Superhéroes de barrio: La Hormiga Roja


Al mediodía, el tren que va desde José C. Paz hasta Retiro lleva poca gente: oficinistas rezagados, adolescentes con auriculares, mujeres que van al centro par hacer trámites y algún que otro jubilado. Esteban Florentín hace rato que pasó los sesenta años, pero no entra en ninguna de esas categorías. Recorre los vagones arrastrando su capa de raso rojo y protegido por una la capucha raída que le cubre los ojos y parte de la nariz, coronada por un pedazo de botella que hace que permanezca siempre erguida, como si llevara un florero invertido en la cabeza. El uniforme no está completo si las antenas no miran al cielo, y mucho menos si faltan los anteojos gruesos que se calza encima de la máscara. Esteban Florentín es como Clark Kent pero al revés: cuando se pone esos anteojos, deja de ser un viejo de pelo largo y se convierte en el otro, en el superhéroe. La Hormiga Roja.

-Sin esto -dice enfundando en su disfraz- me falta algo. Cuando me pongo el traje siento mas fuerza. Inclusive siento más respeto. Creo que respetan la capa.
El tren a Retiro es el primer testigo de sus hazañas. Hormiga elige el vagón que lleva más gente, se para justo en el centro y lanza una carcajada que parece el grito de un pájaro de monte. Lo hace dos veces y se queda en silencio, esperando una respuesta. Nadie emite sonido. Hormiga no se animala. Se acaricia la barba larga y canosa, sonríe para si mismo, respira profundo y se lanza al ruedo otra vez.
-¡Buen día!- grita.
Nada. Ni un sonido de más. Apenas algún adolescente que manipula su ipod, un oficinista que mira por la venta incómodo, una mujer que le dedica media sonrisa, suficiente para que el héroe se desate.
-¿Es que me quedé en el tiempo? -reclama-. En la ciudad ya no se acostumbra a decir buen día como le va. Nos hemos olvidado de la tierra: vivimos muy tensionados y nos hemos olvidado hasta del saludo.
Su discurso deriva en un monólogo interminable: esboza una teoría sobre el voto, los ventiladores de techo en los trenes, la navidad -a la que acusa de ser un concurso de borracheras y música alta- y sobre la necesidad de caminar descalzos sobre gramilla para descargar energía.
Cuando un tema languidece, Hormiga se planta en una frase y desde ahí dispara un nuevo tema. Él lo llama el método de la telaraña:
-Y he visto -le dice a los pasajeros del tren cuando revela su truco, cuando les avisa a todos que están atrapados en la red de palabras que él teje- a una avispa atrapada en una telaraña. La araña no se animaba a acercarse y al final la avispa se pudo escapar.
Que quiere decir con eso, nadie lo sabe. Justo cuando está por explicarlo, el tren entra a Retiro y los pasajeros se van en tropel, sin prestarle demasiada atención a esa hormiga con vocación de arácnido que los mira desde el centro del vagón.

