Una historia de amor ciego

La casa parece ajena al tiempo. Hay muebles antiguos, fotos familiares y colores gastados por los años. Cristina está parada en el centro del living. Lleva una bandeja con vasos y una jarra. Tiene la cabeza erguida, el cuello rígido. Parece calcular el camino hasta la mesa, como si escuchara las voces para ubicar a cada invitado en el espacio. Su perro guía, uno de los 22 que hay en el país, duerme en un rincón. A veces ronca. El marido de Cristina, Adrián, está sentado en la cabecera. Durante la conversación, levanta la cara y sus oídos quedan en el centro de la escena. Es un gesto parecido al del último Borges: ese que sólo veía algunos colores.
La mujer se sienta y reparte los vasos con movimientos lentos.
-No se de qué sabor es el jugo que voy a servirles-dice-.Hacemos una compra por mes, diez de cada gusto, y mezclamos los sobres. Nos enteramos cuál preparamos recién al momento de tomarlo.
Se habla de formalidades. Adrián sonríe, rompe el hielo:
-Y vos cómo andás, tanto tiempo sin verte.

Adrián Paez tiene 34 años y es ciego de nacimiento. Cristina Comesaña, de 38, perdió la vista en el 2006. Se conocieron por teléfono, cuando ella le enseñaba cómo desenvolverse a uno de sus amigos y él tenía un programa de música paraguaya en una radio de La Matanza.
Al principio, la mujer no quería saber nada: ni con Adrián, ni con dejar de ver. Tenía -tiene- una personalidad arrolladora, tan fuerte que durante mucho tiempo caminó sin usar bastón a pesar de ver muy poco. Decidió dejar de hacerlo la noche que chocó contra una moto estacionada y la insultaron en todos los idiomas.
Su ceguera nació de una artritis en el nervio óptico. Durante algunos años intentó resistir con medicamentos y una operación de cataratas. Pero sabía que todo era temporario, y aprovechó los últimos años de visión para hacer el magisterio especializado en enseñanza para ciegos y disminuidos visuales. Cuando perdió la vista, ya era una experta.
-En el 2006 -cuenta Cristina- mi mamá se enfermó. Estaba muy grave y entró en coma. Yo sabía que su agonía era también la de mis ojos, porque había decidido no tomar más la medicación: los corticoides me estaban haciendo muy mal, y solo prolongaban lo inevitable. Cuando ella murió, dejé de ver. Estuve un mes encerrada en casa. Fue mi forma de hacer el duelo por ella, y por mi vista.
Adrián, en cambio, es ciego de nacimiento.
-Mi mamá tuvo una rubeola durante el embarazo -cuenta- .Por un tiempo vi colores, algunos bultos, pero no más que eso. Estudié el sistema Braile desde el jardín de infantes, y el bastón lo empecé a usar de grande. Allá en Paraguay era muy lanzado. Salía a la calle con un palo de escoba, o sin nada.
A sus doce años, la familia Paez se mudó a Buenos Aires. Uno de los juegos favoritos de Adrián era tocar los autos y adivinar al tacto la marca y modelo. Todavía mantiene la costumbre, aunque los más nuevos lo confunden un poco.
-Sólo lamenté ser ciego -dice- cuando viví grandes cambios: al pasar de la primaria a la secundaria, y cuando quise ser trabajador social. Me anoté y me dijeron ‘no vas a poder: ¿cómo vas a hacer las inspecciones oculares? Pero solo una vez deseé poder ver. Estábamos en Plumerillos, Mendoza, con un amigo. Me describió el lugar de una forma muy bella y dijo ‘me gustaría morir acá’. Entonces pensé: a mí me gustaría recuperar la vista por cinco minutos para poder ver esto.
Con los años se convirtió en un gran bromista: sus chistes siempre lo tienen a él y su ceguera como ejes principales. En algún momento colaboró con una fundación que intentaba integrar a los no videntes. Una de sus tareas era guiar a gente del público a la que le vendaban los ojos por un rato. Adrián los llevaba de la mano por un paisaje oscuro y al final del trayecto les leía un poema en Braile. La experiencia era demasiado fuerte para algunos. Al principio intentaba contenerlos. Después se relajó y empezó a disfrutar del miedo a la oscuridad que sufrían los otros.
-¡Guarda que te caés en la zanja!-les decía a sus víctimas- y enseguida explicaba que no, que era todo un chiste.

