Villa 20: la historia repetida

El 8 de Julio pasado Jhonatan ‘Kiki’ Lezcano se bañó, se puso su mejor ropa y mientras se perfumaba habló con su madre. “Voy a ver a una chica”, le dijo. Salió a la calle, se encontró con Ezequiel Blanco y juntos tomaron un remis desde Villa 20 hasta el Hospital Piñeyro. Fue la última vez que alguien los vio con vida. Un día después, Angélica, la madre de Jhonatan, hizo la denuncia por su desaparición. Y no se quedó quieta. Fue a la comisaria 52, al Juzgado Criminal de Instrucción Nº 30, a Missing Children, envió información por internet, pegó afiches, participó de programas de televisión y hasta imprimió remeras con el rostro de su hijo. Pero no hubo caso: el pibe no aparecía.


El 14 de Setiembre la mujer llamó a la fiscalia 44, que en teoría tenía la causa en sus manos. Quería saber la dirección para ir con su abogado y consultar el expediente. Marcó el número, la atendieron y, al saber quién era, el empleado judicial que la había atendido se quedó en silencio.“¿Todavía no le avisaron? -preguntó finalmente- Hay dos cádaveres. Uno está identificado como Ezequiel Blanco. El otro podría ser su hijo”. En realidad, los cuerpos estaban en la morgue desde el mismo 8 de Julio. La versión oficial era que le habían querido robar la camioneta a un policía federal, y que el agente se había defendido. Según la familia de Jhonatan, su hijo -de 17 años- tenía un tiro en el cuello y Ezequiel -de 25- uno en la nuca.

La causa por el asesinato cayó en el Juzgado 48, que la caratuló como “NN/ Robo de Automotor”. Ni allí ni en el juzgado 30 se hizo un cruce de información para conocer la identidad de los jóvenes. A Ezequiel lo identificaron por sus huellas dactilares, pero la notificación nunca llegó a destino: la justicia envió un teletipo a la Comisaría 52, y allí adujeron que no lograban encontrar el domicilio.A Jhonatan, en cambio, lo habían enterrado como NN en el Cementerio de Chacarita. “Si no hubiesemos llamado ese día-reflexionaría más tarde Angélica- todavía estábamos buscando”

Hasta aquí podría tratatarse de otro caso de decidia judicial, pero el trasfondo es mucho más pesado. Por lo menos en el caso de Jhonatan, la comisaría 52 sabía donde encontrarlo a él y a su familia. Los Lezcano viven en el barrio desde siempre, en la una de las primeras zonas urbanizadas de Villa 20. Su relación con la comisaría tiene historia. En el 2007, luego del asesinato de un narco, el nombre de Kiki empezó a repetirse en los pasillos de la villa. Los rumores llegaron hasta sus padres, y estos decidieron entregarlo a la justicia. “Lo llevamos-recuerda Angélica- para que se aclare su situación”. Kiki estuvo detenido durante 10 meses, hasta que se comprobó que no había tenido participación en el crimen. En ese tiempo terminó tercer año de la secundaria, se integró a una murga y practicó deportes.

Al salir en libertad se puso de novio, pero empezó a fumar paco y se quedó solo. Por las noches ranchaba con otros fumadores. “De madrugada -recuerda su madre- siempre volvía a dormir, y si no aparecía salíamos a buscarlo por los pasillos”. El camino que Angélica y su familia empezaron con la adicción de Kiki es el mismo que recorren cientos de madres que tienen el mismo problema: golpear todas las puertas posibles hasta conseguir ayuda. Recién a fines de Enero de 2009 le dieron un lugar en El Faro, un centro de rehabilitación de la ciudad de Buenos Aires. Allí Jhonatan estuvo sólo un día: como no lo dejaron despedirse de la madre, empezó a gritar y le dijeron a ella que se lo llevara.

Pocas semanas después, en Febrero de este año, Angélica estaba en su casa y alguien llamó a su puerta. Era un hombre retacón, con pelo crecido y algo que ella recuerda como “pinta de rockero”. Pero no era un músico, sino uno de los pesados de la brigada de la Comisaría 52. Su apodo es El Indio, y nadie tiene certeza de su nombre. El mensaje para la madre del chico fue conciso y violento:

-Cuidelo al Kiki- dijo-porque le puede pasar algo malo. Si no lo agarramos nosotros, van a ser los del fondo.

En la geográfica local, “el fondo” es la parte más pobre del barrio. Al parecer, Kiki iba a comprar paco a esa zona, y estaba llévandose mal con los vecinos y los vendedores. “La situación-explica un abogado que trabaja en la villa- es clásica: cuando un consumidor jode el negocio de los tranzas, porque le roba a los que van a comprar o hace bardo en el pasillo, la policía o ellos mismos los sacan del medio. En la comisaría 52, a los paqueros los usan hasta que no sirven más, y después los descartan”.

En la historia de la última década, es un clásico señalar a la brigada de la 52 de ese tipo de prácticas. Su exponente más famoso fue Rubén ‘Percha’ Solares, un sargento señalado por participar, entre el 2000 y el 2004, en al menos cinco ejecuciones de pibes en situaciones parecidas a las de Kiki. En los casos de Lucas Roldan, Marcelo Acosta y Daniel Barboza, los familiares de las víctimas sostuvieron que se trató de causas armadas. En los de Grabiel ‘Pipi’ Alvarez, y de otro joven de nombre Cristian, se dijo que fueron ejecutados por no querer robar a las ordenes de la policía. La mayoría de las veces, las ejecuciones fueron después de que Percha marcara a los jóvenes cuerpo a cuerpo durante un tiempo. En dos ocasiones la versión oficial fue que los jóvenes quisieron robarle a un policía, y que este se había defendido. La mayoría de las veces los testigos fueron amenazados, y el Percha siempre logro quedar impune.

En otro de los casos que involucran a a la comisaria 52, las víctimas fueron dos jóvenes limpiavidrios, acribillados a balazos. La diferencia fue que uno de esos jóvenes sobrevivió con once tiros en el cuerpo y contó su versión: hombres de civil los habían reclutado para bajar cajas de una camioneta, pero más tarde los obligaron a entrar una casa de quiniela a punta de pistola. A la salida, esos mismos hombres los recibieron a balazos. Igual que con Lucas Roldán, el móvil y los fotógrafos de Crónica TV llegaron antes de la ambulancia y los peritos.

Aquella tarde de febrero, cuando el Indio se presentó en la casa de Kiki, en el barrio ya todos lo conocían como el heredero de Percha. Un mes después dio pruebas de ello: el pibe fue interceptado en una esquina y molido a golpes por varios policias de civil. Ese día su madre y varias vecinas lo rescataron. Dos semanas más tarde, apareció tirado en un pasillo, con el rostro desfigurado. El 25 de Abril, la madre de Kiki presentó una denuncia por resguardo de persona en el juzgado de Menores Nro 5. Pero no tuvo efecto: el 7 de Julio, el Indio y otro policia de civil lo volvieron a interceptar. “Una vez te salvaste- le dijeron- dos no. Voy a ser tu sombra”. Ese día, para sellar la amenaza, le tomaron una foto. Y menos de 24 horas estaba muerto. Por qué se ocultó su cadaver es algo que todavía no está claro: al cierre de esta edición, los abogados de la familia todavía no habían logrado tener acceso al expediente.

(articulo aparecido en miradas al sur)

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