*

-Hormiga, ¿qué poderes tiene usted?
-Soy el mensajero de la cultura. Un mensajero del arte y la reflexión. Cada cosita tiene una reflexión. La gente se comunica conmigo por la ropa. Y ahí trato de trasmitirle mi conocimiento. Sobre todo lo que aprendí de mis padres.
Eso dice el héroe sentado un bar en Caminito, donde atiende los días que el turismo llega al barrio a borbotones. Una hora después, cuando una mujer acompañada por sus hijos le pregunta lo mismo, la respuesta será distinta:
-Yo le enseño a los hijos a que respeten a los padres -sostendrá Hormiga-. Una vez un señor me dijo: la educación empieza por casa. Y yo le respondí que en mi barrio no, porque las familias no tenían educación y que entonces había que ayudarlos.
Más tarde, cuando camine a los saltitos y se acerque a un grupo de señoras y les guiñe un ojo, dirá:
-¡Soy Hormiga y no muerdo! Soy Hormiga porque pico fuerte.
Antes trabajaba en el centro de San Miguel. Usaba el mismo traje y las mismas tácticas: la risa de pájaro, el discurso interminable, el intento de trasmitir una enseñanza. A veces andaba con una hoja de papel en la mano y azuzaba a los chicos que caminaban por la peatonal.
-Usted tiene que ir a Caminito- le dijo una mujer que conoció en la calle-. Allá está lleno de turistas, le va ir bien.
Hormiga de calzó la capa y la capucha, tomó el tren y después un colectivo hasta la orilla del Riachuelo. La Boca estaba saturada de gente: llegaba un tour de compras tras otro, lleno de hombres y mujeres regordetes con cámaras y poco tiempo para gastar su dinero. Hormiga caminó entre ellos, dejó que lo miraran, que las madres le explicaran a sus hijos que era el cuco, un loco o el Chapulín Colorado. No le respondió a nadie. Eligió un bar con mesas en la calle, se sentó y pidió un té.
Entonces, sucedió la revelación. El momento mágico que iba a cambiarlo todo.
-¡Foto, foto, foto!-gritó un turista.
Hormiga contestó con su risa loca y un gesto de loco para la cámara. La escena le despertó una idea: imaginó las cámaras del mundo entero puestas sobre su máscara y reproduciendo su mensaje en los cinco continentes. La Hormiga internacional, embajadora de la paz y la unión de los pueblos.
Por la foto le dejaron 10 pesos. Un vendedor ambulante vio la maniobra y lo encaró.
-Acá no podés laburar -le dijo-. Nosotros tenemos códigos.
No sabía con quién se metía. Hormiga lo envolvió en su discurso, involucró a otras personas que pasaban por el lugar y por último convocó a la unión y la convivencia entre los seres humanos. Una semana después ya era parte del staff permanente de Caminito, junto con el doble de Maradona, los bailarines de tango y los promotores que invitan a la gente a sentarse en los bares.
Para tener algo que ofrecer fabricó hormigas con bolitas de plástico, piolines y una sonrisa pintada con líquido corrector: una construcción rústica, igual que él. La idea era ofrecerlas a cada uno de los que les sacara fotos.
Aunque esa no fuera la tarea central, nunca está de más ganar unos pesos.

