El jardín de los secretos

Somos invasores tímidos. Nos amedrentan las paredes blancas, los muebles sin polvo, la decoración perfecta. Y también la dueña de todo eso: Lucía, esa mujer tan fina como cada uno de los detalles de su casa. Ella tiene 31 años, es linda sin fisuras y está casada con un productor de publicidad al que le va muy bien. Vive en una casa de dos pisos en Nuñez, y goza de mucho tiempo libre. Tardes enteras que divide entre un gimnasio con centro de belleza incluido, estar con sus amigas y hacer alguna que otra artesanía si le vienen ganas. “Hago vida facil” confiesa, “mi viejo tiene un restaurant y yo le llevo la parte administrativa. Soy mecánica dental por hobbie, porque todo lo que sea artesanía me interesa. Los cuadros que ves en casa los hice yo”.


Si se le puede achacar algún defecto, es que no sabe de plantas. Con seis ejemplares de genética Jack Herer y una terraza con sol todo el día, apenas alcanzó a cosechar dos tuppers de cogollos. “Empecé porque mi hermano me regaló semillas. Ahora él se fue de viaje y me dejó una botella con el ph del agua medido. Él tiene un timer, es casi un laboratorista. Yo no, no me estreso”.  Mientras vivió sola,  tuvo 11 macetas contra el ventanal de su departamento, llenando de olor a porro todo el edificio. Hace dos años, cuando se casó, las plantas encontraron lugar en la terraza conyugal. “Al principio, las ponía a la mañana de un costado y a la tarde las movía para que sigan teniendo sol. Eso hasta que pasó lo de Liz, y me hizo dar cuenta que hacía muchas cosas sin sentido”.

Liz es la mucama. Tiene 46 años y llegó desde Paraguay hace tres, con su generosidad guaraní y sus hijos a cuestas. Consiguió trabajo en lo de Lucía gracias a un una amiga, y durante casi dos años guardó silencio. Una tarde, Lucía la encontró tirada en el piso de la terraza, analizando las hojas de la planta como un mecánico mira el chasis de un auto. Le preguntó que hacía, y Liz se levantó con una sonrisa. “Yo sabía que les estaba pasando algo”, dijo.  En la mano, recuerda Lucía, “tenía  unos gusanitos chiquitos y verdes, que crecen debajo de la hoja. Mientras se los sacaba, aprovechó para decirme que el problema es que yo corro las plantas todo el tiempo, que las ando llevando de acá para allá”.

En teoría, Liz no conocía que para que eran las plantas, y tenía instrucciones precisas de cómo tratarlas. Lucía no podía aceptar que a ella, fumadora de tantos años, le vengan a dar clases. “Soy media terca, y le discutí un poco lo de moverlas por el sol. Y ahí me contó. Me dijo ¿viste que yo cuando era chica ordeñaba las vacas? Bueno, mi abuela tenía también un campo de marihuana. Yo me crié plantando esto”.

Desde aquel día, Liz dejó de ser sólo la mujer que limpia. Ahora es el ama de llaves del jardín de Lucía.

-La niña verde

Liz tiene 46 años y un corte de pelo a lo Amelita Baltar. Nació en Asunción, pero se crió con su abuela en Villa Rosario, a 20 horas de colectivo de allí. Villa Rosario queda en el departamento de San Pedro y está signado por el Rio Paraguay.  Allí, desde los 7 años, en plena dictadura de Strossner, la pequeña Liz y su abuela plantaron marihuana escondida entre el algodón, los plátanos y los cañaverales. Era una tradición familiar, mantenida por las mujeres de la familia. En las buenas épocas, se cosechaba cuatro veces al año y vendían toda la producción en el Mato Grosso do Sul. “Viajábamos”, recuerda Liz, “en una flota mercante , un barco de 7 pisos y llevaba turistas. Todavía hoy existe ese barco, pero está en un museo. Nosotros íbamos con la mercadería disfrazaba en el equipaje, hasta mil kilos sabíamos llevar. Nos bajábamos en un puerto clandestino y usábamos chalanas. Cuando llegábamos a Brasil había que coimear a la gendarmería.”


Esos viajes se repetían cada tres meses. El resto del tiempo lo pasaba en la granja, entre plantas y animales. Allí los días empezaban a las 2 de la madrugada. Liz ordeñaba las vacas y veía como llegaba gente para cosechar la marihuana. A las seis, cuando empezaba a clarear, el producto tenía que estar listo y camuflado con mandioca u hojas de maíz, simulando ser alimento para ganado. “Se cosechaba a mano”, recuerda ella, “se cortaban la ramas grandes y se podaba, siempre antes del amanecer. La planta tenía que quedar de 20 centímetros para que después vuelva a crecer”.

El procesamiento se hacía en el fondo de la casa. Los sábados, único día sin ordeñe, se prensaba lo cosechado con maderas y un trinquete, hasta sacar toda la savia. Allí se dejaba 15 días. El proceso de secado, para que sea rápido, no se hacía al sol sino a fuego lento, con una fogata que se prendía a metro y medio de la cosecha.  Después había que envasar. “En aquella época”, recuerda Liz, “para envolver se usaba papel de madera, no se usaba plástico. Y para que el producto rinda más se hacían algunas trampas. Allá se usaba la yerba buena, una planta alucinógena, casi como la marihuana pero chiquita. Se le ponía para disfrazar el olor fuerte que tiene, porque huele a menta. Mi abuela no hacía más que eso”.

