Menores imputables: el Dani

La realidad tiene poco que ver con el impacto mediático. Las estadísticas son claras: sobre 1900 asesinatos anuales, solo 15 son cometidos por menores de 16 años. Apenas el 1% del total. Uno de esos niños involucrados, el Dani, nació hace 14 años en la Villa 21-24 de Barracas. Dos semanas atrás saltó del anonimato a las primeras planas después de matar a Daniel Capristo, de 45, para robar un auto. Los disparos de su 9 mm produjeron la furia del vecindario y dieron nuevo impulso a los intentos por bajar la edad de imputabilidad. Los medios hablaron de él con frases tan generales como pretenciosas. Un columnista de un diario porteño escribió, por ejemplo, que hubo “balas derramadas, existencias truncadas, criaturas asesinas que destruyen sin pestañear ni preguntar”. Si Dani es la excepción que está a punto de cambiar las reglas, quizás su vida merecía una prosa más concreta. Pero no fue el caso: la historia se contó en el mismo tono superficial con el que se intenta culpar a los menores por la inseguridad.

Dos años atrás, Dani era un chico con problemas pero con cierta contención. Cuando su abuela murió, tanto él como sus hermanos mayores -el más grande hoy tiene 22 y la que le sigue 17- volvieron a quedar a cargo de la madre. La mujer tenía problemas con la drogas, y decidió que lo mejor sería que viviesen en un hogar de niños. “Allí estaba bien-contó a Miradas al Sur una vecina que lo conoce desde que nació- hasta que le dijo a su psicóloga que en el hogar no le daban de comer si se portaba mal. Sus hermanos decían que era mentira, pero la terapeuta igual recomendó que volviese con la madre. A partir de ahí se derrumbó”.

Al poco tiempo, Dani se perdió en los pasillos de la 21 y se juntó con los de ‘pibes del mastil’, una bandita comandada por Junior, un joven que anda en silla de ruedas. Miradas al Sur ya dio cuenta de ese grupo: en Octubre del año pasado, cuando cinco personas fueron asesinados en la misma noche, uno de los muertos pertenecía a ese sector. Entre las versiones que explicaban la masacre, algunas se inclinaban por decir que los de esa banda fueron utilizados por los dealers contra un grupo que le robaba a los clientes.

Lo cierto es que la banda de Junior esta formada por jóvenes que no rompieron todo lazo con sus familias, y que alternan la pasta base con otros consumos. No son los ‘fisuras’ que se suelen mostrar en los medios. “Casi todos -explica a Miradas al Sur una vecina-son pibes andan bien vestidos. Son hijos de laburantes, gente honesta con hijos que se quedaron sin proyecto de vida”. Dani es el menor de ellos. Estaba solo en un lugar donde la oferta de identidades escasea. Y ahí quedó.

-La ruta del afano

La calle Osvaldo Cruz corre paralela al Riachuelo y atraviesa Villa 21 de punta a punta. De un lado se extiende hasta el Puente Pueyrredón y del otro se pierde en el corazón de Pompeya, rumbo al puente que separa Capital Federal de Valentín Alsina. A diferencia de la Av. Iriarte -bastante iluminada si se comparan- Osvaldo Cruz es una sucesión de galpones y fábricas abandonadas: un autopista fantasma que atraviesa un cementerio industrial. Los dos extremos de esa ruta imaginaria son salidas rápidas al Gran Buenos Aires, y están a pocos minutos de Villa 21. Ambos son los lugares a los que ‘los pibes del mastil’ son llevados a robar autos o motos.

A veces los robos son al boleo, pero por lo general se hacen por pedido según las necesidades de los desarmaderos. Detrás del negocio, como siempre, hay adultos. Para ver como funciona alcanza con pararse en una de las entradas de Villa 21. Sobre Osvaldo Cruz un grupo de hombres conversa alrededor de varios autos. Entre ellos se destaca uno que parece dominar la situación. Grandote, de unos 40 años y pómulos caídos, siempre recién afeitado, habla por un teléfono que apenas se le adivina en la mano. Está vestido de negro, a tono con los vidrios polarizados de su 4×4. A su lado, un pibe limpia las ruedas de un auto como si lustrara un par de zapatos. “Él-explica el guía de Miradas al Sur- es el que maneja a los pibes. Les marca los lugares, les da las armas, garantiza el transporte y negocia con la policía. Cuando uno no sirve más o bardea, lo entrega a la cana. Los demás son remiseros: llevan a los pibes a robar y los esperan por si algo sale mal. Se llevan una parte por eso”. De pronto se acerca un policía. El hombre que acompaña al cronista -un vecino que peina canas- invita a ocultarse contra una pared y observar. El policía y el hombre de negro hablan en tono amigable durante unos minutos. Luego, cada uno se va por su lado. “Se negocia así -explica nuestro guía con voz ronca-a la luz del sol. Todos los días es igual”.

