Andrés Calamaro en la THC: Entrevista completa

El oficio del periodista es escuchar y luego volcar sobre el papel lo que supone que quisieron decirle. De eso vivimos. Cuando nos privan del arte de la conversación, nos sentimos herreros sin yunque. Con Andrés Calamaro, al principio, pasó eso: pidió que le mandemos las preguntas por mail, y entonces los que trabajamos en la THC nos sentimos perdidos. “Hace muchos años ―nos dijo Andrés para justificarse― cuando era un pibe, el poeta Alberto Girri, muy amigo de mi viejo, me aconsejó contestar las entrevistas por escrito. Me salen mucho mejor cuando tengo control sobre mí mismo: puedo masticar mis respuestas, observarlas, mejorar el idioma, la cadencia, ir al hueso”. Para los periodistas, en cambio, las entrevistas por mail suelen ser un embole: respuestas lacónicas o recortadas de otras entrevistas, palabras que nunca llegan o que parecen sacadas de un diccionario y, sobre todo, la no-posibilidad de contestar a una respuesta con otra pregunta. Con Calamaro no pasó nada de eso. El intercambio de mails se convirtió en una especie de ping-pong donde cada cosa que se quería decir se pensaba dos o tres veces, pero solo lo suficiente para estar seguros de que cada cosa estaba dicha en el tono y el lugar justos. El oficio de la conversación quedó intacto. Si no lo creen, véanlo por ustedes mismos.

Siempre nos sorprendió tu potencia creativa, eso de componer un tema atrás de otro. Soy de los que creen que las drogas no son condición necesaria ni suficiente para crear, pero sí que ayudan bastante ¿Cuál es tu opinión?

Es arriesgado suponer que las sustancias y la creatividad son una sociedad perfecta, pero hay que reconocer una cierta tendencia al uso de herramientas sutiles: el tiempo, la catarsis, el licor, la melancolía, el deseo, el cannabis y todo el catálogo de reactores conocidos. Es obvio que es imposible garantizar la creatividad de nadie, ni de nada, por el solo asunto del consumo. Pero el planteo es interesante porque una gran parte de la población “cultural” parece “apoyarse” en alguna clase de consumo para producir, inclusive hay un nombre para los que trabajan obsesivamente sin dar a conocer su gasolina: adictos al trabajo.

¿A vos te sirven, o te sirvieron en algún momento?

En mi experiencia pasé por varios estados, o disciplinas, de creatividad o acción creativa. Alguna vez fue el deseo de seguir despierto, de no dormir, una forma útil de soportar el insomnio. Otras veces fue el sencillo deseo de escribir con un poco de humo entre los dedos. También es habitual el trabajo comunitario en la sala de ensayo o en el estudio, donde cada uno encuentra su ecualización propia y personal, aunque lo corriente es compartir un mismo high. Sin dudas me sirvieron y me sirven. Probé desde el suave uso del San Pedro en dosis homeopáticas, o unas pocas caladas de un exquisito hash, hasta el happening permanente en el que alguna vez me embarqué durante temporadas enteras. Pero componer canciones a un ritmo brutal depende de la circunstancia y del deseo, hace falta un poco de soledad y un poco de compañía, y hay que saber, o suponer, que es un ciclo que podría terminarse, sospecho que llega un momento cuando el high y la creación ya dejan de ser una sociedad perfecta. Una cosa es sentarse y escribir tres canciones en tres días, otra distinta es naufragar cuatro años escribiendo y grabando. Finalmente, para qué negarlo, la inspiración está saturada y la principal preocupación es mantenerse despierto.

¿Y en ese momento podés seguir componiendo?