*

-Somos dos personas en una -sostiene Hormiga-. Esteban Florentín, que nació en el litoral, y la Hormiga Roja, que nació en Jose C. Paz. Ya casi no hay diferencia entre uno y otro. El traje es un caparazón: soy como un ananá, que por fuera es áspero y por dentro es dulzura.
Esteban Florentín, el hombre, se crió en Corrientes, en una isla de los Esteros del Iberá. Su padre era campesino y le vendía mercadería a los paisanos de la región. A él le llamaba la atención la gente que iba a Buenos Aires y volvía con la piel blanca y relojes nuevos. Cuando cumplió los dieciocho quiso dejar el monte y las siestas para conocer la ciudad.
-Andá -lo autorizó el padre-, pero eso es para locos.
Volvió recién cuando el viejo cumplió ochenta y mandó a llamar a sus quince hijos. En el camino, Esteban los fue encontrando a casi todos. A algunos no los conocía: se enteró que una de sus hermanas era curandera, que otra se había casado con un marinero y que él mayor de los varones era cuchillero y manejaba una villa entera.
-¿Ya están todos?-preguntó el padre cuando los recién llegados se reunieron alrededor de su cama.
-Faltan dos- respondió una de las hermanas.
Al rato aparecieron los rezagados y el anciano volvió a hacer la misma pregunta. Le dijeron que ya estaban, y entonces murió.
La relación de Esteban con la tierra natal se volvió recuerdo: como buen correntino emigrado, en su discurso siempre estará presente la nostalgia del pago chico, alguna que otra palabra en guaraní y una evocación a la época feliz entre los pájaros y la tierra. Eso será ya en la adultez. En 1970 estaba preocupado por otra cosa: trabajaba de mozo en un bar y quería ser Barman. Estudió de noche, imitó a sus jefes y pronto, dice, se convirtió en un bartender reconocido, uno de los pocos que tenía plaza fija en los eventos de La Rural.
Con ese trabajo se compró un tapado de cuero -que todavía guarda- varios trajes y un terreno en José C. Paz, un barrio del tercer cordón donde todavía los vecinos pueden tener caballos en los patios de las casas.
Allí se fue a vivir con una mujer trece años menor que él.
-La conocí en un boliche. Yo era un barman respetado, me decían Fernandín. En el 78 compré el terreno y construí todo alrededor con ladrillo y alambre tejido.
Cada noche, después del trabajo se reunía con sus colegas y elegían una barra para pasar las horas y competir a ver quién tomaba más. Allí empezó la desgracia: el camino que lo llevaría hasta el fondo y que luego le permitiría renacer como héroe.
-Empecé a tomar, a descarrilarme. Preparaba un trago y hacía que sobrara un poco para mí. Terminaba por ahí tirado.
En la familia le dieron un ultimátum y los vecinos le marcaron el camino hasta Alcohólicos Anónimos. Allí lograron rescatarlo. Pero cuando parecía que salía del pozo, la mujer lo abandonó. Esteban Florentín se quedó solo con sus dos hijos, que nunca volvieron a ver a la madre.
Y si antes tenía vocación de servicio, si organizaba murgas, funciones de títeres, ballets infantiles y fiestas para el día del niño, la soledad lo empujó a convertirse en un animador barrial tiempo completo. Primero fundó un polideportivo en un campo abandonado, después una Sociedad de Fomento y por último planeó hacer un paseo al aire libre a la orilla de una laguna que funciona como basural. La mayoría de los proyectos naufragaban por imposibles o por la desidia de la gente, pero él no se preocupaba: igual que en sus monólogos, de los restos de una idea nacía otra nueva, renovaba y más potente que la anterior.

Hormiga, el personaje, apareció el día que se disfrazó para animar una fiesta de cumpleaños.
-Y a partir de ahí -cuenta- me volqué a eso. Lo llamé el Operativo Hormiguita, porque no podía dejar de trabajar. Si paraba, empezaba a tomar de vuelta.
Desde entonces pasaron casi treinta años.
En su casa de José C. Paz, Hormiga tiene una habitación húmeda donde se acumulan periódicos barriales, denuncias que presentó en la municipalidad, afiches convocando a festivales y las cartas que le escribió a su mujer cuando lo abandonó. Este año, el documentalista chileno Tristán Tapiés terminó una película sobre su vida. Allí, Hormiga aparece junto a sus vecinos, en Caminito y acompañado con un Chamán Pilagá con quién conversa en su lengua originaria.
Uno de los sueños del protagonista es que el documental se proyectara en las vidrieras de las casas de electrodomésticos, reproduciendo su mensaje en varios televisores a la vez. Por ahora no pudo ser, pero Hormiga no se da por vencido.
Hace unos meses Anabela Ascar, la reina de lo bizarro, lo invitó a su programa en Crónica TV. Allí, el héroe habló de su mensaje, mostró su risa y hasta se permitió hacer algunos chistes, que los periodistas no entendieron. De todo lo que contó, en las repeticiones solo se quedaron con un detalle. Hormiga, con la voz en falsete, traduciendo una conversación con los gatos que viven en el techo de su casa.


(artículo aparecido en la revista soho- foto de Sub Cooperativa de Fotógrafos)

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2 comentarios en “Superhéroes de barrio: La Hormiga Roja

  1. Tuve el honor de conocer a la Hormiga Roja, y puedo decir que es una gran presona digna de admirar!! Mis respetos totales para este personaje!!

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