Alejandro Urdapilleta. “La sociedad tiene su policía de la poesía”

(Entrevista aparecida en la última THC)

A los 22 años limpiaba casas en Londres. En Sevilla se hizo la permanente, se miró al espejo y se sintió hermoso. En Ibiza le inyectaron morfina sintética en el brazo, y se enganchó. En 1978 despertó en el piso de un departamento de Madrid, junto a quince desconocidos. “Esta gente no tiene vocación de nada”, se dijo. “Y yo sí. Yo valgo para el teatro”. Con ese mandato volvió a la Argentina, se desintoxicó por un rato y en los 80 le insufló aire fresco a la escena local junto al mítico Batato Barea. En los 90 lo vimos en televisión con Gasalla y Tortonese, para luego regresar a la tablas generando, sin querer, el mito —para nosotros cierto— de que es uno de los mejores actores de Argentina.

Alejandro Urdapilleta tiene 54 años, vive en un departamento de dos ambientes en el centro de Buenos Aires y huye de la ciudad en un auto con nombre propio. “Siempre —confiesa— busqué los límites”. Pero no lo dice con la impronta de un rock star reventado, sino con la humildad de un chamán urbano, más preocupado por vivir de verdad que por generar ingresos y una carrera respetable. Algo de eso demuestra durante la entrevista: tan cálido como amable, Urdapilleta habla con todo el cuerpo, como si abrazara con las palabras. Conversa como un músico: cada pregunta produce en él una melodía que tiene vida propia, que sólo espera una señal para salir. Toda entrevista con Urdapilleta tendría que ser en vivo, por lo menos con un video y un audio que conserven sus gestos. Esto es lo que hay.


Siempre se te trató como a un genio, y nunca te gustó. Da la sensación de que no le das bola a eso de hacer una gran carrera.

De verdad no creo en la carrera. Yo sé muy bien quién soy, no necesito que me des un premio para que me sienta alguien. Hago lo que se me da la gana. Desde chico es como que busqué la libertad, a lo mejor porque soy hijo de toda la época de Woodstock, de ser libre sexualmente, de decirlo. En todo caso mis luchas tienen que ver con lo cotidiano, con las personas con las que estoy. No soy de una ONG, pero en la vida diaria prefiero ser mejor persona que ser el gran actor.

Y sin embargo lo repiten todo el tiempo…

Sí, pero sabés cómo te cagan también con eso…

¿Por qué?

Porque cuando te van a ver esperan al genio y al gran actor y vos te equivocaste en una y así como te aman te odian. También te tienen miedo, no tienen acceso normal con vos. Vos ves mi casa: tiene 55 metros cuadrados, es chica. Los premios los tengo en el baño. No tengo la cosa del honor, no creo en eso.

Pero te va mejor que a muchos que se la creen.

Porque están desesperados por aparecer y hacen cualquier cosa, aparecen haciendo boludeces y hablando con Mirtha Legrand. Siempre dicen la palabra “realmente” y “maravilloso”… “es una experiencia maravillosa…” ¡dejate de joder! Hay como una especie de careta. Son esos mismos que no quieren aparecer en esta revista y que son porreros que se caen desmayados todos los días del porro que fuman, y no se acuerdan de nada, critican, juzgan a sus compañeros, tienen quilombitos. Matan por llegar al premio, matan por ser… ¿por ser qué? Yo no soy actor nada más. Yo soy actor y además otras cosas. Buena persona, mala persona, me equivoco en esto, me equivoco en lo otro, soy hermano, soy amigo, soy amante, soy vecino. No me define eso, igual que ser puto, ser homosexual. Tampoco soy drogadicto, prefiero no ser nada.

-Se da este fenómeno de que mucha gente no quiere dar entrevistas a THC, quizás para cuidar la imagen. Te dicen que no tienen tiempo, y después aparecen en revistas que no lee nadie.

¿Eso dicen los actores? Mirá, yo te lo declaro: todos los actores fuman porro. Todos. Los mando al frente. La colonia artística es toda porrera. De una.

¿Y como fue tu debut con la marihuana?

El porro que yo fumaba cuando tenía 18 años iba a comprarlo a Burzaco. Una vez compré un kilo y lo traje en tren. ¡Era un fardo!. Con mi amigo otra vez fuimos a comprar en un Mercedes Benz del padre de su novia. El dueño era un alemán del  Graf Spee, que había quedado barado en el Rio de la Plata después de la guerra. Tenía un Mercedes y la novia de mi amigo se lo pidió y fuimos a comprar. Me acuerdo que nos vestimos con pantalón azul, con una camisa. En esa época no fumaba porro nadie. Vos podías fumar por la calle porque nadie sabía lo que era un porro.

