Lisandro Aristimuño: “No salí de un ringtone”.

Allá arriba, en el escenario, parece que Lisandro Aristimuño está por quebrarse. No a punto de llorar, sino de partirse en dos, flaquísimo y aferrado a su guitarra acústica mientras baila de puro gusto, sin poses. Su público —que llenó el teatro Ateneo cuatro veces en las últimas semanas— lo acompaña: se mueve sobre las butacas como en un trance de amor. El recital parece una fiesta íntima con música de chelo, clarinete y samplers con sonidos nacidos de un video de Youtube o un amanecer de algún rincón de la Patagonia.

Con cuatro discos editados de forma independiente Aristimuño es considerado la esperanza de aquello que alguna vez se llamó rock y que en su repertorio es una mezcla que va desde el folklore y el pop hasta la eléctrónica. Armado con una voz que parece tan fragil como su cuerpo -pero que, igual que aquel, nunca se rompe- y una sensibilidad que enamora o despide con la misma intensidad, con su nuevo disco doble “Las Crónicas del Viento”, Lisandro parece consolidarse como uno de los grandes de la escena musical.

La historia es conocida para sus fanáticos: Lisandro Aristimuño se mudó de Río Negro a Buenos Aires en el 2002, siguiendo los pasos de la mujer que ama. Vino con un demo de Azules Turquesas bajo el brazo y se encontró con un mercado en el que era imposible editar algo, pero igual lo hizo y no le fue mal. Casi siete años después, con un sello discográfico propio, un programa de radio en FM La Tribu y una obra considerable para sus 31 años, Aristimuño dejó de ser un secreto que se trasmitía de boca en boca, aunque todavía le suceda algo extraño en esta época: como le esquiva a las cámaras, a las promociones tradicionales y a la televisión, mucha gente que tararea sus canciones jamás lo reconocería en la calle.

—¿Sos un chico de pueblo?

—Viedma es una ciudad, pero se sigue durmiendo la siesta; tiene casas muy bajas y un río que la atraviesa y que era como mi patio. En primer grado me fui a vivir a un pueblo más chico: Beltrán. Mi viejo laburaba en un plan de vivienda y le dieron la casa ahí. En Beltrán iba a jugar al campo. Había mucho fútbol, barrilete, prendíamos fuego. Venía el lechero con el caballo, tenías que sacar la olla y él tiraba la leche. La típica era terminar el secundario, irse a estudiar a La Plata o a Buenos Aires y estar en el lugar donde pasaba todo. Yo le tenía un rechazo a eso, quería ir contra la corriente, así que fui a Mendoza. Pero caí acá, siguiendo a una mujer, la que ahora es mi mujer.

—¿Buenos Aires te pareció hostil?

—Al principio estaba en una burbuja de amor y de buena onda. Y aparte era todo nuevo. Vivía en Palermo, en Godoy Cruz y Honduras, pero el barrio se estaba transformando en lo que es ahora y me fui a Once. Al principio estaba bien, pero después, cuando salí de esa burbuja y me di cuenta de que vivía en Buenos Aires, me dio mucho miedo. Incluso al punto de tener una parálisis facial, fobias, no salir de casa. Me pegó así, groso. Sentía que no tenía espacios: esa cosa de ser uno más en el hormiguero. Fue raro en su momento. Pero ahora ya no.

—La ciudad a la que llegaste era la de principios de 2002: la ciudad de las crisis, los cacerolazos, las asambleas, los piquetes.

—Sí. En algún punto me gustó que se movilizara todo. Había una sonrisa oculta mía. Todo me causaba como una especie de “vamos todavía”. Y a la vez estaba con todo esto del amor y de vivir con una mujer por primera vez. Lo viví con una felicidad medio rara. Aparte fue un gran cambio, también en la música. Me encantó que las grandes corporaciones cayeran, que pusieran los discos más baratos y yo poder comprarlos porque los bajaban de precio groso, como en liquidación. Y me gustó ir a una discográfica y que me dijeran que no editaban ni a Diego Torres. Fue como volver a lo salvaje. Decir: “Bueno, hay que salir con el bolso a piratear.”

—Cada uno de los discos parece una radiografía de un momento de tu vida. Azules turquesas era un disco del sur, en Ese Asunto de la Ventana hay como una transición: hay mucho de la Patagonia, pero también de las fobias de la vida urbana. Y en 39º da la sensación de que habla el que llegó a la ciudad, el que ya está acá para quedarse.

