Pity

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Vivo en Barracas, bien al sur, en una zona que quedó aislada por el autopista en los 70 y por el ciere de fábricas en los 90. Comparto mi casa con dos amigos, F y T. Ayer a la noche llegó F y dijo que en Boulevar de Iriarte estaba el Pity Alvarez tocando la guitarra. Era domingo a la noche, estaba fresco y no teníamos nada que hacer.

Yo salí en cuero, aunque F recomendó que me ponga una remera. Llevamos un envace de cerveza y caminamos despacio, porque M -la compañera de T- está embarazada, pero también porque no teníamos apuro. El Barracas Sur brillaba con sus luces de mercurio, niños jugando en la vereda y alguna que otra cumbia de conventillo. Creo que desde mi adolescencia que no sentía esa frescura, esa tranquilidad pachorienta que solo se obtiene los domingos cuando anochece en los barrios.

En el Boulevar, sentado en una mesa de cemento, estaba el Pity. Tenía una guitarra acústica, tomaba coca cola y conversaba con otros dos que tomaban cerveza. Cada tanto se acercaba alguien a saludar. Nosotros nos sentamos a un banco de plaza, a pocos metros ahí. Los chicos hablaban de cine y de alguien que había vuelto de un viaje a China. Yo miraba hacía la mesa del Pity, que de a ratos se acodaba como para dormir una siesta o amagaba con tocar una canción, pero nunca lo hacía.

Llegó más gente. Una piba que gritaba algo que no se entendía. Un pibe que para a la vuelta de casa, que a veces te saluda como si fueras el hermano y otras no te reconoce. Estaban contentos. Encararon para la mesa del Pity. Se sentaron sin saludar, como si hubiesen vuelto de algún lugar. Al rato se levantaron todos juntos y se perdieron en una esquina oscura.

A mi barrio le llegó hace tiempo lo que a cualquier otro. Al mediodia ya se ve algún pibe que camina convulso, haciendo una decena de gestos tumberos uno atrás del otro en forma frenética. Uno lo ve y sabe que no puede parar, que está como poseído. El otro día le robaron a una vieja de esas que las ves en la calle y te dan ganas de darles una moneda.

En la esquina de mi casa cada tanto se hace una obra de teatro comunitario: Los chicos del cordel. Es de lo mejor que tiene el barrio. Hay una escena en la que un guitarrero canta tangos de amor frente a un baldio. El guía, que lleva a la gente por las calles donde se desarrolla la obra, explica al final de la canción que nadie se anima a decirle que su enamorada se mudó hace diez años. Algo así sentí ayer.

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Un comentario en “Pity

  1. Le decia recien a un amigo q habia leido este escrito.
    y le trataba de explicar mi sensacion, le decia ,,,
    siento todo lo comun como raro,,, no termino d entender la sensacion, tomo las calles y demas como sin tiempo,,, lo local no tiene tiempo, no puedo terminar d entender.
    y nunca puedo , no se no se no se………………

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