Género Judicial

Escribo muchas cosas que por una razón u otra no son publicadas en el blog. A veces -las menos- porque son notas a pedido que prefiero olvidar. Otras, porque son artículos periodísticos escritos en tono informativo. En las últimas semanas, en Miradas al Sur escribí dos artículos de ese tipo: cortos, informativos, rápidos. El primero es sobre el juicio por el asesinato de Pelusa Liendro, una dirigente trans salteña. El segundo, sobre la desaparición de una empleada doméstica en Los Hornos, cerca de La Plata. En ambos casos tenía poco tiempo y espacio para escribir, pero me pareció que eran interesantes por dos cosas: primero, porque trataban de situaciones que no tienen cabida en los medios de comunicación nacionales. Segundo, porque demuestran como actua la justicia cuando se trata de casos donde están en juego cuestiones de género, con protagonistas con poco acceso a la justicia. Así que aquí están, cortitas y al pie, las notas sobre Mónica Bauzá y Pelusa Liendro.

1) Mujer desaparecida en Los Hornos

Mónica Adriana Bauzá tenía 43 años y tres hijos. Fue vista por última vez cien días atrás en Los Hornos, provincia de Buenos Aires. Esa mañana desayunó, saludó a sus hijos, se puso una campera verde y salió rumbo a Gonnet, a uno de sus tres trabajos como empleada doméstica. Desde entonces solo reapareció en forma de rumor, como un fantasma que algún vecino creyó ver en el centro de la ciudad, inmune a los afiches y las movilizaciones que piden por ella. Los rastrillajes en la zonas donde solía transitar, los llamados al 911, los interrogatorios a su entorno y los procedimientos de rutina fueron en vano. “Buscamos -explicó a Miradas al Sur una fuente judicial- en comisarias, hospitales, morgues, fronteras y terminales de micros. No obtuvimos nada. Es como si se hubiese esfumado”.

El 18 de Noviembre, al cumplirse tres meses de la desaparición, sus familiares y amigos salieron a la calle. Llevaron carteles con fotos, pidieron que se intensifique la búsqueda y repartieron volantes. En los pocos medios que cubrieron la noticia, la comparación con el caso Pomar -la familia que desapareció completa, con auto y todo- se volvió inevitable. Una de las radios que cubrió la marcha entrevistó a Juan Segovia, el ex marido de la mujer. “Hoy -dijo el hombre- me vinieron a ver a las 2 de la tarde. Llegó un patrullero y me preguntaron ¿Usted es el marido de Mónica?. Venga porque parece que la encontramos. Fuimos a ver, pero era una falsa alarma”. El movilero, que insistía en presentarlo como el marido, le preguntó que pensaba que podría haber pasado. “Para mí -respondió el hombre- no se pudo haber ido por voluntad propia”.

Apenas diez días después de esa entrevista, la familia de Mónica encontró una presentación judicial del 2006, en la que la mujer pedía que se excluyera a Segovia del hogar. En el escrito, la mujer detallaba el calvario que había vidido durante dós décadas. “Ha utilizado almohadones para que no queden marcas en mi cuerpo de los golpes, me tira con vasos, platos, y elementos cortantes, con acoso sexual permanente, manoseos, toqueteos y palabras irreproducibles. Una vez me sacó al bebé, lo llevó a la habitación, volvió al comedor y comienzó a golpearme con almohadones sobre mi cuerpo, sin parar. Me tiraba del pelo y además de amenazarme diciendo ‘te voy a matar aunque termine preso’ y ‘vas a terminar bajo tierra, yo ya estoy jugado’”.

La causa estaba extraviada, y recién ahora sale a la luz. Fue presentada ante la justicia y en los medios de comunicación como giro en la investigación. En la fiscalía platense que lleva adelante el caso, sin embargo, ponen paños frios. “Lo que hay -explicó a Miradas al Sur un vocero judicial- son algunas denuncias por amenazas del año 2006. Todavía no las tenemos, pero sabemos que están archivadas por falta de pruebas o algo similar. La mujer tenía un conflicto con Segovia. Había una exclusion del hogar, y compartían el mismo terreno. Ella vivía adelante con los hijos y él estaba en una casita en el fondo. Eso generaba algún disturbio, pero no pasaba a mayores. Siempre se tuvo en cuenta esta situación, pero la verdad es que no se sabe que pasó”.

En realidad, Juan Segovia y Mónica Bauzá estaban separados desde 1983, cuando su primer hijo todavía no había cumplido un año. “Vivían bajo el mismo techo-explicó a Miradas al Sur un familiar directo de la mujer – por las criaturas, aunque no estaban juntos. Ella le tenía muchísimo miedo, y de ese miedo salieron dos hijos. Ahora está saltando todo a la luz”.

Juan Segovía trabaja en turnos rotativos de peón de taxi y de camillero en un hospital. Tiene amistad con algunos familiares de Mónica, que sabían que él seguía obsesionado con la mujer. “Estuvimos reunidos con él -contó uno de ellos a Miradas al Sur – con casi toda la familia. Y hoy es el principal sospechoso”.

