La historia de los siete quinteros baleados

Hace más de una década que la familia Aguilar repite la misma rutina. Son quince personas que se levantan a las siete de la mañana, desayunan un mate de coca con pan y se ponen a trabajar en su quinta del Barrio Esperanza, en el rincón más rural de General Rodríguez. Algunos vinieron desde Potosí hace cuarenta años. Otros acaban de llegar. Al principio cultivaron hojas verdes: lechuga, acelga, espinaca. Hace algunos años se mudaron a la producción de tomates. Cosechan en primavera y verano. Durante el otoño y el invierno preparan la tierra y los invernaderos. Les va bien. Dos veces por semana cargan un camión y van hasta el mercado de La Matanza a vender su mercadería.

Quizás por eso, reflexiona Pastor Aguilar -60 años, 32 nietos, tres tiros en una pierna- les robaron de forma tan violenta. “Nos deben haber seguido, estudiado. Nosotros no los conocíamos. Ellos a nosotros sí”, asegura.
El asalto fue el jueves 24 de junio a las ocho de la noche. Duró una hora y dejó un saldo de siete miembros de la familia heridos de bala, incluyendo una adolescente de 14 años. Llovía y los hombres de la casa esperaban a que amaine para cerrar el portón de entrada. Alguien escuchó un grito. Era José Antonio, el sobrino especial de la familia. “Se lo ve grandote, pero tiene mentalidad de niño. Es tierno como una lechuguita. Es mi sobrino protegido”, cuenta Don Pastor.

El primero en salir fue él. Caminó hasta la entrada y los vio. José Antonio estaba en el piso. Tenía un disparo en una rodilla y le estaban pegando en la cara. Eran cuatro, quizás cinco hombres. Algunos estaban encapuchados y llevaban un arma en cada mano. A Pastor le dispararon tres veces. “¿Vio cuando le quiebran las patas al sapito?”, recuerda el hombre. “Así quedé yo. Como pude me arrastré y me escondí en el pastizal. Me desvanecí, y de ahí en más no supe que pasó.”

Al escuchar los gritos, Isidro estaba en el galpón con su hija de 14 años. Eran los encargados de guardar el tractor y cerrar con llave. Se acercó hasta el monte de donde venía el escándalo y los vio amuchados, planeando el siguiente paso. Intentó esconderse. Los ladrones lo siguieron y le dispararon por la espalda a cuatro metros de distancia. La bala le rozó el omóplato: entró en la carne y salió paralela a las costillas. Isidro se derrumbó. Pocos metros más adelante, le dieron a su hija en la cintura. El padre alcanzó a ver el cuerpo que caía en cámara lenta. Ahora lo recuerda y baja la mirada. “Me sentí morir”, dice. Pero no pudo hacer nada: los ladrones se ensañaron con él. “Demasiado me han pegado”, cuenta. “Me pisaban y me daban patadas. Apenas me quedó coraje para levantarme cuando ellos me obligaron”.
Víctor, de 41 años, escuchó el alboroto y pensó lo que todos: que el sobrino especial había tenido un accidente. Después, cuando siguieron los gritos, agarró la escopeta y salió pensando que eran rateros que intentaban robar tomates desde el alambrado. Caminó unos metros, disparó al aire y enseguida recibió un tiro en la cara. Cayó al piso y vio a la hija de Víctor, que estaba tirada más adelante. Intentó levantarse para ayudarla y le volvieron a dar, esta vez en una pierna. Detrás suyo estaba Felix, un potosino de rostro redondo y sonrisa amplia. A él le dispararon en la ingle, pero igual logró escapar. El último baleado fue Demetrio, un pariente que había llegado desde Bolivia para visitarlos.

Algunos de los heridos se arrastraron, entraron a la casa y trabaron la puerta con barras de acero. “Apagamos las luces –cuenta Víctor- y empezamos a llamar por teléfono a la policía y a todos nuestros parientes de la zona. Yo perdía mucha sangre.” Afuera, los ladrones no se dieron por vencidos. Agarraron una viga de madera y la usaron como ariete para abrir la puerta. Tardaron varios minutos en voltearla: en la familia calculan que cerca de cuarenta.

