Toma de rehenes en Almagro: el Piky

En la puerta del hotel, dos pibes comparten una pipa de pasta base. Enfrente, otro pica marihuana para armar un porro. No mira la hierba que se desgrana en su mano, sino a los periodistas que hacen cola para entrevistar a los padres del Pikiy, el adolescente de 16 años que tomó cuatro rehénes en una perfumería de Almagro. Desde que lo detuvieron, las guardias periodísticas se concentraron el hotel de la calle Urquiza casi al 200. Allí la familia alquila dos habitaciones por 65 pesos al día. La presencia mediática alteró la rutina del barrio: las travestis se esconden un poco de las cámaras, y los pibes que se juntan en las esquinas le piden un billete a los que pretenden grabar una muestra de marginalidad para la televisión.

Juan Carlos -51 años, guarda de tren- y Sandra -43, ama de casa- quieren atender a todos los medios. Opinan que de esto quizás pueda salir algo bueno para su hijo. Sueñan con poder internarlo en un buen lugar y mudarse de barrio. Ellos, dice Juan Carlos, no son de ahí, pero se hicieron un lugar y los vecinos los respetan. Llegaron a Once en el 2002, en medio del derrumbe del país. Hasta aquel momento alquilaban una casa en Villa Urquiza, pero él se quedó sin trabajo y los desalojaron. “Me resistí -cuenta el hombre- No quería quedar en la calle con mis cuatro hijos. Me pegaron entre cinco policías y me llevaron preso. Desde entonces no tuvimos un verdadero hogar. Y eso dejó mal a toda la familia, sobre todo a los más chicos”.

Porque él, dice Juan Carlos, puede recordar cosas lindas de su infancia: la casa de patio arbolado en Villa Bosch, el futbol en medio de la calle y los tanos que abrían negocios y progresaban de a poco. Pero sus hijos no. Juan Manuel y sus tres hermanos solo vieron como el progreso se achicaba hasta extinguise. Como se movían desde la casa alquilada hasta los hoteles de Once, donde tienen una habitación para seis y una cocina común con todos los vecinos.

Sus hijos, dice Juan Carlos, vivieron también la imposibilidad de salir de allí, porque ni siquiera ahora, que él consiguió trabajo, pueden mudarse a un lugar mejor. “No tenemos garantía -agrega Sandra- asi que nadie nos alquila. Mis hijos no saben lo que es festejar un cumpleaños o invitar a sus amigos a casa”.

Juan Manuel, el Piky, empezó a drogarse a los 14, cuando vivían sobre la calle Alsina. “Tiene una personalidad adictiva- explica la madre- En eso es igual que yo”. Enseguida lo llevaron preso por robar un celular y ella tuvo que retirarlo en la comisaria. La escena se volvió cotidiana, porque los policías no tardaron en marcarlo: de los pibes que bardeaban en el barrio, decían, era el único rubio de ojos verdes. Eso lo vendía. Y tenía una desventaja adicional: entre los multiples circuitos ilegales de la zona, el del Piky -robar celulares, drogarse en los rincones- es uno de los pocos que no genera ingresos a las arcas policiales, asi que su relación con los hombres de la ley siempre fue pésima.

Sandra, la madre, se acostumbró a ir a buscarlo a la comisaría, a los institutos de menores o a los fumaderos. Dos veces intentaron internarlo en comunidades terapéuticas, pero el pibe no quería tratamientos. Cuando cumplió 16, la mujer entendió que su hijo se habia forjado una identidad. No dejó de intentar rescatarlo, pero le advirtió lo que podía pasar. “Ahora- le dijo- tenés que cuidarte: ya podés ir preso”.

En los últimos tiempos habían optado por el encierro: mantenerlo adentro era la única garantía de alejarlo de los problemas. Pero la noche de la toma de rehénes se escapó. Sandra hacía cola para pagar en el supermercado chino y lo vio parado en la vereda de en frente. Le hizo señas para que fuera con ella, y él le dijo que no con la mano. “Vení paca acá”, repitió la mujer, y el pibe se fue. Ella estaba desabrigada. Subió al hotel, se puso una campera y salió a buscarlo. Fue al fumadero de Sanchez de Loria y Rivadavia, al de la calle Alsina, al de Dean Funes y Moreno. No lo encontró y volvió al hotel. Tenía que cocinar para el resto de la familia, y no era la primera vez que Manu se iba así.

Mientras comían prendieron la tele. En el zapping se cruzaron con un flash de Telenoche: toma de rehenes en Almagro, noticia urgente. La mujer le dijo a la hija, “ahí está tu hermano”. La hija se puso a llorar. No digas eso, le contestó. Y Sandra no dijo mas nada. Dejó de comer y se cambió para salir a la calle. De fondo escuchaba como los movileros de Crónica TV describían a su hijo.

Otra veces, cuando Sandra lo salía a buscar por la calle, los fisuras la paraban para advertirle: “cuide al Manu, doña. Anda fumando pasta base”. Pero esta vez era distinto. “El Manu está por allá- le repetían los pibes de los conventillos- tiene un par de rehenes”. En las indicaciones había algo de festejo: hasta esa noche, los más grandes lo consideraban un ladrón de poca monta, al que a veces tenían que defender a la salida de Fantástico Bailable. Ahora debutaba en las ligas mayores. “Igual sigue siendo rastrero”, contó un vecino que vive en otro hotel de la zona. “Trató de hacer la típica: entrar, asustar, llevarse la guita de la caja y desaparecer. Pero le salió pésimo”.

La perfumería estaba rodeada por varios patrulleros, el grupo especial de la GEOF, la infantería y al menos dos francotiradores. En la vereda de en frente, la policía tenía instalada una central de operaciones. Desde allí lograron hacer varias cosas a la vez: bloquear la señal de los celulares, intervenir los teléfonos de la perfumería y monitorear la escenario completo. A las 22:31 ya se sabía que era un pibe de 40 kilos con un cuchilllo, y que se habia atrincherado por miedo.

Ni bien llegó, Sandra pidió entrar. “En diez minutos lo saco”, le dijo a los policías. Pero el operativo, con negociador y todo, ya estaba en las pantallas de la televisión. La dejaron hablar un poco con él para tanquilizarlo. Ella intentó tener una voz dulce: le prometió que nadie lo iba a lastimar, pero que tenía que salir. Juan Manuel pidió una pizza y una cámara de televisión. Luego soltó a los rehénes de a poco -uno cada media hora- y se entregó.

El martes lo trasladaron al Instituto Roca. El jueves intentó comunicarse con su familia, pero no logró hacerlo: desde hace un tiempo no funcionan los internos de las habitaciones, y para recibir un llamado tendrían que esperar en el hall del hotel. Todavía no pudieron ir a visitarlo, pero saben que está todo lo bien que se puede estar en el encierro. Adentro, dicen los padres, Juan Manuel se encontró con un pibe que vive en el mismo hotel que él. El destino volvió a unirlos.

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Un comentario en “Toma de rehenes en Almagro: el Piky

  1. primero q no le dicen piky, le dicen chuky…
    es un pibe q entro en la pasta base hace poco, un pibe mas de misiones, el más chiquito, al q tratabamos de protejer x asi decirlo, pero la mierda esa q venden cambio a todos, pero q hace la policia?, si venden en la esquina de moreno y jujuy… la policia pasa y les cobra a los tranzas para q sigan vendiendo, y asi van matando uno por uno a los pibes, y dentro de poco q va a pasar?

    manu se te extraña! estamos con vos…

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