El viejo truco para quedarse con la herencia

Quienes la conocen dicen que fue por elección. Porque en su juventud, Delia Saavedra Castilla era una mujer bonita, culta y adinerada, todo un buen partido para cualquier soltero de la alta sociedad salteña. Pero ella nunca se casó. Llegó hasta los 61 años dedicada altrabajo, a su familia y a los perros chihuahuas que la reconocen como única dueña. En la casa siempre fue la mimada: la hija menor, una consentida a la que todos cuidaban. En el 2007 murió su hermana mayor y, pocos meses después, la madre. Entonces todo cambió. Ella quedó sola en el mundo y a cargo de su padre, que acaba de cumplir 95 años. Un tipo tan aferrado a la vida como a sus pertencias.

El hombre amasó fortunas como banquero. Algunos dicen que fue usurero y que, en las buenas épocas, guardaba dos tachos de cinco litros llenos de oro y alhajas. De todo eso hoy quedaron varias propiedades, cuentas en el banco y una casa antigua, de esas parecen cascos de estancia. Allí, el mayor de los Saavedra Castilla vive el ocaso del patriarca: con la edad, dejó de ser el que dominaba todo lo que se movía a su alrededor y se convirtió en un anciano que necesita ayuda para moverse a si mismo.

Desde que se quedaron solos, Delia se dedicó a cuidarlo. Incluso cuando apareció en escena Luis Farfán, hijo de una prima, tipo habil que en algún momento supo ganarse los favores del viejoe, hasta casi convertirse en el hijo varón que Don Saavedra siempre quizo tener para continuar su estirpe. Luego de la muerte de la esposa del viejo, Farfán no disimuló su intención de quedarse con todo. En pocos meses logró que lo nombrase apoderado, y poco después, como en el guión de una novela de la tarde, indujo a Don Saavedra cambiar el testamento para incluirlo a él. “Ella es mala”, le dijo Farfán a su protector, y este no tuvo problemas en dejarla fuera de la herencia. Desde entonces, a Delia solo le correspondieron las propiedades y rentas legadas por su hermana y su madre, que no son pocas.

El primero de Agosto la situación pareció agravarse. Farfán fue a buscar al viejo a la casa y lo llevó hasta la Comisaría 1era. “La hija le pega, es una mujer violenta”, le dijo al oficial escribiente. El viejo asintió con la cabeza, y estampó su firma al pie de la denuncia. Pocas horas después, Don Saavedra había olvidado el asunto. Cuando la policía llegó a la casa, él no supo explicarle a Delia que había hecho. Ese tipo de falsas denuncias ya eran comunes para ella, así que no dudó en abrir la puerta y hablar con los policías. Pero esta vez fue distinto. “Nos va a tener que acompañar”, le dijo un oficial con algo de vergüenza. Aquel día la mujer sintió, por primera vez en su vida, el frio de las esposas en las muñecas.

Unas horas después, desde la Central de Policía la derivaron al Hospital Ragone, el neuropsiquiátrico de la capital salteña. Allí le ofrecieron tomar una pastilla, pero Delia dijo que estaba bien, que no necesitaba nada. Más tarde la llevaron a la Alcaldía Judicial y la dejaron en libertad. Delia no sabía que hacer. Estaba en la calle, con la ropa maltrecha y poco maquillaje, algo inusual en una mujer a la que todos definen como una pituca. Primero decidió ir a la antigua casa de su hermana, en la que ahora solo viven los perritos chihuahua. Allí se reencontró con sus mascotas. Lloró un rato con ellos, pero después se dio cuenta de que toda su ropa estaba en la casa de su padre, y que no iba a poder dormir con ese olor a encierro que se le había impregnado.

Entonces hizo lo de siempre. Fue hasta la casa del viejo, habló con él, lo ayudó con la cena y acordaron que se quedaría a dormir. Tres días después, el martes 4 de agosto, todo parecía haber vuelto a la normalidad. Pero esa mañana alguien golpeó a la puerta de la casa. Delia se asomó y vio que era la policía. Les dijo que esperasen, que quería llamar a su abogado. Se acercó hasta el teléfono y marcó el número. Del otro lado atendió Marcelo Arencibia, un reconocido penalista local. “Delia -le dijo Arencibia-no vayas a salir a la calle. Quedate adentro por favor”.

Pero Delia es una mujer de principios, y nada en el mundo iba a impedirle alimentar a sus chihuahuas. Por la tarde juntó fuerzas, se arregló el maquillaje y salió. Pensaba recorrer los 60 metros que la separaban de la casa de los perros, pero el grupo de policías la interceptó en el camino. Otra vez quisieron ponerle esposas. Dicen que la arrastraron por el piso y que ella intentó escapar. Lo cierto es que, como la primera vez, terminaron en el hospital Ragone, y que allí la encerraron en un pabellón con seis enfermos psiquiátricos agudos. En teoría, diría después el juez Alvarado Solá, la internaban para hacerle un estudio y determinar su estado de salud mental. En la práctica, dijeron los allegados a la familia, el primo Luis Farfán estaba por salirse con la suya: si lograba sacar a la mujer del medio, ya no tendría obstáculos para quedarse con todos los bienes familiares.

Las pocas personas que sortearon la custodia y la visitaron en la sala de emergencias, supieron que Delia pasaba la mayoría del tiempo refugiada en el baño, tratando de escapar a la violencia de sus compañeras de encierro. Con el correr de los días, la alta sociedad salteña pusó el grito en el cielo por ella. “De ninguna manera -dijo una de sus amigas- podría decirse que Delia es violenta. Está desesperada, vencida, deprimida. Tiene ansiedad por ver a sus mascotas”. El médico de cabecera de la familia, el Dr. Carlos Pastrana, también salió a defenderla. Y agregó que “hay una tercera persona, pariente y apoderado del padre de Delia, quien además se habría comunicado con ella al ‘neuro’ diciéndole que levantaría la denuncia previo cumplimiento de alguna condición”.

Al cierre de esta edición, y luego de 17 días de encierro, la mujer fue liberada. Al salir, dijo a los medios locales que “esto había marcado un antes y un después en su vida”, y que ahora se sentía “una extraña, un estorbo” en su propia casa. Quienes la conocen, dicen que no saben si podrá reponerse. Si los perros chihuahua, tan pequeños y tan fieles, podrán curarle esa pena, ese dolor de haber sido y ya no ser.

(artículo aparecido en miradas al sur)

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