Hay una anécdota de un viaje de ácido que alguna vez contante, en Plaza Italia…

Fue cuando tomé ácido por tercera vez.  Era en la casa de un embajador, no sé si de Puerto Rico o de Costa Rica. Me tomé tres juntos. Me subí a un bondi y llegué a Plaza Italia. Ahí ya no veia nada, y tuve alucinaciones. Y bueno, me desnudé. Necesitaba agua y sentí que se paraba el mundo y veía todo como fractal. Entonces vinieron patrulleros y me trataron de agarrar, pero yo estaba en bolas, y me movía con tanta sutileza que me zafaba. Era como una cosa de física cuántica, como si no tuviera materia: me agarraban ocho policías y yo salía corriendo desnudo. Iba de una realidad a otra: estaba en una realidad en la que moría porque había unos soles y unos dioses que me tiraban una piedra. Era como un sacrificio de los Mayas. Me cortaban el pescuezo y me moría en esa realidad. Tuve que volver a esta y estaba con la policía en Plaza Italia. Me habían tirado en el piso y había un médico que me ponía un cosito en el ojo. A lo mejor me habían dado una inyección, no me acuerdo. Y me decían qué tomaste y yo les decía tomé ácido. ¿Y de dónde lo sacaste? Y ahí no yo no decía nada. Me acuerdo que escuchaba atrás de las paredes, escuchaba más de lo normal.

También es muy aleccionador, aprendés mucho…

Yo aprendí muchísimo. El ácido para mí fue como un flash. Ahora fui a filmar una película, hacían fiestas y tomaban ácido y yo decía que no. Para mí un ácido es un señor ácido. Yo le tengo mucho respeto, yo no puedo tomar un ácido “recreativo”.

Cuando hacés teatro tenés que estar concentrado y con mucho estado físico. Ahí no podés hacer ninguna ¿no?

Claro. Tenés que estar con la cabeza bien y con energía. No podés fumarte un porro a la noche y al otro día hacer una función, porque ya perdiste un poco de energía. Tenés que cuidar hasta si hablás mucho por teléfono. Yo porque soy medio loco en ese aspecto, muy obsesivo, pero a mí si me va bien es por eso. Porque hago el trabajo, porque hago los deberes. Si vos me llamás para trabajar o para hacer una obra importante, yo me voy a meter a hacerla importante. ¿Por qué? Porque me gusta eso, me gusta el teatro de verdad, no la pavada.

Cuando hacés cine, ¿también tenés esta cosa de no fumar porro, de dormir bien?

Depende de la película, del papel, del lenguaje artístico que se utilice. Eso es lo lindo, depende del equipo. En cine son muchas personas trabajando para una escena donde estás vos, es una responsabilidad grande. Es lindo eso.

El teatro es más artesanal…

El teatro es del actor, cuando llega el momento de la escena sos vos delante de la gente. Creás esa energía, ese ida y vuelta llevándolos a llorar, a reir. Conservás una línea que te marca el director, pero arriba manejás vos. Es tracción a sangre el teatro. Por eso cuando hago cosas mías, solo, es jolgorio total, y lo manejo como se me canta el culo. Pero cuando tenés un director, yo soy respetuoso: cada escena está medida desde afuera para que coincida con el lenguaje general. No podés mandarte a hacer lo que querés. Es como una carrera de caballos en la que saltás vallas y vas midiendo que una escena no tenga más intensidad de lo que necesita, porque si no te vas de mambo. Es como una búsqueda que está buena, es creativo.

Y después, para qué ir al psicoanalista si pudiste hacer eso…

Yo las veces que fui, la verdad es que los psicoanalistas eran gente muy poco vivida al lado mío. No podés venir a hablarme desde un manual.

Me interesa que hablemos un poco de como fue que te internaron…

Bueno, eso fue un incidente que tuve en el 98. Yo te diría que por acarrear mucho sentimiento y mucha pala, mucho porro y mucho alcohol. Por cuestiones de amor perdí el gusto por la vida y por todo, y me traté de matar.

¿Por un desengaño amoroso?

Sí. Pero a la vez no fue un “ay, me voy a matar” o algo dramático… me tomé como cinco tabletas de pastillas para dormir y tres botellas de vodka absolut. Pero mientras lo hacía, pensaba que me iba a ir a un campo de mi familia en Córdoba, que me encanta.

