Más falso que control policial en Camino de Cintura

Sucedió el 22 de Enero de este año. Los pocos medios que publicaron la noticia sugirieron que era un ajuste de cuentas entre inmigrantes bolivianos. Aunque sin dar detalles, sembraban dudas sobre porqué habían matado a Maruja Canaviri Micacio, una mujer de 29 años que fue asesinada mientras volvía de La Salada. Esa noche, Maruja y su marido Gastón U. habían vendido unos 400 shorts, y regresaban a su casa por Camino de Cintura a las 5:30 de la madrugada. A la altura de Esteban Echevarría, desde un Peugeot 504 le mostraron una placa policial y les ordenaron estacionar. El matrimonio creía saber como actuar en estos casos. “Es que ya nos habían robado varias veces”, explica Gastón, pero enseguida se rectifica. “En realidad”, dice, “no eran robos. Por lo general, la policía nos paraba, decía ‘dame la plata’, yo les decía ‘no la tengo, se la llevó mi primo’ y les mostraba la billetera. Siempre tenía 300 o 400 pesos para darles y dejarlos tranquilos”.


En La Salada hay tres ferias: Urkupiña, Ocean y Punta Mogotes, con cerca de 15.000 puestos que venden ropa, zapatillas, cds y accesorios. La mayoría son pequeños fabricantes familiares. Varios de ellos se dedican a vender imitaciones de marcas conocidas, lo que en la jerga textil se conoce como “hacer marca”. Con la excusa de que es una actividad ilegal, y aprovechando el miedo, muchos feriantes bolivianos suelen ser víctimas de controles policiales tan falsos como la ropa que fabrican. “Una vez nos pasó”, recuerda Gastón, “que me agarró la policía, y me dijeron ‘nosotros sabemos que vos haces marca’. Como yo no les daba plata, ellos querían ir a mi casa. Con mi mujer les rogábamos que no. Cruzamos el puente La Noria y llegamos hasta Av. Roca. Ahí les ofrecí 500 pesos y me dijeron que era poco, que vayamos a mi casa. Me puse malo en ese momento. Les dije, ‘hagan lo que quieran, y vos Maru andate a Bolivia. A mí que me lleven, que me denuncien’. Entonces un policía me dijo: calmate. Dame 800 y te dejo ir”.

Desde aquel día acordaron que cuando los parase la policía, ella debía esconder la recaudación y él se encargaría de negociar. El 22 de Enero, cuando los pararon en Camino de Cintura, hicieron eso: Maruja guardó la plata entre sus ropas y Gastón calculó cuanto dinero tenía en la billetera. Pensaba ofrecerles $ 150. Los hombres se acercaron al auto y le pidieron los documentos.“Les mostré los papeles”, recuerda Gastón, “y ni los vieron. Uno me dijo ‘no, dame la platita de la feria’”. Mientras iniciaban el ritual del tira y afloje, Maruja escuchó una sirena de ambulancia. Decidió bajar y pedir ayuda. Gastón la oyó gritar y enseguida el sonido seco de un disparo. Después, lo golpearon en la cabeza y todo se nubló. Cayó al piso,“sin perder el sentido pero acalambrado”, y sintió como le palpaban la cintura mientras discutían que hacer. Cuando logró pararse no había nadie. Unas horas después, a pocos metros del lugar, encontraron el auto abandonado en una zanja. Adentro estaba el cadáver de su mujer: le habían dado un balazo en la cabeza.