Cada elemento puede proporcionarnos estadios opuestos de energía y estados de ánimo. Comprar cocaína a las tres de la mañana después de una importante ingesta de alcohol, nunca es como aprovisionarse de la cantidad y la calidad suficiente, y a tiempo. Enrique Symms, entre otros, explicó cómo es el ciclo de la coca y su consumo, digamos, profesional. Cuatro días es lo que el cuerpo aguanta. Claro que no hay pensadores provocadores y lúcidos como Enrique en todas las esquinas, pero tampoco es frecuente encontrar consumidores capaces de un consumo “serio y responsable”, preparados para no fisurar. Estimo que existen alcohólicos, borrachines, que pueden mantenerse, malamente, de pie, tomando cervezas toda la noche. Y otro tanto con drogas químicas o derivada naturales, destilados de cactus con propiedades, o drogas inteligentes, como antes se conocía al reciclaje mental de drogas de venta al público, pero sujetas a otros usos. La heroína y las anfetaminas también son un clásico de la efervescencia, pero nunca las usé de forma sostenida, aunque una de cal y una de arena: confieso que he vivido.

La relación entre el rock y las drogas parece trillada, pero todavía nos seguimos preguntando si el rock es hijo de un gran viaje de LSD. Hace poco apareció un historiador inglés que dice que los Beatles son lo mismo que las Spice Girls: un producto de marketing y cinismo, sin nada de vanguardia y espontaneidad.

Estoy casi seguro que el colectivo musical es más puro en sus intenciones, o las tiene menos ocultas. Un músico es un músico, no es un defensor del pensamiento humano, pero presume de hacer lo suyo lo mejor que puede, como quiere y como sabe. Músicos como los Beatles, además, querían ganarse la vida, manejar buenos coches, comprar buena ropa, descubrir sustancias y tendencias en el arte y en el diseño, en el pensamiento y en la literatura, tener sexo y enamorarse. En algún momento, un buen viaje nos hace sentir que conocemos estados superiores de conciencia. Un músico sabe que se tomo ácido o algo alucinante. El filósofo-crítico, aunque sea un académico, le esta mirando las tetas a alguna de sus alumnas. Sin embargo, respeto el status de los intelectuales y no puedo jurar que The Beatles no fueron cínicos en su irrevocable deseo de escribir lindísimas canciones y acompañarlas de éxito y rock life-style.

¿Y cómo te llevás con ese rock-life style? ¿Por qué tengo la sensación de que nunca dormís?

Yo viví una vida de rock destroyer además de mis épocas de high life style, y mis años de aristócrata porteño de Palermo. Nada que pueda leerse en un libro se arrima a lo que fueron mis días salvajes, mi lost weekend. Viví como un Coronel Kurtz del rock, sin mosquitos pero en permanente sobredosis de libertad. Yo creo que hay que cortarla antes que se te caigan los dientes: eso es la pesadilla hecha realidad. Y no es un comentario sarcástico ni va dirigido a nadie…siempre es como bajarse de un tren en movimiento: quedás mareado por una buena temporada. Por eso el 90 por ciento de los “post-inomanos” vuelven a fumársela. Actualmente puedo pasar días, incluso semanas, sin probar una bocanada de smoke cannábico. Lo que alguna vez parecía improbable, ahora es corriente. Es más difícil en la sala de ensayo, en el estudio de grabación, o en la carretera. Son muchas horas y es habitual terminar leyendo, tomando mate o fumando algo. Además el humo nos concentra un poco, las ideas toman forma, los textos, hablar o dibujar, descubrir algo en la música o en el pensamiento.

¿Qué relación tenés hoy con las drogas, y en particular con la marihuana?

