Lucrecia Martel y el sonido

Lucrecia Martel dice más o menos esto: Una sala de cine es una pileta de natación vacía. Nosotros estamos adentro. El sonido es una vibración que se propaga en la sala y atraviesa el cuerpo. Somos tocados por el sonido. Podemos cerrar los ojos y evitar ver el disparo, la escena sangrienta, pero no tenemos párpados para cerrar el odio. El sonido en el cine es lo inevitable. Contamos con apenas un músculo se cierra cuando recibimos frecuencias que pueden destrozar nuestra escucha. El único animal que puede dejar de escuchar es el murciélago. De otra forma, se encandilaría con su propio chillido.
Lucrecia Martel usa esas palabras: encandilarse con el sonido, párpados en el odio.

Cuando llegan visitas a su departamento de Villa Crespo, baja la llave con una soga. Los anteojos de marco gatúbelo quedan paralelos a la vereda, pero no caen. Por las noches, por esa misma ventana, la directora de cine más polémica, amada y odiada del país, se asoma con un grabador. Y entonces escucha, registra. La gente que espera el colectivo conversa sin sospechar que sobre sus cabezas pende un micrófono que lo graba todo.
Si la invitan a dar talleres de cine en el interior del país, Martel le pide a los alumnos que graben conversaciones de dos o tres minutos de las personas más cercanas. Después, en clase, les explica más o menos lo siguiente: hay cosas que suceden en el mundo del diálogo que son misteriosas. Que el lenguaje tiene el misterio y la maravilla de los verbos pasados, presentes y futuros. Y también les dice que una persona, cuando habla, se disuelve como sujeto. En sus palabras hay frases que son dichas en otra edad: si evoca cosas de su infancia, hay formas de organización de la frase que remiten a esa infancia.
Por eso, les dice, es tan dificil pasar del guión al set: el que escribe cine, dice, escribe la partitura que va a ser interpretada por un animal extraño.
Martel guarda las latas del fílmico que usa en las películas. Con varias de ellas construyó un mueble sobre el que descansa el televisor. Filmar le sale caro. Por cada lata que gasta para filmar imágenes, usa tres para el sonido. En sus películas, la banda sonora tiene varias capas: el diálogo principal, uno que está en el fondo, voces y quizás una música lejana, el rugido de un motor que se aleja o viene hacia la escena. Es un sonido rugoso, con varios registros. A veces hay un diálogo que empezó en una escena no vista y que se termina enseguida, sin dar chance de que haga sentido. El espectador se retuerce en la butaca, se siente incómodo: esa búsqueda por suplir la falta, por completarlo todo y darle un sentido, queda suspendida.
Cada uno de nosotros- dice Martel- está condenado a una forma de percibir. El cine permite distorsionar esa maldición. Y allí es donde puede producirse el milagro: una pequeña iluminación en torno a lo que nos rodea.
Si el sonido es un golpe imposible de esquivar, la cámara de sus películas es la mirada implacable de un niño. Alguien que no lo ve ni lo entiende todo, pero que también posarse en los lugares donde la mirada adulta cierra los ojos.
Otra vez la teoría: Martel dice que como la cámara tiene un ángulo de visión mucho menor que el del ojo humano, es una mirada recortada que sirve para encubrir y revelar. Y que el movimiento en el cine es tan significante como el diálogo. Lo que se ve y lo que se escucha tiene que ver con qué cree el director con respecto a la naturaleza humana.
Cuando se la propuso para llevar al cine la historieta El Eternauta, muchos pusieron el grito en el cielo. ¿Podía esa mujer salteña, educada en un colegio católico de provincia, obsesionada con el sonido, descarnada a la hora de romper a martillazos el sentido común, siempre joven como si hubiese un pacto con algún demonio, llevar a la pantalla uno de los mitos de la historia nacional? ¿No es una tarea destinada -preguntaban los más conservadores- a los directores tradicionales y varones, más dedicados a construcción de los íconos historiográficos que a una búsqueda capaz de desbaratar nuestros sentidos?
Martel entró al proyecto sabiendo donde se metía. Siempre sabe donde se mete. Y le encanta, o no le importa. Es una artista.
-Me siento afín con Los Manos -dijo la primera vez que habló sobre la película en público.- Yo también soy una invasora. Buenos Aires es el lugar donde me inventé una vida nueva.
Y enseguida, otra vez su obsesión, el sonido:
-El Eternauta tiene una posibilidad de pensar sobre el sonido alucinante. El paso del hombre en una ciudad donde no hay nada que se mueva es extraordinario.
El proyecto naufragó. No hubo muchas explicaciones. Apenas un comunicado que hablaba de diferencias entre los productores, la familia del autor y la directora. Lucrecia Martel ya lo había advertido en una de sus conferencias. Su compromiso político pasa por otro lado.
-Estamos rodeados -dijo frente a un pelotón de aspirantes a directores- de formas originales de organización de la información, de construcción narrativa. Y no los atendemos en el cine. Sentimos que nuestra referencia de cine es el cine que hemos visto.
Juan Salvo y el cine argentino se la perdieron. Es como haberle privado a Picasso la posibilidad de pintar la batalla de Guernica, solo porque estaba lejos de representar con absoluto realismo los trazos de una ciudad asediada por el fascismo.

(artículo aparecido en ningún lado)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s