Reducción de daños: esto no es una pipa

(artículo aparecido en la revista thc)

En una escuela de Villa 31, en Retiro, los pibes del fondo tienen una lata que pasa de mano en mano. La maestra siente un olor raro que inunda el aula, un humo que ella no conoce y que aumenta cada vez que prenden un encendedor. ¿Qué están quemando?, pregunta la maestra. La respuesta es una mueca: los pibes están pero no están. ¿Hay que llamar a la policía, a los bomberos, salir corriendo?. Villa 31 es uno de los pocos lugares del país donde la respuesta puede ser otra. En vez de reprimir, se puede convocar a un operador para que haga algo distinto. Y allí va Julián, un psicólogo de ARDA (Asociación Argentina de Reducción de Daños) al que los pibes del ya vieron circular por los comedores, la iglesia y el centro de salud del barrio. Julián tiene la autoridad de ser alguien que sabe pero escucha, que aconseja pero no prohíbe, que ayuda pero no impone. Les da una charla a los chicos, narra los efectos de consumir paco, las alternativas para dejar de hacerlo, los lugares a los que se puede recurrir. Trata, como puede, de estudiar caso por caso para darle una respuesta a cada pibe. La misma escena puede repetirse en otros barrios, pero no en tantos: apenas en la Villa 21 de Barracas, en la 1-11-14 de Bajo Flores y en otros pocos lugares donde trabajan Arda o la Fundación Intercambios, dos de los pocos grupos que impulsan esta práctica en el país.

Según el Dr. Pat O’hare, uno de los máximos referentes en la materia, la Reducción de Daños (RD en adelante) es el “conjunto de políticas y acciones que buscan reducir las consecuencias negativas de la utilización de drogas, sin intentar necesariamente reducir el uso de las mismas”. Para el Lic. Carlos Herbón, psicólogo y miembro de ARDA, tiene que ver con ayudar a ir de “conductas de mayor riesgo a menor riesgo; de consumos más peligrosos a menos peligrosos”. Los ejemplos más comunes están relacionados a drogas legales, como el alcohol: las campañas del tipo ‘si tomaste, no manejes’ son parte de estas prácticas, por más que no se las llame así. En el caso de las drogas ilegales, no se trata solo de educar sobre el mejor uso de las sustancias, sino de entender que el consumidor es un sujeto, alguien que puede decidir sobre su propia vida y no con adictos-criminales que son, como dicen los prohibicionistas, ‘el último eslabón del narcotráfico’. Por eso los que practican la RD prefieren usar el término “personas que tienen problemas por el uso de drogas” en vez de adicto, termino médico que se ha convertido en categoría moral despectiva. “Planteamos”, dice Herbón, “que no necesariamente una persona que consume drogas es una persona que tiene problemas con las drogas. Nosotros no trabajamos contra las drogas, no hay nada que hacer contra las drogas. Sí trabajamos con las personas, pensamos que le está pasando, por qué y si se pueden generar alternativas que le permitan tomar otras decisiones”.

Como hacer para que no se meta en otros problemas, como evitar los daños colaterales. Visto así, la RD no es solo una forma de plantear la despenalización, aunque esta sea un elemento importante. “En el campo de lo social y lo jurídico”, explica Herbón, “la penalización se ha vuelto un problema para incluir a en el sistema de salud a las personas con problemas por el uso de drogas. Eso ya lo dice hasta Anibal Fernandez”.

Liverpool, la cuna

El Centro Carlos Gardel es un hospital de día. Allí recurren usuarios de drogas que necesitan ayuda. Está en el Abasto y es dirigido desde 1993 por el Dr. Mario Kameniecki, un psiquiatra de barba freudiana. Munido de un pizarrón, Kameniecki explica que hasta el año 93, cuando se fundó este centro pionero, “la gente que tenía problemas con el consumo recurría a una terapia de una vez por semana y nada más. La idea de la dirección de salud mental del gobierno de la ciudad de ese momento, era hacer un centro de día con actividades, donde almorzaban, desayunaban y pasaban varias horas. Ese primer hospital de día funcionaba en un sótano, hasta que lo clausuraron y nos mudamos al edificio actual”. Los pacientes llegan al Carlos Gardel derivados de los hospitales, por jueces u otras instituciones. Allí reciben atención psicológica y contención, pero también realizan varias actividades que ocupan todo el día. Para los partidarios de la RD, no es poca cosa: el hecho de que haya una alternativa de este tipo ya es empezar a cuestionar el prohibicionismo en los hechos, una tendencia que se viene acrecentando en los últimos años.