Actualmente podría considerarme un post-consumidor activo. No fumo habitualmente marihuana, y entre los cannábicos prefiero el hash mezclado con tabaco y armado con filtro de tabaco. Usé la misma línea de “crema” durante más de 10 años, un material de primerísima calidad. Ahora prácticamente no consumo, aunque me gusta tener reservas para convidar a las visitas, y hay momentos en que el cuerpo me lo pide. Supongo que no podría tolerar mis antiguos niveles. Mi lifestyle actual lo rechazaría: nunca fui moderado y no voy a empezar ahora. La vida decidió por mí y fue la opción radical, el corte consumado. Claro que recuerdo “malos viajes”. El cannabis es psicotrópico, es una droga poderosa que depende del pensamiento y del control, o descontrol, del pensamiento en sí. Ni hablar del ácido, sus ataques de risa o de paranoia incontrolable, de la coca que nos paraliza o nos libera. Cada sustancia tiene dos caras. También conozco el “mal viaje” de quedarse sin material y buscar en el piso piedritas que puedan fumarse, esperar un colombiano en una esquina de Madrid para una compra urgente, llegar al guetto sin recordar cómo para comprar cualquier cosa. Los “bad trips” que más lamento se los comieron amigos o familiares, en algún caso el desenlace fue fatal, en alguno terminé en el hospital. Somos muchos y tenemos historias parecidas. Yo soy de la época en que la marihuana era un elemento positivo pero perseguido.

Orge es un habitué de la redacción de la THC y dice que cuando te conoció en España eras de lo más generoso con él: tiene la imagen, quizás una alucinación de su recuerdo, de desmayarse juntos en la cocina, o de verte abrir un frasco lleno de porro para convidar. ¿Podés contarnos un poco de tu vida allá?

Con Orge nos conocimos en el Parakultural y nos reencontramos en Madrid. España, o como se llame a ese maravilloso conjunto de naciones, culturas y autonomías, fue mi doctorado en muchos sentidos, tanto en lo cannábico como en lo musical, conocí otras sustancias, otras voces otros ámbitos. Es verdad que fui un heavy hash smoker, que los visitantes se desmayaban frecuentemente, tal vez menos habituados a la mezcla del chocolate y el tabaco, y a sus efectos en la presión y el coco. También es verdad que siempre tenía un tupper lleno de cogollos. Allí viví épocas más intensas y de mayor variedad, con el bicarbonato, el papel metálico, comprando en edificios abandonados y en vertederos-villas, pero conservé la misma buena línea de “costo” durante 10 años. También conservé una línea de amistad franca y verdadera con mi amigo A ―llamémoslo así―, que me presentó a J, que fue mi chamán con la base, así como el Dr. K fue mi mentor en el buen uso del “burro”, y mi baqueano en los rincones marginales donde la droga dura corre y camina.

Fumar un porrito

¿Qué sensación te causó que haya gente que se escandalice porque hablés de fumar un porrito en un recital y que se llegue a un juicio por eso?

Tengo la sensación que seguimos evitando decir la verdad. La sociedad en ese aspecto es anticuada. Probablemente también lo sea en el resto de iberoamérica, y es más fácil seguir ocultando ciertas cuestiones. Progresivamente salimos del armario, además estamos masivamente medicados o psicoanalizados. Mi juicio oral incluyó interminables apelaciones, demoras, complicaciones por cuestiones domiciliarias, hasta que finalmente concluyó por segunda vez a mi favor, y a favor de la razón humana y la dignidad del pensamiento. No fue determinante pero quizás sea uno de los motivos por los cuales la sociedad, y sus gobernantes, deciden que ya es hora de terminar con el despilfarro, la insensatez y el desarreglo legal y ético del asunto. Si se promulga la ley Fernández, accedería a prestarle mi apellido sin problemas, siempre y cuando el resto de mi familia esté de acuerdo en pasar a la historia conmigo. A pesar de los pesares somos el único país que juzgó y condenó a sus delincuentes gobernantes. ¿Por qué no pensar que estamos a punto de sentar un precedente positivo después de tanto presionar al consumidor? Sin embargo acceder a dar esta entrevista va a causar rechazo y repugnancia en ciertos sectores.

Con respecto al juicio, ¿cómo lo viviste en ese momento?