—Es inconsciente, se va dando así porque escribo con todo lo que absorbo: lo que me impactó, lo que me interesó, lo que me chocó, lo que me hizo sentir algo particular. Y hablo de eso. Ese asunto de la ventana es un disco muy para adentro. Y 39º fue el más oscuro de todos.

—Para hacer Las crónicas del Viento volviste para recolectar material de tu infancia en Viedma y a Beltrán.

—Sí, fui a buscar documentos y vivencias. Me senté a hablar con mis viejos, encontré fotos de mi abuela que son las que están publicadas en el diario. Busqué muchos audios también: del lugar, de las escuelas con esa acústica, esa cámara especial que tienen las escuelas. Incluso canté cosas ahí. Creo que la infancia es la etapa más pura que tenemos las personas. Es el momento menos fragmentado de nuestras vidas. Y también sirve para pensar en las relaciones de los seres humanos. El tema de tus abuelos con tus viejos y cómo todo se va filtrando y se va haciendo cada vez mejor.

—El disco está dividido en dos capítulos. El primero lo grabaste solo, en España. ¿Por qué?

—La idea era pasar por las distintas etapas de la infancia. Grabar solo tiene que ver con que cuando sos bebé jugás solo. cuando decís: “Mamá, ¿me llevás a lo de Juancito?” y ahí está el otro disco, otra etapa de la infancia. En realidad este disco iba a ser triple: la otra parte iba a ser instrumental. Era el momento en el que todavía no sabía hablar.

—¿Y por qué se quedó en proyecto?

—No salió porque no tenía la plata para hacerlo. Era música para una orquesta sinfónica, y me salía muy caro hacer todas las partituras. Después, la sinfónica… viste que en ese ambiente se cobra muy bien, y con toda la razón, porque hay mucho estudio, mucho tiempo de tu vida ahí. No sé escribir partituras, nunca estudié música. Pero ojo: siempre se dice “no estudié”, y en realidad no estudio de manera académica, pero sale un disco de Radiohead y me lo compro como un manual Kapelusz. Eso también es estudiar. Y agarrar la guitarra todos los días también.

—En este último disco da la sensación de que te volviste un poco nómade. Toda la música anterior tenía una identidad muy patagónica.

—Sí, totalmente. Hay un tema que se llama “Desprender del sur”. No me gusta quedarme en el mismo lugar. De cualquier manera, me parece que no hay forma de perder la identidad patagónica, porque la tengo adentro. Sólo cambia el lugar adonde enfocás, pero siempre sigue siendo la misma cámara, sos vos y son tus ojos. Nací patagónico y voy a morir patagónico. No la puedo caretear: soy muy distinto a un músico porteño. Mis amigos porteños tienen otros hábitos, otra forma de ser, de reírse, los chistes, la forma de hablar. Soy distinto en eso y también quiero buscar otras fuentes: esto de irme a España a grabar en una casa, en Vigo, en el medio del mar, con olor a puerto, con otra escenografía.

—Crónicas es una palabra propia del oficio de narrar y de los viajeros. ¿Qué representa para vos ponerla en el título de un disco?

—Casi todos los títulos salen de cosas que leo. Al principio iba a ser El secreto de las crónicas del tiempo. La idea era ponerle un título muy largo y del estilo de un cuento de castillos. Cosas muy de nenito, medio a lo Tim Burton. Después lo fui cambiando y le quedó Las crónicas del viento. Me pareció que el viento era el protagonista de mi infancia: es el brujo, el cuentista, el machi.

—Es una constante: tu sello se llama Viento Azul, la compañía de teatro de tu viejo, Teatro del Viento. Y también está presente en tus canciones.

—En Viedma el sonido del viento está todo el tiempo: la típica del zumbido en las ventanas. Una vez Fito Páez me dijo: “Ojo que el viento te vuelve loco.” Los médicos, los psicólogos dicen que el viento te pira, porque es muy fuerte. Es muy protagonista de tu vida. Salí con un paraguas en la foto de Ese asunto de la ventana por eso: en Viedma no hay posibilidad de usar paraguas porque se da vuelta. Allá salimos con los pilotos. El paraguas es un símbolo porteño. Acá vez al punk con la mochi la de Marilyn Manson y el paragüitas. Es muy fuerte.

—Hay imágenes sobre la infancia, el sur, el amor o el dolor que atraviesan todas tus canciones, pero no da la sensación de que se repitan.

