La Cava

“Nos soltaron la mano. Esto es una cama”. Era miércoles y el Concejo Deliberante de San Isidro estaba por declarar la emergencia en materia de seguridad. El autor de la frase, uno de los voceros del intendente Gustavo Posse, tenía dos misiones: la primera, evitar que Blumberg –un salvavidas de plomo para cualquier político– saliera en la foto con su jefe. La segunda, convencer a alguien de que los crímenes que habían sacudido a la opinión pública eran una maniobra política contra ellos. Pero, en rigor, nada le salía bien al vocero: Blumberg perseguía al intendente con la agilidad de un atleta, y él no encontraba interlocutores para sus argumentos. Las vecinas concentradas frente a la municipalidad querían cosas más sencillas: sangre, por ejemplo. El concepto quedó claro cuando una jubilada que participaba de la movilización gritó: “¡Que los maten a todos!”, y la gente que la rodeaba se le unió con frases del mismo calibre.

En realidad, la situación en la zona es más que compleja. San Isidro es uno de los distritos con mayor recaudación fiscal del conurbano, pero casi un tercio de su población está bajo la línea de pobreza. En los barrios de clase media y alta, uno de los grandes negocios es la seguridad privada: en las calles con chalets de dos y tres plantas, las garitas de los vigiladotes son parte del paisaje. Muchas veces, esa custodia está manejada por los mismos policías de la zona. “En mi barrio –confió una vecina a Miradas al Sur– vino directamente el jefe de calle y nos ofreció contratar su servicio de vigilancia particular”. La municipalidad, por su lado, paga horas extras a los policías para que patrullen en móviles junto a empleados comunales, y en un mes terminarán de montar 120 cámaras de seguridad en las calles. Esto, sumado a la proliferación de armas en poder de los vecinos, la cantidad de rejas y alarmas instaladas, deberían convertir a San Isidro en una fortaleza. Pero no. “A veces –continúa la vecina– tenemos miedo de que sean los mismos vigiladores los que nos mandan a robar, porque es una forma de disputarse la zona entre ellos. Es tan complicado todo no sabemos qué hacer”.

Ahora, con la seguidilla de robos y el asesinato del ingeniero Barrenechea, el pánico de la gente pedía una respuesta simple. Como las versiones conspirativas eran intragables, hubo una segunda opción que siempre es taquillera: La Cava. La misma noche en la que Barrenechea moría, la policía bonaerense montó un gigantesco operativo en la villa. “Se presume –repitieron todos los medios– que los delincuentes estarían refugiados allí”.

El trasfondo de esa hipótesis era la discusión por la retirada de la Gendarmería del barrio. El propio intendente Posse vinculó el hecho a este factor: la ida de los hombres de verde, dijo Posse, desequilibró la situación. La Cava está rodeada desde el 2003, cuando desembarcaron allí 350 efectivos de Prefectura. En el 2006 fueron reemplazados por Gendarmería, que montó 10 puestos de control, que 15 días atrás estaban siendo desmantelados en medio de una polémica: los vecinos de la periferia del barrio y la municipalidad querían que los gendarmes se quedarán, a pesar de que no le habían dado insfraestructura para que lo hicieran. El crimen de Barrenechea saldó la discusión a favor de ellos. Aunque más tarde se supo que los asesinos eran de La Matanza, en la opinión pública ya se había vuelto a satanizar a los sospechosos de siempre.

El otro lado. La Cava tiene alrededor de 1.900 viviendas y unos 13.000 habitantes. No es la villa más densamente poblada del conurbano –como repiten los medios– ni la más peligrosa de San Isidro: los barrios de San Cayetano y Santa Rita son más violentos, pero no tienen la fama del asentamiento más antiguo del distrito. “La Cava –señala Jorge Alvarez de Iadepp, una organización con diez años en la zona- dejó hace mucho de ser el centro de la inseguridad en San Isidro. Es un lugar en donde trabajamos varias ONG, la iglesia y otras organizaciones–.

Con respecto a la Gendarmería, la simpatía ante su presencia se diluye a medida que los pasillos se hacen más angostos. Graciela nació en el barrio, tiene 11 hijos y una certeza: “Si te da miedo vivir acá –dice– no hay otra: agarrá tus cosas y andate”. Mientras acude a la cita con Miradas al Sur, en su pasillo hay un tiroteo entre dos bandas rivales. La Gendarmería ya está otra vez instalada en el perímetro del barrio, a pocos metros de allí. “Pero ellos –se queja la mujer– están para cuidar la frontera. Adentro no se meten ni cuando están matando a alguien”. El lunes, cerca de la casa de Graciela, Ceferiana lo comprobó de la peor manera. Su hijo Rubén Rodrigo Galeano, de 18 años, murió casi al mismo tiempo que Berrenachea, pero su crimen se convirtió en una accesorio de la situación, un número más para hablar de la inseguridad. En una pelea entre pibes del barrio, intercedió el padre de uno de los protagonistas, y a Rubén se la juraron. Por la noche lo esperaron en el pasillo con las luces apagadas. Primero le dieron un tiro por la espalda y, cuando estuvo en el piso, cuatro más. La hermana y la madre cargaron el cuerpo hasta la avenida. Nadie los que quería llevar al hospital, hasta que se plantaron delante de un auto. La familia todavía no reunió plata para contratar un abogado.

Bernarda tiene 8 hijos y 50 años, 46 de ellos vividos allí. Antes trabajó limpiando una casa, pero su patrón la despidió al descubrir su domicilio. Desde hace una década, preside el grupo Sopa de Piedra, que impulsa talleres para jóvenes y un comedor comunitario. “En estos días –se queja– quisieron demostrar que los malos estamos acá adentro y que nos merecemos vivir rodeados”. Bernarda es famosa. Cada vez que un político en campaña llega a La Cava, pasa por su casa. A todos les explica lo mismo: la seguridad no puede tapar los verdaderos problemas. “Si se hace un trabajo en serio –les dice– no necesitamos que nos cuiden. A los pibes hay que darles una oportunidad para que no estén en la esquina, pero cada vez que presentamos un proyecto tenemos que esperar seis meses para hacerlo”. Los políticos la escuchan con una sonrisa preparada para la foto, y luego desaparecen hasta la próxima elección.

(artículo aparecido en miradas al sur el domingo)

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