El gaucho Juan Carlos

Cuando empecé a hacer el trabajo sobre el Gauchito Gil, apareció Juan Carlos. Nos presentó Laura, y nos encontramos en Florencio Valera, donde él y su familia tenían un comedor, un altar del Gaucho y varias habitaciones repletas de cachivaches increibles.

Juan Carlos usaba unos anteojos hechos con un marco que se había encontrado y dos vidrios diferentes, que había pegado con esfuerzo y mucha cinta adhesiva. Todo a su alrededor estaba construído así: con pedazos de mundo descartados por otros. Otra de las cosas que Juan tenía, y que al verlas me partieron la cabeza, era una puerta fabricada con pedazos de madera muy pequeñas. Las había pegado una por una, para construir una tabla grande y usarla para cerrar un espacio. Cuando me la mostró, me pareció todo un manifiesto estético-político.

En el altar del Gauchito, la figura principal era una estatua de papel mashé. Juan Carlos decía haber tenido una especie de revelación, un sueño que al despertar le dio las herramientas para construir su propio Gaucho. A los pies de esa figura precaria pero a la que no le faltaba nada, se acumulaban cartas de presos y vecinos que le pedían o le agradecian favores. Juan Carlos no tenía mucho, pero era un tipo generoso. El día que presentamos el libro del Gauchito llegó hasta Capital con toda su familia. Parecía que habían hecho un esfuerzo enorme por llegar: Juan Carlos tenía hipo crónico, y casi siempre parecía agitado. Ese día se llevaron un libro y me dejaron, a cambio, un video grabado en DVD. Juan me contó que habían estado toda la noche para armarlo. Donde todo cuesta tanto, la generosidad se mide en esas cosas pequeñas, tribiales para algunos.

Juan tenía algunos poderes. Me lo confesó un día al oido, después de tocar mi tatuaje y decir que eso que estaba grabado en mi espalda era una estrella que me iba a cuidar siempre. Su misticismo era igual que toda su vida: construída con pedacitos, humilde, por momentos confusa pero con una sencillez hermosa. También era un tipo terrenal: además de ser piquetero, Juan Carlos era capaz de pensar en como construir una plaza para los pibes del barrio, organizar una fiesta a beneficio de algún vecino, o poner en pie, por segunda vez, un santuario del Gauchito donde el chamamé, el asado y el vino fueran gratis para todos los vecinos.

En algún momento conversamos bastante. Creo que algunas de las cosas que escribí sobre el Gaucho están inspiradas en él. Juan expresaba para mí algo que quedaba entre la rebeldía y la solidaridad, entre la supervivencia y la no resignación a vivir bajo la bota de otros.

Juan se murió de un ataque al corazón el domingo. Anoche, después del entierro, su casa se incendió. Dicen que no quedó nada. Yo me enteré hace quince minutos.

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