Masacre en Villa 21, Barracas

En la madrugada del lunes una voz anónima llamó al 911. “En Iriarte y la vía hay un muerto” dijo antes de cortar la comunicación sin dar mayores detalles. En realidad, los cadáveres eran cinco y aparecieron a lo largo de toda la madrugada. Uno de ellos –el de una chica de 15 años- todavía no pudo ser identificado. Al principio se habló de un enfrentamiento entre narcos, pero pronto se supo que las causas eran múltiples y más complejas. A una semana de la masacre hay tantas versiones como disparos hubo esa noche, y una sola cosa clara: no va a ser la última vez que corra sangre.

El viernes por la tarde un pibe de 14 años se paró en Avenida Iriarte, cerca de la vía. Disparó varios tiros al aire con una 45 y se perdió en los pasillos. Un día después y en el mismo lugar, un comerciante paraguayo ligado al traslado de músicos que animan los bailes en Constitución, tuvo una pelea con otro adolescente. Los motivos no son claros: se habla de un mal negocio con una moto, o de un intento de robo. En lo que coinciden todas las fuentes es en que el joven corrió por su vida y que una bala le rozó la cabeza. Más tarde, el padre del derrotado salió a defenderlo a culatazos, pero terminó golpeado y huyó de la misma forma que su hijo.

La pelea no terminó allí. El comerciante se plantó frente al rancho donde estaban refugiados padre e hijo, y prometió venganza. “El mismo sábado –contó a Miradas al Sur un vecino – un grupo de paraguayos empezó a mostrarse con armas, como si buscaban a alguien”. El domingo a la madrugada, la policía encontró los dos primeros cadáveres en la zona conocida como Tierra Amarilla. Uno de los muertos tenía 25 años, y el segundo 40. Era el hombre que había salido a defender a su hijo el día anterior.

El hijo del muerto pertenecía a un grupo de escasa organización, que algunos llaman ‘la banda del mastil’ por el lugar donde se juntan. Son adolescentes de entre 14 y 16 años, comandados por Junior, un pibe de 14 años que está en silla de ruedas por un disparo de un enfrentamiento anterior, y que sería sobrino de un jugador de futbol nacido en el barrio. Lo geográfico como forma de identificarse no es casual. Si en otra época en Villa 21 había bandas con nombre, territorio y códigos claros –hace 20 años los Piratas, por ejemplo, linchaban a quienes robaban a los vecinos- hoy nada de eso existe. Las bandas nacen y mueren en el consumo. “Es difícil-explicó a Miradas del Sur una mujer que convive con ellos- saber quién es de cada grupo. El que hoy está acá, mañana se fue porque le robó a un vecino. El paco borró los lazos de pertenencia”.

-Cuidar el negocio

María Solange Carreño, la Colorada, tiene 18 años. En la madrugada del Lunes una bala le destrozó un riñón. Al lado suyo cayó Eduardo Scala con cuatro balazos. Eduardo andaba por los 25 años. Murió camino al hospital, pero antes agonizó junto la Colorada en la puerta de su rancho. La otra chica que estaba con ellos tenía 15 años. Su cadaver fue encontrado a cinco cuadras de allí, con dos balas en el pecho. Nadie sabe su nombre. Según los vecinos, era de una de las tantas niñas que llegan de otros barrios a comprar paco y se quedan varadas consumiendo. Del quinto muerto, un joven de 18 años identificado como Ezequiel Barboza, no se conocieron detalles.

La Colorada andaba en la calle desde los doce. En el barrio la ayudaron para que haga un tratamiento por adicciones y se rescató, se puso de novia y tuvo un hijo. “Era lo que ella buscaba –cuenta una mujer que la conoce desde niña-pero parece que el amor no llegó a tiempo”. Dos meses atrás, se perdió en los pasillos donde se compra y se vende paco. En los fumaderos conoció a Eduardo Escala, que era señalado como uno de los jefes de ‘la banda de la luna’, no en honor al satélite sino a la calle donde se reunía con sus amigos. Eduardo andaba con la Colorada y con la otra chica que murió el lunes. Solían robarle a quienes se acercaban a la villa a comprar droga y se fumaban el botín. Esa costumbre fue su perdición. “Los grandes tranzas –explicó una fuente del barrio-dieron la orden de bajarlos para cuidar el negocio”. Otra versión indica que le habían robado a familiares de Saltita, uno de los dealers más poderosos de la zona, y que eso selló su destino.

-Continuará

Al día de hoy, nadie logró reconstruir la secuencia del tiroteo. Según algunas versiones, los del mastil fueron usados por los tranzas para eliminar a los de la calle Luna, y en el medio surgió la pelea con el comerciante paraguayo. En la justicia, los testigos son tan escasos como las certezas. No es extraño: en los últimos cinco años los asesinatos fueron 270 y sólo el 20% llegó a juicio.

Las condiciones para que haya más violencia son más que propicias. En toda la villa, habitada por 45.000 personas, no hay escuelas secundarias. Sólo en el sector conocido como San Blas –donde suele escasear la energía eléctrica y no hay agua potable- 175 chicos de todos los niveles perdieron el año porque no consiguieron vacantes escolares. Los vecinos aseguran que lo que sí funcionan son las cocinas de cocaína: hay al menos dos, cuyos desechos alimentan varios kioscos de paco. La comisaría 32, que hace diez días fue denunciada por la prostitución infantil en la zona, es señalada como cómplice. “Todas las semanas –contaron tres fuentes distintas- pasan los patrulleros a cobrarle $500 a cada tranza”.

La situación de los adictos es desesperante. El 25 de Septiembre, un fallo de la jueza Andrea Lamas intimó al gobierno porteño a dar asistencia a los consumidores al paco, a partir de una presentación hecha por los curas del barrio. Cuatro días después, el Procurador de la Ciudad apeló la medida. Mientras tanto, en barrio las organizaciones se arreglan como pueden. La última iniciativa en la que varios grupos se pusieron de acuerdo es en la instalación de una ducha y un ropero comunitario para los adictos al paco. “Así-contó uno de los impulsores de la idea-por lo menos le vamos a dar la posibilidad de que se bañen y cambien para que no les de vergüenza volver a sus casas. Todo lo hacemos con la buena voluntad de los vecinos y las organizaciones del barrio, sin ningún apoyo del estado”.

(artículo aparecido en Miradas al Sur, domingo 12 de Octubre de 2008)

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