Cuando lograron abrirla, los ladrones se quedaron en el umbral. “Esperá, capaz que están armados”, dijo uno de ellos. En el interior de la casa era todo silencio. Uno de los asaltantes retrocedió y volvió con Isidro a la rastra. Víctor prendió la luz. Tenía sangre en todo el cuerpo y un dolor enorme en la mandíbula. Juntó fuerzas y dijo: “llévense todo lo que quieran. Acá nadie esta armado.”

Lo que siguió fue un cuarto de hora de golpes y torturas. El único que se salvó fue Benjamín, un bebé de un mes: una de sus hermanas lo envolvió con una frazada y lo escondió debajo de la cama. “El pobre no lloró ni hizo ningún ruido, como si supiera que tenía que salvarse”, contaría luego la niña, ya con el recién nacido salvo.

A Víctor le pegaron culatazos en el mismo lugar donde había entrado la bala. Su mujer intentó calmarlos. Los guió hasta el lugar donde estaba el dinero, les entregó todo lo que tenía. “No tenemos mucho”, les dijo. “Hace poco compramos maderas. Esto es lo que hay”. Los ladrones no se quedaron conformes. Tomaron el paquete que la mujer había dejado arriba de la mesa y al golpearon a ella también. “Queremos más” grito uno.
Lo interrumpió un sonido seco que venía desde afuera. Desde el portón de entrada, los policías que habían llegado al lugar luego del llamado al 911 disparaban al aire. Los ladrones tomaron lo que había a mano y se fueron.

La mujer de Víctor salió a recibirlos. Don Pastor salió de su escondite, logró levantarse y le ayudó a abrir el portón. La situación se volvió extraña: ni bien abrieron, los policías los encañonaron y los obligaron a tirarse al piso. El hombre sangraba en silencio, preso de un ataque de pánico. La mujer gritaba que ellos eran los dueños de casa, que los ladrones ya no estaban más allí. Tardaron varios minutos en convencerlos.

Nadie sabe como escaparon los delincuentes: en las inmediaciones no había vehículos y ninguno de los vecinos escuchó ruidos. “Me juego –opina Víctor- que mientras la policía estaba con nosotros ellos se escondieron allá atrás, en el campo. Pero los policías no los buscaron: se quedaron en la casa. Lo primero que nos preguntaron fue cuanto dinero se habían llevado.”

Al rato llegaron las ambulancias, los parientes, algunos vecinos. Los heridos fueron trasladados al hospital local. Una semana después, la mayoría fue dado de alta, pero deberán guardar reposo por un tiempo largo. Don Pastor es el más afectado: camina con muletas y dice que lo mataron en vida. Que después de tanto luchar le va a costar levantarse. Víctor, su sobrino, dice que no es así: que esto pronto va a ser una experiencia más, que se van a recuperar. Cada tanto, durante la charla, se toca la mandíbula. Debajo de la venda está la bala. Los médicos dijeron que era mejor no sacarla: prefirieron dejarla adentro de su cuerpo. Hasta que se vuelva parte de él.

(artículo aparecido en el diario tiempo argentino)

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4 comentarios en “La historia de los siete quinteros baleados

  1. Interesante. Pero parece una mas de las noticias dirigidas a generar miedo y sensacion de inseguridad. Esperaba una reflexion un poco mas profunda sobre este tema de tu parte.

    1. y que querias, que te de la solucion para terminar con los robos amparados por la policia? por qué le pedís tanto a una simple crónica?

  2. increible el 1er comentario¡¡¡como si estas cosas no estuvieran pasando y la inseguridad sea un tema inventado.Coincido en algo que parte de la paranoia esta creada por los medios,pero la inseguirdad existe y si no vayan a ver a estos paisanos baleados por todas las partes de sus cuerpos,parece una leccion de anotamia terrorifica.

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