A mansalva: La bombilla asesina

En teoría, Daniel tenía casa y familia. En la práctica, siempre fue de la calle. De chico pidió en los trenes, vendió estampitas y durmió en los andenes de Constitución. Un día se hizo hombre y salió ahí como quién corta un cordón umbilical. Se mudó a Plaza San Martín, recorrió comedores de la iglesia, paradores nocturnos y baños públicos. Aprendió a esconder frazadas, estudió los circuitos de restaurants caritativos y se volvió más agresivo para pedir monedas. Le gustaba repartir volantes para los cabarets de Lavalle o vender fotos de Floricienta a la salida de las obras infantiles en Av. Corrientes: ambas actividades le parecían robos benignos. Pero Dani no era ladrón: si te quedabas dormido te sacaba las medias y después las usaba delante tuyo. Siempre se metía en problemas.

A los 25 soñó con recorrer el pais, de ciruja y a dedo. Se coló en un tren hasta Luján y ahí quedó. Nadie lo levantaba.Cuando cruzó la ruta para volver a la estación se sintió mareado. El camión venía a 60 y lo golpeó con el espejo. Estuvo un mes internado, y le dijeron que los parpados le iban a quedar caidos, como entrecerrados. Desde entonces, miró el mundo como si fuera una película con franjas negras en los margenes, pero en el cine de su mente ya no proyectaron nada nuevo.

Cuando le dieron el alta volvió a Plaza San Martín. La segunda noche le quisieron sacar la frazada y tuvo que pelear. Llegó la policía y el otro ciruja lo acusó de punga. Por una cadena de confusiones, Dani terminó encerrado. Había estado en comisarias, pero nunca en la carcel. Se le notaba el miedo. Un gigante se acercó a su celda. “Eh-le dijo-¿vos so’ chorro?”. Dani asintió con la cabeza, no supo por qué. “¿Chorro vo’? -gritó el otro-¡Chorro de leche!”. El gigante se rió de su propio chiste. “¿Estas dormido, eh gato?-siguió-¡Abrí bien los ojos!”. Dani no dijo nada. El tipo volvió una y otra vez. En algún momento lo agarró cerca de lo barrotes y lo golpeó contra la puerta. Después le robó un buzo viejo, las zapatillas, un poster de Boca.

Una tarde, Dani tomaba mate y miraba la pared. El tipo llegó de atrás, lo agarró de los pelos y le dijo “eh, gato tuerto, dame tu mate”. Dani sacó la bombilla y amagó con dársela, pero le salió un golpe del alma: una puñalada histérica. En la enfermería dijeron que el globulo ocular del gigante se había infectado, y que por eso murió. En el penal analizaron la posibilidad de prohibir el uso de bombillas métalicas, pero descartaron la idea. El problema, diría después preso viejo, es que no hay nada más peligroso que un gato asustado.

(aparecido en miradas al sur)

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