Cuando me enteré estaba grabando en un estudio y me llamaron. Al principio mi preocupación era “que no sea estupro o algo parecido”. Siempre somos más frágiles en las aduanas, en los aeropuertos, pero nunca se sabe que cama te pueden estar haciendo. Nada que no fuera narcotráfico o corrupción de menores me parecía preocupante. Después me visitó la Interpol dos veces, eso porque no estaba claro donde estaba mi domicilio. La primera fue en un teatro y justo antes de actuar, nos pusimos nerviosos: no era el momento ni el lugar. La segunda vez me visitaron en Madrid. Yo estaba fumando con unos amigos e invité a los agentes a la cocina. Esa vez fue un trámite de rutina. Al principio busqué un abogado en La Plata, quizás porque alguien aconsejó eso, pero no era alguien de confianza y volví a los brazos de mi amigo y prócer, Joe Stefanuolo, a quién conozco de la primera vez que visité Toxicomania en invierno de 1978. Fui a declarar y declaré. Solamente había hablado, no necesitaba ni mentir ni hacerme el loco, ni el boludo. Dos jueces desestimaron el status criminal y fui sobreseído, pero alguien apeló. Fueron dos juicios en uno, el primer alcahuete fue un funcionario de seguridad de provincia con más causas abiertas que yo. La segunda vez ya ni me acuerdo. El tema quedó rebotando por más de diez años y el día del juicio oral llegó justo cuando yo estaba por dar mi primer recital en 5 años, en Buenos Aires y en el Luna Park. Me desperté temprano, fuimos a La Plata y fue un trámite. La justicia pidió disculpas, me pidieron unos autógrafos, y volvimos a Capital a probar sonido.

¿Estabas preocupado?

Para mí es un tema simbólico, nunca me preocupó en lo mas mínimo. Yo tengo muchos amigos bandidos de verdad, son los mejores amigos y son los últimos posta que quedan. Después es todo social, paco, corrupción y mierda. Son los últimos mohicanos y somos amigos de verdad. Sé la diferencia entre un problema y aquella payasada que fue el affaire “La Plata”. El juicio del porrito no me movió un pelo. Siempre hice lo que quise, tenencia o consumo. Viéndolo así, que me hagan un juicio por hablar fue una lotería, una joda.

El cantor de Buenos Aires

¿Cómo ves el panorama actual de la música? ¿Te interesa algo de las cosas nuevas que están dando vueltas por acá?

Los músicos no tenemos mucho tiempo para escuchar música. Si fuera escritor o dibujante podría vivir escuchando música. Los fines de semana me pongo un disco de Thelonious Monk, o uno de AC/DC, y lo escucho todo el día. Tendría que escuchar más música como inspiración para próximos discos, es probable, pero no tengo influencias. No soy original ni tampoco tengo influencias visibles. Sé que siempre habrá música nueva, música buena y auténtica, gente seria o gente enloquecida. Tengo confianza en la música. Todos los años hay un disco que te conmueve, importante e interesante, un disco o 20 discos. La música está en su mejor momento.

Con respecto a las influencias musicales, a veces se habla de la que ejerce Buenos Aires.

Es difícil contestar esto. Buenos Aires es una ciudad de Rock, pero también de Tango, de Folklore, de Bossa-nova, de Tropical y de Bolero, eso sin contar sub-géneros melódicos y los géneros provinciales como el Chamamé. Baires es cosmopolita, presumimos de escuchar Jazz y Flamenco. Yo era un pibe de clase media, del centro bien pensante, hijo de la intelligenzia y la cultura, y mis viejos me llevaron a escuchar a Piazzolla y a Chico Buarque, al instituto Di Tella y a ver a Santana. Después, ya por mi cuenta, frecuentaba el Club del Jazz y estudiaba con profesores del género. El aire porteño es inevitable, ya en su momento, Astor Piazzola advirtió que estaba haciendo música de Buenos Aires, pero no se salvó del linchamiento opinológico de los tangueros. Las armonías de Spinetta tienen tintes de melancolía urbana, además de transportar el idioma a un estadio poético polenta. Sin embargo los hábitos cambiaron, antes todo lo que escuchábamos era Rock importado o rockas argentinas, y el género se entendía con mayor amplitud. Ahora hay que mostrarse rockero hasta para sentarse a hacer caca, tanto que se confunde la realidad rockera con los personajes de Capusotto o con Spinal Tap, la madre del humor rockero.

