¿Y si legalizan en Paraguay?

Reginaldo es un hombre redondo. En cada risotada sus ojos se pierden bajo los pómulos, agita los brazos y sus 150 kilos tiemblan como un volcán. Por lo general transpira como testigo falso, así que siempre parece al borde del infarto. Eso no sería grave, claro, si él no fuera el piloto que nos tiene que llevar en un viejo Cesna 605 hasta la Asunción, la capital de Paraguay. Del otro lado nos espera Elvis Balbuena, el diputado que propuso legalizar la marihuana. El avión, lujo extraño por estos lados, es una cortesía de la globalización: unos cineastas irlandeses aceptaron llevarnos a cambio de oficiar de traductores. Volar nos genera dudas. Nadie quiere ser recordado como el periodista que se perdió en la selva paraguaya, con búsquedas infructuosas y noticias que a lo sumo aparecerán en la página 2 de los diarios. Lo cierto es que la otra opción son ocho horas de micro y  hace un calor insoportable como para salir a la ruta. Así que allá vamos.

La cita es el domingo a las cinco de la tarde en el aeropuerto municipal de María Auxiliadora, un pueblito mitad rural, mitad rutero, donde hay un sólo restaurant, dos hoteles y poca diversión. Es la tercera vez que se utiliza la pista —antes la usó un presidente y un narco con problemas técnicos— y para la gente del pueblo es todo un acontecimiento. A la hora señalada, familias enteras salen a ver el avioncito. Los chicos dicen mirá mami, vamos más cerca. Los más pequeños se asustan y se esconden bajo la mesa. La policía tampoco se lo quiere perder: salen en dos camionetas 4×4 a recibir a nuestro aéreo-chofer. El comisario tiene una camisa blanca y una 48 en la cintura. A su lado hay dos tipos con chalecos antibalas. Uno es pelado y de rostro severo, y el otro tiene los bigotes del Malevo Ferreyra. Todos usan anteojos a lo Poncharelo y armas largas. Ni bien aterriza el avión, lo rodean como si posaran para el póster de una película clase B. Le dicen al piloto ‘nos va a tener que acompañar’, aunque todavía no saben decirle a donde ni para qué. El motivo es obvio: quieren saber que transportamos y, si somos lo que ellos imaginan, sacarnos un poco de dinero.

El cartel Guaraní

“El narcotráfico —nos dirá más tarde el diputado que quiere reglamentar el cultivo de marihuana— está minando la moral de nuestra fuerza pública”. Esa, para él, es una de las tantas razones por las que hace falta legalizar. Su razonamiento es simple: Paraguay es el mayor proveedor de marihuana de la región y ya no se puede mirar para otro lado. Hay que legalizar, reglamentar y controlar la producción para terminar con la corrupción, los conflictos en el campo y los carteles del narcotráfico. El anteproyecto podría ser presentado en marzo en el congreso, pero se estima que su discusión demandará al menos un año, y que podría terminar en un plebiscito popular. “Antes de presentarlo —dice Balbuena— vamos a instalar el debate en la ciudadanía”.

Lo que se discute no es menor: el negocio de la marihuana es, junto con la soja, uno de los principales del país. Según el World Drug Report 2008 de las Naciones Unidas, Paraguay produce 5.900 toneladas de marihuana al año, más de la mitad de la producción de toda Sudamérica, calculada en diez mil toneladas. Solo está por detrás de México, que aparece con 7.400 toneladas. En los mapas satelitales del país se ven 11.544 hectáreas cultivadas. Más de la mitad están en los departamentos de San Pedro y Canindeyú, cerca de la frontera con Brasil, donde se cultiva el 60 por ciento de la hierba producida en el país. “La marihuana —explica Balbuena junto a sus asesores— produce 4000 millones de dólares al año. La deuda externa acumulada de Paraguay es la mitad de eso, 2000 millones de dólares”.