—Lo lindo de la música es que aunque repita muchas veces la palabra “sol” o “luz”, cambia según el sentido de la nota y de la musicalidad que le dé. No es la misma luz siempre: la puedo usar mil veces, pero va a ser otra. Tengo un abecedario muy corto, si te ponés a pensar. Uso la voz como uninstrumento más. Y soy muy hinchabolas a la hora de elegir palabras. Sobre todo, la fonética de las palabras, la percusión que lleva cada una. Para componer, casi siempre hago los temas en un idioma raro. Como no sé hablarlo, invento un inglés muy raro. Es un idioma espectacular para la música. Me fascina la percusión que tiene.

—¿Y después lo traducís?

—Intento ubicar las palabras con respecto a esa percusión, como un rompecabezas. Pienso en la
ambientación de la música, como si fuera una escenografía teatral. Invento todo un mundo. Y después voy hablando sobre eso. Me imagino fantasmas, me imagino una casa abandonada, olor a humedad, los actores: uno tiene el pelo largo, la otra es una mujer…

—¿Por eso las canciones tienen esa variedad de texturas?. A veces tengo la sensación de que un mismo tema se puede escuchar de varias formas diferentes.

—Hago estas escenografías y las dejo estar como el vino, que vayan asentándose. Y después las agarro y escucho, suena medio ambient la música, como si fuera una música tipo Brian Eno, una cosa muy de sonidos, de timbres. No tiene ni armonía a veces, ni notas. Al principio son ruidos. Voy de a poco, en capas. Es como tirar una semilla y esperar que pase algo. A veces tardo en los procesos; los dejo estar, los dejo madurar. Otras, hay dos temas que tienen la misma base y son totalmente distintos. Hay cosas, series muy parecidas. De repente en un tema aparece la base o un sonido de otro.

—Y después, a la hora de grabar, te encerrás y grabás enseguida: en el último grabaste la mitad del disco en tres días, solo y en España.

—Sí, no me gusta estar en un estudio, me embola. Lo máximo que estuve habrán sido ocho dias. En España grabé en una casa con el ingeniero de sonido, un cocinero, un asistente y el dueño de la casa. Yo toqué todos los instrumentos. Siempre llevo la maqueta ya muy hecha. Si las escuchás, están muy parecidas a las canciones grabadas. No hay grandes cambios: sólo hay más realidad. El piano de la maqueta es un piano de compu y en el estudio pongo a un pianista.

—Escuchándote a vos o a Gabo Ferro da la sensación de que algunos temas como el amor o los sueños eran tópicos que parecían perdidos para la canción, y que vuelven a tener vigencia.

—A veces se habla del amor de una manera súper banal, de propaganda de Tubbie. Creo que el sistema está intentando que uno no piense en eso. Intenta ser de una frialdad gigantesca y cada vez estamos más fragmentados, cada vez usamos más el cerebro y no el corazón, el alma, el cuerpo, la sensibilidad. Mucha gente dice que yo soy frágil por eso. Y a mí me parece que es al revés. Frágil es el tipo que está en una multinacional y le hacen todo fácil. Va a una peluquería y le cortan el pelo y va a buscar un par de zapatillas y se las da el sponsor. Me parece que es valiente en estos tiempos hablar de amor, hablar de que te vaya mal. Decir “loco, sí, a mí me fue mal”. Nadie es perfecto. No hay que ser el superhéroe de la canción al que todo le va bien, que toma merca y no le importa nada.

—El fin del paradigma de rockero reventado.

—Sí, el famoso Pomelo. Lo que digo es que a veces se nos tilda de ser frágiles y para mí es todo lo contrario. Ser frágil es otra cosa. Me parece que Gabo se autogestiona los discos, o sea hace las producciones él mismo, igual que yo. Y eso no es fácil, tenés que tener un carácter, un criterio, una personalidad.

—Hay una visión medio machista también. La imagen sería la de un tipo haciendo el asado, que le preguntan por vos y dice “ah, ése, el sensible”.

—Sí, siempre me dicen “tú música le gusta a mi novia”. Hay que bancársela: a mí no me interesa ser Bruce Springsteen. Intento que mi lado femenino esté muy, muy presente en la parte musical. Muy pero muy. Incluso hay canciones que escribo imaginándome que soy mujer. Me parece muy rico meterme en ese mundo: de repente puedo ser animal, planta o mujer. Es re interesante ver las cosas de ese lado. Me sirve, son herramientas. Quizás eso es lo que ve el que está haciendo el asado.

