El hombre que buceaba en el Riachuelo

“Llegar al fondo del Ria­chuelo -dice el buzo Guillermo Balbi- es como hundirse en un yogur negro y helado.” Balbi bu­cea de forma profesional desde 1967 y aunque sus mejillas ro­sadas lo oculten, ya está cerca de cumplir los 66. En su carrera vio de todo: trabajó a 36 metros profundidad en Tierra del Fuego, rescató barcos, algún que otro tesoro y unió oleoductos subma­rinos en el estrecho de Magalla­nes. Sus compañeros dicen que es uno de los hombres que más co­noce el Riachuelo desde abajo. Y, sin embargo, en esas profundida­des nunca logró ver nada. “el Riachuelo, los buzos nos maneja­mos por tacto. Ni siquiera pode­mos usar luces, porque rebotan contra el barro.”

El único milagro posible es que haya crecida, y que el agua que llega del Río de la Plata deje filtrar algunos rayos de sol. Esos días, como un regalo, cerca de la superficie uno puede sentirse en­vuelto en una niebla rojiza. Pero es apenas un dato curioso: la vi­sibilidad es igual de nula que en medio de la negritud.

La oficina de Balbi está en un galpón sobre Magallanes, casi frente al puente transbordador, en el corazón de la Boca La em­presa para la que trabaja se lla­ma Raúl Negro, como uno de los pioneros del buceo en Argentina. “Los buzos profesionales -cuen­ta Carlos Paz, directivo de la em­presa- nacieron en estas cuadras, cuando acá estaba el puerto y los barcos amarraban sobre Pedro de Mendoza.”

Medio siglo atrás, el lugar don­de ahora tienen su base los buzos de Raúl Negro era un cabaret don­de los estibadores pasaban sus ra­tos libres. Ahora parece una isla: es un galpón lleno de equipamiento en medio de conventillos tomados y ranchos de ladrillo hueco a la vis­ta. frente, en el lugar donde an­tes amarraban los barcos, hay un alambrado y una cucha de madera que funciona como fumadero de paco. Los únicos botes que se ven, además de los de la empresa, son los que cruzan a los vecinos de la isla Maciel. Desde allí, los buzos sa­len a cualquier parte del continen­te. Los pueden llamar tanto para reflotar un barco hundido, como para reparar una hélice o limpiar el sistema de ventilación de un bu­que llegado de alta mar.

Uno de los buzos jóvenes es Juan Díaz. Tiene 28 años y es profesional desde hace siete. Nació en Necochea y se formó en la Prefec­tura Naval. Su tono de voz es in­descifrable, casi neutro. Es un poco el que trajo de las playas en las que se crió, pero mucho tie­ne que ver con el oficio: un traba­jo en el que se convive con gente de todo el país y en el que los via­jes son parte de la rutina. “Vivimos -dice- con el bolso armado por si hay que salir de improviso.”.La pri­mera vez de Juan en las profundi­dades del Riachuelo fue para repa­rar una hélice.

Además del olor, le llamaron la atención los peces que llegaban arrastrados por la corrien­te: nadaban con la boca afuera, buscando en la superficie el oxíge­no que el agua les negaba. Los bu­zos consideran que esa falta de vida es casi una ventaja. “Como no hay oxígeno, no hay bacterias, así que nunca tuvimos problemas de infec­ciones”, asegura Balbi.

Juan lo sabía, y por eso no tuvo problemas en bucear con un traje húmedo: un equipo liviano y abier­to, que deja pasar un poco de agua para formar una película entre la piel y el neoprene. “Es una capa de agua que ayuda a mantener la temperatura del cuerpo”, explica Juan. El problema fue al salir: eso que en las profundidades era una protec­ción contra el frío, en la superficie se convirtió en una humedad pega­josa y maloliente.

Los que se llevan la peor par­te son los buzos que trabajan con trajes pesados. Ellos bajan atados a una soga, y saben que llegaron al fondo cuando se hundieron en ese yogur negro y frío del que habla Balbi. No importa que sea verano o invierno, porque allá abajo no entra el sol y la temperatura del barro es siempre la misma. Los equipos que se usan son totalmente cerrados, y los buzos no tienen otra opción que enterrarse hasta las axilas en el ba­rro y luego inflar un poco el traje para poder moverse y salir.

El barro puede tener siete me­tros de profundidad y termina en un fondo muy duro. “Ahí abajo -dice Balbi -está lo difícil de verdad.” A veces la tarea de los buzos es cavar un túnel debajo de los bar­cos hundidos, para luego pasar un cable que los rodeen y así las grúas lo pueden levantar. “Se usa un pico compensado, que trabaja por pre­sión de aire. El túnel se tiene que hacer de un tamaño grande, por lo menos para que entren dos per­sonas paradas”, explica. Los buzos trabajan como mineros submari­nos, pero sin luces, y con un peligro adicional: es muy común que todo se derrumbe. “Es espeluznante”, confiesa Balbi. Será la única vez, mientras hable del Riachuelo, que use una palabra tan fuerte. Sabe por experiencia que a veces uno está trabajando en el túnel y sien­te que la tierra le apretó una pierna. O que cuando quiere salir descubre que ya no hay más salida. “Lo que nunca hay que hacer es soltar la he­rramienta, porque es la única arma para salir. Hay que sostenerla firme, tratar de quedarse cerca del caño que succiona el barro y no deses­perarse.”

