La historia de la falsa sorda muerta por desamor entre narcos

No era sorda. Era alta, era rubia, tenía un balazo en la sien y veinticinco mil pesos en la cartera, pero sorda no era. Las vecinas de Villa Zabaleta no entienden por qué los noticieros dijeron eso. Moria, aseguran ellas, era una deboradora de hombres, una jefa narco de primer nivel, una chica capaz de ser cruel o de volver loco a un hombre. Y no tenía ninguna discapacidad.

Su cadaver apareció a las 11 de la mañana del viernes pasado, en Parque Patricios. Estaba en el asiento del acompañante de un Citroën C3, patente ELC 762. El auto no tenía pedido de captura ni impedimentos para circular. El lugar donde quedó estacionado -frente a un estudio contable, cerca del parque, del Hospital Muñiz y de un hotel alojamiento- despertó múltiples conjeturas, pero no dio ninguna pista. El único testigo presencial dijo que había escuchado un estampido y que luego un hombre joven corrió. A los pies del cuerpo, además del dinero, había una pistola calibre 9mm y otra 22. Se supone que una de ellas fue la que utilizaron para matarla.

La primer hipótesis fue el crimen “pasional”: chica rubia de 25 años que escapa con sus ahorros, marido celoso la atrapa y le da muerte. La segunda teoría, cuando vieron su agenda plagada de nombres del hampa, fue el ajuste de cuentas: mujer narco huye con el dinero, sicarios la encuentran. Pero la realidad es un poco más compleja.

Mamá narco

Moria tenía un sueño. Se lo había contado a sus amigos:

-Quiero ser la heredera de mi vieja.

En los pasillos de la Villa Zabaleta y de la 21-24, la Negra Esther era famosa. Para muchos, la madre de Moria era una de las últimas mujeres con cierto poder territorial en una zona donde la venta de droga se diversificó en decenas de pymes . Llegada de Tucumán hace varias décadas, esa mujer de rasgos aindiados, grandota y bastante tacaña había construído su poder al viejo estilo: reclutaba soldados, arreglaba con la policía, desplazaba a los tiros o se aliaba con sus competidores según el momento.

En su casa sobre la calle Lavardén, Esther levantó un paredón de bloques grises. Detras había tres ranchos de dos pisos, amurallados y con un quiosco en la fachada. Allí, además de su familia se refugiaban los pibes que trababajan para ella. Eran los únicos a los que Esther les daba una mano. Quizás por eso, el humor popular estaba del lado de otra mujer: Zulma Figueredo, la Reina.

De origen paraguayo, la Reina tenía el mismo modelo de negocio que Esther, pero lo manejaba de otra forma. Colaboraba con varios comedores, defendía a sus amigos y siempre andaba con un arma en la cintura. “Más de una vez- contó a Miradas al Sur uno de sus vecinos- nos dio una mano. Incluso a Esther, cuando algo iba mal, le ayudaba. Pero la tucumana tenía bronca: odiaba a los paraguayos. Y también le tenía envidia. Algunos dicen que ella la vendió”.

La Reina fue asesinada en Mendoza el 26 de setiembre de 2008. Iba al volante de una Toyota Hilux 4×4. Recibió un tiro en el pómulo y otro cerca del corazón. A su novio le dieron en el tórax, en la cabeza y en el cuello. Pocas horas antes de morir habló por teléfono con una de sus amigas de Barracas.

-Comadre -le había dicho- mañana vuelvo. Vamos a tirar la casa por la ventana.

Pensaba festejar su cumpleaños 40 a lo grande. Lo que tuvo, en cambio, fue un velorio imponente. El chofer que llevó su cuerpo en una ambulancia desde Mendoza hasta Villa 21 se encontró con un corjeto plagado de camionetas 4×4. Al volver a sus pagos no pudo dejar de comentar la aventura: además de pagarle la tarifa, los deudos le habían dado dos mil pesos de propina.

Las herederas

Después de la muerte de la Reina, la Negra Esther ganó un poco de terreno, pero a su alrededor el mundo parecía derrumbarse. De sus cuatro hijos, tres estaban presos, todos por causas distintas al narcotráfico. Daniel, el mayor, había sido condenado por robo a mano armada. Pumper por matar a un vecino. Y Vanesa cayó por asesinar a un automovilista en Parque Pereyra, a pocas cuadras del barrio.

