Dario

Se van a cumplir seis años de la muerte de Dario y Maxi, los piqueteros asesinados por la policía en el Puente Pueyrredón. Quizás muchos ya no los recuerden, pero en algunas zonas del conurbano siguen siendo bandera. En el barrio donde militaba Darío Santillán, los murales, una biblioteca y una calle llevan su nombre. Algunos se lo tatuaron en el brazo, y hasta hay gente como Mabel, que asegura que se volvió santo.  A otros todavía nos cuesta un poco hablar del símbolo en el que se convirtió Dario. Yo, por ejemplo, lo conocí en pleno auge de los movimientos sociales, después del estallido del 2001, cuando los piquetes los hacían los que pasaban hambre. Nuestro primer encuentro fue en Enero de 2002. Llegamos a su barrio con algunos periodistas y fotógrafos de medios alternativos, porque Darío nos había desafiado: hay que mostrar, decía, el verdadero rostro de los cortes de ruta. En esos días la imagen de la capucha y las gomas quemadas inundaban las pantallas de televisión. Nuestra idea era contar que detrás de eso había gente que quería trabajar. El Barrio La Fe, donde Darío nos había citado, queda cerca de la estación de Monte Chingolo, en Lanús, y era su lugar de militancia con el Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD).


Dos semanas después de conocernos, Darío llamó a mi casa a la una de la madrugada. En la Fe estaban tomando tierras para construir viviendas, y había una amenaza de desalojo. “Necesitamos”, dijo, “que vengan a cubrir esto urgente, nos pueden reprimir en cualquier momento”. La verdad es que viajar hasta el fondo de Lanús a esa hora y con una cámara al hombro no era un buen plan. Pero por esos días en mi casa paraba una italiana que estaba medio enamorada de Darío, así que su amor y mi sentido de la responsabilidad inclinaron la balanza. Convencimos a un remisero para que nos llevase hasta la entrada del barrio, a condición de que le paguemos antes de llegar y bajásemos con el auto en movimiento.

Esa noche no pasó nada. Después de varias rondas de mate dormimos en una carpa hecha de bolsas de consorcio. Ni bien amaneció entendí donde estábamos: en medio de un basurero, rodeado de carpas y patrulleros de la policía bonaerense. Cada rancho de nylon o arpillera era una parcela en la que viviría una familia. Dario también tenía la suya: era una montaña de basura, en la que había plantado una bandera argentina. Todos lo cargaban por  haberse elegido el peor lugar, quizás como forma de demostrar que no quería sacar ventaja. Yo no me reí: tenía ganas de putearlo, pero el clima épico en el que vivíamos me convenció de no hacerlo. Eran días en los que cualquier cosa hecha en nombre de la solidaridad nos llenaba el alma. En el fondo, todos disfrutábamos de esos pequeños sacrificios.

2

El que a veces lo puteaba con ganas era el Rengo Carlos. Se querían bastante, pero cada uno tenía su carácter. Carlos tenía la edad del padre de Darío y había llegado al barrio en el 85, cuando todavía era un caserío sin nombre. “Me dijeron que daban terrenos”, cuenta, “así que vine a hablar con el puntero de la municipalidad. Ellos usaban la tierra como botín político. El puntero me preguntó si era peronista, y como le dije que sí marcó una parcela con cuatro palitos y me dijo tomá, es tuya”.  Los del MTD, con sus propuestas de organizarse en asamblea y cortar las rutas llegaron mucho después, cuando estaban por terminar los 90’ y el desempleo era una peste que asolaba el Gran Buenos Aires. Al principio, el Rengo Carlos los miraba de reojo. Se consideraba un ‘militante desocupado’: alguien que quería hacer cosas y no sabía con quién. En uno de los primeros intentos de tomar tierras, allá por el 2000, la policía  se llevó preso a medio barrio. Eran las 6 de la mañana y el Rengo agarró la bicicleta y fue hasta la iglesia para que los curas paren la represión. Casi ni le abrieron la puerta. Unos años después, se acercó a una olla popular del MTD.

No le costó volverse uno más. El Rengo y sus compañeros son capaces de convertir un lavarropas viejo en un horno, o pedazos de hierro oxidado en un subi-baja para los pibes del barrio. Cuando los del MTD decidieron construir alternativas propias, él no lo dudó: se metió a montar un taller de herrería, a enseñarle el oficio a otros y construir herramientas para el movimiento. Uno de sus primeros trabajos fue arreglar un molde para fabricar ladrillos. Dario y otros pibes se habían propuesto armar una bloquera para construir las casas que faltaban en el barrio, y el Rengo les dio una mano para poner la máquina a punto. En esa época se volvieron a pelear, porque al Rengo le molestaba que Darío hiciese sentir su energía abrumadora todo el tiempo. “Él venía”, dice el Rengo, “y enseguida empezaba que voy a buscar la comida, a cortar el pasto, a conseguir madera. Y entonces discutíamos”. El diálogo se retomaba después de un abrazo, o a partir de pequeñas anécdotas de la convivencia cotidiana. Yo creo que en el fondo chocaban porque eran iguales: dos tipos inteligentes, firmes en sus ideas, con diferente edad pero con el mismo celeste en los ojos y la misma personalidad cabrona.
3

