Justicia ciega

Cuando se conocieron, Noelia estaba por cumplir los 16, vivía en Moreno y soñaba con estudiar teatro. Facundo le llevaba tres años y dos cabezas. Hijo de un chapista de La Reja, él era un tipo sin proyectos claros, casi sin amigos, acostumbrado durar un mes en cualquier trabajo. Pero Noelia resultó ser la joven inexperta que anunciaban sus facciones, y él usó eso para convencerla de intentar algo juntos.

Ni bien logró conquistarla, Facundo la sumergió en su mundo. Lo hizo con la violencia de quién obliga a un prisionero a meter la cabeza en un balde de agua. Después de hacerle cambiar el color de pelo, sacarle sus aros y anillos adolescentes -todo era “de puta” a sus ojos- y obligarla a dejar de estudiar, le exigió que dejara de ver a cualquier persona. A veces le decía que se iba a trabajar, pero la seguía a distancia para controlar sus movimientos. El rol de ella estaba predeterminado en sus planes: cuidar la casa y a los hijos que pensaba tener.  No había lugar para la discusión. “Si me dejás -la amenazaba- me mato”, aunque después conjugó el verbo de otras maneras: pasó de la primera a la segunda persona, y en la tercera incluyó a todos los seres queridos de Noelia.

Los golpes se volvieron parte de la vida cotidiana. La madre de Facundo solía poner cuadros en las puertas para tapar las marcas de las trompadas con las que él rompía todo, siempre a espaldas del padre. Esa figura -Noelia lo supo después-era el talón de Aquiles del novio. “Cuando era chico -le había contado su suegra- al ver llegar al papá, Facundo se metía en la cama y se hacía pis encima. Él le refregaba la cara por el barro”. Visto en perspectiva era toda una señal, pero en ese momento ella no podía saberlo.

Cuando intentó separarse, Noelia tenía 17 años y mucho miedo. Dejó de comer. Para que se despejara, sus tíos se la llevaron de vacaciones a Córdoba, pero él la siguió hasta allí. En ese entonces llevaban siete meses de noviazgo y no habían tenido relaciones sexuales: ella era virgen y le tenía pánico. Por un filtreo, sin embargo, Noelia quedó embarazada. Facundo lo festejó como quien logra ponerle un cepo a su animal favorito. Una foto de la joven a punto de parir resume la situación: ella está acostada, con la panza hinchada y cara de no haber dormido en semanas. Del otro lado se adivina un fotógrafo que mira desde arriba y aprieta el gatillo como quién registra el engorde de su ganado. La imagen misma es un ultraje.

G. nació por cesárea,  y la pareja se mudó a un departamento en Moreno. Como Noelia estaba debil, su madre iba todos los días a ayudarla. Eso generó las primeras escenas de violencia post-parto. “No tenemos intimidad”, se quejó Facundo. “Que esa vieja de porquería no venga más”. Él trabajaba en un Bingo, pero al mes lo despidieron. Ya era una costumbre. Se quedaron sin dinero y él impuso mudarse a la casa de sus padres.

Los meses posteriores, Noelia los vivió casi en cautiverio. Entre Facundo y la madre de él controlaban que no saliera ni tuviese contacto con su familia . Recién para el 24 de Diciembre la dejaron ir a visitarlos. Él la llevó en el auto y la suegra se encargó de ir a buscarla. En Moreno la esperaban con lágrimas y abrazos. Al volver a casa del martirio, en cambio, la recibieron con una paliza.

Noelia soportó un poco más, hasta que juntó fuerzas y unas pocas cosas, y escapó con su hijo en brazos. Se refugió en casa de familiares. Hizo una denuncia y más de 10 exposiciones civiles, una por cada vez que Facundo iba a buscarla y rompía todo lo que encontraba a su paso.

Pocos meses después, se presentó al Juzgado de Paz de Moreno, a cargo del juez Juan Francisco Radrizzani. Noelia contó lo que había vivido y el juez llamó a una audiencia de conciliación. Allí, Facundo reclamó que quería llevarse a su hijo una vez por semana. Ella se opuso. El juez le respondió que “lo pasado pisado”, y que tenía que pensar en el futuro, porque “Facundo tenía derechos como padre, y G. como hijo”. Propusieron un acta acuerdo. Ella recordó su calvario y dijo que no iba a aceptarla. Su propia abogada oficial la convenció. “Si no firmás -le dijo- se va a pudrir todo. Le van a dar la tenencia a él”. Noelia volvió a sentirse tan sola como siempre. Su madre pidió hablar con el juez. “Bien que a ella le gustó” le respondió Radrizzani a los ruegos de la mujer.

Desde las primeras veces que se quedó con el padre, G. cambió de conducta. “Volvía como loco”, recuerda Noelia. Algunos días se hacia caca encima cada media hora y manchaba las paredes. De a ratos se encerraba en el baño. Dormía pocas horas y era violento hasta con la madre. Para entonces, G. tenía cuatro años. En el jardín de infantes le recomendaron ir a un terapeuta. Las psicólogas y psiquiatras que lo atendieron diagnosticaron que sufría ADD -Trastorno por Déficit de Atención-y lo medicaron con Risperidona.

En una visita familiar, un tío abuelo de Noelia manoseó a G. El abuso le otorgó una explicación a todo. Cada síntoma nuevo o repetido se le atribuyó a ese episodio. G. siguió bajo tratamiento, pero estaba cada vez peor. Cuando Noelia les dijo a las psiquiatras que la medicación le hacía mal, cambiaron el diagnóstico a otro trastorno de moda: “El chico -le dijeron- es bipolar”, y lo volvieron a medicar.

Pero el 21 de Diciembre del 2007, después de una noche terrible de vómitos y caca desparramada por toda la casa, G. contó todo. En los últimos tres años, Facundo había abusado de él de forma sistemática, a veces acompañado por un amigo que su padre conocía desde chico. La caca se explicaba porque el abusador le había dicho que se tenía que meter el dedo en la cola mientras estaba solo. Lo educaba para ser violado.

Noelia hizo la denuncia y escondió a su hijo con diferentes excusas. La causa estuvo dando vueltas en los tribunales de Morón durante un año, hasta que Natalia recurrió a LIMAY, una organización que ayuda a las víctimas de violaciones. A partir de ese patrocinio, el expediente llegó a manos del fiscal, le hicieron pericias al niño y enseguida se ordenó la detención de Facundo. Noelia consiguió la historia clínica de  su hijo, y se llevó una sorpresa. En los informes de las psicólogas habían indicios evidentes de lo que estaba pasando.

Hoy, madre e hijo intentan reconstruir su vida, aunque todavía viven escondidos. Facundo lava tuppers en algún penal del Gran Buenos Aires, donde suele tener problemas con los demás presos. Desde noviembre del año pasado, varias organizaciones de derechos humanos y de mujeres piden la renuncia de Radrizzani. Es un juez que, dicen, actúa igual en todos los casos: descree de las víctimas e inclina la balanza siempre a favor de los hombres violentos. El último pedido se hizo hace pocos días. Todavía no tuvieron respuesta.

(artículo aparecido en el diario Miradas al Sur)

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