O sea, no te estabas suicidando…

No, no tenía nada de dramatismo, eso de ver la luz al final del camino. No lloré nunca. Dije “hago el cambio y listo”. Ya estaba harto, vivía en un lugar de mierda, en un departamento donde tenía una vecina que me tiraba pis y jugos extraños debajo de la puerta. Se había enamorado, no sé qué le pasaba. Si yo ponía música en la radio mínima, ella ya me tocaba el timbre, era como el inquilino de Polansky. Y el departamento era así también, era como lúgubre, y a mí me encantaba.

¿Dónde quedaba?

En Canning y Santa Fe.  Es una de las esquinas con más decibeles, de esas mortales que te dejan sordo. Bueno, la cuestión es que estaba atacado por varios flancos.  Yo soy emocional, dramático. Ahora no tanto, pero soy romántico…en esa época leía Baudelaire, Rimbaud, sentía las cosas así. Entonces dije bueno, doy vuelta la hoja y a pasar a otra. Me zampé las botellas y a tomar por culo. Estube como cinco días ahí. Algunos amigos me encontraron y me llevaron a un sanatorio y parece que era como el exorcista, que hablaba con voces extrañas.

¿No te acordás de nada de esos días?

No. Me desperté a los seis días, en un jardín conversando con un tipo que me dijo “¿pero vos te das cuenta que estás internado en un neuropsiquiátrico?”. Entonces ahí dije “¿Cómo?”. Yo estaba conversando como si estuviese haciendo sociales en una quinta, pero estaba en la clínica Guadalupe. Y ahí bueno, llamé y putié a los que me habían internado, y después me prohibieron el teléfono. Me lo prohibió el doctor Kalina, nuestro delicioso doctor Kalina…

Dicen que lo odiás con toda tu alma.

Yo lo odio, lo odio por como es él, es un carcelero disfrazado de señor de Barrio Norte, lleno de tics nerviosos, fijate los tics que tiene. El tipo me dijo después que tuve conversaciones con él sobre la muerte y la vida cuando llegué ahí, que eran muy interesantes. Yo no me acuerdo de eso, porque aparte te empastillan. Antes de las comidas ponés la mano como un perro y te dan la verde, la azul, tres coloraditas, cuatro rosadas…

Y vos ni idea que te daban.

Ni idea. Vos las tomás y quedás así (gestos de convulsión). Pobre gordo Kalina, yo creo que él debería tomar alguna pastilla, seguro que debe tomar. En un momento dado yo estaba en un cuarto en el que me habían metido, salgo a un pasillo y la veo venir… era la época de Panigassi… y veo venir a Roxi Panigassi, que es Mecha Morán, que yo la adoro, y yo le digo “¿Mercedes que hacés acá?”…pero no era, ¡era la mujer de Kalina! Era igual, hablaba igual, se vestía igual. Después tuvimos sesiones, porque hacían cosas, musicoterapia, pegarle al tamborcito, recortar las figuritas. Y yo me puse… era el que mejor cortaba las figuritas, me quería ir a la mierda, y como buen actor que soy, en un momento era bárbaro, era el más sano de todos.

Con tal de irme finjo todo lo que quieran…

Claro, de una. Empecé a meditar en mi cuarto, a la tarde y a la mañana. Estaba mejor que los enfermeros. El problema es que cuando vos te intentás suicidar entra la ley. Vos no salís de ahí si no te saca la ley, porque cometiste un delito. Cuando  me di cuenta de eso comenzó la historia. Tenía una sesión por semana con la forense, una hija de puta. A esa me gustaría botonear, no me acuerdo del nombre ni nada, pero era una perraa, soreta, toda maquillada, era un asco, una mala persona. Te hacía como una especie de interrogatorio policial, y por más que los médicos dijeran que estabas bien, ella era la que decidía si salías o no. Yo salí gracias al Doctor Grande, un tipo que mide un metro cuarenta, que es médico de la Asociación de Actores. El Doctor Grande me dijo “te voy a sacar, porque hay un síndrome que te convierte en un ser dependiente. Te acostumbrás y no querés salir”.

¿Vos te habías acostumbrado?

