A mansalva: el milagro

La madre le dijo “quedese acá hijita, esperemé”. Estaban en un pueblo cerca del paraje donde cuidaban animales, y Petrona le hizo caso. Esperó dos días enteros, hasta que se dio cuenta. Entonces lloró un poco, pidió monedas y viajó hasta Sante Fe escondida en el acoplado de un camión. Allí durmió en las vidrieras de los negocios, limpió pisos en los restaurants y pagó el precio por no tener quién la defienda. Unos años más tarde, al encontrar aquel club de boxeo, pensó que era un milagro: aprender a quebrar la cintura, ponerse en guardia y tirar un golpe tras otro era lo que más quería en el mundo. En pocos meses se convirtio en una máquina de guerra, una niña salvaje dispuesta a sobrevivir con ayuda de sus puños.

Recién a los veinte conoció el amor y sus menesteres: las sábanas limpias, los planes a futuro, las noches de placer. Juntos se vinieron a Buenos Aries, se hicieron cartoneros, consiguieron un rancho y tuvieron hijos. Parecía que comenzaba una vida plena, casi feliz. Pero ella tenía olfato callejero para prevenirse del peligro. Una tarde lo siguió hasta la fuente de sus sospechas, y encontró a su marido abrazado con otra. Media cuadra antes de encararlo pasó por la obra en construcción. Y allí, otra vez, el milagro: una plomada del albañil, con piolín y todo. Petrona recordó su primera infancia en el campo, y las destrezas gauchas que había visto en Santa Fé. Se paró frente al infiel y bailó un malambo con boleadoras de plomo. Estuvo algún tiempo presa por desfiguración de rostro, pero a nadie le importó continuar la causa.

Prometió no volver a enamorarse y se concentró en los hijos. El mayor era su tesoro, el más apegado de los cinco. Por eso, cuando le dijeron que estaba preso en la comisaria del barrio, Petrona se desesperó. Un rato antes, había salido a hacer las compras en bicicleta. La policía lo quiso detener, el pibe se plantó como ella le había enseñadoy lo redujeron a palazos entre varios. Estuvo una semana detenido, hasta que ella juntó los dos mil pesos que la policía le pidió para no armarle una causa. Después, roto por dentro, murió en el hospital.

Petrona acudió a juzgados, abogados y medios de comunicación. Insistió el tiempo suficiente para dejar de creer. Siguió de cartonera, crió al resto de sus hijos y se resignó, hasta que la suerte volvió a darle una oportunidad. Un día, mientras clasificaba cartón, encontró un sobre marrón con un fajo de billetes verdes. Dicen que hay que verla ahora: al volante de su auto nuevo, sus ojos brillan tanto como la 38 cromada que lleva en la cintura. El milagro, dice Petrona, sucederá cuando la venganza se transforme en justicia.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s