Uno de los fenómenos que preocupan a los autores del proyecto es lo que se llama la mexicanización del estado. “En México —explica el diputado— los carteles de la droga matan directores de aduana, capitanes de policía, agentes encubiertos. Es la corrupción instalada y el atemorizamiento de las instituciones. El estado perdió la carrera: cuando empezó a competir, las mafias y los carteles ya se habían organizado demasiado. Para nosotros es un proceso carísimo recuperar ese tiempo perdido. No tenemos equipamiento, no tenemos fuerza suficiente. Vos enviás un capitán a luchar contra el narcotráfico y lo comen crudo: o lo compran o lo matan. Los gendarmes son forzados a ser corruptos en Encarnación, en Corrientes o del lado brasilero”.

Otro de los problemas que genera el tráfico y la corrupción en las fronteras es que cada ruta abierta para un producto, luego recibe otros. “Una carga de 1000 kilos de marihuana —asegura uno de los asesores de Balbuena— puede costar hasta un millón de dólares, depende a donde van dirigidos. Si se vende en el carnaval de de Río de Janeiro, el kilo sale hasta mil dólares. Y aquí es donde nosotros creemos que se socavan las bases del estado: con ese dinero se corrompe a nuestros policías, se eligen líderes, se genera una red de corrupción. Y detrás viene el tráfico de todo lo demás”.

El tráfico desde Paraguay hacía otros países incluye armas, personas, autos o artículos electrónicos. Una parte es bien sabida: si se tiene el dinero, es fácil comprar una computadora, un televisor plasma o un niño del lado paraguayo y cruzar a la Argentina para recibir el producto. Los mismos comerciantes ofrecen la posibilidad de elegir la mercadería, pagar una parte y cruzar para se la entreguen del otro lado.

Pero, a niveles más altos, la corrupción generada por el tráfico ilegal impresiona un poco más. Como ejemplo: a principios de año, en la zona de Piribebuy cayeron dos militares en actividad que estaban por vender de 267 “panes” de C-4 con componentes químicos de 700 gramos cada uno. El C-4 es un explosivo que se utiliza para volar edificios y con esa cantidad se podría haber hecho desaparecer la ciudad de Asunción y sus alrededores. Lo pensaban vender por 150.000 dólares.

En el campo

Además de la marihuana, Paraguay está cruzado por el auge del cultivo de la soja transgénica, cuyos productores, unidos en poderosos sindicatos, desplazan a los pequeños campesinos que son expulsados de sus tierras por guardias privados. Hay más de 2.600.000 hectáreas de soja —el doble que en el 2001— y en el último año se produjeron 3,8 millones de toneladas. Además de la expulsión de campesinos, los productos que se utilizan para fumigar —en especial el glifosato, comercializado por Monsanto— envenenan el medio ambiente. Los conflictos por desalojos, intoxicaciones y ocupaciones de tierra son constantes. No pocos quieren leer, por lo general con intención de condenarlos, que detrás de esas miles de familias campesinas expulsadas de sus tierras está la mano del narcotráfico. Pero si bien la marihuana está siendo afectada por la soja, lo cierto es que la situación de los pequeños productores es por demás desesperante.

En ese contexto, media hora antes de que se acabe el año pasado, hubo un hecho que puso el debate en el centro de la escena. A las 23:30 del 31 de Diciembre, un grupo de cuatro encapuchados asaltó una guarnición militar en Tacuatí, en el departamento de San Pedro. El único militar de guardia los recibió con dos disparos y su arma se trabó. Los atacantes incendiaron el lugar y se fueron en moto. Se llevaron consigo dos fusiles M-16, 4 cargadores y 90 cajas de municiones. El ataque se lo adjudicó el Ejercito del Pueblo Paraguayo, el EPP, un grupo sobre el que hay diferentes versiones. Para algunos se trata de una pequeña guerrilla de izquierda, para otros de un invento de la CIA, y para otros una banda ligada a los narcotraficantes locales. Hay quienes se inclinan, también, por decir que es una mezcla de las tres cosas juntas.

