La ruta de la yerba mate

 En el aeropuerto de Iguazú nos recibe una mujer con cara de poker, pero no es de la policía aeronautica, sino una promotora del casino. Nos pide que giremos una ruleta para ganar un premio. Todos los pasajeros $ 30 pesos a jugar en los tragamonedas locales. Sospechamos que es una trampa, pero no tenemos tiempo para decir nada: otras promotoras nos ofrecen tour aventura, excursiones y hoteles con un tucán como símbolo. Todo muy preparado para oficinistas en busca de emociones, pero ya tenemos una misión clara: descubrir el secreto de la yerba.


Afuera llueve y hace un calor casi tropical. Ni bien dejamos atrás las tentaciones para el turismo, el paisaje de tierra colorada nos golpea en la cara: una mezcla de verdes selváticos en la vegetación y suelo arcilloso. Con la lluvia, todo lo que pisamos se convierte en un pegote imposible de esquivar. El chofer prefiere andar descalzo y con los pantalones arremangados.
En Misiones, Corrientes, al sur de Brasil y en Paraguay, la yerba crece a la vera de los caminos rojos, como un arbol que se mantiene a fuerza de podas y cuidados intensivos. Todos los intentos de hacerla germinar en otras latitudes fracasaron. ¿Por qué?. Nadie lo sabe. La leyenda dice que nació como un intercambio de favores entre el pueblo guaraní y sus dioses. Un hombre y su nieta que vivían cerca de las cataratas de Iguazú le dieron comida y alojamiento a un viajero que era tanto o más pobre que ellos, sin saber que el peregrino era Tupá, el dios del bien. Y este, como agradecimiento, hizo crecer alrededor de su rancho una planta que sería “
calmante de la sed, compañía para las horas de soledad y generoso tributo para las visitas”.
Nosotros vamos para Andresito, una localidad yerbatera a pocos kilómetros de Iguazú. Andresito se jacta de ser uno los municipios más jóvenes del país y una de las principales plazas de producción yerbatera. Para llegar atravesamos todo el parque nacional. Cada tanto paramos para admirar las atracciones locales: hormigas gigantes, helechos exóticos y arboles centenarios. Donde termina el parque empiezan los sembradíos de yerba. La mayoría son parcelas de entre 1 y 25 hectáreas. Los dueños de las chacras siempre tienen dos opciones: trabajar para los molinos y las grandes marcas, que compran el kilo de hoja verde a 50 centavos, o agruparse con sus iguales. En Misiones, varios eligieron la segunda opción: hay alrededor de 29 emprendimientos que adoptaron la forma de cooperativa. Entre todas suman más del 20% de la producción de yerba de la provincia.
Claro que no todas son rosas: muchas de las cooperativas funcionan como asociaciones de patrones. Los que hacen el trabajo duro -los que cosechan, los que manejan las máquinas en los molinos, los choferes- son empleados de las cooperativas y trabajan de sol a dos por muy poco dinero. Todo eso lo sabremos después, casi al final del viaje.

En Andresito nos recibe un productor gringo: un pibe de camisa polo, bombachas de gaucho y mate siempre a mano, al que llamaremos Andrés. Tiene 31 años, el pelo rubio peinado al costado e intenta ser buen anfitrión. Nos lleva a recorrer el pueblo en una camioneta impecable -no por lujo, dice, sino por berretín- y nos convida unos mates cebados con la misma obsesión con la que cada día lustra las llantas de su vehículo. Andrés, como muchos de los productores de la región, es nieto de inmigrantes rusos, polacos o alemanes; campesinos que se vinieron hasta el fin del mundo cuando aquí no había caminos ni expectativas de una vida rentable.

