra forma.

Una parte del grupo de los rezagados fue corrida por Av. de Mayo. Otros se refugiaron en Florida, y otros tantos se quedaron en la plaza y la Catedral. En las primeras detenciones se pudo ver a jóvenes arrastrados por el piso, policías vaciando en la calle y tirando el contenido de bolsos secuestrados y la motorizada apareciendo en formación para descargar toda su parafernalia. Al escribir estas lineas, se han confirmado alrededor de 40 detenciones, y grupos de jóvenes todavía permanecen en el Cabildo y en el Congreso, negándose a irse. La cantidad de policías es exagerada, el ambiente es tenso y es probable que intenten nuevas detenciones. Parece que va a ser una larga noche en la que muchos no van a poder dormir.

Ni siquiera el presidente Duhalde, a quien la campaña de rumores, la intimidación policial y la lluvia no ayudaron para que una masiva demostración de descontento le diera uno de los primeros grandes golpes en su corto mandato.

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Un comentario en “20

  1. Me impresionaron los relatos. No estaba aquí cuando sucedió todo esto y es la primera vez que realmente me asusta pensar en lo que pudo haber pasado. Pero también me impresiona ver, después de todo eso, Buenos Aires hoy en contraste (con Macri elegido por el 60%), y tantos nombres que siguen rondando la vida política de este país a pesar del “que se vayan todos”.

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