Lo cierto es que la respuesta del gobierno de Lugo fue militarizar la región con cientos de policías y el ejército. La saturación de estado en una zona donde mandaban los narcotraficantes generó que salieran a la luz grandes plantaciones de maría. El gobierno entonces dio un paso más y montó el Operativo Jerovia contra el narcotráfico. En menos de un mes, el ejército destruyó 416 hectáreas de marihuana en los departamentos de San Pedro y Canindeyú, superando las 293 hectáreas que la Secretaría Nacional Antidrogas (Senad), erradicó en la misma zona durante el todo 2008. El golpe al cultivo es tan grande que se cree que en el carnaval de Río, unas de las grandes plazas de venta en este época, podría escasear la macoña.

Pero más allá de las perdidas para el narcotráfico, los más golpeados siempre terminan siendo los campesinos pobres. “El paraguayo que trabaja la tierra —explica Balbuena— es el ultimo eslabón de la cadena de producción de marihuana. Para una operación necesitas llevar un helicóptero, gente de seguridad del fiscal, del juez. Se internan en el bosque y se detiene a un campesino llamado Ramón que duerme en un campamento de naylon. Él les dice ‘me dieron estas semillas y yo tengo que quedarme acá hasta que brote, no puedo irme a mi casa’, ¿y por qué? ‘porque van a matar a toda mi familia’, ¿y cuánto te pagan?, ‘me dan carne, arroz y dos dólares por semana’. A ese hombre detiene la gente del Senad”.

La política

El proyecto propone crear instituciónes para controlar entrega de semillas y registrar a los productores como en cualquier actividad. “Pero no es que vamos a despenalizar y esto se va a volver un carnaval donde vamos a comprar marihuana como si fuera chipá —se ataja el padre de la idea—, tenemos que crear organismos de control, de instrucción y para el procesamiento. Nuestro país está preparado para eso”.

También se toman en cuenta lo que todo buen fumador sabe: además de tener propiedades medicinales, como droga la marihuana mata menos que el azúcar, la carne o el viagra. “La marihuana está prohibida desde 1940 a instancias de Norteamérica —apunta uno de los asesores de Balbuena—, es conocido que antes era de venta y consumo libre. La prohibición comienza cuando se libera la venta de alcohol, y a cambio de hacerlo prohíben el resto de las drogas. Se metió todo en un paquete: el crack, el opio, el LSD. Y después le impusieron a los países del patio trasero tratados para hacer lo mismo. Ahora van a decir que rompemos esos tratados, pero los Estados Unidos también los firman o los rompen según su convivencia. Cuando fue la guerra de Malvinas, había un montón de tratados que decían que ellos tenían que defender a la Argentina. Y no lo hicieron”.

¿Qué posibilidades hay de que el proyecto prospere? Todavía es muy temprano para decirlo. Dos o tres años atrás nadie hubiese dicho que el Partido Colorado, que estuvo 50 años en el poder y parecía eterno, iba a caer por vía electoral a manos de un obispo tercermundista. Ahora el país parece inmerso en un cambio estructural y, cuando recién se inicia este debate, ya hay algunas señales positivas: el diario ABC, el más influyente del país, sacó una editorial dando su apoyo al proyecto. En el congreso, el debate no parece descabellado. “Yo conseguí el apoyo de varios disputados y senadores —afirma Balbuena— pero esta discusión va a llevar mucho tiempo. En nuestro partido somos 29, y hay grupos menores que por lo general vamos juntos. Pero con esto se va a probar el temple de los diputados, porque no hay un patrón único que trate de atajar este proyecto, como podría ser con el tabaco u otra industria. Yo creo que este proyecto va a tener seguidores y detractores en todos los partidos”.

