Golpiza y después

Eran tres amigas: Ana, Carolina y Noelia, todas mayores de 30, todas profesionales y conocedoras de sus derechos. El viernes 22 de noviembre, las tres cenaban en el quinto piso de un edificio del barrio de Monserrat. En algún momento de la noche, el tema de conversación fue un paquete que descansaba al lado de la puerta. Ana, la dueña de casa, se había separado siete meses atrás e intentaba, sin éxito, que el ex se llevara sus cosas. A los pocos minutos, como si las hubiese escuchado, el tipo apareció. Abrió la puerta, entró, miró la situación y cuando Ana le pidió que dejase las llaves del departamento se fue sin decir nada. Después de la escena, Carolina y Noelia decidieron quedarse a dormir. No querían que Ana estuviese sola.

A las 5 de la madrugada todas despertaron: el ex de Ana había vuelto. Carolina abrió los ojos y lo primero que vio fue como el hombre golpeaba a su amiga en los odios con ambas manos, en un especie de aplauso furioso y directo al cerebro. Cada vez que Noelia intentaba frenarlo, también ligaba un golpe. Carolina decidió que lo mejor era llamar al 911. Los gritos habían despertado a los vecinos del edificio, pero ninguno salió a ayudarlas.

Cuando llegaron los policías de la Comisaría 4ta el agresor se había ido. Ana y Noelia lloraban. Carolina –la única que estaba ilesa- les pidió que llamaran al SAME. Uno de los policías lo hizo, pero a su modo. “Aquí –moduló por radio-tenemos a dos mujeres con un ataque de nervios”. Carolina intentó explicarle que no, que no eran nervios, sino que habían sido víctimas de violencia. “Da igual”, contestó el agente con gesto de fastidio.

Los médicos del SAME llegaron con la misma idea que la policía: atender a dos mujeres con un brote nervioso. Les ofrecieron pastillas, pero sin decirles que eran. Ana se había lavado la sangre de la cara, no escuchaba bien y le dolía la cabeza. Le explicó eso a los médicos, pero como casi no había marcas externas en su rostro no quisieron revisarla. Para que lo hicieran, dijeron, tenía que hacer la denuncia y después ir a Medicina Legal de Policía Federal. Las mujeres le pidieron que por lo menos dejaran una constancia de su visita. “De lo que único que puedo dejar constancia –respondió el médico antes de irse junto a los policías- es de su estado etílico”. Nadie entendió que quería decir con eso, pero lo cierto es que ellas se quedaron allí solas, mientras el agresor daba vueltas por la ciudad.

Una de ellas recordó la existencia de la Brigadas de Intervención del Programa de Víctimas contra las Violencias. Las brigadas atienden en el 137 y se movilizan en autos no identificables. Están formadas por un trabajador social y un psicólogo que son acompañados por dos policías. El grupo llegó a la casa de Ana media hora después. Durante varios minutos tuvieron que esperar en la entrada: para intervenir, siempre tienen que estar presentes los policías del 911, pero estos se habían ido.

Cuando volvieron los del 911, las psicólogas contuvieron a las dos mujeres golpeadas, y las acompañaron a hacer la denuncia a la Comisaría 4ta. Allí las interrogó el oficial a cargo: para empezar la declaración, les preguntó si “estaban tomando algo cuando todo empezó”, en la misma línea que sus colegas del 911 y el SAME. Ana tuvo que volver a explicar todo lo que había vivido esa noche y demostrar, una vez más, su condición de víctima.

Al terminar la denuncia les informaron que tenían que presentarse Azopardo 660. Allí, en Medicina Legal de la Policía Federal, un Médico Legista corroboraría las lesiones de Ana. Llegaron a ese lugar a las 8 de la mañana, pero no encontraron nadie. Casi una hora después de esperar, las llamó un médico de guardia. El hombre se desparramó en su escritorio. Ana le extendió la copia de la denuncia y el informe de la psicóloga del 137, pero el médico no le prestó atención. Con un gesto, sin mirar a la paciente, preguntó:

-¿Y? ¿Qué pasó? ¿Estaban en un boliche?

-Está todo ahí escrito- contestó Ana, que seguía en estado de shock- No escucho bien. Me pegó en los oídos. Me tiene que revisar.

El hombre estiró el cuello con pereza, miró las orejas de Ana y murmuró:

-A ver que tenés….yo no te veo nada. Vos estás bien.

Para Ana había sido difícil hacer la denuncia, y no quería soportar más maltrato. Le pidió, al menos, un certificado de que había estado allí.

-Ustedes –le contestó el médico- no son nadie para decirme lo que tengo que hacer. Vos venís diciendo que te pegaron, pero resulta que la violenta sos vos.

Indignada, Carolina le preguntó su nombre y matrícula. El tipo arqueó la comisura de los labios para dibujar una sonrisa. Primero intentó echarla del consultorio, pero Carolina no quería dejar sola a su amiga. Así que se paró y dijo: “A vos te voy a hacer meter presa”. Salió del consultorio, cerró la puerta y gritó “¡Seguridad, hay dos mujeres que me están agrediendo!”. Otra vez intervino la policía y ellas tuvieron que explicar la situación, ahora como acusadas. Hablaron con un abogado y decidieron que lo mejor era irse de allí.

El agresor, mientras tanto, se había instalado en la casa de Ana. Cuando Carolina llegó junto a un cerrajero y un policía, el tipo desayunaba mate con pan casero y manteca. El policía tuvo una conversación a solas con él y consiguió que devolviera las llaves. Al rato llegó Ana. El ex se había ido, y el hombre de la PFA le dio su visión. “Es un muchacho agradable –le dijo- conversamos mucho. Que raro que ustedes no pudieron arreglar las cosas hablando bien”. Ana apenas alcanzó a oírlo: más tarde, en el Hospital de Clínicas descubrieron que tenía el tímpano derecho perforado.

(artículo aparecido en miradas al sur)

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