Instrucción Masiva

(artículo aparecido en la revista La Mano de Abril 2008)

Así me lo presentaron: Raúl era el acuchillado que escapó del hospital con el suero puesto. Además, era un artista que compró un Ford Falcon de los milicos para destruirlo y transformarlo en un tanque hecho de libros, el Arma de Instrucción Masiva. Un ex Falcon, me explicaron, que fue desarmado en un perfomance íntima: le tiraron un corazón de piano, 300 botellas, una bola de demolición y después le dieron con moladoras, piedras, palos y un maniquí. En su nueva vida, el auto mide cuatro metros por dos de alto, y la carrocería es una mezcla de fierro y libros, la mayoría de los cuales pueden ser tomados y leídos.

Lo de las puñaladas fue una noche en Almagro. Nadie supo la razón exacta. Algunos pensaron que fue una forma estúpida de marcar territorio, un mensaje para otro, una confusión paranoica. Lo cierto es que un desconocido se acercó diciendo ‘voy a borrarles la risa de la cara’, repartió varios puntazos y salió corriendo. Uno de los pibes quedó con el pulmón pinchado. El otro, Raúl Lemesoff, la sacó más barata, pero no lo suficiente para zafar del hospital. Estuvo internado hasta que la pasividad terminó de aburrirlo y desapareció.


Cuando lo conocí tenía el pelo revuelto, unas bermudas y una camisa destruidas. Andaba en una bicicleta de dos metros de alto, armada con cuadros de otras dos o tres bicis juntas. En su casa, supe después, había otras más difíciles de manejar: una fabricada con dos playeras invertidas, y otra con una tostadora que se abre cuando apretás los frenos. Hablamos y al rato dije ay, Raúl, quiero conocer tu historia, escribirla. Yo ya lo hice, me contestó mas tarde él: escribí todo en un libro que quemé cuando vivía en Tigre. Eran cientos de páginas que empezaban allá en su Paraná natal, con un primer recuerdo que ahora no quiere contar, quizás porque fue el momento fundacional, el instante misterioso en el que entendió que si no se iba del pueblo la podía pasar muy mal. Porque eso es Raúl: alguien que no puede soportar el encierro. Ni el del hospital, ni el de una casa, ni el de un pueblo.

-En tierra de Bush

De niño conoció Paraguay, Mendoza, Córdoba, todos lugares a los que fue a vivir con su madre, pero después volvió a Paraná para trabajar primero de laboratorista y luego de fotógrafo para un diario local. Su primer cobertura fue el carvanal de Gualeguaychú. La última, el revelado de una serie de fotos sobre la dictadura, por las que su padre –que se llamaba igual que él- recibió amenazas. Esa fue la excusa para escapar de la ciudad, pero la idea ya estaba planteada de antes. “Es que Paraná”, dice Raúl, “era muy chico para mi locura”. Decidió partir hacia Houston, Texas, siguiendo los pasos de su hermana que había emigrado al norte y era dueña de un bar.

El local era una casa de tres pisos con un altillo donde Raúl dormía y soportaba el olor a cigarrillo y borrachera que venía desde abajo. En los ratos libres hacía fotos para los diarios locales, y cada tanto organizaba muestras de su trabajo. A una de esas exposiciones llegó Jim Harithas, mítico curador de arte y dueño de museos texanos. En su auge, Harithas supo codearse con gente como John Lennon, y a la vez recoger los más llamativos exponentes de la cultura popular de frontera. Una de esas costumbres es la de modificar los autos y transformarlos a gusto de sus dueños. Harithas tomó esa tradición para elevarla en toda su potencia: ahora se organizan desfiles de autos modificados y muchos se exponen en el Art Car Museum, abierto por su familia. Cuando Jim conoció a Raúl, le gustaron sus fotos, pero también los marcos de madera y metal que el argentino hacía. Lo invitó a exponer en uno de sus museos. Raúl preparó una muestra y le fue bien: vendió algunas piezas y le regalaron un auto para que lo modifique. Así nació el primer auto-escultura de Raúl. Se llamó W2KK, una alusión al Y2K y a la vez pregunta en espanglish: por qué cagar.

“Agarrar un auto”, dice Raúl, “que es el producto de una multinacional y romperlo o transformarlo es una forma de robárselo. Lo mío es anti-tunning, es pegarle un calefón en el baúl”. El W2KK se convirtió en una ciudad móvil de 4 metros de altura, con edificios delirantes y un lanzallamas. Con ese movil se fue a Burningman, una ciudad efimera que se monta durante una semana al año en el desierto de California. De Burningman participan más de 25.000 personas, con la consigna de presentar grandes obras de arte, perfomances o instalaciones, sin la posibilidad de que nada sea comprado o vendido. Esa ciudad experimental, plagada de rituales y sorpresas, comienza a esfumarse cuando el gran muñeco que ocupa el centro de la escena cae envuelto en llamas. “Allí”, dice Raúl, “descubrí mi piromanía”.