Mientras damos el paseo, hablamos de las propiedades de la yerba: de los beneficios de la mateína como estimulante del sistema nervioso central, del potasio, el hierro, el fósforo, el sodio y magnesio que contiene una simple planta.
-Cuando fui a estudiar a Corrientes -dice Andrés- el termo y el mate del que ahora tomamos era mi única compañía.
Ahora, además de ser productor, es un experto y un fanático de la yerba. Me tiento de decirle de que opino que hay una relación entre la yerba mate y el porro, pero reprimo la metáfora a tiempo: salvo cuando habla de mujeres o toma demasiado alcohol, Andrés es un católico ferviente. Pero la verdad es que el mate y la marihuana parecen hermanas separadas al nacer. Incluso la yerba mate pasó por un largo periodo de prohibición en la que se usaron los mismos argumentos que contra el cannabis. La culpa, dicen, la tuvieron los españoles. El primero en dar cuenta de su existencia fue Domingo Martínez Irala. En 1554, Irala llegó al centro yerbatero de la época, a orillas del río Xejuí y se asombró de lo fuertes que eran sus habitantes. Ellos mismos, escribió Irala, le informaron que su fuerza era gracias a una infusión que hacían con hojas de Caá, el árbol de la yerba mate. Irala se llevó al novedad y la difundió por todo el contiente.
Poco después, el Padre Francisco Díaz aseguró que “no hay casa de españoles ni vivienda de los aborígenes en que el mate no sea bebida ni pan cotidiano. Ha cundido tanto el exceso de esa asquerosa zuma que ya ha llegado a la costa y otros muchos lugares de la América y Europa el uso y abuso de ella y es mi sentir que por el instrumento de algún hechicero la inventó el demonio”. En 1595, una ordenanza del gobernador Caballero Bazán mandó a quemar toda la yerba que se encontrara. Bazán incluso llegó a considerar delito pasar cerca de una plantación de yerba.
La prohibición no sirvió de mucho: a principios del 1600, solo en Asunción se consumían quinientos kilos diario de la yerba prohibida, a pesar de que la pena por tenencia para consumo personal era de 100 latigazos si uno era guaraní o 100 pesos si se trataba de un español. Recién con la llegada de los Jesuitas la situación cambió. Como ya no se podía evitar el consumo generalizado, los Jesuitas hicieron el primer intento de controlar y monopolizar la producción.
Así se inició el camino de la legalización.

La noche de nuestra llegada, Andrés nos invita a comer un asado gourmet, con cortes de carne que no sabíamos que existían: costillar deshuesado y un solomillo que se deshace en la boca. Mientras comemos, nuestros anfitriones dan una clase de como funcionan las cosas en la industria de la yerba. Cada uno de los productores, nos explica Andrés, recibe una paga según la cantidad de kilos de hoja que aporta a la cooperativa. Las entregas son diarias, y los pagos a medida que la mercadería se vende.
El proceso es simple. Después de cada día de cosecha, un camión recoje las ‘ponchadas’ de hoja y las lleva hasta la planta donde está el secadero. En total, en toda la región hay unos 300. Una vez que se descarga de los camiones en el playón del secadero, la hoja es transportada por una cinta hasta hasta un molino circular donde se realiza el ‘zapecado’. Allí se la expone al fuego directo durante 20 o 30 segundos. Ese proceso hay que hacerlo antes de las 24 horas de cortada, así que el secadero trabaja sin parar. Más tarde, en otro molino, se la somete a una temperatura que va entre los 80 y los 100 grados: es el secado, donde la hoja sigue perdiendo humedad, pero sin llegar a tostarse. De allí pasa a una cinta transportadora de movimiento lento, en la lo que queda la hoja es sometida durante tres o cuatro horas a corrientes de aire caliente. Y de ahí al “canchado”, donde se tritura la hoja en pedazos pequeños, de no más de un centímetro y se la fracciona en bolsas de arpillera para dejarla estacionar durante dos años.
Recién cuando pasa ese periodo, la yerba se lleva al molino. Allí es sometida a una zaranda para eliminar los cuerpos extraños y luego es triturada, clasificada y envasada según el estilo de cada marca y producto. El proceso, se queja Andrés, es lento, la ganancia es poca y se ve mucho tiempo después. “El mate que tomamos -nos dice- es de la yerba que cosechamos en el 2005, así que te podés imaginar”.
Varios vinos después, Andrés nos lleva hasta nuestro hotel. Nos promete que mañana vamos a ir a una plantación, y nos pregunta si necesitamos algo más. Nosotros le decimos que no, que gracias. Él se queda quieto, levanta las cejas y vuelve a preguntar.
-¿Seguro que no necesitan nada? -insiste, con algo que intenta se picardía.
Preferimos ni preguntar a que se refiere. Nos vamos a dormir.