En el 2005 Cristina le daba clases de “actividades de la vida diaria” a un ciego llamado Walter. Le tenía que enseñar a cocinar, a moverse en su departamento, a cortar la comida. Walter siempre le hablaba de su amigo. Los quería presentar, hacerles gancho. Tanto insistió que un día ella le dijo -palabras textuales- “te autorizo a que le pases mi mail.”
El 14 de noviembre del 2005, Kirchner estaba por visitar la Universidad de La Matanza. Adrián era el encargado de acreditar a los periodistas. Terminó su tarea y se encerró en la sala de prensa. Estaba aburrido. Llamó a su amigo Walter y este le dio la novedad. Adrián le contestó que todavía no sabía usar bien la computadora: que le pasara el teléfono.
Marcó el número. Ella contestó enseguida.
-¡Como puede ser!-gritó-. Si yo lo autoricé a que te pasara mi mail, no mi teléfono. ¡Mirá si te atendía mi papá!
Adrián se intimidó.
-Si querés, cortamos -dijo-. Entre nosotros no hay ningún compromiso.
-No -le respondió ella-. Ahora hablemos. Total, llamaste vos.
En ese momento, sólo por esa última frase, Adrián entendió que estaba frente a la mujer de su vida. Esa primera vez hablaron de los celulares adaptados para ciegos. En el tiempo que siguió, se llamaron día tras día.
El primer encuentro llegó cuando Adrián le ofreció a pasarle unos CD con la música que le gustaba. Ella lo esperó con un budín y un escobillón a mano. Nunca se sabe, pensó.
Cristina se dio cuenta de lo que sentía durante una de sus charlas telefónicas. Él le hablaba de una nena que tenía leucemia, a la había tratado de ayudar desde la radio. La chica estaba muy mal, y Adrián pensaba ir a ver al Padre Mario, al que muchos consideran sanador. Cristina le dijo “yo creo que tenes que dejarla ir”, y él se largó a llorar con todas su ganas. Ella suspiró: estaba enamorada.

Después vinieron las salidas juntos, el noviazgo y el casamiento con auto antiguo y cena en un tenedor libre. A los pocos meses llegó Chloe: una labradora negra educada para seguir a Cristina a sol y sombra. Para conseguirla, Cristina tuvo que juntar el dinero del pasaje y volar a Estados Unidos, a la Leader Dogs for the Blind con sede en Rochester, Michigan. El resto de los gastos corrieron por parte de la escuela.
Era pleno invierno, con 25 grados bajo cero y 40 cm de nieve en la calle. Ni bien llegó, la perra la estaba esperando. “Antes de viajar tenés que mandar un video con una autoentrevista, donde explicás por qué querés un perro guía, quién sos. Después te filmás caminando, cruzando la calle, mientras hacés tu vida diaria. Con eso buscan el perro ideal para vos”, cuenta Cristina.
Los perros como Chloe son criados por familias voluntarias que los tienen de cachorros. A los 40 días de nacer, lo llevan a vacunar y se los dan a otra familia que lo educa durante un año. Al año les mandan una postal diciendo que lo tienen que devolver. Lo llevan a la escuela, los castran y le ponen un chip donde se graba quién es el dueño y su historia clínica.

En la casa, su llegada modificó algunas costumbres: las luces ya no sólo se prenden por seguridad y porque Adrián opine que así se espantan los bichos. Chloe, su arnés con la inscripción “estoy trabajando”, y sus juguetes forman parte de la vida diaria de pareja, aunque sólo Cristina pueda usarla como guía: la perra está programada para obedecerle y cuidarla nada más que a ella. Chloe la espera en un rincón del aula mientras da clases y es testigo de las peleas de Cristina con los colectiveros que no la dejan subir.

La ceguera de los dueños de casa se nota apenas en los detalles. El lavarropas y el microondas están rotulados, las computadoras no tienen monitor y el dvd que descansa a los pies de la cama no necesita pantalla. Adrián puede pasarse horas recorriendo foros de Internet sobre autos. La misma voz metálica que lee los mensajes de su celular narra hasta el mínimo detalle de la página que visita. Cristina es una experta en informática, capaz de comprar muebles en la red. Cuando descubra algo que le gusta, busca buenas descripciones, consulta con otra gente y encarga. El tacto (“ese sentido que los ciegos tenemos que desarrollar más a la fuerza, porque por lo general la gente no está acostumbrada a tocar”, dice) llega al final.

Por las tardes, sentados a la mesa, Adrián puede tomar un libro y leer con la punta de los dedos. A la noche los dos escuchan películas tirados en la cama. A veces ponen las que dan en televisión, pero se pierden los detalles. Por eso prefieren las películas para ciegos: los relatores no pasan nada por alto.
-El Guardaespaldas -dice Adrián- la vimos un montón de veces en la tele, porque siempre la dan los domingos a la tarde. Cuando la vimos con audio para ciegos, nos dimos cuenta de que hay un portón oxidado. Nosotros nos habíamos perdido ese detalle. El protagonista va a entrando y dice “a ese portón hay que cambiarlo”. Como esa vimos Rescatando al soldado Ryan, El Resplandor. Hay muchísimas películas así.
Adrián termina de contar, levanta la cabeza y extiende la oreja. Intenta captar los sonidos que vienen de la otra habitación: su mujer está lejos. Entonce sigue hablando.
-Películas de las otras -dice- también hay. Pero me aburre mirarlas: los relatos son siempre iguales.

(Nota aparecida en la revista Rumbos)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s