No, a mí no me gustaba para nada. A mí me gusta la libertad, eso es lo más. Pero empecé a caretear, porque entendí que la mano venía por el lado de hacerse el bueno. Había un enfermero de ojos acerados, que era para una película. Un hijo de puta. Me acuerdo de escenas patéticas. A la noche comiendo con uno al que le habían puesto un chaleco de fuerza y le teníamos que dar de comer a la boca. Llegaba gente sobre todo de merca, muy jugada y loca, brotada. Había uno que le había pegado un martillazo por 70 pesos a un taxista. No sé si lo había matado, pero ese era el cuento. Había gente entrañable. Estabámos presos, incluso había dos policías, porque había uno del caso de la mafia del oro. El pobre tipo había estado preso y había conseguido que lo lleven ahí, y había dos canas todo el tiempo, dos canutos de mierda, horribles, con mala onda, resentiditos, que se reían de los locos, con una onda de soretitos, pero siempre presentes con esa cosa berreta de cana.

¿Y te sirvió de algo estar ahí?

Me sirvió para parar la máquina, pero sobre todo me enteré de toda la cosa legal que hay sobre la locura, que no somos libres para hacer lo que se nos cante el culo. La sociedad tiene su policia de la poesía. Para eso me sirvió, para darme cuenta de que en este mundo no te hagas el loco porque no somos tan libres. Hay una cuestión legal, una red que te caza como un pescado, como una trucha. En el momento que lo supe, cortaba figuritas de la mejor manera. Estuve 20 días, pero se me hacía eterno.

A partir de ahí, decían que algunos te catalagaron de loco.

No fue por eso. El problema es que no soy de la orden eclesiástica, del dogma de los actores. Ahora le dije que no a una película que se iba a llamar Paco y era con Norma Aleandro. Yo no tengo ganas de hacer escenas con Norma Aleandro. No tengo ganas de verle la cara todo el tiempo. Y eso lo consideran de outsider. No es que soy “sho sho sho, el héroe”. Es que me aburre tener que ir a trabjar con ella, o con el señor que hace la película Paco, que es una negrura total y que lo único que quiere es tener un éxito rotundo y ganar todos los Oscar. Basta, yo no quiero hacer esas cosas. Yo quiero, como cuando era un niño, jugar al teatro, pintarme la cara, disfrazarme y nada más. Si me pueden pagar por eso mejor. Yo soy artista, soy persona.

¿Cómo es tu relación con las drogas en este momento?

No fumo más porro. Me saca energía. Si me convidás un porrito en una fiesta no sé si te lo acepto. Como tomó alcohol, a mi edad la mezcla de alcohol con porro me licua el cerebro. Puedo llegar a romper muebles, o hacerte reír mucho, o llorar como un marrano. Me pasan cosas increíbles. Me gusta el porro, pero para fumarlo solo. Tengo que medirme un poco en lo social, porque la gente se ha vuelto muy caretona, muy escricta con su pensamiento. Yo no soy social con la droga, para mí la droga tiene que ver la libertad y el quilombo y la explosión de cosas.

¿Y con la cocaína?

A la merca la dejé hace rato. Si estoy en una fiesta y me convidás un pase, capaz te lo acepto porque me levanta, pero no me gusta. Toda la gente que conocí con merca en un momento empieza a perder cosas. En relaciones, en amor, en gente, en ser y estar. Empiezan a perder sutileza humana. Hablás barbaro, decís todas las boludeces habidas y por haber, pero el corazón se te envilece. Cuando veo a una persona tomando merca digo: cuanto horror hay acá. Cuanto niño esclavo, cuanta violencia, cuantro tráfico, Para desprenderme un poco, me acuerdo que la veía con un remedio. No me gustan los remedios, no por ideología, sino porque no me gustan. Y ahora veo la parte que hay atrás: el traficante, el miedo, el horror, la muerte, las fronteras. Toda esa zarta de cosas producidas por los Estados. Porque ese es otro tema: yo vendería la droga en los centros culturales. La marihuana, por ejemplo, ya es normal, no entiendo que una persona  diga “que horror, fuma marihuana”. Escuchar las boludeces que dice Mirtha Legrand es mucho más perjudicial para la salud. Prendés la televisión y el rayo catódico avanza y te destruye.  Rial, la pelea de la bombacha, toda esa pelotudes.

Comparado con eso, el porro es…

Como un tecito. Tampoco me gusta eso de “uh, fumamos un porrito”. Yo muchas veces digo “no. no fumo porrito”. Me gusta más la droga de la nada. Me gusta mucho el vacío y es lo que estoy probando. No tener nada, nada, nada, ni el alcohol. Cuando  dejo el cigarrillo, el alcohol y todo…estoy tan receptivo que soy como un chico en carne viva. Los sonidos, las cosas me pulsan, me tocan y tengo como una especie de nirvana. Paso de sentirme un niño de 8 años a tener una ira espantosa, como de Genghis Kan.

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