A vos también algunos te han criticado.

Yo sé que soy mundialmente incógnito, un desconocido universal, y que siempre vamos a estar por debajo de la importancia, el desarrollo y la calidad, de los héroes del rock británico o americano. También acepto que mi música no le guste a toda la grey rockera, y me parece muy bien. Alguien que gusta a todos no existe, alguien que siempre está en su mejor momento es un probable mediocre. Pero no entiendo la necesidad de hacer saber, a propios y ajenos, lo que no nos gusta, esa maldita costumbre de perder tiempo en comentar la música sin haberla escuchado realmente. Es una tontería, impensable en otras parcelas del arte, popular o académico. Nunca entiendo qué sentido tiene perder tiempo en hablar de discos que no querés escuchar. Nadie nos obliga a oírlos en radio ni a comprarlos. Seguramente es la influencia de la televisión y el fútbol, que son protagonistas de nuestros vaivenes culturales. Preferiría que aquellos que no tienen simpatía por mi repertorio me ignoren, y no se molesten en demostrar el escaso valor de mis habilidades en vivo o en un disco. Es una cuestión de respeto, no hay que ser maleducado ni alcahuete.

¿De donde sale tu necesidad de arriesgar y de incursionar en tantos géneros, incluso en el tango?

Hay cosas que no puedo tocar, y no las toco, cosas que no puedo cantar y no las canto. Pero soy un cantor de Buenos Aires, sin yeites, y creo que el tango se canta así, sin impostarlo demasiado, alejado de la caricatura de sí mismo. Yo lo canté rodeado de príncipes gitano y músicos de jazz-latino y “tiré el cante”: dejé caer las frases, sin hacer demasiado hincapié en el compás ni en el cante-hondo, respetando la melodía y vulnerable a las emociones. Pero también los canté con Mariano Mores o Virgilio Expósito, que me enseñaron como tenía que hacerlo.

Alguna vez dijiste que “la canciones son del que las quiere escuchar”. ¿Cómo compatibilizás eso con la necesidad de ser parte de la industria?

Nunca me creí demasiado el concepto de “industria” conmigo dentro como un engranaje menor. Mi espacio es el de mis canciones y la gente que las escucha, y si eso ocurre será porque soy un músico honesto que escribe canciones y esa es mi obra. Ya no soy parte de un grupo musical ―soy parte de un grupo que se llama igual que yo― y, estando aparentemente sólo, tengo que ser poético u honesto. Tampoco puedo elegir otra cosa que cantar bien y armar bandas muy buenas, presentar recitales de rock como los de toda la vida y encontrar un equilibro entre la dinámica del recital y las ganas de tocar siempre bien y siempre distinto. Con los discos soy menos constante: no tengo ningún sistema. Grabo lo que quiero. Me costó mis buenas debacles pero creo, como diría Jack Nicholson, que conseguí modificar el entorno para que me sea favorable. Por lo menos puedo decir esto ahora. Mañana será otro día.