Un mes antes de desaparecer, Mónica intentaba reconstruir su vida. “Ella -explicó uno de su hermanos- no iba a bailar y casi no salía. Empezó una relación con otro hombre: tomaban un café, charlaban. El Jueves 20 de Agosto iban a cenar, porque cumplían un mes juntos. Pero ella desapareció dos días antes. Todavía tenemos la esperanza de que alguien le haya llenado la cabeza y que se haya ido. Ya no sabemos que más pensar”.

-El caso de Pelusa Liendro

Hace tres años exactos fue asesinada Pelusa Liendro, dirigente trans de la provincia de Salta. El lunes termina el juicio contra sus asesinos. Los acusados son Silvio Elías Soria y Sergio Alfredo Núñez, dos amigos que al momento del crimen tenían 19 años. Los hechos ocurrieron en los primeros minutos del 29 de noviembre de 2006, dentro de una camioneta Land Rover. Según la reconstrucción, mientras Nuñez sostenía a la víctima, Soria le dio siete puñaladas en el cuello, tórax, brazos y manos. Cinco de ellas fueron mortales.

Pelusa tenía 41 años y era muy conocida en Salta. Había sido una de las principales impulsoras de la marcha del orgullo gay, en una provincia donde todavía el código contravencional prohíbe el travestismo fuera del ámbito del carnaval. El resto del tiempo, al pisar la vereda las travestis son detenidas y acusadas de ejercer la prostitución, por más que esten yendo a la panadería. Las primeras movilizaciones para hacerse visibles fueron protagonizadas en el 2004 por un puñado de travestis y gays que se cubrían con máscaras para no ser reconocidos. Pelusa las encabezada.

La hipotesis de la instrucción de la causa es que Soria y Nuñez tenían una relación amorosa con ella, y que la mataron por celos o por creer que les había contagiado el HIV. “Los asesinos -señaló una fuente de la investigación- vieron a Liendro salir del area de infectología de un hospital local y pensaron que estaba infectada con el virus”. Pero la verdad es que Pelusa no era portadora. “El forense-explicó a Miradas al Sur Rosalina Liendro, hermana de la víctima- dijo que estaba sana: solo tenía una gastritis nerviosa. Ella iba al hospital a retirar los preservativos y folletería que le repartía a sus compañeras. Y también porque quería organizar una salida en el corso para juntar dinero y comprar colchones y televisores para las salas de infectados”.

En las últimas semanas, los padres de los acusados salieron a los medios de comunicación para decir que Pelusa introdujo a sus hijos “en el mundo de la droga y el sexo”, y que el crimen “fue el final de una tragedia condimentada de narcóticos, corrupción de menores y celos asesinos”. Según ellos, las travestis forman “una organización capaz de un accionar en conjunto preparados para utilizar todo su poder en las mentes de los más jóvenes”. Los diarios locales, que suelen referirse a las travestis en forma despectiva y burlona, apoyan esa teoría y presentan a los acusados como protagonistas de una desgracia.

Para las allegadas a Pelusa, en cambio, las cosas tienen otro color. “En la zona roja -dice Rosario, una de las mejores amigas de la víctima- conocemos a todos: podemos decir quién habitué del ambiente nuestro, y a ellos no los conocíamos. Yo era la mejor amiga de Pelusa y nunca los vi con ella. Lo que se comenta en la calle es que los obligaron a matarla, pero ellos nunca dijeron nada. Y ahora tienen los abogados más caros de la provincia.”

Si bien no forma parte de la causa, no pocas fuentes consideran que el asesinato fue un crimen mafioso. “Pocos días antes de que la maten -dice Rosalina Liendro- Pelusa le hizo una cámara oculta a la policía y salió en television”. Rosario, su amiga, la acompañó en la aventura. “Con esas cámaras -recuerda- pudimos mostrar como las chicas sufren golpes de la policía, como les piden coimas o favores sexuales para no detenerlas. Cuando el programa salió al aire, la policía dejó de mostrarse en la noche, y a los diez dias apareció Pelusa asesinada. Después, esos mismos policías que nos seguían todos los días, no aparecieron por un mes”.

Mary Robles, Coordinadora La Asosiación de Travestis Transexuales y Transgenero en Salta (ATTTA), recuerda que Pelusa no se callaba. “Una semana antes del crimen -dice- había amenazado con denunciar los nombres de los políticos y jueces que eran clientes de ella, y que no hacían nada para cambiar la situación de las travestis”.

En aquel entonces, en Salta no existía ningún tipo de organización que agrupara a las personas trans. “Ella -explica Rosalina-estaba tratando de conseguir una personería jurídica. El que la asesoraba era el abogado Santiago Pedroza, con el que tenía una amistad”. El día del crimen, ese mismo abogado dijo que Pelusa era “una persona correcta y educada”. Poco tiempo después, su secretario se presentó en la justicia e intentó involucrar a otras travestis en el asesinato. Su objetivo era cobrar la recompensa de $ 50.000 que el gobierno ofrecía para quién aporte datos a la causa. Ahora, el mismo Pedroza patrocina a uno de los acusados, al que intenta presentar como víctima de Pelusa.

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