-La abuela vuela

Durante la charla, Lucía prende el porro que descansaba sobre un cenicero, souvenir de algún viaje por Ámsterdam. Son flores que huelen bien, como todo lo que nos rodea. Liz dice que ella no fuma más, que dejó hace unos cuantos años.  “En el campo fumaba”, dice, “porque me levantaba a las 2 de la madrugada y tenía que aguantar hasta las 7 de la tarde, así que fumaba por eso. No por diversión. En el campo la única diversión era ir a misa los domingos”. Eso era cuando tenía 12 años. Durante toda la semana, a las 6:30 terminaba de ordeñar las vacas del corral, desayunaba a la pasada y se iba a al colegio caminando o a caballo. “En el colegio”, recuerda Liz, “fumábamos porro puro, que nosotros nos traíamos de la casa. Mi bisabuela también lo hacía. Toda la vida fumó su porrito, y murió de muerte natural. Ni ella ni mi abuela jamás tuvieron que ir al médico”.

La abuela también fumaba una mezcla de tabaco negro, marihuana y miel. Liz sabe la receta de memoria, porque era la encargada de prepararlo. “Se mezclan savia y hojas de marihuana, un poco de flor, y se pone sobre una hoja de tabaco negro seco y mojado con miel de abeja. Se enrolla bien fuerte, se ata y se deja 15 días. Eso te hace volar. Mi abuela lo fumaba a las dos de la madrugada, antes de salir a trabajar, y lo volvía a hacer a las seis de la tarde antes de acostarse. Y dormía como una santa”.

Liz nunca comprobó el gusto de ese preparado, porque su abuela decía que era malo para su salud. En cambio, se llevó consigo otras de las grandes pasiones de la vieja: la amapola. “En el norte se conoce mucho”, dice, “pero no se planta mucho porque no tiene mercado. Mi abuela la plantaba para ella, le encantaba. Y no le fue mal: murió a los 98 años, y hasta el último año viajaba a Brasil sola”.

Ya de mayor, en Asunción, Liz siguió su ejemplo. Trabajaba 18 horas diarias en un frigorífico donde envasaban comida congelada. Su tarea era estar adentro del freezer. “De ahí no podés salir”, recuerda, “entraba con el traje térmico, como de astronauta, y a las 6 de la tarde me daba un escape, tomaba un té de amapola y volvía a trabajar. Cuando había pedidos grandes nos quedábamos hasta 24 horas sin dormir. La amapola era la única forma de mantenerse despierto. Nos hacíamos un tecito para disfrazarlo, directamente de la flor. Ahí no había cansancio, no había nada. Con la amapola te subís a un coche, manejás a 150 por hora y sentís que es despacio”.

En Argentina dejó de tomarla, más que nada por sus hijos. Pero no entiende como no se ven plantas por estos lados.  “En la flor está la semilla”, dice, “Incluso si vos traés una ramita y la pones en tierra fértil, también prende. Es como la tuna, que crece en cualquier parte”.

-Jardines porteños

Alguna vez fue a visitar a su prima, a la que llamaban “La Reina del Norte”. No le tentó ser como ella, una mujer de pantalones ajustados y metralleta siempre a mano. Los sembradíos de marihuana con límite detrás del horizonte son una forma de vida de la que no se puede salir facil. Liz eligió otra cosa: sus hijos, sus maridos, su propia historia. A los 18 tuvo que dejar el campo de su abuela para salvar el pellejo. “Cuando hay riesgo de vida, hay que salir. Viene a ser popular uno entre la gente, porque ya  se sabe de que trabajas, y entonces hay que salir. Por eso me fui a la capital”.

Allí empezó una nueva vida. Muchos años después, tuvo que venir a la Argentina. La empujó un problema familiar: “una cuenta del pasado”, se lamenta Liz, “que vino a cobrarse con mi hijo”. Al principio no le gustaba estar aquí, se quería volver. Pero después se entreveró con sus paisanos, que intentan mantener a la comunidad unida, y le agarró el gustito a Buenos Aires. “Nosotros”, dice,  “hablamos Guaraní en cualquier parte. Si me encuentro a un paraguayo en la parada del colectivo vamos a hablar en Guaraní, y si tenemos que cargar a alguien sin que lo sepa, también”.

Es una picardía sana, la misma que le permitió convivir con el jardín de Lucía sin abrir la boca. Ahora se recuerda y rie. “Varias veces tenía ganas de decirle, pero después me quedaba callada. Pensé que no las quería a sus plantas, las veía tan maltratadas, tan descuidadas. Venía y las encontraba en la pieza, y decía ¿para qué será que las mete acá?”.

Una de sus crisis más grandes la tuvo al descubrir que las plantas se habían polinizado. “Allá”, dice, “a los machos los castramos. Cuando empiezan a florecer y te das cuenta que es macho le sacas la puntita de las plantas. Yo no castré las de Lucía porque no quería decir nada. Pero después se pusieron amarillas y caían las hojas, así que le tuve que decir. Si no las plantas se iban a morir”. Ese descubrimiento mutuo hizo que Liz y Lucía se acercaran mucho más. Ambas dicen que para la próxima temporada tienen planes juntas. Ustedes imaginarán. “Con Liz”, dice Lucía, “tenemos una relación increíble. La amo, lo que ella quiere me lo puede pedir que yo se lo voy a dar”.

Me dicen que esa amistad es otro logro de la planta. Que quieren que les diga. Yo siempre sospecho del amor entre empleados y empleadores. Decir que uno es amigo del patrón puede ser algo tan impuesto como el horario de entrada. No le digo nada a Lucía, pero cuando salimos a la calle y nos quedamos solos con Liz, le pregunto cuando hay de cierto en esa amistad. Ella me dice que sí, que está todo bien. “Incluso hace poquito”, me dice sonriente, “me aumentaron el sueldo”.
(artículo aparecido en la revista THC)

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