Una de las grandes intrigas es qué opina el presidente Fernando Lugo. Para quienes impulsan el proyecto, la sonrisa que esboza cuando le preguntan sobre el tema es un síntoma de que sabe de lo que está hablando. Durante muchos años, Lugo fue párroco en San Pedro, la zona que hoy está en el centro de la escena. THC quiso indagar más. Llegamos hasta el sillón mismo desde donde se dirige al país. Allí, uno de los hombres que comparte con Lugo el primer mate de la mañana —el único que se toma caliente en todo el día— nos dio una repuesta enigmática. “Para el presidente es muy importante la legalidad y el cultivo de marihuana es ilegal. El proyecto que elaboró uno de los diputados oficialistas es un debate que recién empieza, y al presidente le parece que se puede discutir”. En un curso acelerado de política local, aprendimos que ese tipo de respuestas significan lo que son: veremos que pasa.

Desde el aire

Lo que se discute es nada más y nada menos que uno de los posibles futuros de la región. Nosotros lo aprendemos en María Auxiliadora, mucho antes de conocer toda esta historia. Retomemos un poco. Reginaldo nos espera en una pista de aterrizaje, lo rodea la policía y varios vecinos se acercaron a ver qué pasa. Un oficial le pide al piloto que lo acompañe hasta la comisaría. Reginaldo está enojado. Si no insultara en guaraní, podría pasar por un cubano de Miami que perdió el rumbo.

El camino a la comisaría es de tierra colorada, como todo los que recorrimos en los últimos días. Apenas entra un vehículo, porque los productores de soja ensancharon los cultivos hasta dejar apenas lo necesario para poder pasar. El verde de la hoja parece copiado de las alfombras de pasto, y se pierde en el horizonte. Pasamos cerca de un tractor fumigador y nos piden que subamos las ventanillas. En esta zona, donde más de un niño murió por los agrotóxicos, se sabe que el contacto con el glifosato puede ser mortal.

Nosotros vamos directo la comisaría. Somos seis gringos y un kurepí -piel de chancho- como nos dicen a los argentinos por aquí. Preguntamos quién está a cargo, porque nos retienen y las respuestas son puteadas en guaraní entre dientes. Algunos policías entran y salen del hall de la comisaría. Me asomo para ver si hay alguien con cara de jefe, pero allí solo hay un calabozo con una mirilla. Desde la oscuridad brillan unos ojos negros que miran todo en silencio. Un estado con 50 años de dictadura tal vez sea eso: un montón de tipos armados que dan vueltas, que no saben bien que hacer, y que tienen un calabozo oscuro siempre a mano.

Después de mucho indagar, aparece una empleada de un juzgado. Viene en un ciclomotor y dice que no entiende nada, pero que nos podemos ir. Reginaldo se ríe con ganas y los policías ofrecen llevarnos. El que maneja la camioneta en la que viajo es un mastodonte de 90 kilos y 22 años. Está a punto de llorar. Ahora, dice, me van a echar la culpa a mí. Le pregunto que pasó y balbucea algo sobre sus superiores. Cuando llegamos a la pista entiendo todo: ahi están los de camisa blanca y anteojos negros. Ya perdimos dos horas por culpa de ellos, así que nos subimos al avión casi sin hablarles. El de bigote a lo Charles Bronson se acerca a mi ventanilla y se diculpa: que no sabían quienes éramos, que mucha suerte. Amaga con pedirnos dinero pero Reginaldo no les da tiempo: enciende los motores y los baña de tierra roja, difícil de sacar si no se lava a tiempo. Nos elevamos sobre el campo verde. Hay soja por todos lados. Reginaldo se ríe, parece feliz. Media hora de vuelo y la soja desaparece del paisaje. Ahora es todo monte, es puro árbol. Le pregunto a Reginaldo que son esos claros que hay cada tanto, como islas agrícolas en medio de la selva. El piloto lanza una risita y no dice nada. Al rato me pide que le lea la posición del GPS. “Desde hace un tiempo —me confiesa— no veo nada bien”. Nuestro avión se desliza bajo las nubes como en un sueño suave y placentero. Adelante, muy adelante, se adivinan las luces de Asunción.

(artículo aparecido en la Revista THC Nro 14)

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