—Música para novias. ¿Nunca te quisieron pegar por eso?

—No, pero varias veces me escriben al mail diciendo “me peleé con mi chica, por favor grabame un ‘Lorena, volvé’.” Ya me pasó como seis veces: por lo general me piden que le dedique un tema a la novia para que vuelva. Incluso, el último se metió en Facebook y le mandó mensajes a todos los de la banda.

—Y esa supuesta fragilidad que te achacan no está presente abajo del escenario.

—Me gusta ser fuertemente frágil. En algunas cosas soy muy cabrón. Si me tocás la música, si me faltás el respeto, te voy a enfrentar. No voy a quedarme así en un rincón llorando. Además, no se puede ser frágil teniendo discos en la calle. Ni ser independiente, tener un programa en la radio, viajar por todo el país aunque no cobres lo que se debe y aunque no haya equipos y tengas que ir en bondi a San Juan; 16 horas en bondi, peleándote con el chofer porque no te deja meter las cosas abajo. Para eso tenés que tener carácter, sino te pasan por arriba. No voy a ir con una rosa y decirle al chofer “tomá”.

—Dicen que cuando hacés un recital, negociás una fecha o distribuís el disco, que estás atrás de todo.

—Sí, de todo. Me levanto todos los días a las 9 o 10 de la mañana, abro la compu y hago laburo de oficina hasta las 13. En los recitales voy a probar el sonido, junto los cables, los armo, los pongo. Me gusta sentir que pongo cada ladrillo en mi carrera. Disfruto más de un hogar sabiendo que puse cada ladrillo. De repente después me tiro en el sillón y digo “guau, qué lindo”.

—¿Pensás que lo vas a poder sostener, o en algún momento vas a tenér que empezar a delegar?

—En realidad no le tengo que rendir cuentas a nadie. Soy mi propio jefe, entonces todo depende de mí, de las ganas que tenga. No tengo a nadie para pedirle permiso. También está bueno saber que por ahí el día de mañana va ir todavía más gente a verme. Es re lindo. O sea, hay gente que lo toma a mal, yo lo tomo muy feliz porque sé que fue muy digno lo que hice para que eso se cumpla. No salí de los celulares con un ringtone. Fue ladrillo por ladrillo.

—Cuatro Ateneos llenos para presentar el disco parecen un triunfo de esa forma de trabajo.

—Se agotaron las dos primeras funciones, y agregamos dos más. En un principio la idea era hacer un Gran Rex. Y yo dije que no, por la lejanía que había con el público ahi. Prefería hacer más Ateneos y no hacer un solo Gran Rex y que quede todo ahí. Me gusta la idea de cambiar el repertorio, de ir probando, hacer versiones, de que haya un invitado distinto en cada fecha, que no se sepa, que se cambie el listado de canciones. Me encanta joder así.

—¿Tuviste una estrategia, dijiste “voy por acá, sigo esta fórmula” o las cosas se fueron dando así?

—Tenía una ideología. Mi viejo es director de teatro, músico, y la influencia suya es muy grande. Al día de hoy le pregunto cosas, seguimos juntándonos para charlar. Tuve una educación y la suerte de que mi viejo me haya mostrado lo que son los derechos humanos, que no hay que prostituirse, que hay que respetar la música y el arte. Tuve una escuela, quizás inconsciente, porque mi viejo no es que me sentaba y me decía “El Che Guevara…” Era algo natural, mi casa fue así.

—Lo típico es la ruptura; pero vos reivindicás la influencia familiar, el haberte criado en una familia de artistas.

—Totalmente. Vengo de un lugar alucinante, no me puedo quejar. Mi viejo quería que fuera director de orquesta, pero igual está feliz con lo que soy. En algún punto seguí su camino. Mi viejo siempre luchó por el teatro, porque el arte llegara a todos lados. Y en algún punto comparto mucho lo de él, es una enseñanza muy fuerte. Discutimos mucho, igual. No es que es todo color de rosa. Tenemos discusiones muy fuertes, sobre formas de ver la vida. Muchos de la generación de mi viejo son gente que tiene como un resentimiento. Tienen como esa cosa de “claro, para vos es fácil, porque a nosotros nos re cagaron a palos para que vos puedas…”. ¿Y qué querés? ¿Que me peguen? Te lo recriminan todo el tiempo.

—¿De esa tradición familiar también vienen tus influencias?

