Una planta prohibida

Los Guaranies dijeron que la planta era un regalo de Tupá, el dios del bien. Pero no hubo caso: en 1595 el gobernador Caballero Bazán mandó a quemar toda la que se encontrara y prohibió circular cerca de cualquier plantación. El Padre Pedro Lozano dio los fundamentos. La planta, dijo, “es el medio más idóneo para destruir al hombre y volver miserable a la comunidad”. El Padre Francisco Díaz también lo había advertido. “Las propiedades afrodisíacas de esa asquerosa zuma”, escribió el cura, “han hecho que el exceso haya llegado ya a la costa y otros muchos lugares de Europa, por lo que es sentir de la Iglesia que, por el instrumento de algún hechicero, ha sido inventada por el demonio”. En 1611, Martín Negrón dispuso que se castigara con 100 latigazos a los indios y con 100 pesos a los españoles que encontrara con hojas de la planta en su poder. En 1612, la Inquisición condenó el hábito de su consumo como “una superstición y un vicio tan sin freno, capáz de arrastrar a todo el pueblo”. En 1613, Hernando Arias de Saavedra, subió las multas a 15 días de cárcel o quinientos pesos. Recién con la llegada de los Jesuitas la situación cambió. Como ya no se podía evitar el consumo generalizado, los Jesuitas hicieron el primer intento de controlar y monopolizar la producción, iniciando así el camino de la legalización de la yerba mate.

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