A mansalva 3: él quería ser mayor.

A los 16 años, Jhony escapó de la puna jujeña. Arrastró consigo a sus tres hermanos menores y a la madre de todos ellos, una mujer golpeada por la vida y por su marido alcohólico. En Buenos Aires, consiguieron lugar en un conventillo en Carlos Calvo casi 9 de Julio,donde ocuparon una pieza al fondo del pasillo con una sola cama. Allí domía la madre. Los cuatro niños se acomodaban de menor a mayor en dos colchones en el piso. Al principio pasaban hambre. Durante un tiempo fueron a comer a las iglesias del barrio, pero Jhony era un tipo orgulloso. Había desplazado al padre con la secreta fantasía de ocupar su lugar.

En el conventillo también vivía Teresa, una santiagueña que vendía marihuana. Jhony le tomó bronca cuando conoció a los arrebatadores del barrio, la mayoría pibes de su edad. Ellos le metieron en la cabeza la antigua idea de que ser tranza era un deshonor y que ser ladrón era motivo de orgullo. “Siendo chorro -solía repetir Jhony- te convertís en alguien en la vida. Los tranzas arruinan pibes. Y en la carcel la pasan mal”. Formaron una banda de tres, a veces cuatro. Su especialidad eran los celulares. Odiaban tanto a las chicas de clase media, que no tenían problemas en convertirlas en blancos móviles. Por las noches se juntaban en la plaza, compraban una gaseosa, imitiban los gritos de sus víctimas y se reían.

La policía los agarró varias veces. Por lo general les daban una paliza, le sacaban el dinero y los largaban enseguida. Una vuelta, a Jhony lo mandaron al juez de menores y este decidió dejarlo encerrado por tres meses, hasta que cumpliera 18 años. Fue para peor: adentro aprendió todo el diccionario tumbero, y cuando salió se sentía el Gordo Valor en versión de 45 kilos. Ya tenía pasado, y en la calle lo empezaron a respetar. Puertas adentro, en su familia, la situación era dificil. Como no contaban con su aporte, la madre mandaba a sus hermanos a comer a lo de Teresa. La santiagueña había empezado a vender cocaína y le iba bien.

Los primeros días de libertad, Jhony se la pasó contando sus hazañas carcelarias. A la semana no tuvo opción: sin un centavo, fue con sus hermanos a comer a la piecita de Doña Teresa. Había guiso de arroz y pan casero. Justo cuando le pedía al más chico que le alcanzara la sal, escuchó un estruendo. Lo demás fue todo muy rápido: el grupo GEO volteó la puerta, gritaron todos al piso y le pusieron una escopeta en la cabeza. La justicia nunca creyó la historia que Jhony insistía en contar. Sus nuevos compañeros de encierro tampoco.

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