Es que hasta los 80’, durante casi todo el siglo XX, en materia de drogas todos cantamos la canción del verdugo. Estados Unidos dijo prohibición y abstencionismo, y eso fue lo que se hizo el globo enteros. Pero entonces apareció el VIH y los usuarios de drogas –que tenían bajo índice de mortalidad-comenzaron a caer como moscas. El virus se convirtió en una epidemia mundial. Para el Dr. Kameniecki, esa fue una época fundacional. “En los 80 se descubrió que entre los drogadictos intravenosos había montón de contagios por la práctica de compartir jeringas. En Inglaterra nombraron una comisión en el parlamento para que estudie el tema. Y ellos dijeron: la represión y la criminalización de los usuarios fracasó porque la gente sigue consumiendo. Si no podemos hacer que dejen de hacerlo, tratemos de reducir los daños asociados al consumo. De ahí viene la expresión. Esos daños son a la salud, legales, sociales, laborales”.

El primer centro de reducción de daños del mundo lo abrió el gobierno conservador de Margaret Tatcher en la ciudad de Liverpool. Que hacían: intercambiaban jeringas. Trabajaban con la policía local, que en vez de meter presos a los usuarios empezaron a llevarlos al programa. Allí les daban jeringas limpias y les pedían que vuelvan para hacer intercambiarlas después de su uso. “Al principio”, explica Kameniecki “nadie las devolvía, pero con el tiempo hicieron un trabajo de calle con los consumidores y se devolvían, primero un 10% hasta que en tres o cuatro años bajaron la tasa de infección de usuarios de drogas a un cero y pico por ciento al principio era 50%. Al mismo tiempo, se abrió una clínica para desintoxicación”. Esta práctica se propagó a varios países de Europa, Cánada, Australia y Nueva Zelanda. Cada uno la adaptó a sus realidades locales, incluyendo sustitución de sustancias –metadona por heroína, por ejemplo- o controlando que las drogas no sean adulteradas. En Latinoamérica, la RD se aplica sólo en Brasil. Allí, antes de ser adoptada desde el estado en 1989, sus impulsores eran encarcelados como cómplices del narcotráfico.

En el resto de los países, como en Argentina, los grupos y profesionales que promueven esta política resisten desde sus puestos en el sistema de salud u en ONGs que esperan que los estados cambien de rumbo. “Es que la RD”, explica Kameniecki , “nació como política pública. No sirve mucho si no es una política de estado. Si no, es como arar el Marte”.

-Crónicas marcianas

Desde hace tres años, Gustavo Zbuczynsky, de profesión psicólogo, trabaja en la Villa 21 de Barracas. Gustavo es miembro de ARDA y llegó al barrio gracias que su asociación ganó un concurso para implementar un programa de prevención de HIV en usuarios de drogas en zonas pobres. La Villa 21 es una zona de alta concentración de consumo y un entramado social complicado. A diferencia de Villa 31, que tiene tradición de organización popular, en la 21 la gente de afuera que va a hacer trabajo social no es fácilmente asimilada. Gustavo tuvo que armarse de la paciencia de un relojero artesanal. “Para mí”, dice, “fue como atravesar las capas de una cebolla. Hay varios pasos para entrar al barrio. No es que fuimos directo al lugar donde se está consumiendo paco”. Al principio, la idea era encontrar un camino para entrar a la Villa. “Mi referente”, cuenta Gustavo, “era el cura del barrio. Después contacté al Centro de Formación Profesional y a un centro comunitario, que me abrieron montón de puertas. Empecé a tener acceso a comedores, a lugares donde concurre gente, que siempre está en contacto con usuarios”. Gustavo se acostumbró a trabajar así: creando sus propios escenarios. Da charlas en comedores, responde consultas en la iglesia o firma derivaciones en el centro comunitario. En ese trajín también recluta gente que ayuda. “Los operadores a veces son usuarios que dejaron de consumir o que consumen pero no están tan comprometidos con el tema. Ellos se transforman en operadores de hecho, porque vos no va a entrar a las 3 de la mañana al agujero donde se consume el paco, pero este pibe si, porque lo hace habitualmente”.

¿Ese trabajo de hormiga rinde frutos? “Sí”, responde Gustavo, “tiene efectos, pero el problema es la escala. Son procesos graduales. Yo no pasé a ser un referente confiable porque sí, recién el tercer año se corrió la bola de que conmigo se podía hablar porque no los iba a mandar en cana. Ahora, yo trabajo con cuatro o cinco organizaciones, pero hay 20 organizaciones en la villa, y no todos los vecinos participan. Entonces el impacto de mi trabajo es muy limitado. Si fuese una política de estado no estaría yo solo contra los molinos de viento”.