Moria se había comprado una casa frente a la de su madre. A veces atendía el quiosco, y otras salía de reparto con Jorge, su novio paraguayo. A la Negra Esther el muchacho no le gustaba. No solo desconfiaba del idioma guaraní, sino que que tenía cuentas pendientes con sus paisanos. Algunos sospechaban que ella había entregado a la Reina. Otros, comentaban que los deudos de la víctima de Pumper podían intentar vengarse.

Nadie recuerda la fecha exacta, pero si las circunstancias. La Negra Esther venía de jugar a la quinela. Cruzó la calle Luna y se metió en uno de los pasillos. Dos hombres la seguieron en silencio. Cuando dobló la acribillaron a balazos. Tenía 48 años. Su velorio no fue un evento concurrido. Como todo final de época fue deslucido, sin brillos.

Después del entierro, Moria se juntó con Jorge y se hizo cargo del negocio. Cinco meses atrás hubo un escándalo: el tipo descubrió que la engañaba con un familiar. “La reventó a palos -confió un vecino a Miradas al Sur-. Fue tremento. Pero después andaban juntos. Se arreglaron, por amor y por negocios. Al tiempo, la piba empezó a andar con uno de Zabaleta. Era un muchacho joven”.

Moria manejaba el auto de su marido; lo usaba para hacer entregas, para dar vueltas por el barrio. Ese fue el símbolo de la reconciliación. En ese mismo auto la encontraron muerta, con un balazo en la sien.

Nuevos territorios

La fuente habla con la certeza de quién puede cruzar datos a uno y otro extremos de la cadena de producción. “Lo que estamos viendo -dice- es un nuevo modelo de negocio narco. El viejo modelo, que implicaba reclutar soldados y montar grandes estructuras, generaba un gran problema de seguridad para los propios narcotraficantes. En Bolivia y Perú ya no hay grandes carteles, sino pequeños clanes familiares que se mueven con pocos kilos. Los narcos que se instalan aquí extrapolaron esa forma de trabajo”.

Los únicos que mantienen una estructura más amplia, asegura la fuente, son los narcos llegados de Paraguay, y en cierta medida los argentinos, que vienen en decadencia. “Los paraguayos -dice- se manejan por el idioma. Si uno habla guaraní fluído, puede trabajar con ellos”.

Romina es de Ciudad del Este. Tiene 18 años y vino a la Argentina hace dos. Su madre la mandó a buscar para alejarla de las drogas, pero no logró hacerlo. A poco de estar, la piba se la arregló para conseguir pasta base. “Vivíamos en Lomas de Zamora -recuerda- y conocí a unos vaguitos. Me junté con ellos, y cuando fuimos a comprar me levanté al tranza. Me fui a vivir con él por la droga que tenía”.

Una tarde, su novio tranza le pidió que la acompañe a visitar a un proveedor. Al llegar a Villa 21, Romina se encontró con que eran paraguayos. La lengua guaraní le brotó de adentro. “Les dije ‘soy tu paisana’ y nos pasamos números. Hicimos un vínculo amistoso y enseguida conseguí marido, casa, comida y droga. Me vine a vivir a la villa. Acá empecé a vender”.

Con mucha experiencia en la calle, y con una forma de seducir arrolladora, Romina parecía destinada a convertirse en un personaje de la misma catadura que la Negra Esther y la Reina. Pero los tiempos cambiaron. Y ella estaba más preocupada por el consumo que por el negocio. “Me enrosqué tanto -dice- que me arruiné y me dejaron en la calle”.

Para entonces, Romina estaba embarazada. Se instaló en los pasillos, y durante varios días circuló entre los fisuras, como un fanstasma más. “Todos -recuerda- me empezaron a tratar mal. Los chaboncintos que paraban en la villa me trataban de turista. Hasta que encontré la solución: me compré un fierro y me defendí”. Con su nuevo juguete entre las manos, Romina empezó a dormir en los pasillos con un ojo abierto. Fue su manera de sobrevivir en un territorio nuevo, donde los límites entre el domino de un tranza y otro no están para nada claros.

Si la Negra Esther y su familia son el fin de una época, quizás Romina y su 32 corta sean el comienzo de otra.

(articulo aparecido en Miradas al Sur)

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