Del 26 de Junio del 2002, el Rengo tiene grabada la imagen de Dario en el tren, sentado en la puerta y sin pañuelo para cubrirse el rostro. Recuerda también a la mujer que se acercó y le dio un gorrito para que se tapara. Y que después, cuando llegaron a Avellaneda, Darío se fue adelante para comprobar que toda la zona estaba infectada de milicos. Como no volvía, el Rengo también se adelantó a ver como estaba el escenario, y se lo cruzó en el camino. Esa fue la última vez que se vieron.

Cuando las columnas avanzaron, el Rengo Carlos intentó convencer algunos de sus compañeros para que no se movieran. Ya era tarde: el piquete de aquel día era una acción de varios movimientos que se proponían cortar por primera vez todos los accesos a la Capital Federal. Allí, con las columnas marchando sobre el puente, no era mucho lo que se podía cambiar. “Avanzamos”, recuerda el Rengo, “y cuando los canas se abrieron, yo dije ‘acá nos hacen mierda’. Y nos hicieron mierda nomás”.  A partir de allí fue todo retroceder, volver desde el Puente hacía la estación de Avellaneda, con policías, gendarmes y prefectos que venían de atrás tirando con todo.

A la altura del Carrefour, el Rengo vio que había un pibe tirado en la calle, ahogado por los gases. Se acercó a ayudarlo, y cuando estaba por agacharse sintió un golpe en el hombro. Se tocó la campera y vió que tenía un agujero. Le habían dado un balazo de plomo, de la misma ráfaga que mató a Maximiliano Kosteki. El Rengo atinó a mover los brazos para comprobar si le habían reventado un tendón. Estaba entero. Ayudó a levantarse a su compañero y se dijo a si mismo, “hasta acá llegué, retirada”. En la carrera pasó por la estación de Avellaneda y llegó hasta los Siete Puentes. “Paré en una estación de servicio”, cuenta,  “y me encontré con otros compañeros. Les dije loco, esto ya está, vamonos a la mierda. Pero los otros querían esperar a los de seguridad. Convencí a otro y nos fuimos”. Cruzaron el puente y consiguieron un remis.

Al llegar a su casa le dieron la noticia: había dos muertos, decenas de heridos de bala y cientos de detenidos. El Rengo estaba preocupado por saber quienes eran, pero también sentía la sangre que le había manchado hasta las piernas. Le pidió a su hijo que agarrase una pinza de depilar y que le saque el plomo del hombro. Sabía que ir a un hospital con una bala adentro es exponerse a caer preso, pero el perdigón no salía, ni con una pinza ni con un tramontina caliente, así que fue a visitar a la enfermera del barrio, y por ella consiguió un contacto para que le hagan una placa sin registrarlo en el hospital. Cuando volvió, le dijeron que uno de los muertos era Dario Santillán.
4

Mientras todos escapaban, Darío volvió sobre sus pasos. Alguien había gritado que la gente que se refugiaba en la estación estaba encerrada, y él decidió ayudarlos. Llegó al hall y se encontró con un grupo que rodeaba a un pibe que estaba en el suelo: era Maxi Kosteki, que todavía respiraba. Darío se  acercó, una mujer abrió las ventanas del hall para que corriese aire, y desde afuera llegaron los ruidos de la policía que avanzaba por Av. Pavón. Era el grupo de infantería y la banda del comisario Franchiotti, con algunos policías de civil y otros uniformados. Uno de la infantería disparó hacia adentro de la estación. Nueve perdigones de plomo dejaron su huella en una de las ventanas y en el hall todo se volvió caos. Darío se impuso a los gritos: salgan, le dijo a sus compañeros, me quedo yo. Los demás obedecieron, y mientras subían a los andenes la policía los despidió a balazos.

Si en los momentos decisivos aflora lo mejor o lo peor de cada uno, la imagen de Darío en la estación es una pintura que resume su vida. Con una mano sostuvo la de Maxi agonizante. Con la otra –desnuda agigantada por el gesto- apuntó a los policías. El comisario Franchiotti, el cabo Acosta y otros dos avanzaron en posición de tiro. Le gritaron que se vaya, pero Darío retrazó el momento de la retirada hasta el final, como si no quisiera dejar sólo al pibe que no conoce pero que está ahí, muriéndose en el piso. Solo cuando vió que no tenía opción, se levantó y retrocedió. Los policías le dispararon por la espalda. Darío cayó a los pocos metros. Franchiotti se acercó. Lo pateó, lo insultó, le gritó que se levantara. El principal Quevedo y el Cabo Colman, que habían visto todo, lo agarraron de la campera y lo arrastraron hasta la calle. Cuando lo subieron a una camioneta de la policía, Darío ya estaba muerto.