También te tiene que haber influenciado que hayas pasado por tantas épocas, tantos personajes…

Siempre creí que era un apestado de las épocas. Que me había tocado crecer mi adolescencia en el peor tiempo posible, que fue la dictadura militar. Ahora todo parece tan fácil, una joda. Mi viejo sí que conoció a los grandes: es un hombre cultísimo con una vida intelectual ejemplar, con militancia política, abonado al teatro Colón. El poeta Alberto Girri era un invitado muy frecuente en mi casa, a veces el único invitado. Con los años vinieron otros literatos, Lastra por ejemplo. En casa ensayaron Les Luthiers con sus instrumentos informales, venía la pesada de la Asociación Psicoanalítica, mis viejos fueron amigos de Pichon Riviere y Aberasturi y de Roberto Frigerio, el desarrollista. Esa fue la época que me tocó ver. De chiquilín la miraba de adentro. Después, yo conocí a Miguel Abuelo, que fue mi compañero, a Luca, a Pappo, que fue mi amigo, a Federico Moura, a Guillermo Martín y a Julián Infante. Esos son los amigos ausentes. Recuerdo el día que conocí a Spinetta y me pidió que le sostenga la Gibson. Estaba Nito Mestre y le dio un Parliament que pasó por mis manos. Soy compadre de los príncipes gitanos y de los Piratas, me siento en la misma mesa que los mohicanos, muchos de mis amigos ganaron un Oscar o pagaron con cárcel sus oficios. Me faltó que Keith Richards cague encima de mi Fender. Hasta Bob Dylan me dio las dos manos.

Pasaste algunos años sin editar discos comerciales, volvés a la industria y llenás estadios y llegás a los grammys. ¿Sentís un poco de vértigo con semejante carrera? ¿Cómo lo llevás?

Un poco de vértigo no es nada. La vida es mucho más complicada que la música, incluso a estos niveles. Sigo sorprendido por mi reentre brutal en la música: parece que me hubieran estado esperando. Mis vértigos son cuestiones formales, como poder cantar con mi rango intacto cada vez, y creo que encontré una técnica para poder soportar los rigores de una gira y una serie sostenida de recitales. Creo que estoy cantando mucho más que nunca y lo estoy llevando con más alegría que nunca. Ahora realmente puedo girar con alegría y sin agobios.

¿Cómo lo lograste?

Antes pensaba que necesitaba tiempo para recuperar mi rango vocal. Antes de nuestra última gira me di cuenta que necesitaba una nueva técnica, o un poco más de disciplina o las dos cosas, para soportar un ciclo de recitales y viajes bastante apretado, intenso. No estoy seguro cómo lo hice pero encontré el método. Después de esta gira tengo más confianza: pasa que necesito de mis pirotecnias vocales para sentir que un recital es explosivo, que es brillante. Me gusta sorprender a la banda y a la gente con cambios permanentes y alardes cantores. Siempre pruebo todo lo que existe para mejorar el rendimiento vocal: propóleos, farmacia, dormir, San Pedro, moderación. Siempre puede pasar algo, con la garganta o con el sonido, pero casi siempre disfruto mucho de estar tocando y cantando cada día mejor. De la felicidad ni hablemos: hapiness is a warm gun.

Yes it is.

RECUADROS

El Gourmet

-“No sé si hubiera escuchado música sin el concurso de la marihuana. Sé de la existencia de melómanos que la escuchan sin fumar, pero no se que es lo que sentirán, como consiguen concentrarse, enchufarse realmente en la música. Es cierto que aprendí a querer al rock antes de fumar, pero no recuerdo que clase de vuelo tenía como oyente”.

-“Hacia finales de los setenta el fumo lo importaban aventureros que lo transportaban en persona, solo así llegaban de Brasil y países limítrofes. Los verdaderos cogollos venían del sur, de Epuyén, que marcó una época de cultivos de altísima calidad, sin embargo eran difíciles de conseguir”.

-“En Californa probé buenos grass y grass comercial, hasta que llegó a mis manos el Mawi Wawi, que es la semilla hawaiana “madre” o abuela de los sinsemilla californianos. El primer cultivo indoor me lo vendieron unos canadienses, una familia que cultivaba en su casa. Era de esos porros que te pegan quince minutos después y… ¡pum!

