Dos generaciones de inmigrantes

En 1947, Francisco decidió salir de Villapiana, una aldea campesina de tres mil habitantes en Calabria, Italia. Eligió la Argentina, donde ya habían llegado miles de sus paisanos con la ilusión de hacerse “La América”. A poco de llegar a Buenos Aires empezó un noviazgo por carta con la mujer más bella de su pueblo: Linda. En 1952, Francisco le mandó los pasajes y unos meses después se casaron a distancia, antes de que ella emprendiera su viaje por altamar.

En Buenos Aires, él trabajó en fábricas y después de chofer de colectivos y en la municipalidad mismo tiempo. Sus compañeros lo cargaban por el acento. Cuando Linda iba al mercado, las vendedoras le gritaban que se volviese a su país.

Con los años se compraron un terreno en Mataderos. Francisco dedicó su tiempo libre a levantar la casa, desde las paredes hasta la huerta del fondo. Él era albañil, pintor, mecánico, electricista. Linda era una experta cocinera, capaz de recrear cualquier plato italiano con los ingredientes que tenían a mano. Tuvieron dos hijas a las que le fue muy bien -una se recibió de abogada, la otra de profesora de idiomas- y luego vinieron los nietos: un varón y dos mujeres, ambas casi tan bellas como la abuela.

A los 83, cuando ambos dejaron de tener energía para mantener la casa y la huerta, las hijas se hicieron cargo de cuidarlos. Tres años después, Linda avisó que se había quedado sin fuerzas y la internaron por una insuficiencia renal. Francisco no tardó en caer en el hospital por la misma causa. Los médicos decidieron que pasarían sus últimos días en la misma habitación. Habían decidido morir juntos.

El abuelo resistió más tiempo.
Entonces apareció Viviana. Tenía 27 años y hasta hacia una década vivía con su madre y tres hermanos en San Ignacio, Paraguay. Su pueblo era uno de esos lugares donde la vida campesina se concentra hasta volverse casi urbana. Allí, mientras trabajaba como empleada en una librería, Viviana logró terminar los estudios de enfermería.

En 2001 su madre emigró a la Argentina para ser empleada cama adentro y poder mandarle dinero a sus hijos. Viviana se hizo cargo de cuidarlos y 2005 se recibió. Ni ella ni su novio, que era docente, conseguían trabajo de lo suyo y decidieron emigrar. En Argentina él entró como albañil en una empresa constructora, y ella se dedicó a cuidar niños. Mientras averiguaba como revalidar su título se dedicó a cuidar ancianos enfermos.

Así conoció a Francisco. Él ya estaba cansado y no hablaba tanto, pero a veces le enseñaba palabras en italiano que Viviana olvidaba enseguida. Ella lo saludaba en guaraní y Francisco se reía con los giros de ese idioma tan complicado. Cuando se aburrían, contaban historias de sus pueblos. Viviana solía sentarse frente a la computadora para mostrarle pájaros y animales de su tierra. A la mayoría Francisco los conocía, pero a veces tenían distintos nombres o usos. La polémica más ardua la tuvieron por una rana: a ella le parecía un bicho del montón, y él opinaba que era el manjar más caro en cualquier restaurant fino. “Incluso -dijo Francisco para convencerla- cuando recién llegamos a la Argentina si pasábamos hambre salíamos a cazarlas”.

El día que Francisco dejó de respirar y en la cara se le dibujó la ilusión de reencontrarse con su amada Linda, Viviana lloró como cualquiera de los parientes que fueron a despedirlo.

(una versión más larga de este artículo apareció en la revista gazpacho, que se puede leer online aca)

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