—En mi casa la música que se escuchaba era folklore latinoamericano: el Dúo Salteño, Mercedes Sosa, Caetano Veloso, Violeta Parra, Chavela Vargas. La primera influencia que tuve fue esa. Después vinieron Los Beatles. Y ahora Radiohead. Spinetta, Charly. En Buenos Aires surgió lo de tener la computadora y empezar a saber que con eso podía hacer música. Y el tema de conseguir una banda me hizo empezar a aprender a programar, a usar cosas electrónicas.

—Tu ideología está en la forma de actuar, pero se exprea de forma es sutil: tus canciones hablan del amor, los sentimientos, la naturaleza. No sos un cantor de protesta.

—Me interesa que la acción tenga eso. Después, en la parte musical y las letras me gusta escribir poesía, metáfora. La canción de protesta no es mi fuerte. No me siento capaz de hacer una letra que haga eso. No me gusta hablar de las cosas de las que no estoy tan seguro. Sí me siento capaz de hacerlo de una manera más romántica. Entonces, por decirte algo: me regalaron una remera del subcomandante Marcos y la tengo guardada en el placard. No me la pongo porque no sé si soy capaz de tener algo tan fuerte en mi cuerpo.

—Siempre se sospecha de lo independiente. Estamos acostumbrados a pensar que nos están dando un discurso de dos caras.

—Es muy argentino eso: “Algo tiene, algo me está vendiendo que no dice”. Digo que es mi opción, es cómo me gusta trabajar. No quiere decir que tenga que ser así, yo no critico al que está con una multinacional. Antes era más así, pero ya no me interesa bardear. Cada uno elige su camino y cada uno sabe lo que hace y lo que no hace. Y eso se ve, la gente se da cuenta si le estás faltando el respeto, si no ensayaste, si estás drogado, de todo se da cuenta. Y el público responde a eso. Intento estar sanamente bien conmigo y ser lo más digno que puedo conmigo.

(Esta entrevista puede leerse en en La Revista C del Diario Crítica. En el blog Azules Turquesas hay información sobre las fechas y demás cuestiones sobre Lisandro Aristimuño. El programa de radio se puede seguir desde el blog Ese asunto suena raro)

Yapa, para el blog:

Dos canciones del último disco:

—Del primer capítulo “Fin, 2, 3”. Es la que dice “Soy quien cubrió tu dolor hasta fin de siglo”. Habla de una realidad positiva. En la primaria, cada vez que conocía una chica sufría muchísimo. Creo que nunca sufrí tanto por amor como a esa edad. Me enamoraba plenamente. A esa edad, te hablo de los siete u ocho años, era el nenito artista: golpeaba las mesas, hacía batería. A las maestras les encantaba, me protegían. Igual era muy manipulador también. Me venía a pegar el más fuerte y lo daba vuelta como un panqueque, pero hablándole. Le decía “¿entendés lo que estás haciendo?, está mal”. Y cuando me molestaban mucho pedía auxilio. O agarraba un palo y se lo partía en la cabeza. Tenía una parte violenta también. Del capítulo 2 Fecundación (te llamo sin parar) me parece un tema super crudo. Habla de ese miedo a la oscuridad, de que te dejen solo en la noche y empezar a ver formas en la ropa que está colgada. Es esa imaginación que te agarra. En esa canción también agradezco al miedo por haberme hecho crear tanto, por imaginarme tantas cosas. Era ese momento en el que te morías de calor pero estabas re tapado con una manta porque era un escudo ante cualquier peligro. Y de no poder llamar a tus viejos porque te retaban. Entonces te agarra ese “te llamo sin parar”, que en algún punto me hace acordar mucho al “Mother” de Lennon.

Sobre el programa de radio:

Elegí hacerlos en La Tribu por lo mismo que elegí ser independiente y tener mi sello, osea, tener libertad. Esa radio me deja hacer lo que quiero y la idea del programa no es vender, no tiene un listado de música que hay que poner, no tiene un sponsor que me paga. Yo no cobro nada, lo hago por placer. Yo no soy locutor, no soy periodista. La idea surgió porque con Gastón Montells, (ex director de FM La Tribu y productor del programa), nos juntábamos a tomar unos vinos y yo le ponía música. Siempre cuando viene gente a casa no cocino, pido delivery. Pero sí me gusta ponerles música, tipo, “a vos te va a gustar esto”. Y casi siempre la pego. Gastón me dijo “loco, hagamos un programa con esto”.

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