Las águilas humanas

Todo cambió tan rápido. Hasta el 2003, yo no sabía lo que era una palta. No se rian: había visto a un alemán comer una en Buenos Aires en el 2002, pero no sabía que era, ni que gusto tenía. Muchos menos cococía el huacamole. Sin embargo, nunca me apené por ello. La precariedad, pensaba, me permitía mirar como si siempre fuera la primera vez. Ese era mi método de trabajo: mantener la capacidad de asombro, plantarme en el lugar hasta que suceda algo maravilloso y sobrevivir para contarlo. A fines del 2001,  en la puerta del velorio de un muerto por la represión del 20 de Diciembre, conocí a una persona que con el tiempo se convirtió en mi maestro. Su nombre es Cristian Alarcón, quizás uno de los mejores cronistas de nuestro medio. En uno de sus talleres, Cristian me ayudó a hacer conciente esa forma de contar la realidad: la crónica, dijo, es la versión insospechada de lo real. Desde que pronunció esa frase hasta hoy pasaron algunos años. Yo cambié mi mundo sin palta por la cocina oriental casera. Lo que era un taller de sábado por la mañana, cinco años después se convirtió casi en una escuela, una tendencia dentro del periodismo local. Hoy el taller de Cristian inaugura un blog: Las Aguilas Humanas. Lo hace con dos crónicas buenisimas -una sobre el Gordo Valor, otra sobre el hombre del bombo-  que vale la pena sentarse a leer.  Y luego, prometen, vendrán muchas más.

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