5

Las semana que siguió al 26 de Junio no dormimos. El gobierno de Duhalde y varios medios de comunicación quisieron hacer creer que los muertos eran parte de una ‘interna piquetera’ que se había resuelto a los tiros, y que la policía no tenía nada que ver. Con el correr de las horas, las imágenes y los testimonios terminaron por imponer la verdad. Duhalde, que había querido disciplinar a balazos a los movimientos sociales, terminó por convocar a elecciones anticipadas. Nosotros trabajábamos en la redacción de Indymedia, un medio alternativo desde el que intentábamos contrastar las versiones oficiales sobre la masacre. Había tanto material fílmico y fotográfico que todos los días descubríamos algo nuevo. Vimos imágenes de decenas de reporteros, de militantes que habían filmado y de los canales de televisión que mostraban policías que recogían las vainas servidas,  gente que en medio de la represión gritaba el nombre de Darío, fotos que probaban como habían sido los asesinatos. Todo ese material después fue usado por los peritos para demostrar las culpabilidad de Franchiotti y Acosta, que fueron condenados a cadena perpetua.


Los compañeros de los asesinados –que rebautizaron como Frente Popular Darío Santillán a la organización de la que formaba parte Dario- se preocupan por mantener viva la memoria, y nunca dejaron de reclamar es que se castigue a los responsables políticos de la represión, los que dieron la orden de matar. Cada mes se congregan en la estación, a la que han convertido en una galería de arte político. Con tanta insistencia, que los custodios del ferrocarril ya no se animan a desarmar las obras que mes a mes montan allí. Hasta los carteles que decían Avellaneda,  ahora anuncian que estamos en la Estación Darío y Maxi, despistando a los que todavía no saben que fue rebautizada de hecho.

6

Yo volví a la estación hace un año. Bajé del tren y en el hall me encontré con una mujer que rezaba con las manos en alto. Se llamaba Mabel y estaba descalza. Ella, lo supe después, es la autora de los poemas escritos con birome que aparecían pegados en la estación, y que declaraban que Darío se había convertido en el Patrono de los Piqueteros. Sus versos, fotocopiados y pegados con engrudo en los árboles de la estación, se hicieron conocidos entre los piqueteros y la gente que pasa por allí. Uno de los primeros que leí decía:

San Darío del Andén

sin sotana ni uniforme

fuiste elegido por dios

para luchar por los pobres

mártir y héroe piquetero

bendito sea tu nombre.

Mabel es Hare Krishna, y sobrevive vendiendo sahumerios. Su relación con la estación de Avellaneda empezó el mismo 26 de Junio de 2002, cuando prendió la televisión para ver la hora y por casualidad  vio en Crónica TV que habían matado a dos muchachos. Uno de ellos, lo supo enseguida, era Darío Santillán, su ‘Angel reparador de sueños’. Mabel dice que lo había conocido dos años antes, en la calle, y que hasta ese día no estaba enterada de que era piquetero. Nadie sabe si es cierto ese extraño cruce, pero la mayoría se rinde ante la ternura de sus ideas: Mabel asegura que Darío se ganó un lugar en el santoral:

Siempre buscando qué dar,

hasta la vida diste

vos que parabas la lluvia

y multiplicabas la sopa

con tu garrote y pañuelo

parabas las balas en plena lucha.


Para reconciliar a la religión Hindú con su nueva creencia, Mabel obligó a los dioses de Oriente a protagonizar ‘piquetes celestiales’. Puso en primer plano a Nirismha, un dios con cuerpo de hombre y cabeza de león, cuya misión es proteger a los débiles. Con esa figura, y un mantel tejito en macramé, armó un pequeño altar. Cada 26 lo coloca sobre el monolito que recuerda a Darío y a Maxi en la estación, y allí realiza su ritual personal.

No se que es lo que me atrapa de sus ideas. Creo que Mabel recolecta los elementos fundacionales para un mito popular. Deposita en Darío los milagros cotidianos que los pobres de antaño atribuyeron a los bandidos rurales, y eleva al terreno sobrenatural las mejores cualidades del militante. Esa creencia de Mabel vuelve a Darío tan santo como los gauchos bandoleros y libertarios que poblaron el litoral y que fueron, como él,  asesinados a traición por la policía. Tan santo como Antonio Gil, Poncho Verde, Yaguá Pirí, o el Gaucho Lega, matrero justiciero cuyo cuerpo, descosido a balazos en 1906, fue paseado por la policía durante dos días atado a las ancas de un caballo. Su viuda contó que  hicieron eso para demostrar que no era gratis estar del lado de los pobres, pero que después de aquella humillación, el cadáver de Lega se levantó para lanzar un sapucay post mortem. Un grito parecido a la mano que levantó Darío en el último minuto. Un gesto que lo unió a la tradición de muertos incómodos, esos que se resisten a ser borrados de la historia.

(parte de este artículo apareció en la revista La Mano de Junio 2008)

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