En el amanecer hay pájaros que no conocíamos, aire fresco, mucho sol. Andrés nos pasa a buscar en su camioneta y vamos al campo. Subimos lomas, pasamos tranqueras y llegamos a un rancho construido con palo rosa, un árbol en peligro de extinción.
Al lado del rancho está el sembradío. Los trabajadores hacen la cosecha a mano y con una tijera. La zafra comienza en abril y dura hasta septiembre, y en ella participan hombres, mujeres y niños. Se los llama ‘tareferos’, una palabra que viene del portugués ‘tarefa’, que significa “tarea, obra que se debe concluir en tiempo determinado, trabajo que se hace por empresa o a destajo”.
En total, en el campo de Andrés trabajan unas diez personas. La mitad son mujeres y hay al menos cinco niños. La mayoría empieza al amanecer: a esa hora, gracias al rocío, las hojas pesan un poco más que por la tarde. La diferencia es sutil, y no logro entender cual es la ganancia. Preguntamos cuanto les pagan y la respuesta nos deja mudos: 8 centavos el kilo, unos 30 pesos por día si el que cosecha es rápido, o si está acompañado por su familia,
Durante toda la tarefa, Don Valerio -47 años, 11 hijos- vive a la vera del yerbatal. Él tiene suerte: la familia de Andrés mandó construir cabañas, que si bien no tienen puertas, ventanas, baños o camas, son mejores que las carpas en las que viven sus colegas de otras plantaciones.
Andrés reta a algunos porque trabajan en cuero. “Queda feo para la foto”, dice y se va. Nosotros nos sentimos un poco incómodos. Llegamos de la mano del patrón y cuando este se va sentimos como se clavan las miradas de desprecio. Por uno minutos nos quedamos callados. Los tareferos hablan entre ellos en un idioma particular, mezcla de castellano, portugués y guaraní. A medida que pasan el tiempo se acostumbran a nuestras cámaras y al rato, cuando entiendo un chiste que Valerio cuenta en ese idioma trilingüe, nos hacemos amigos.
Don Valerio es el que más trabaja. Se mueve como poseído. “Para que rinda”, dice. Solo descansa cuando alguno de sus compañeros termina de llenar la tela arpillera donde se acumulan las hojas y necesita ayuda para atarla. Antes de que caiga el sol, todos se juntan y pesan cada paquete para saber cuanto cosecharon. Recién después de ese pesaje, cuando ya cayó el sol y cargaron el camión, vuelven al campamento a descansar. Don Valerio tiene una palangana para lavarse la cara y una botella de algo que parece ginebra debajo de la tabla donde duerme. Le pregunto que van a comer esta noche.
-Si el patrón se acuerda -dice uno de ellos- vamos a hacer un asado de falda.
Al rato, cuando ya está oscuro, llega Andrés. Entre todos cargan el camión, anotan los kilos que cosechó cada uno y nos vamos. En el camino le contamos algunas de nuestras impresiones. Tratamos de ser diplomáticos, pero Andrés entiende el mensaje.
-Hace 200 años -dice- que trabajamos así.
Nos despedimos en la puerta del hotel. Esta vez no está borracho. No arquea los ojos ni nos pregunta si necesitamos algo. Mejor así. La noche es fresca, y está lleno de mosquitos.

(artículo aparecido en la Revista THC)
 

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