-Policía complice

Carlos, un estibador de 30 años que se crió en la zona, lo sabe bien. Un mes atrás le robaron la moto. Conocedor del barrio y sus códigos, hizo la denuncia con muchos detalles: como y quienes se llevaron, donde se la podía encontrar. No tuvo respuesta, así que intentó recuperarla por si mismo. Fue hasta esa esquina y no encontró a nadie, pero su presencia hizo ruido. Más tarde se sentó a tomar una cerveza en la puerta de su casa y escuchó un rugido. Se acercaban tres motos, cada una con dos personas. La del medio era la suya. Carlos entendió lo que se venía y se largó a correr.

De algún modo, la oscuridad de Barracas lo ayudó a desorientar a sus perseguidores. Aprovechó la ventaja y tocó timbre en la casa de un vecino. Se abrió una ventana, y pocos segundos después llegó un patrullero. Carlos se acercó. Los policías bajaron y le preguntaron que pasaba. “Vienen a matarme -les explicó entre lágrimas- porque quise recuperar mi moto. Están a dos cuadras, tienen fierros y motos sin papeles. Párenlos y van a ver”. El policía hizo una mueca. Parecía una sonrisa. “Yo no puedo hacer nada -le respondió- Vos te hiciste el macho, ahora bancatelá”. Carlos entendió el mensaje. “Por lo menos-les dijo- llevenme preso. Si me dejan acá me van a matar”. El oficial se encogió de hombros, repitió la mueca, dio media vuelta y se fue. Carlos volvió a correr. Llegó a la puerta de su casa seguido por las motos y una lluvia de balas. Se salvó de milagro. Una hora después se asomó a ver como estaba todo. En los portones de un galpón vecino se veía el reflejo azul de la sirena policial.

Dos semanas después, en el extremo opuesto de esa ruta del robo, mataron a Daniel Capristo y se desató el debate. Nadie analizó el rol de las personas mayores -incluso de la policía- en esa situación. Los medios actuaron por linchamiento, igual que los vecinos de Valentín Alsina.

-El nuevo enemigo

Hay voces, sin embargo, que llaman a la sensatez. Alberto Morlachetti trabaja con niños desde hace 35 años. Hoy dirige la fundación Pelota de Trapo, donde todos los días van unos 400 pibes en la zona de Avellaneda. Cuando habla de los intentos de bajar la edad imputalibidad, Morlachetti se indigna. “Los que hablan -dice a Miradas al Sur- jamás trabajaron con chicos de carne y hueso. Bajar la edad de no sirve para nada. Lo natural es proteger a los niños, no protegerse de ellos”.

Tampoco considera que sea verdad que los chicos de hoy maduran más temprano que los de hace un siglo. “Cuando se hizo la Ley de Patronato -explica-fue contra los niños que trabajaban de canillitas y se hacían anarquistas”. Aquellos pibes de piernas flacas tenían entre 9 y 12 años. Se calculaba que en las calles de Buenos Aires había unos 15.000 niños. Durante 10 años Luis Agote batalló para votar la ley para encerrarlos. Esos niños, decía, “constituyen un contingente admirable para cualquier desorden social siguiendo por una gradación sucesiva de esta pendiente siempre progresiva del vicio, hasta el crimen, van a formar parte de esas bandas anarquistas”. Su propuesta era recluir a 10.000 de esos niños en la isla Martín García.

Hoy, sostiene Morlachetti, se quiere hacer algo parecido. “Se construye -dice- un enemigo en los niños. Se les achaca la inseguridad y se depositan en ellos los peores miedos urbanos. Si Agote hizo la ley contra los chicos que se organizaban para defender sus derechos, hoy se quiere hacer contra los que se niegan a morir de hambre ”. Para Morlachetti, la solución no está en encerrarlos a todos, sino en generalizar lo que intenta hacer su organización, Pelota de Trapo.“Garantizar -enumera-los insumos básicos para la crianza: amor, proteínas, guardar los dientes de leche, educarlos, abrazarlos fuerte”. Todas cosas que el Dani de Barracas nunca recibió.

(artículo aparecido en miradas al sur)

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4 comentarios en “Menores imputables: el Dani

  1. Es maravillosa tu nota, Sebastián, sos el primer periodista que escribió con seriedad y responsabilidad al respecto. es desesperante lo que pasa con ese tema, y tesmremendo como todos están una ceguera inconcebible. Gracias.

  2. muy buena la nota! felicidades… por fin alguien que mira con los dos ojos y no solo con uno.. y escribe maravillosamente sobre eso que ve.
    saludos.

  3. Gracias por ver tras la cortinas que nos ponen para cegarnos. La alternativa a los medios masivos de comunicación es la búsqueda de profundidad y no manipulación a travez de la red. Lástima que consuma tanto tiempo, igual es un hallazgo tu blog.

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