Promesas cumplidas

Estuvimos más de un mes dando vueltas. Elegimos destinos más o menos baratos y la mayoría del tiempo usamos carpa y fogón. Cuando te acostumbrás, hasta podés hacer gambas al ajillo con leña. El viaje empezó en las termas de Fiambalá, en Catamarca. Estubo bien, salvo por unos hippies que llegaron el último día del año. Eran muy chetos -todos con ropa de marca y rasgos finos- pero tomaban vino en cartón y comían tortitas a la parrilla, lo que los volvía un poco irritables entre ellos y molestos para los demás. Nada que una buena estadia en aguas termales no pueda solucionar. Después seguimos rumbo a Tucumán, a vuelo de pájaro porque queríamos ir a la fiesta del Gauchito Gil. Llegamos a Mercedes Corrientes el 7 por la mañana. Como siempre, en Mercedes hacía un calor de novela. Tomamos muchísima agua, comimos asado y hasta bailamos Chamamé. A la tarde fuimos a bañarnos y descansar en la casa de Juancho, que es el tipo de gente que siempre querés cruzarte en el camino.

Juancho tiene 50 y pico de años, montón de hijos, un loro amaestrado y espirítu nómade. Le gusta trabajar de noche -hace cosas en cuero- y coleccionar cosas extrañas: sombreros, cuchillos, herramientas, libros viejos, etc. Su mayor orgullo es un Reugeot 403, creo que modelo 62, cuyo motor es una amalgama de cosas que Juancho consiguió en los últimos 30 años.

Yo tenía pasaje para la 1 de la mañana del 8, osea, me tenía que ir una hora después de que empezara la fiesta posta del Gauchito. Tenía apenas 6o minutos para llevar mi bandera el altar del Gaucho, volver al pueblo y subirme al micro.  Dejar una bandera en el altar es cumplir una promera, así que no podía fallar.

Le pedí a Juancho ayuda para conseguir un taxi dispuesto a hacer ese viaje, pero no había nadie que se animara a ir para allá esa hora, así que él se ofreció a llevarnos. El pacto era avanzar hasta donde se pudiera. Después, yo tendría que correr, colgar la bandera en el altar y volver hasta el auto. Lo más dificil sería encontrarlos a la vuelta, porque en la ruta no sólo no hay iluminación, sino también unas 200.000 personas, todas al mismo tiempo. Otro problema adicional: nuestro equipaje iba en una pequeña cabina abierta que el 403 tiene atrás , lo que aumentaba hasta el infinito las posilibilidades de arrebato.

Si les parece una locura, es porque no saben lo que pasó después: nos atacascamos con el auto porque adelante venía una cuadrilla de gente que había prometido zapatear desde el pueblo hasta el santuario, unos 11 km sin parar.

Así que tuve que correr, con mi bandera a cuestas y toda la fuerza de la que fui capaz.

Pasé a los zapateadores, a gente que parecía de una barra brava -con las que compartí un revoleo de trapos al viento cuan hinchada del gaucho festejando un gol- crucé un riacho, corrí entre los autos, salté las vayas, me metí en una avalancha humana y llegué hasta el altar donde me colgué del alambrado como si estuviese festejando otro gol, el de la final clavado en el ángulo sobre la hora.

Dejé mi bandera y me fui. Estaba feliz, aliviado.

Me faltaba encontrar a Juancho y a Niña en el 403. Calculé que había corrido unos 2 o 3 kilómetros, y me concentré encontrar los puntos de referencia que había tratado de memorizar a la ida. Era imposible: el paisaje de micros, gente y alambrados de campo había cambiado un montón.

Temí no encontrarlos, que no hayan podido estacionar o que esten tapados por u otro auto. Si los pasaba sin que me vieran estaba jodido. Llamar por teléfono era imposible: no sólo no hay señal, sino que no tampoco tenía crédito. Me sentí en pánico, pero sin perder el control.

No se cuento tiempo pasó, pero el momento en el que los ví fue emocionante, para ellos y para mí. Nos abrazamos y agarramos el camino a la terminal.

El auto de Juancho no tiene tanque de nafta, así que cambiamos el bidón del que sale una manguera desde los pies del acompañante. Había mucho olor a nafta, pero igual Juancho prendió un cigarrillo. A veces hace esas cosas: si se cae una cucaracha en su vaso de jugo, la saca y sigue tomando, exagerando el desdén. Nos reímos de eso cuando bajamos para tomar el micro que, por supuesto, se retrazó más de una hora.

Después, cuando ya estábamos rumbo a la costa uruguaya -último destino del viaje- me acordé de que alguien, alguna vez, me había dicho que una promesa sin esfuerzo -y quizás sin algún elemento de realismo mágico- no tenía validez.

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2 comentarios en “Promesas cumplidas

  1. Por un post tuyo en este blog dí con el Gauchito Gil. Gracias a algunos malabarismos en los que -no me preguntes como- hizo de intermediario con los imposibles, quedé en deuda con él. Saldé parte de la misma en un lugar bastante inverosímil (a 15 km de Río Grande, Tierra del Fuego), donde hay una ermita, pero me toca ir a Mercedes este año -no sea cosa de dejar las gracias por la mitad.
    También tengo que ver cómo llego, porque de auto carezco.
    No sabía que ibas a ir, una sorpresa real el post.
    Buena historia.

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