Escenas robadas

Algún día voy a escribir ficción. No cuando va a ser. En mi fantasía, la ficción es el mundo de las posibilidades. Supongo que la libertad empieza cuando uno deja de ser esclavo de lo real. Todo empezó porque una vez fui a un taller literario, pero a escribir una crónica. Era la historia de un accidente de tránsito en el que un nene de 6 años perdía una pierna y moría junto a su madre. Una historia terrible, que incluyó el fusilamiento de un inocente. Todos los medios habían esgrimido como bandera  la pierna del niño muerto.

Algunos de mis compañeros de taller literario me criticaron por usar esa pierna en mi crónica. No queda bien, me dijeron: es un elemento que no ayuda al relato.  Pero era un elemento de la realidad, así que otra cosa podía hacer que no sea recogerla allí donde otros la habían dejado.
Por eso quiero escribir ficción. Alguna vez, cuando tenga tiempo y ya esté aburrido y el mundo me haya dejado de sorprender. Por ahora se esto:  cada día soy testigo de imagenes, escenas, pequeñas historias que no sirven para nada, y otras de que, calculo, podrían ser elementos de una obra ficcional. Por ejemplo, días atrás estuve  en un casting para una película porno yanqui (¡juro que de casualidad!).  El director era un gringo gordo, mezcla de Michael Moore y Toby Jones. Hablaba en inglés con su asistente, elogiaba las “grande pinga” que los actores mostraban y daba instrucciones como andá a tomar sol, depilate mejor, no te depiles más, etc. Yo estaba en un rincón esperando que terminen, cuando el director reparó en mí. Me miró por unos segundos y le preguntó a su asistente si yo venía a probarme. El tipo dijo que no, que estaba ahí por otra cosa, y el gringo gordo contestó que thanks god, riendo y haciendo un gesto para graficar mi buzarda. El tipo, claro, no sabía que hablo inglés, y que no me estaba perdiendo detalle de sus anécdotas barrocas sobre Egipto, Paraguay o Colombia, lugares a donde había ido a filmar y hacerse atender por gente a la que considera inferior, tan inferior como consideraba a todos los que estaban allí, mostrandole las “grandes pingas” para ganarse 300 dólares tener sexo frente a una cámara o dos. En todo era displicente el gringo, como si dijera soy el centro del mundo, he visto todo lo que se podía ver, todo me importa poco, y si algo me importa lo compro y listo.

Esa misma noche viajé en el colectivo al lado de una señora vestida con pantalón y campera de jeans baratos y sucios, zandalias rojas de reventón de liniers , con un intento de peinado que había sido derrotado por su pelo. La señora estaba concentrada en un llavero de plástico, una especie de pecera redonda con una lunita y dos estrellas que nadaban en vaselina líquida. Lo miraba fijo, con solenmidad, pero le costaba hacer foco. Entonces sacó del bolsillo unos anteojos de lectura, de esos que se compran en la calle y vienen sin funda.  Se los puso con tanta ceremonia, con tanto cuidado, y después se concentró tanto en ese adornito estilo todox2pesos, que me emocionó.

Creo que ella y el pornógrafo gringo son algo así como  la raza humana resumida en los detalles. Entonecs, como suelo tener mala memoria, decidí guardarme esas imágenes. Quizás algún día me sirvan para un cuento o una novela menor.

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Un comentario en “Escenas robadas

  1. No sé que decir.
    Y mirá que es raro que no sepa que decir.
    Sólo que hace horas que te encontré y no puedo parar de leerte.

    La ficción se escribe sobre la realidad. Es ineludible.

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