Para no perecer en esa tarea quijotesca, se trata de evitar el “furor curandis”, la creencia de que uno todo lo puede. “Lo primero es aceptar que la droga existe y que no vas a solucionar todos los problemas. Si pensás eso, te va a agarrar un ataque de angustia que te va a dejar paralizado”. Esa postura profesional, de terapeuta, en el transito por los territorios de la exclusión se equilibra con el trabajo comunitario. “Yo no hago tratamiento, asi que me puedo involucrar. Hago cosas que si estuviese en un tratamiento no podía hacer. Una función básica nuestra es tender puentes: hay gente que nunca ha salido de la villa, nunca. Es difícil acercarlos, pero también que logre ir a un lugar afuera, ya sea para hacer una consulta, ir a un taller o dar una vuelta”.

-Paco

Hay un momento en el que el consumo de drogas pasa por un idilio. Los terapeutas lo ilustran con la metáfora del matrimonio: el idilio corresponde a la luna de miel. “Esos usuarios”, explica Gustavo, “vienen y te dicen ‘yo, la verdad, no quiero dejar de consumir’.El tipo que está en esta etapa te viene a ver para saber, por ejemplo, como consumir cocaína sin contagiarse VIH, porque se enteró que un taller en un comedor vos dijiste que compartiendo el canuto se puede trasmitir el virus. Pero ese idilio en algún momento se cae, y en ese momento vos tenés la autoridad para ayudarlo”.

Con el paco, el tema es más complejo. “Muchos”, explica Gustavo, “ni siquiera saben que no se puede compartir la lata cuando fumás. Ese es el único daño que se puede reducir, porque la pasta base no es un producto apto para consumo humano. Y eso hay que decirlo bien claro, porque lo que estamos diciendo es que otras drogas sí son aptas para consumo humano. De hecho, la cocaína se comercializaba como anestesia. Esto no se quiere decir porque al prohibicionismo no le conviene”. Lo que el prohibicionismo repite todo el tiempo, en cambio, es que el paco mata en 6 meses. Y eso, asegura Gustavo, es una mentira. “Que el paco te mate o no te mate depende de otras cosas, de la alimentación, el peso corporal, de tu situación. Lo que produce decir esto es que alguien que usa paco piense “fulanito está consumiendo hace seis años y no se muere, entonces me están mintiendo”. Ese pibe sigue consumiendo pasta base. Distinto es si vas a decirle que el paco no es para que consuma un humano, el pibe te dice que un porro le parece menos dañino, y vos le decís que entonces lo fume. Eso te da un grado de confiabilidad distinto, incluso autoridad moral”.

Las políticas públicas en Argentina están tan lejos de eso como de pensar redes de contención serias para los niños y adolescentes que caen en manos de esta droga. “En forma ideal”, dice Gustavo, “incluso uno podría pensar que alguien venga con paco y vos le des otra sustancia. Esto se hace en otros países. Acá si un pibe está fumando paco y lo pude meter a realizar un taller en la misma villa, no le salvé la vida pero el pibe está pensando en otra cosa. Si está dos horas en la escuela, está con otros pibes que no están consumiendo”. Cada acción es una estocada contra el molino de viento, ese que dejará de girar cuando las palabras y las intenciones oficiales dejen de ser papel de armar.

Anuncios

5 comentarios en “Reducción de daños: esto no es una pipa

  1. me intereso muchisimo este articulo.
    me gustaria ponerme en contacto con la gente de arda, pero en su pagina no hay ningun elemento para hacerlo. podrias ayudarme? una direccion, un mail, algo. lo que hace esa gente es muy importante, y me gustaria ayudarlos.
    gracias!

  2. Hola a todos.Mi nombre es Ricardo Paveto y soy Secretario de la Asociación de Reducción de Daños de la Argentina (ARDA)
    Les paso mi mail, que está como contacto en la Declaración que se lee al abrir la página web, así pueden contactarse con nosotros.Gracias a todos
    Lic. Ricardo Paveto
    Secretario
    A.R.D.A.
    ripavet@yahoo.com.ar

  3. ha pasado mucho tiempo desde esta nota, pero es muy interesante y valioso el trabajo que hacen, es admirable.
    Desde México, saludos!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s