En Texas, había días en los que no sabía que hacer. Entonces manejaba su auto y lanzaba fuego. Una de esas tardes de aburrimiento fue hasta el museo de Harithas, donde inauguraban una muestra de un artista de New York, Saltavore Scarpitta. El viejo tenía una vida de novela. Hijo de un escultor italiano, de joven diseñó y corrió autos de carrera –algunos convertidos en piezas de arte- y combatió en la segunda guerra mundial, donde le encargaron catalogar y preservar las obras de arte robadas por los nazis. A sus 80 y tantos años, Salvatore se mantenía tan fresco como siempre. Jim Harithas los presentó, y la pasión común por el arte en movimiento hizo lo demás. “Scarpitta vió el W2KK y me dijo, ‘llevame a dar una vuelta ya mismo’. Subió hasta allá arriba y salimos. Le dije ‘apretá este botón y después este’ y salió la llamarada. El viejo quedó encantado. Ahí mismo me contrató para que ayude con su muestra. Se la re jugó conmigo”. Raúl se volvió discípulo de las ideas Scarpitta: de él aprendió que ‘art its about giving’ y que como artista tenía que creer en si mismo, saber que podía hacer grandes cosas.

Con esa inspiración nació el primer Arma de Instrucción Masiva. “Lo idee cuando Bush empezó a psicopatear a todo el mundo después del 11 de Septiembre”. El auto se construyó en tres semanas y al principio no tenía la habilidad de repartir los libros que hacían la carrocería. El Arma se coló en una protesta por las leyes migratorias donde Raúl intentó regalársela a Bush, con un carta ofreciendo construir 12 iguales a cambio de que regularicen su situación migratoria. “La idea”, cuenta, “era que las llevasen a Irak, para reconstruir un país que todavía no habían destruído”. La Oficina de Regalos de la Casa Blanca respondió con una nota formal, diciendo que no tenían lugar para albergar semejante presente.

-Houston, we have a problem

Cada tanto, de forma algo desincronizada, todos los Van Gogh del mundo se cortan la oreja izquierda. A Raúl, le tocó por el lado del amor. La ruptura con su novia lo dejó contra las cuerdas. “Se me derrumbó la vida. Pasé de tirarme un pedo y venderlo a no poder pagar más el alquiler”. Primero se refugió en la casa de un artista amigo, y después se fue al campo. Allí convivía con su gato Miauser –que todavía lo sigue a todas partes- y cada tanto volvía de visita a un pueblo que le resultaba cada vez más hostil. Es uno de esos viajes, el motor del Arma de Instrucción Masiva se fundió en medio de un puente. Esa fue una señal definitiva. Como pudo, vendió todas sus cosas y partió rumbo a la Argentina.

En una visita a su Paraná natal consiguió el Falcon y se lo trajo a Buenos Aires. Antes de someterlo al tratamiento de demolición, se olvidó la billetera arriba del techo del auto. Tenía algo de dinero, pero sobre todo una colección de decenas de documentos con fotos –carnets, pasaportes, credenciales- cada una con un gesto diferente y exagerado. Nunca recuperó esas imágenes, que consideraba como piezas de arte. Como homenaje a esa obra perdida atornilló una billetera falsa y una lata de gaseosa en el mismo lugar donde la había olvidado. Andar por la ciudad de esa forma, además de divertido, es aleccionador: produce una radiografía instantánea, un muestra de cómo se comporta cada persona en la calle. El Arma de Instrucción Masiva tiene un poder similar pero mucho más potente. “El Arma”, dice Raúl, “es un objeto de otra dimensión puesta en este. Cuando aparece, todo el escudito que se hace la gente vuela, y deja que veas como reacciona a algo imprevisto”.

Pero además de revelar comportamientos, uno de los objetivos es repartir y recibir libros sin intermediarios. El plan, el sueño, es recorrer el continente haciendo eso, pero por ahora tiene que solucionar algunos problemas locales. En el último año y medio pasó sin suerte por despachos, bibliotecas, espacios culturales y hasta por el centro cultural del Hospital Borda buscando apoyo y refugio para su proyecto. Terminó por alquilar un galpón en una zona demolida de Palermo, que resultó ser una estafa. “Firmamos el contrato con el supuesto propietario, pero era un oportunista que vio la puerta abierta y se metió. Al tiempo apareció una heredera del verdadero dueño y me hizo una denuncia por usurpación”. Raúl no se desanima. Espera y sigue soldando. En su taller tiene un horno de vitrofusión y varias esculturas de alambre. Una de ellas representa a un hombre con el corazón y ojos tan azules como los suyos, y con una nube en la cabeza. Son pensamientos, explica Raúl, que a veces ensombrecen el panorama, pero que no parecen nublar el horizonte. “Lo que estoy haciendo”, dice, “es sacarle los libros a la gente que no los necesita y dárselos a los que lo quieren. Es algo realmente puro”. Lo dice y su mirada estalla, con el fuego que sólo tienen aquellos que no temen ser devorados por su propia obra.

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4 comentarios en “Instrucción Masiva

  1. El “Arma de instrucción masiva” estuvo un par de días estacionado cerca de casa, sobre la calle Paraguay. Me llamó poderosamente la atención el coso tan lleno de libros por todos lados y el nombre que tenía (hacía poco había visto un stencil con un televisor que abajo decía “arma de distracción masiva” y me hizo acordar).

    Quiero volvérmelo a cruzar. Quiero ver las caras de la gente cuando el “arma”(toste) pasa.

  2. los ví rn la autopista yendo a rosario, despues me enteré que fue lo mejor de la bienal de arte.
    Los locos iban a 1000 por lo menos y los libros no se movian. que onda estan pegados?

  3. Tengo un par de libros que me dió el adim pero no conocía la totalidad de la historia. Espero que este artista siga creciendo, por él y por el proyecto que tiene que me motiva para pensar que se puede conseguir un cambio a partir de hacer pequeñas transformaciones.

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