-“La conciencia del cultivo, bajo el sol o hidropónico, la vi primero en España y en Córdoba, donde se continuó la estirpe de Epuyén. Ahora hay una variedad de plantas nunca vista: un paraíso comparado con lo que se fumaba en los ochenta. Hasta mejoró la calidad de la “cerita paraguaya” que no tienen el tacto, ni el bouquet, ni el aroma, de un hash marroqui, pero es bien pegador. Igual no entiendo por qué costó tanto imponer una alternativa al omnipresente prensado comercial”.

-“No quisiera empezar ahora una carrera de ‘recording artista’ pero, sin dudas, es una época mucho mejor para estrenar los pulmones. Los últimos años de los setenta fueron, en ese sentido, como ser rabino en la Alemania de Hitler. En los ochenta se fumaba lo que había dando vueltas, era una lotería”.

Honestidad Brutal

-“Trabé amistad con el académico Scottex. Una tarde me invitó a Barcelona y compartimos mesa con Albert Hoffman, el descubridor del LSD. También me convidó de su cosecha. Cantamos juntos, curtimos bastante y, en una época, fuimos bastante frecuentes”.

-“Mi primer ‘aceite’ lo tomé en México, en un viaje que organizaban dos amigos a Puebla para pegar un kilo que nunca apareció. Después, en Los Angeles, tomamos con mi amigo Tobillo y vimos la luz. Sería el año 1978”.

-“La última noche del milenio también tomamos con un pariente sanguíneo al que llamaremos Uncle Johnny. Él no pudo contener el espiralado de conciencia y paranoia y quiso salir a la calle. Lo intenté todo, pero finalmente brotó la violencia intelectual. Eso en ácido puede ser demasiado, y terminé en el Hospital Suizo. Empecé el siglo dándome puntos en la cabeza porque Uncle Johnny me golpeó con un bate de baseball. Por suerte fue una sola vez”.

-“Una vuelta, antes de venir de Madrid, pasé el Dr. K. por el vertedero de basura y droga dura, y compramos seis gramos de arena y dos de cal. Llegué a Baires y curtí a gustito. Ya no sé si por aquel entonces vivía en hoteles o estaba instalado en Camboya. Una tarde estaba terminando mis reservas en casa de un conocido músico y empecé a vomitar como un sifón, literalmente. Hay vómitos que son más placenteros que otros”.

-“Up in smoke, y todo el repertorio de Cheech & Chong, Spinal Tap, Terror y locura en Las Vegas, fueron mis películas de cabecera dentro del genero high movies. También hay que leer los Freak Brothers y Robert Crumb, si es posible tatuarse a los Freak Brothers y ver el documental sobre la vida de Crumb y sus hermanos”.

-“Grabé discos bajo los efectos de casi todo lo que conozco: dosis homeopáticas de San Pedro con Hash, speedball por la nariz, MDMA con agua tónica, tiza amarillenta, escama peruana, alita de mosca, porro, vino tinto, papel metálico, éxtasis”.

-“Creo que nunca puse en riesgo mi vida. Solo hay que tenerle miedo a algunas pocas drogas y no tanto por la salud, si no por el poder adictivo que tienen. La base y el burro tienen que estar primeras en la lista de peligrosidad, aunque hay que tenerle mas respeto al cigarrillo y al alcohol”.

-“Nunca llegue a estar nueve días despierto como Keith Richards. Nunca aguante más de seis”.

-“Un verdadero cocainómano no necesita más nada: solo verdadera cocaína y una cierta disciplina, respetar el hábito y asegurar a tiempo que va a tener lo que necesita”.

-“Logré dejar todas las drogas y recuerdo donde las deje”.

-“Soy joven y sé que no puedo confiarme demasiado, que la vida tiene sus curvas y que volver a curtir depende también del destino y de un momento de debilidad. O tal vez de fortaleza”.

-“No se puede confiar en alguien de mi generación que nunca haya probado o consumido sustancias, al menos ligeras”.

Por Sebastián Hacher – Revista THC.

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