-Control policial

Aún hoy, Gastón no sabe si fueron víctimas de ladrones disfrazados o si en verdad eran policías. “Cuando bajaron”, dice, “se venían acomodando la gorra y me mostraban sus placas: eran blancas, medio brillantes. Después, en la comisaría, me mostraron que las suyas eran medio doradas. Pero no podría decir si eran policías o no”. La duda tiene bases sólidas. Cada Miércoles y Domingo, cuando abren o cierran las ferias de La Salada, en las inmediaciones de Puente La Noria el panorama es similar: autos y hombres de civil con chaleco y gorra de Policía Federal, parando a los autos, micros y camionetas que transportan ropa o compradores. Omar G.-su nombre completo se reserva- cuenta que llegó a pagar hasta $ 500 por pasar un bulto de ropa. “Yo les quería dar $ 200, y me dijeron no: $500 o te quedás. Si me sacaban la mercadería y no vendía nada perdía más plata, así que no tenía opción. A los bolivianos, aprovechando que tienen miedo, los pelan. Hay tipos a los que le han sacado hasta 15 lucas”.

Por lo general, explica Omar, ni siquiera es necesario que a uno lo paren en el camino: los cobradores van directo a las ferias, y recorren los puestos cuaderno en mano. “En la Ocean”, dice Omar, “pagás 7 coimas de $10: Lomas, Puente la Noria, la brigada de la Federal y la de provincia, y dos más que no se que son…capaz es alguno que se avivó y se hace pasar por policía”. Gonzalo F. vende ropa en Urkupiña. Es boliviano y también ‘hace marca’. Su relato es similar al de Omar. “Viene un policía de civil y te dice ‘vengo a cobrar marca, somos de tal lugar’. Se pagan setenta u ochenta pesos por feria. Como rumor se dice que si no pagás después te cae el allanamiento”. En Punta Mogotes, la situación es distinta. “Acá no vienen a cobrar”, dice Jorge Castillo, administrador de esa feria, “porque los sacamos volando. Está mal vender marca, no tendrían que hacerlo. Pero cuando vienen a hacer un operativo por la ley de marcas, tienen que venir con un juez”.

Uno de los blancos preferidos de estos ‘controles’ son los tours de compras venidos desde el interior del país. Los cientos de micros y combis que llegan dos veces por semana, cuentan las coimas como un costo fijo del viaje. De ida, cada pasajero debe poner entre 10 y 15 pesos. De vuelta, el precio se puede multiplicar. “Son gente que viene desde el interior con $ 2000 en el bolsillo”, explica uno de los feriantes. “Hacen un viaje enorme para ganarse 300 o 400 pesos. A esos los paran en la General Paz para pedirle la boleta y los hacen juntar $ 50 a cada uno”.

-Renunciar a la justicia

Gastón y Maruja se habían conocido doce años atrás, cuando él era costurero y ella ayudante en un taller textil. Se enamoraron en la época de la convertibilidad, y entre los dos lograron comprar máquinas e independizarse. “Trabajábamos desde las 3 de la madrugada”, dice Gastón, “pero nadie nos obligaba. Lo hacíamos porque queríamos progresar”. En los últimos años, se turnaban para dormir: mientras uno cosía, el otro descansaba. Ahora Gastón está solo y no sabe que hacer. Sus hijos – uno tiene 8 y el otro 5 – no saben que la madre está muerta. Vestido de negro, Gastón empezó a trabajar otra vez y dejó de participar en la morenada donde bailaba con su familia. También renunció a buscar justicia.“Vinieron del consulado”, dice, “y me preguntaron que necesitaba y yo les dije que nada. Me ofrecieron un abogado, pero no quiero que me pasen más cosas”. A pesar del dolor, sigue primando el miedo. Tanto, que prefiere usar otro nombre para dar la entrevista. “Y hablemos con cuidado”, pide, “sin tratar de molestar a ningún comisario, porque si molestamos se van a enfurecer, y me van a venir a joder en la feria”.
La causa por el asesinato de Maruja está en los Tribunales de Lomas de Zamora, a cargo de la Unidad Funcional de Instrucción 12. Según una fuente judicial, en la fiscalía decidieron separar de la investigación a la Comisaría 3ra. de Esteban de Echevarría. Es que allí, dicen, nunca se cansaban de retrazar las pericias.

(Artículo aparecido en el dominical “Miradas del Sur”)

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