Pero siempre puede fallar. Es­tar atrapado en un pozo en las entrañas del Riachuelo puede con los nervios de cualquiera. La última vez que Balbi lo supo, no estaba en el agua, sino en la cubierta de un bar­co, monitoreando el rescate de una draga en la zona de Dock Sud. A él le había tocado jugar un rol que con los años aprendió a manejar casi a la perfección: dirigir el trabajo del resto de los buzos por ra­dio. Balbi sabe escucharlos como un verdadero coach. Los cuida para que no se agiten, presta atención al ritmo de la respiración y sabe inter­pretar hasta los silencios.

Esa noche, el que hacía el túnel era un buzo al que le decían Cucha­rita. Todo parecía marchar bien. -Me parece que llegué del otro lado. Voy a salir -dijo por la radio.

Como los buzos trabajan ata­dos a la superficie por una soga y una manguera por la que les llega el oxígeno, para llegar a la super­ficie Cucharita tenía que desandar todo el camino. Balbi lo escuchó moverse en silencio, hasta que lo sintió bufar y supo que algo anda­ba mal. Le preguntó qué pasaba. -No encuentro la entrada -res­pondió Cucharita-. Creo que se de­rrumbó. Voy a salir por otro lado.

Balbi descubrió en sus pala­bras algo parecido a la desesperación. Supo que estaba a punto de cometer un error: intentar salir del túnel por un lugar incierto y de for­ma atropellada. También entendió que no había forma de frenarlo. Pocos segundos después, lo escu­charon enredarse entre los caños de la embarcación que tenían que rescatar. Los dos hombres que bu­ceaban con él tardaron una hora y media en desenredarlo y sacarlo.

El buzo veterano recuerda la anécdota como una más entre tan­tas. La cuenta y se ríe. Se lleva la mano a la frente y el gesto descu­bre algo que parece desentonar con su porte de hombre serio y pro­lijo: un tatuaje que asoma debajo de la manga de la camisa. Son tres esqueletos de barracuda, el animal más feroz que habita en el océano.

(nota aparecida en el diario z)

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9 comentarios en “El hombre que buceaba en el Riachuelo

    1. querido amigo/a, no es ser valiente, solamente es ser profesional, como el paracaidista pliega su paracaídas, nosotros programamos nuestras inmersiones y las ejecutamos, te puedo asegurar que debajo del agua se transpira. Saludos

      Guillermo Balbi

    1. Me alegra que te guste el tema sobre trabajos bajo la superficie tengo muchos para contarte, no es cuestión de tener huevos, solamente te tiene que gustar la actividad, lo demás viene solo. Saludos Guillermo Balbi

      1. Para los interesados en los trabajos de buceo en el riachuelo, voy a contribuir con la anecdota que relata guillermo, explicando que lo sucedido en el rescate de la draga en Dock Sud: la salida del tunel fue por el unico lugar posible, cuando intento subir 2 mts, la toldilla se cayó en la boca del tunel por donde debía salir. En comunicación con la superficie pongo en aviso que no podía subir, por lo tanto verifico en donde estaba enrredada la manguera de buzo, me di cuenta que el casillaje se cayó sobre mi, en ese momento al notar que no tenía salida, pierdo la calma. Nuevamente vuelvo hacia el fondo, me senté y esperando en qué podía terminar esto, estuve por lo menos 40 minutos sin conocimiento. Luego, reaccioné y me comuniqué a superficie, donde me dijeron: “¡¡estas vivo!!”, “¡¡Estas vivo!!”, “quedate tranquilo, va el buzo Domenicone a donde estas vos”; que luego empezó tareas de rescate, con un buen final, gracias a Dios. Soy “cucharita” (Lemos Francisco).

  1. ¡¡¡Barco!!!,muchacho loco, me da mucho placer haberte reencontrado, desde el reflotamiento del Maggi que no te veo en persona, ..¿dónde quedó “la cornuda” (ojo, era una embarcación de salvamento) y su capitán el queridísimo flaco Blasón? Bravos siempre nuestros salvamentistas. ¡Bravo! Barco un abrazo.
    barqueroviejo@argentina.com César Augusto Vernengo.
    .

  2. Estimado Giullermo, me resulta muy interesante su relato…(y el de cucharita) además jamás se me ocurrió pensar al Riachuelo como en algo tan “compacto”.
    De todos modos mi acercamiento a ustedes tiene con ver con una inquietud casi opuesta a la actual realidad del riachuelo….Es verdad que se están haciendo obras? y qué permitirán que bucear en el riachuelo (algún día) sea algo más normal… más parecido a bucear en agua?
    Sé que se están realizando trabajos, que incluso se han visto peces saludables en estas aguas. En fin… tengo curiosidad en saber si hay esperanzas o estamos hablando de una causa perdida.
    Cordial saludo.

    JCH

  3. hola me encanta la actividad de buceo me encantaría poder dedicarme a eso exclusivamente pero no se cuanto es lo que se paga y tengo familia como para mantener. bueno un abrazo muy buen articulo y anecdotas

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